El Blog de Otramotro

Mala suerte da su chepa

MALA SUERTE DA SU CHEPA

Al que juró hasta que nadie
En él, perjuro, confía;
Pide, mas nadie le fía,
Por mucho que insista y radie
Por doquier que es probo o irradie,
Le aconsejo que se vaya
A la montaña o la playa,
Donde de él nadie esto sepa,
Que mala suerte su chepa
Da a quien se la toca, vaya.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Segunda carta apócrifa a Jesús, un amigo de Otramotro

SEGUNDA CARTA APÓCRIFA A JESÚS, UN AMIGO DE OTRAMOTRO

Dilecto Jesús, amigo de este bululú y/o decimero:

Has hecho más que bien, lo correcto y oportuno, al mandarme tu escrito a mi correo personal y no subirlo como un escolio a la urdidura que he publicado hoy en mi bitácora, porque la tunda (figurada) que me dispongo a darte va a ser de las de aúpa.

Quien es cotilla (de cuando en vez o de vez en cuando), quien suele estar tras la escotilla (figurada), no está libre de recibir algún golpe (figurado, siempre figurado) que le rompa alguna costilla (figurada).

Al parecer, querías hacerme algunas consideraciones o comentar algunas cosas, pero “¿comentarme algunas consideraciones?”. ¡Por favor! Sí, sí, al menos, no has escrito que querías comentarme algunos comentarios, que podrías. Comienza a reírte ahora, porque luego, te lo aviso, lo harás aún más, a mandíbula batiente. El texto que he hilvanado y cosido iba muy en serio, sin duda. Lo que te parezca, te parece (esto sí que es propio de Rajoy, sí, según mi criterio, que puede que no coincida con el tuyo, claro).

Yo, de verdad, lo que echo de menos o en falta es cómo puedes escribir “hecho en falta” y quedarte tan ancho o tan pancho. La apostilla es desopilante, risible hasta no poder más, ¿verdad? Pues lo siento, pero ha ido a parar o caído ahí, sí, al saco roto. Por cierto, ¿te has dado cuenta de que echar en falta y echar en saco roto se escriben sin hache? Espero y deseo que, a partir de hoy, esto no lo olvides jamás de los jamases, no lo pases por alto nunca.

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Dame imaginación y sudor, dame

DAME IMAGINACIÓN Y SUDOR, DAME

(¡CUÁNTO BIEN ME REPORTA PASAR PÁGINA!)

“En los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento”.

Albert Einstein

La existencia, nuestra vida, no es ni un valle de lágrimas con el que da grima rimar (si el vocablo elegido para hacer la rima es la herramienta que suele portar y usar la muerte, el dalle) ni un jardín de rosas olorosas que procura tanto placer como yacer con quien cada quien pasee y fantasee. La vida tiene momentos en los que parece uno e instantes en los que semeja otro. Depende de nosotros, depende de qué pensemos en esos precisos (despreciables o preciosos) lapsos de tiempo. Si somos optimistas, veremos la parte positiva del asunto o tema que tenemos entre manos. Si somos pesimistas veremos la parte contraria u opuesta a la anterior, que tememos. El ejemplo de la visión del vaso medio lleno o medio vacío puede ser clarificadora, si no para todas/os, para el grueso, la mayor parte.

A lo largo de la vida, una persona añosa (aunque no se haya dedicado a torear morlacos en cosos taurinos) ha tenido que lidiar con miles y miles de astados cinqueños, si damos en llamar metafóricamente toro a una situación de difícil solución por ser compleja, a un casus belli, a un brete (del que una/o no logra escaparse, no, con facilidad ni en un periquete).

Sé de quien, aleccionado por la experiencia, apenas confía en las nuevas personas que conoce. Se ha sentido, un día sí y otro también, sin defecto, tan defraudado con cuantas/os le ha tocado en suerte tratar, que ya no se hace ilusiones, para no verse de nuevo frustrado. Ha dicho (si no lo ha proferido, al menos, lo ha pensado) tantas veces “Tierra, trágame” (al ser humillado por una deslealtad o una infidelidad), que ha devenido en un carámbano o témpano emocional, pues pasa de ser nuevamente hollado.

