El Blog de Otramotro

¿Quién padece el efecto Dunning-Kruger?

¿QUIÉN PADECE EL EFECTO DUNNING-KRUGER?

Como por las mañanas ya no acudo al Centro Cívico “Lourdes” (donde solía urdir las primeras versiones de mis textos, fueran estos escritos por el abajo firmante en verso o en prosa), cuyo servicio de ordenadores ha sido clausurado (al menos, temporalmente; dicha sala, estrecha, la han solicitado varias asociaciones, ergo, según me comentó hace algunos días en dicho espacio el propio responsable, se usará para otros menesteres cívicos), aprovecho las primeras horas de las mismas para leer las páginas de los números de los periódicos y revistas sobre las que (por diversos motivos, los que fueran) no pasé ni posé en su día mi vista. Ayer, verbigracia, me di de bruces en una de las mentadas páginas con un sesgo psicológico cuya existencia desconocía (lo habitual; admito —no me cuesta nada asumir lo obvio— y reconozco que soy —y me moriré siendo— un ignorante ancho, largo y alto o profundo en mil y un ámbitos del saber), el Dunning-Kruger (efecto psicológico “según el cual —reproduzco a continuación qué dice al respecto la Wikipedia— los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un sentimiento de superioridad ilusorio, midiendo incorrectamente su habilidad por encima de lo real”), llamado de esa guisa porque fueron los investigadores David Dunning y Justin Kruger, de la Universidad de Cornell, quienes demostraron la existencia de dicho fenómeno. Sus resultados los publicaron en el número de diciembre de 1999 del Journal of Personality and Social Psychology, por el que recibieron el premio Ig Nobel (organizado por la revista de humor científico Annals of Improbable, que concede, a principios del mes de octubre de cada año, dicho galardón, por sus logros coronados, a diez grupos de científicos que —a la inversa o completando o complementando acaso el parecer que adujo George Burns de que “quien nos hace reír es un cómico. Quien nos hace pensar y luego reír es un humorista”— “primero hacen reír a la gente y luego la hacen pensar”) 2000. En el mentado trabajo concluyeron que “la sobrevaloración del incompetente nace de la mala interpretación de la capacidad de uno mismo. La infravaloración del competente nace de la mala interpretación de la capacidad de los demás”.

Quien padece dicho sesgo cognitivo (ella o él) se tiene por más capaz de lo que en realidad es, se siente más inteligente de lo que cualquier test de inteligencia demuestra o prueba. Suele ser tan soberbio o tener el ego tan subido que es incapaz de dar su brazo a torcer, o sea, reconocer, sin ambages, que es un incontrovertible bodoque.

Barrunto que al atento y desocupado lector (hembra o varón), llegado a este punto, que es en realidad una coma, ya le habrá venido a la mente un claro afectado (ella o él) por dicho efecto, un evidente arquetipo, prototipo o representante de tal sujeto.

Al menos, reconozco que a mí me ha acaecido lo propio, lo que he recogido en el párrafo precedente. Ahora bien, el caso más cristalino u ostensible que he hallado, quizás por ser el más cercano, ha sido, sorpréndase, sí, el mío. Hoy, por ejemplo, me he dicho a mí mismo esto: no puede ser tan inteligente, como se cree, quien suele leer tres veces cuanto escribe y en cinco ocasiones (por tanto, en quince oportunidades) ha pasado por alto el mismo yerro, ya que ha necesitado hacer cinco versiones, cinco, y otras tantas copias de un escrito (de dos folios) para darlo, por fin, por bueno (con la salvedad de que tal vez haya podido cometer otros errores que todavía no hayan identificado ni reparado en ellos los diversos lectores y/o críticos literarios que todo autor portea, porta o acarrea consigo).

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


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