El Blog de Otramotro

Tenemos que ser ricos en ideas

TENEMOS QUE SER RICOS EN IDEAS

“Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos, / y escucho con mis ojos a los muertos”.

Cuatro primeros versos del “Soneto desde la Torre de Juan Abad” (señorío de Quevedo, pequeño municipio al sur de La Mancha, en la provincia de Ciudad Real), escrito por Francisco de Quevedo y Villegas.

Reconozco que a algunos libros les tengo un cariño especial. Lo que acabo de apuntar y apuntalar me ocurre, por ejemplo, con las “Charlas de café” (1920), de Santiago Ramón y Cajal, desde que cierta tarde, que me hallaba bajo de moral, otrora, hace la tira de años, lo abrí al azar por una de sus páginas y leí este pensamiento del médico e investigador español, que, inopinadamente, venía a encajar, como alianza en el dedo anular, con el momento existencial que el abajo firmante vivía (sin vivir en él): “Nada hay más semejante a una biblioteca que una botica. Si en las estanterías farmacéuticas se guardan los remedios contra las enfermedades del cuerpo, en los anaqueles de las buenas librerías se encierran los específicos reclamados por las dolencias del ánimo”.

Como (no sé si colegí o deduje lo correcto u oportuno) identifiqué aquel hecho como una carambola o chiripa, una serendipia, hoy, que me hallaba sin idea clara sobre la que discurrir y verter sobre el folio, he acudido a la biblioteca y he tomado, por si volvía a suceder lo propio, el ejemplar mentado en mis manos, lo he abierto y he leído la siguiente reflexión del Premio Nobel de Medicina (que compartió con el italiano Camillo Golgi) de 1906: “Hagamos notar que, cuando un hombre de ciencia presume de muchos amigos, casi siempre se trata de un cuco o de un holgazán. No se conservan varias amistades íntimas sin cultivarlas asiduamente, y este cultivo resulta incompatible con una vida de concentración intensa y de trabajo austero. En suma: O se tienen muchas ideas y pocos amigos, o muchos amigos y pocas ideas”.

Si considero (como así lo hago) el citado libro del nacido en Petilla de Aragón, “Charlas de café”, un estupendo amigo mío, pues lo reputo un pozo inagotable de razones, y extiendo dicho juicio a otros muchos libros, acaso me encuentre en un dilema complejo, esto es, deba respetar menos o, por el contrario, tolerar aún más de lo que ya lo hacía el susodicho pensamiento de Cajal, por haber llegado a la conclusión de que veo en él lo opuesto a lo que él vio, o infiero cuanto él infirió, y, además, juzgo que es una apodíctica e irrefutable verdad.

Desconozco si a usted, lector (hembra o varón), le consta lo mismo que a mí, que constato que abunda por doquier el iluso (ella o él —me incluyo, que conste—), pues tiene ilusión de hacer realidad su sueño o deseo, que promueve y favorece y apuesta por ser, cuanto antes, hoy mejor que mañana, mañana mejor que pasado, rico, gracias a un evidente golpe de suerte, o sea, que le toque el Gordo, Pilar, o que los bombos aleatorios deparen idéntica combinación numeraria a la que él escogió y le reporte en el reparto la cantidad dineraria, multimillonaria, consignada para la máxima categoría en uno de los semanales sorteos de los distintos juegos de azar.

Los tudelanos, los navarros, los españoles, los europeos, todos los ciudadanos del orbe, haremos lo correcto u oportuno si aspiramos al máximo, al puesto más alto del podio, a ser ricos en ideas. Porque, si la necesidad es fuente o, mejor, hontanar de pensamientos, ser ricos en ideas devendrá serlo, asimismo, en bienes de todo tipo. No tengo tan claro que el mismo provechoso camino o proceso ocurra a la inversa o viceversa.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


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