Tras recibir el último y más reciente varapalo, escribió un relato sobre lo que le acaeció, que tituló “Estrellado en un bar de cuatro estrellas”:

Me sentía moderadamente orgulloso de ser el encargado o responsable de uno de los nuevos locales que se iban a abrir en breve en la zona de ocio y restauración del boyante Centro Comercial “El orbe del Ebro”. Deseaba y, a la par, esperaba que la misma persona que me había escogido a mí para llevar las riendas del negocio hubiera seleccionado también al resto del personal, a las compañeras que me iban a ayudar en las diversas tareas del “Stars bar”, del bar de las estrellas, que, según mi criterio, además de serlo las grandes fotos de los actores y las actrices de cine de los paneles, debían serlo nuestras/os clientes y, mientras estuviéramos trabajando allí, no tendríamos que aspirar a serlo también nosotros (mis compañeras y yo) para nuestras/os clientes (habituales o esporádicas/os), porque, de esta guisa, evitaríamos las posibles fricciones o luchas de egos que pudieran brotar o surgir entre ambos.

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Primera carta apócrifa a Jesús, un amigo de Otramotro

PRIMERA CARTA APÓCRIFA A JESÚS, UN AMIGO DE OTRAMOTRO

“Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera”.

Albert Einstein

Dilecto Jesús, amigo de este bululú y/o decimero:

Desde hace un lustro, poco más o menos, cada vez que me preguntan quién es mi mejor amigo, interrogación directa que brilla por su ausencia (expresión que, por cierto, tras ser empujado al ruedo y dejarme llevar por el espíritu de contradicción, al que soy tan asiduo, y, asimismo, a fin de favorecer que emerjan y fluyan unas cuantas risas y refutar lo que significa hoy el adjetivo tácito —según el DRAE, callado, silencioso y que no se expresa, pero se sobreentiende, entre otros significados—, expresión que, itero, debemos al historiador romano Tácito), pues nadie me la suele hacer, a no ser que este menda haya sufrido los rigores de un transitorio trastorno mental y, como consecuencia del susodicho o tal, servidor se la haya formulado a sí mismo, cuestión que cabe tomar, claro está, como la excepción a dicha regla, acostumbro a contestarme lo esperado y obvio (al menos, para mí), que mi mejor amigo, dejando a un lado el caso excepcional, por extraordinario, de los Luises (Calvo Iriarte y de Pablo Jiménez), a quienes tomo (y trato) como lo que son, hermanos (algo parecido sostuvo hace la tira de años Demetrio de Falero, cuando adujo que “un hermano puede no ser un amigo, pero un amigo será siempre un hermano”) míos, prolongaciones humanas de mi ser (tres cuartos de lo propio dijo Aristóteles cuando, ignorando la trascendencia que iba a tener una inmarchitable definición que dio de amistad —pues es rememorada por mí hoy, veinticinco siglos después de que fuera expresada por el estagirita— aseveró que esta es “un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita —qué te apuestas a que no falta el corrector, sujeto u objeto, humano o inhumano, que enmienda dicho verbo y lo mejora al mudarlo por palpita— en dos almas”), eres tú, Jesús, te llames en la vida real así, Manuel, o con el nombre doble, compuesto, Jesús Manuel.

Como ahora (en sentido estricto, desde hace unos días) me hallo leyendo la novela más extraña de Mario Vargas Llosa, “El hablador”, te urdiré lo que creo a pie/s juntillas (que es, ciertamente, una de las locuciones adverbiales más raras, por desconcertantes, en español, sí, sin duda), que te pareces un montón a Saúl Zuratas, que eres el vivo retrato físico o prosopografía de Mascarita; así que tienes esa misma mancha (la tuya no es de nacimiento) en uno de los lados de la cara. Si pruebas a mirarte en el primer espejo que encuentres y no la hallas en tu faz, no la eches de menos, porque, a pesar de que eres un sol, si la mancha obrara en tu rostro advertirías en las miradas de cuantas/os te vieran expresiones cristalinas de asco, grima y/o tirria (por separado o a un mismo tiempo, a la vez). Si la hallas, es el cardenal que te salió ayer. Cuando ibas de paseo con tu pareja, viste cómo un chulo desalmado le andaba meneando el zarzo, quiero decir, le estaba zurrando la badana a una de sus izas y, tras juzgar tú en un santiamén que estabas obligado a intervenir, a meterte en medio, para que cesara la tunda de golpes, te llevaste una buena galleta del proxeneta.

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¿Pedalear se pudo en cierto bingo?

¿PEDALEAR SE PUDO EN CIERTO BINGO?

