El Blog de Otramotro

¡Cuánto atraen los ángeles hermosos!

¡CUÁNTO ATRAEN LOS ÁNGELES HERMOSOS!

(¿EL TÍTULO NO ABRIGA UN PLEONASMO?)

“—Se abrieron las puertas del cielo, que se escapó —el recién jubilado, Espósito, no llega a concluir o proferir lo que sigue— un ángel”.

Comenta Ricardo Darín (que interpreta el papel de Benjamín Espósito, al acceder, al comienzo de la cinta, al palacio de Justicia y cruzarse con una joven esbelta, mientras recorre los pasillos del edificio), según el guion del filme “El secreto de sus ojos”, dirigido por Juan José Campanella en 2009, y que fue galardonado con el Oscar a la mejor película de habla no inglesa (2010).

Ocurrió el viernes, 2 de noviembre de 2018, en el cibercafé “Praga”, de Tudela (Navarra). Había acudido allí para escribir (en sentido estricto, teclear en el único ordenador que aún tiene a disposición de los clientes el dueño del establecimiento, Alberto, y para guardar en mis direcciones de correo electrónico y subir a mi bitácora el texto que había titulado “Refutador Mayor del Mentidero”), pero, como la computadora estaba ocupada y, según me comentó (o eso deduje de lo que le escuché decir) el gerifalte, lo seguiría estando durante dos o tres horas más (ese sería el comportamiento asiduo o habitual del usuario), tras charlar un rato con el mentado, quedé en que volveríamos a vernos, porque servidor tenía la intención de acercarse allí más tarde para tomar una caña.

Volví a casa y, cuando con la ayuda de un bolígrafo y de un folio di remate a la idea que me bullía en la mente y me preparé la cena (una ensalada, a base de un cogollo, un tomate, una cebolla, un paquete de palitos de surimi y un huevo duro, a la que luego añadiría el aliño, un buen chorretón de aceite de oliva virgen extra y un par de hisopazos de vinagre balsámico de Módena), abandoné mi domicilio, cerré la puerta con llave, cogí el ascensor, porque dio la casualidad de que estaba en la tercera planta, descendí, salí del edificio y, tras doblar la esquina izquierda, decidí que las suelas de mis zapatos pisaran la acera de los pares de la avenida de Santa Ana. Superada la mitad del trayecto, me topé con mi hermano Miguel Ángel, “el Chato”, y mi cuñada Alicia. Los besé, les invité a tomar algo, pero declinaron el convite, me despedí de ellos y llegué al “Praga”. Subí el escalón y entré.

Dentro, hallé, a la vera de la barra, a Luis, un parroquiano (“cliente VIP”, me propuso el susodicho que escribiera, cuando les comenté, tanto a él como a Alberto, un par de días después, que había pensado trenzar un texto sobre el hecho acaecido allí) habitual. Di las buenas tardes y le pedí al dueño que me sirviera una caña, que acompañó de un pequeño recipiente repleto de maíces tostados.

Andábamos Luis y yo hablando de esto, eso o aquello cuando, de la calle, que se había metamorfoseado, por arte de birlibirloque, en el mismo cielo, salieron (en realidad, entraron en el local, un infierno deseado, por deseante) dos ángeles. Uno conocido, pareja de Alberto, y otro ignorado (no por ellos, por mí).

Como el abajo firmante había recibido recientemente un revés o varapalo sentimental, no se percató en ese preciso momento del hecho, pero sí de que Luis se olvidó de mí y de la conversación que manteníamos, tras ser saludado por el ángel desconocido, porque solo tuvo ojos y oídos para ella. Más tarde pude comprobar, al contemplar de forma fehaciente, las razones de peso de Luis, que no hizo falta que adujera o formulara (estaban a la vista), para cambiar ipso facto de interlocutor y tema de debate. Y es que los ojos, ante la belleza, no suelen pecar, no, de pereza.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


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