El Blog de Otramotro

Refutador Mayor del Mentidero

REFUTADOR MAYOR DEL MENTIDERO

Atento y desocupado lector (seas ella o él):

“Imaginémonos a un niño salvaje que vive en completa soledad humana en medio de la jungla; por abreviar el discurso o relato, a Tarzán cuando era adolescente. Sigamos (por) esa senda e imaginémonos que, por una mera o compleja cuestión de(l) azar, es hallado por un científico aventurero (o viceversa) y su equipo y (ahórrese el lector, como hace quien trenza estos renglones torcidos, el arduo y luengo proceso hasta que) es conducido por este adonde tiene su residencia habitual, a las afueras de una ciudad populosa. Imaginémonos que es adoptado por su descubridor. Bueno, pues, barrunto que, al poco tiempo de vivir en dicha sociedad (propongo una horquilla que vaya de tres meses a un año), el espabilado Tarzán, medio educado ya, habrá llegado en su personal análisis y valoración de la realidad que lo circunda a algunas conclusiones. Aunque la expresión que me dispongo a usar sea escasamente científica, me apuesto doble contra sencillo a que, entre ellas, descuella esta: que ninguno de sus civilizados semejantes (que conste en acta que me incluyo entre los tales) estamos exentos de decir tonterías ni de hacerlas”.

En las pocas y precedentes líneas cabe hallar la quintaesencia de “Metomentodo”, quien las urdió.

Si alguien me pidiera (como así ha sido), como simple ejercicio literario, que escribiera un contrasentido, la elegía de quien aún vive, mi heterónimo Emilio González, “Metomentodo”, acaso empezara refiriendo de él lo siguiente, que me lo confió él mismo, al poco de conocernos, mientras nos tomábamos en el Juan Sebastián Bar él un “olé” (por café au lait), café con leche, y yo una birra:

“—A veces, Otramotro, nada más abrir los ojos y despertarme, antes de levantarme del catre, tengo la sensación refractaria de ser un Tarzán adolescente, recién llegado a la civilización, como si mi mente fuera una “tabula rasa”, una pizarra intacta, virgen, sin estrenar, sobre cuya superficie nadie hubiera deslizado aún un trozo de tiza”.

“Metomentodo” fue un hombre indomable, difícil, como un toro áspero, bravo, complicado; tenía un carácter irreductible, siempre sensato, duro como el pedernal, escasamente tierno. Quien lo trató y debatió con él del asunto que fuera dedujo lo mismo que antes otros coligieron, que su manera de vivir era abochornando y sonrojando al otro, que su manera de filosofar era estando siempre en contra del primer aserto que alguien había osado pronunciar en una reunión. Solo oponiéndose, solo mostrándose en completo desacuerdo, le brotaban a borbotones y le surgían libremente sus pensamientos más geniales y originales. “‘Metomentodo goza estando en contra’”. Ese endecasílabo es el que usó un amigo y colega suyo, Eladio Golosinas, “Metaplasmo”, para rotular la biografía que escribió sobre el impar sujeto. Bueno, pues, este, para agradecerle tan ardua labor, cuando tuvo conocimiento del hecho, solo se le ocurrió espetar al periodista que le preguntó al respecto este otro endecasílabo: “¡Qué inútilmente pierde el tonto el tiempo!”. Si alguien había dicho o hecho alguna incoherencia, allí estaba el notorio notario de la actualidad más imbécil para dar fe de la misma y denunciarla. Con la grata ocasión de su jubilación, en su sexagésimo séptimo cumpleaños, sus amigos se sorprendieron inesperadamente cuando “Metomentodo” aceptó (de buen grado, algo insólito en él) una placa en la que se le nombraba con el título que ellos habían seleccionado para que tan “rara avis” lo pudiera utilizar donde le diera la real gana, dentro de los límites del mentidero, claro: Refutador Mayor del Mentidero.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


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