La semana pasada, mientras estaba redactando las primeras líneas del breve ensayo que comenzó llevando el rótulo provisional de “Amén es el comienzo de amenaza” y acabó portando el título definitivo de “La juventud es fuente de progreso”, se me encendió la bombilla, esto es, me surgió, a bote pronto, la idea de enriquecerlo con una anécdota curiosa o sucedido real, pues volví a recordar o alguien o algo (solo Dios sabe quién o qué) trajo a mis mientes qué solían hacer mis compañeros Álvaro Santallana Risueño y Carlos Jesús Rojo Manzano después de cada evaluación, allá, in illo témpore, cuando hacíamos o cursábamos COU (ellos en ciencias, yo en letras) en el zaragozano colegio Enrique de Ossó (“Las Teresianas”). La procrastiné, porque el opúsculo discurrió por sus propios derroteros y, al parecer, un montón de obstáculos se confabularon para impedirme que lograra el encaje perfecto, sin defecto. La aducida doble razón me llevó, como insisto, a posponerla, pero no sin haberme comprometido antes a obligarme a echar mano de ella cuando advirtiera la ocasión propicia, cuando mejor conviniera. Bueno, pues tengo la impresión refractaria de que de hoy no pasa, de que ha llegado para la tal su momento más favorable, o sea, que voy a intentar erigir aquí mismo, en estos dos folios de blanco impoluto, que me sirven de guía, el monumento de palabras de papel que se merece.

Como ambos habían superado la circunstancia o condición necesaria, la barrera o el listón de la mayoría de edad, idearon la manera de celebrar, de forma original, extraordinaria, el fin de cada una de las evaluaciones ejerciendo de lo que eran, jóvenes, verbigracia, dando mal ejemplo, saltándose a la torera el cumplimiento de cierta regla no escrita y, como lógica consecuencia, varios metros. ¿Que en qué consistieron dichos saltos? Pues, grosso modo, en escaparse de la residencia religiosa donde estaban internos con nocturnidad, cosa que consiguieron al descender los tres pisos por los balcones hasta poner los pies en el patio interior, previo a la calle, pero no para andar de picos pardos, como tal vez algún atento y desocupado lector (ella o él) de estos renglones torcidos haya podido barruntar, intuir o sospechar, no, ni de jarana por lugares de mala reputación, quiero decir, tratando con putas, a no ser que alguien considere que la citada locución verbal coloquial (“andar de picos pardos”) también incluye ir a divertirse un rato al bingo a jugar unos, pocos (dado el escaso poder adquisitivo de los jóvenes jugadores), cartones.

La sede de la residencia religiosa ocupaba los tres primeros pisos de uno de los ocho bloques de aquel entorno residencial, además de los bajos o sótanos, donde, si no recuerdo mal, el espacio más amplio se destinaba a capilla, a la que también se podía acceder desde el patio residencial exterior por una puerta y una escalera que los comunicaba y donde se celebraba la eucaristía todos los domingos y fiestas de guardar; había también una ancha sala con sillas para ver la televisión; otra, menos lata, con mesas y sillas para jugar a las cartas, al parchís, la oca, el ajedrez y/o las damas, sobre todo; otra, donde cabían, de forma holgada, una mesa de pimpón y dos futbolines; y otra, que hacía las veces de mínima cancha de baloncesto con dos cestas en las paredes opuestas. En el entresuelo, a mano izquierda, quedaban la cocina y el comedor, alargado, en forma de te; enfrente de la puerta de entrada, tras cruzar el recibidor o vestíbulo, estaba la biblioteca, y a la derecha, una pieza para atender a las visitas, la sala de la televisión de los educadores y las habitaciones de estos. Comunicaba los tres pisos y el sótano una escalera interior. En el primer piso, a la derecha o a la izquierda, según la dirección que tomáramos y el pasillo, a lo largo de este, había varias habitaciones comunes, compartidas, evidentemente, por tres alumnos, que contenían cada una de ellas tres camas, tres mesillas de noche, tres sillas y tres armarios, y, en la parte opuesta del pasillo, cabía hallar sus respectivas salas de estudios, con el mismo número de mesas y sillas; un espacio común para las duchas y los aseos ocupaba la parte central; asimismo, había dos salas para las reuniones, etc. En el segundo piso las habitaciones eran individuales y se repetían los mismos espacios comunes del piso inferior para las duchas y los aseos y las salas para las reuniones.

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¿El dalle? ¡Qué mal detalle!

