El Blog de Otramotro

Quiera o no cabrearnos, lo ha logrado

QUIERA O NO CABREARNOS, LO HA LOGRADO

Es la segunda ocasión en la que alguien (no me cabe la menor duda de que se trata de la misma persona que echó mano del mismo procedimiento la primera vez), un lector (hembra o varón) habitual de mis urdiduras o “urdiblandas” (porque estilística e ideológicamente los renglones torcidos que contiene su escrito los hubiera podido trenzar, de cabo a rabo, y firmar este menda), usa el mismo medio (colar o depositar en mi buzón su texto) con idéntico fin (para que, si no oponía objeción al respecto servidor, este fuera publicado, en la bitácora que gestiona, el blog de Otramotro).

Transcribo a continuación, en el anejo espacio, entrecomillado, el ajeno parágrafo:

“Tengo para mí que indignar e indignarse son las dos caras de una misma moneda (en plata, que, si alguien se indigna, es por la sencilla razón de que alguien, busque o no tal cosa, indigna); o, si se prefiere esta otra imagen, por parecerle al lector de estas líneas (sea ella o él) más acertada o cabal, la cara y la cruz de una misma realidad, el haz y el revés de idéntica trama. Ahora bien, cabría preguntarse si la verdadera pretensión o propósito de quien hace o deja de hacer lo que sea (pondré como ejemplo de dejar de hacer al sin un ápice o pizca de honor Quim Torra, que anda desobedeciendo cada dos por tres lo que le ordena la autoridad competente, o sea, tomándole el pelo impunemente a la Junta Electoral Central), que a otro le indigna (en el caso concreto propuesto, sería, amén de a los miembros de la citada Junta, al grueso de la ciudadanía, que está harta de este y otros botarates de semejante jaez), es, sin hesitación, indignar. ¿Acaso cabe otra respuesta o resultado racional que no sea indignarse? Pues sí, no había caído antes en ello, pero sí, cabe reírse a mandíbula batiente de las salidas de pie de banco del sujeto que ostenta la más alta representación del Estado (¡manda narices!) en Cataluña, el que tiene a muchos españoles (entre ellos, a la mitad de los catalanes, hembras y varones) hasta más arriba de la coronilla”.

Entre los lectores (ellas y ellos) de esta chuchería literaria que ya hayan sobrepasado la cincuentena, seguramente, cabrá hallar quien recuerde, si no con toda fidelidad, sí lo precipuo o principal de la distinción que coronó entre los verbos molestar, irritar y cabrear, en uno de sus gags inolvidables, el genial humorista Miguel Gila.

En estos precisos momentos, no recuerdo el nombre que escogió para llevar a cabo el experimento que ideó. Huelga decir que es mi deseo y mi esperanza que nunca lo probara, por supuesto.

Para Gila, molestar sería lo que, sin duda, haría quien marcara un número de teléfono al azar (el “sketch” triunfó durante los años en los que no había o aún escaseaban los teléfonos móviles) y preguntara a la persona que lo descolgara (siempre que no coincidiera con el nombre que había seleccionado para el tal, pongamos por caso, Armando): “¿Está Armando?”. Pero, si a las once de la noche, el mismo menda marcara idéntico número y culminara la misma pregunta: “¿Está Armando?”. Esto ya sería irritar. Y si, para más inri, insistiera en llamar al mentado número de madrugada y, tras descolgar la persona, le soltara con guasa: “Soy Armando Camorra. ¿No habrá preguntado alguien por mí, verdad?”. Esto sería cabrear.

Quim Torra, mutatis mutandis, es el mentado Armando Camorra, que, quiera o no cabrearnos, es lo que ha logrado (al menos, a una buena parte de los españoles), al llamarnos de madrugada a casa para preguntarnos si vamos a apoyarle en su pretensión de subirse el sueldo al haber resuelto, si no todos, la inmensa mayoría de los problemas que padecían y ya no sufren, por su sabio proceder, los catalanes.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


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