El Blog de Otramotro

Cuanto voy a contarte fue verdad

CUANTO VOY A CONTARTE FUE VERDAD

(DESDE EL PUNTO DE VISTA LITERARIO)

(AVISO QUE ESTE TEXTO ES SICALÍPTICO)

Ayer, en una epístola que le escribí a mi dilecta amiga María Pilar Martínez Barca le decía que “hay quienes tienen la rara habilidad, el sexto sentido, de extraer el jugo genial que contienen y portan algunas personas, y luego, además, son capaces de enriquecerlo, optimizarlo, encapsularlo en pequeñas dosis, repartirlo y aprovecharlo para que, una vez ingerido, pueda contribuir al crecimiento personal, propio y ajeno, singular, dual, plural o grupal y aun coral de la sociedad donde viven, de su microcosmos”.

Como a mí, que me lo paso de rechupete siguiendo la estela o el rastro que dejó Alonso Quijano, también me peta y apetece inventarme pasiones y personajes para probarme, hoy me ha dado por ver si logro metamorfosearme o aparentar que soy (funjo o finjo ser) una de las personas mentadas en el párrafo anterior, o sea, de las que por sus arterias y venas circula, además de la sangre común, el citado jugo genial, o de las que lo sacan, potencian, maximizan, hacen píldoras con él y, más tarde, erogan entre las de su entorno. Así que, tras releer el encabezamiento, que no miento, del artículo titulado “Pisar la raya”, que lleva la firma de su autor, Daniel Gascón, y fue publicado el sábado pasado, 23 de marzo de 2019, en la página 13 del diario El País, he decidido seguir la senda que había transitado Gascón hasta que he llegado a un jardín borgeano, donde el sendero se ha bifurcado hasta el infinito (eso es, al menos, lo que he barruntado).

No me creerás, lector/a, pero cuanto voy a contarte fue verdad (desde el punto de vista literario). Así que confío, deseo y espero que seas digno/a de leer la confidencia que me dispongo a relatarte y que lo hagas con absoluta reserva, esto es, que la guardes, como oro en paño, en la misma caja fuerte donde sueles depositar, a buen recaudo, otros secretos o secretos de otros/as.

Hace una semana cabal, antes de lo normal, llegué, hecho polvo, del trabajo a casa. Nada más abrir la puerta, me pareció oír jadeos que provenían del dormitorio. Así que encaminé mis pasos hacia allí. Anduve, intrigado, los diez metros de pasillo y, como la puerta estaba abierta, pude guipar cómo mi esposa gozaba de lo lindo mientras cabalgaba desmelenada, desbocada, sobre el vientre desnudo de un desconocido. Como me quedé de piedra, sin habla, contemplando la escena, pletórica de lascivia, ellos siguieron a lo suyo, la faena, hasta que, al fin, pude articular palabra y proferí un “¡pero bueno!”. Esta expresión fue mano de santo, porque mi mujer se percató de mi presencia y procedió a desencolarse y a cubrir, pudorosa, su joyero con la primera prenda que halló a mano, su sostén. El tío, un tipo malencarado, me miró con rabia y de la mesilla cogió y abrió una navaja enorme, cuyo filo resplandecía tanto que me acongojó e hizo tragar el doble o el triple de la cantidad de saliva habitual. Trazó con ella una raya en el parqué, en el umbral de la puerta, paralela al dintel, y me amenazó: “Como cruces la línea, atente a las consecuencias”. Como su dedo sin uña aún permanecía extrañamente enhiesto, volvió a la cama, mi mujer procedió a darle cobijo de nuevo en su grieta o gruta y ambos siguieron dando rienda suelta a sus deseos libidinosos.

En este punto, lector/a, acaso te gustaría preguntarme a mí, amén de cornudo, narrador, por ejemplo, esto: “¿Y tú qué hiciste?”. Te contesto al instante, como el rayo: lo obvio, las dos cosas que pude y supe. Una, mirar atentamente, para tratar de aprender la técnica que usaba el tío, porque mi esposa estaba disfrutando un montón. Y dos, lamentar que mi pene, comparado con el suyo, diera pena.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


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