¿EL DALLE? ¡QUÉ MAL DETALLE!

Me encantan, Luis, los detalles
(Porque, de ordinario, son
Resultados del tesón),
Si jamás semejan dalles
Con los que rebanar talles;
Y sí válvulas de escape
Que a todo correr o a escape
Accionan cuantas/os se quejan
De la alta tensión, si dejan
Que lo oculto se destape.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Cuando la ley suprema quede en mema

CUANDO LA LEY SUPREMA QUEDE EN MEMA

Mi dilecto amigo y heterónimo Otramotro pensaba que los políticos, si para algo existían y servían en las sociedades actuales, era para resolver los (grandes o pequeños, muchos o escasos) problemas que les fueran surgiendo a los ciudadanos (ellas y ellos) que las conformaban. Pero la realidad, pura y dura, que se impone a cuantas cábalas, conjeturas o especulaciones, plausibles y posibles, podamos hacernos usted, lector (sea hembra o varón), y yo, por nuestra propia cuenta y riesgo, viene a recomendarnos que pongamos los pies sobre la tierra y, asimismo, a cerciorarnos de que dicho axioma, principio o regla no vale para todos los países que en el mundo son. Así, si nos fijamos, verbigracia, única y exclusivamente en el nuestro, España, comprobaremos lo público y notorio, que no le faltaba razón a Julius, “Groucho”, Marx cuando adujo lo que, con el lento paso de los años, ha devenido en una verdad como una catedral de grande, que cuadra, encaja y viene como alianza al anular para explicar el disparate cómico que, desde hace un lustro (sin lustre), sobre todo, está acaeciendo en Cataluña: “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar luego los remedios equivocados”.

Uno, servidor, que no es el diablo cojuelo, personaje legendario que aprovechara Luis Vélez de Guevara para escribir en el siglo XVII su novela, ni tan chismoso o refitolero como para desear serlo, desconoce qué ocurre en el día a día de cada uno de los muchos hogares que hay en Cataluña, pero si se basa o fundamenta en los delirios, ora de grandeza, ora paranoides, que trascienden y padecen (no me cabe ninguna duda) algunos (no pocos) miembros de su clase política y luego escucha, lee y ve en los diversos mass media, colige que debe parecerse dicho territorio mucho a un frenopático.

Así, por ejemplo, en el colmo de los colmos, al consejero de Empresa y Conocimiento del Govern, Jordi Baiget, que tuvo (no se sabe si) la osadía (que fue interpretada como una temeridad por las/os independentistas de la CUP) o el desliz de dejar que se le escapara una muestra de cordura al reconocer en público esta verdad, que el referéndum ilegal de independencia del 1-O acaso no podría celebrarse, porque el Estado opondría todos los medios legales a su alcance para desbaratarlo, el mandamás catalán, Carles Puigdemont, se lo cargó (lo cesó) a las pocas horas. Si de esa guisa actúan con la/el discrepante o disidente, amiga/o, qué harán (me temo lo peor) con la/el adversaria/o, oponente o enemiga/o.

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Aunque una impar belleza eres por fuera

AUNQUE UNA IMPAR BELLEZA ERES POR FUERA

Aunque una impar belleza eres por fuera
(Hay hembras que se vuelven cuando pasas,
Que te odian cuando llegan a sus casas
—Del juez del hall escuchan esto: “Huera

Anda la que no pudo la salmuera
Conservar sin arrugas, la de escasas
Asperezas, tu estrella, que ene pasas
Contiene y guiparé hasta que me muera”—),

A mí me enamoró cuanto por dentro
En ti advertí, mi amor, y el fundamento
Es de que siga siendo tu fiel sombra

Y tú de mi existencia el mismo centro,
Que a mí de luz me llena y de contento
Y un día sí y otro también me asombra.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Ene adversarios dadme; no enemigos

ENE ADVERSARIOS DADME; NO ENEMIGOS

El pasado jueves, 15 de los corrientes mes y año, el grueso de los periódicos que (h)ojeé en el sitio de costumbre, la tudelana Librería/Papelería “El Cole” (una vez más me veo en la propicia tesitura de no dejar escapar la ocasión, pintiparada, efímera, sin duda, de testimoniarle a “Fangio”, de nuevo, mi más sentido y sincero agradecimiento —siempre estaré en deuda con Miguel Ángel Gracia Eraso, su dueño, por haberse comportado conmigo como un “mecenas” y seguir derrochando generosidad a manos llenas, si no con todas/os, con la mayor parte de sus semejantes—, que no miento), conmemoraron una fecha indeleble, inmarcesible, los cuarenta años transcurridos desde las primeras elecciones democráticas en España. Era una manera estupenda, magnífica, de echar cuatro cerrojos, cuatro, a cuatro décadas de dictadura (mientras algunas/os historiadoras/es, profesoras/es y periodistas consideran que hubo un par de años de “dictablanda”, cuando el general/ísimo empezó a perder ímpetu, fuerza o fuelle, al final de sus días —amén de anciano, estaba enfermo—, otras/os aseveran que no dejó de ser autoritario hasta la última jornada en la que fue consciente de sus actos) franquista.

Todas/os, elegibles y electoras/es, candidatas/os políticas/os, periodistas y ciudadanas/os, o volvían a disfrutar del derecho al sufragio libre, directo y secreto, las/os añosas/os, o se estrenaban en ese menester, las/os hijas/os y nietas/os de la posguerra.

Dos canciones, que devinieron en himnos emblemáticos, porque sonaron y se escucharon tanto por doquier (lo urdiré echando mano de un oxímoron, hasta la saciedad, pero sin llegar a provocar los rigores del hartazgo) durante los primeros años de la Transición española a la democracia, sirvieron de motores o vehículos para alentar al electorado a participar en la fiesta de las urnas y votar, a estimular el espíritu de reconciliación cívica y a superar la tentación de la revancha, sin acudir a la ira para demostrar las normales y naturales discrepancias de criterio: “Habla, pueblo, habla”, compuesta por el grupo murciano Vino Tinto, y “Libertad sin ira”, de Baladés, Herrero y Armenteros, popularizadas ambas por el grupo musical onubense Jarcha.

En el diario La Rioja de dicho día leí lo que luego, una hora larga después, releí en la edición digital del mentado periódico, unas declaraciones interesantes, sin hesitación, sobre la susodicha efeméride, de quien ostentó con orgullo la dignidad de llevar la cartera del Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo durante seis años, en varios gobiernos presididos por Felipe González, Javier Luis Sáenz de Cosculluela (PSOE), que obtuvo representación parlamentaria, o sea, escaño en el Congreso, precisamente, en las citadas elecciones, quien tras volver a echar la vista atrás, aducía que “fue una época en la que no hubo odio en la política y eso que los protagonistas de entonces habíamos tenido una experiencia muy amarga con la dictadura (...) hicimos la Constitución en un marco en el que el odio estaba ausente. Los de enfrente eran adversarios, no eran enemigos, cosa que ahora no ocurre, porque alguien ha traído el odio a la política”.

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Carta apócrifa entre bachilleres que fueron colegas de "Fígaro"

CARTA APÓCRIFA ENTRE BACHILLERES QUE FUERON COLEGAS DE “FÍGARO”

(DE GUARDIMAR A PANDEMONIO, AL ESTILO DE PÉREZ DE MUNGUÍA)

Dilecto amigo y bachiller, colega Carles Pandemonio:

Como me pide en la suya, a la que me apresto a responder, que le cuente el caso por extenso, empezaré por el principio, por trenzarle (a ver si lo hago con una pizca de arte) que tengo tres hermanos: dos féminas y un varón. Ergo, continuemos, sigamos adelante, que esto tiene poco (apenas nada) de distintivo, pertinente o relevante. Mi hermana mayor, a quien todo el mundo llama Paca (yo acostumbro a decirle mucho: “Paca, ven pa —ra— acá”; y ella, que es tan coñona o zumbona como yo —y hasta más que el que narra, servidor—, me suele contestar indefectiblemente con esta pregunta proverbial “¿Pa —ra— qué?”) es una señora casada, que antaño recibió una educación de las más selectas que en las postrimerías de la centuria pasada y en los inicios del presente siglo XXI se podía dar a las/os hijas/os de bien (ahora me doy cuenta de que hubiera sido mejor usar el plural, de bienes, de muchos bienes, de toda clase); quiero decir esto, que sabe leer, aunque no todos los libros (los escritos en otros idiomas que no sean el catalán, el español, el francés y el inglés, no), y escribir, aunque no urda cosas dignas de ser leídas (ergo, menos aún releídas); contar no es un problema mayor o problemón para ella, porque siempre descuidó tanto el cuento de sus cuentas que, aun después de haberse casado, acostumbra a dejarlas a mi cargo, ya que soy su mayor acreedor, que las llevo, sin ninguna duda, bastante mejor que ella; baila la sardana como una sardina se mueve en el líquido elemento marino; canta cuanto sobra para hacerse notar o de rogar y para dar la vez con viva voz; monta a caballo como una amazona del río de igual nombre en plural, que, según cuenta una leyenda que me acabo de inventar (por fantasear, que no quede en el tintero más que lo que huelgue), amenazaba más con su vista de lince que con el arco tensado, dispuesto a disparar la flecha; y mil placeres reporta ver con qué soltura y desembarazo saluda, mientras anda callejeando o paseando, ahora que el verano se ha adelantado, por las sombras de Barcelona, a sus amigas/os y conocidas/os; de ciencias y artes desconoce lo suficiente como para poder hablar de ambos ámbitos como una ducha, experta o perita en dulce. En materia de bel canto y de teatro nada añadiré a que está abonada al Palau de la Música, y si ignora qué asunto se está cociendo en el drama, se calla o da el pego, que para eso lo paga, y aun lo suele silbar y patear; de este modo da a entender que ha visto obras mejores en los proscenios de varios teatros de otros países, porque ha viajado mucho por el extranjero. Ahora, verbigracia, está destinada en Qatar, donde o catas o te catean por no catar. Habla bien el francés y el inglés cuando debería hablar mejor el español, y el catalán, su lengua materna, no lo habla más que con los suyos y por teléfono. Por supuesto, como yo, cree más en la independencia de Cataluña (república que me pone de los nervios y por eso hago lo que me manda, pruebo y como la primera uña que hallo) que en Dios, y menos si es trino, porque quiere pasar allí donde se encuentre por mujer de luces (como dijo Edith Wharton, “hay dos maneras de difundir la felicidad, ser la luz que brilla o el espejo que la refleja”). Se me olvidaba aducir u olvidábaseme decir, como le gustaba hilvanar de cuando en vez a Cervantes, que no diré nada de los diversos títulos que tiene ni de sus otras muchas virtudes (tantas, que su innúmera cantidad y pormenores incontables no se solidarizarían nunca con su excelsa calidad, por más que me empeñara en ceñirme a enumerar unas y reducir otros a un único adjetivo, y con esta carta (en la que una legión de lectoras/es avispadas/os verán lo que sin hesitación es, un cuento), que tiene vocación de breve.

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Yo acuso de bellaco a Pep Guardiola

YO ACUSO DE BELLACO A PEP GUARDIOLA

(SI BELLACO SIGNIFICA PÍCARO, O SEA, TRAMPOSO Y DESVERGONZADO)

“¡Qué raro y maravilloso es ese fugaz instante en el que nos damos cuenta de que hemos descubierto un amigo!”.

William Rotsler

Si mi tocayo Émile Zola no hubiera muerto en París el 29 de septiembre de 1902 (por si no le peta o agrada al atento y desocupado lector —sea hembra o varón— esta conditio sine qua non, le pondré y propondré otra —a ver si esta sí le satisface—, si su alma hubiera transmigrado —siempre que el lector no ponga objeciones sesudas u oponga razones de peso a que la metempsicosis pueda ser, en verdad, un hecho plausible y posible— hasta buscar acomodo o conseguir instalarse en el —hágame el favor de entender el guiño que ahora le hago y envío al esperpento “Luces de bohemia”, de Valle-Inclán, tan apreciado por mí— “cráneo previlegiado —sic—” del cuerpo de un contemporáneo español) y hubiera escuchado las palabras que pronunció Pep Guardiola anteayer en Barcelona in situ o en uno o varios telediarios, seguramente hubiera acusado al plurigalardonado jugador y entrenador de fútbol de mentir como un bellaco (si tenemos en cuenta y no refutamos lo que cabe leer en el DRAE: que bellaco significa pícaro y este, a su vez, tramposo y desvergonzado, o sea, embustero y cínico).

Guardiola habló en su alocución de los “abusos de un Estado autoritario”, una hipérbole notoria, una exageración manifiesta, permitida en un texto de ficción, como este, verbigracia. Así que, como, a pesar de que he hecho ímprobos esfuerzos por buscarlo por doquier (no ponga en tela de juicio al menos esto), no he hallado lo que anhelaba, al Zola redivivo, he decidido lo que he juzgado inexcusable y oportuno, tomar la péñola para hilvanar los renglones torcidos que vayan a cantarle y contarle al señor Guardiola las cuatro verdades del barquero: que ha sido él el que ha abusado de la libertad de expresión, derecho que ampara la vigente Constitución española de 1978 (aprobada por Las Cortes, ratificada por el pueblo español —votada mayoritariamente, por cierto, en Cataluña— en referéndum el 6 de diciembre de dicho año), al echar mano de ella para embelecar (no creo que para engañarse también a sí mismo) a su auditorio (como dijo más de una vez Abraham Lincoln y dejó escrito en más de un sitio, “puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”).

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Tiene el hombre esta certeza:

TIENE EL HOMBRE ESTA CERTEZA:

ES UN SER QUE ABRIGA DUDAS

Aequam memento rebus in arduis / seruare mentem, non secus in bonis / ab insolenti temperatam / laetitia, moriture Delli” (“Acuérdate de mantener en los momentos difíciles un espíritu sereno, e igualmente en los felices, preservándolo de la insolente alegría, oh mortal Delio”).

Horacio, en su oda “A Quinto Delio

Últimamente (desde que fue publicada la carta abierta que le escribí al alcalde de Tudela, Eneko Larrarte Huguet, sobre todo), la pregunta que más me hace la gente que me conoce (esté donde esté, comprando el periódico en “El Cole” o el pan en “Bajo Cero”, esperando a hacerme unas fotos en “Alfredo”, deambulando por la calle,...) es por qué no tengo acceso a internet ni ordenador en casa.

Procedo a responderla por extenso para ver si, así, de esta guisa, consigo que nadie vuelva a formularme más la cuestión de marras.

La pensión que me ha quedado es, en verdad, corta (y aquí no hay rendija por la que pueda colarse, hacer acto de presencia y enseñorearse la hesitación, o sea, penetrar y arraigar la duda), pero esa circunstancia (los poco más de setecientos euros que cobro) no estorba tanto como para impedir o imposibilitar el doble hecho, porque podría tener el uno y el otro a mi disposición, si así lo quisiera, pero no lo deseo, porque antaño, tras valorar los pros y los contras, decidí que lo que más me convenía era salir de casa y, por tanto, renunciar a la citada pareja.

Como una persona se conoce a sí misma mientras conoce a otras, y otro tanto cabe decir u ocurre a la inversa o viceversa, servidor (que ha ido conociéndose paulatinamente y seguirá en esa tesitura, haciendo tal cosa, hasta que se muera, supongo) se conoce. Cometería una insensatez si ese conocimiento que tengo de mí mismo lo dilapidara, tirándolo, verbigracia, por la borda. Tengo para mí que el hombre, además de ser un ente que yerra, es un ser que tiene escasas certezas. Entre ellas, descuella, sin hesitación, la de que duda (y en esto sí que no hay ídem que valga); y, si lo lógico y normal en quien duda es no permanecer en ella, sino salir cuanto antes de ella o ellas (si son varias las que se tienen), por esa razón, precisamente, tomé la decisión de que a este ente dubitante que soy le convenía no tener ordenador ni acceso a internet en casa, si quería mantenerme sano (desde el punto de vista físico y psíquico), quiero decir, seguir siendo un loco cuerdo, no un orate de atar.

Acaso venga a cuento ponerle un ejemplo dubitativo, atento y desocupado lector (sea usted hembra o varón), para ver cómo soluciona el problema de la duda que acarrea. Imagine que a usted le da por recordar este pensamiento de Oscar Wilde, “la mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella”, y, a renglón seguido, por verse a sí misma/o, tumbada/o en la cama, desvelada/o, intentando rememorar una cita de “El perseguidor”, de Julio Cortázar, que otrora se aprendió de memoria, pero ahora duda de si la secuencia fiel es esta: “que no había más que fijarse un poco, sentirse un poco, callarse un poco, para descubrir los agujeros” u otra, o falla en alguno de sus verbos, o... Seguramente, teniendo ordenador y acceso a internet, usted, que se conoce, para solventar en un pispás la hesitación, hubiera echado mano de ambos y salido de dudas. Como no los tiene, concilia el sueño de nuevo, descansa y mañana en donde sea (este menda acostumbra a hacerlo en el Centro Cívico “Lourdes” o en la biblioteca pública de Tudela) hará todo lo posible para que la duda se disipe, esfume o deje de existir.

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Martes, 19 de septiembre

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