El Blog de Otramotro

Para Pilar, que fue mi amor y musa

PARA PILAR, QUE FUE MI AMOR Y MUSA

“El corazón tiene razones que la razón ignora”.

Blaise Pascal

Déjame decirte (en sentido estricto, escribirte), Pilar, que tú, en lo tocante a nuestra relación de pareja afectivo/literaria, nada tienes que reprocharte; de nada tienes que culparte. Y menos de su ruptura. Eres una mujer estupenda; (ur)diré más, de bandera (yo no me he enamorado jamás de una mujer mediocre; eso es lo que creo a pies juntillas; respeto que para otros las mujeres que he amado hayan podido parecérselo, pero no serlo), pero tienes tus defectos (me consta que no los ignoras), como yo los míos (que tampoco) y cualquier hijo (sea hembra o varón) de vecino los suyos.

Pilar, tú solo querías tener conmigo una relación de amistad. Me quedó claro desde el principio, pero yo, como advertí que cada vez estaba más y más enamorado de ti, hasta que llegué a estarlo de manera completa (no concebí nunca que a un verdadero tal le cupiera estarlo de otro modo), confiaba en que, con el lento paso del tiempo, te darías cuenta de ello, de que mis sentimientos hacia tu persona eran decentes y verdaderos, y de que la flecha de Cupido, que me había acertado en pleno corazón, acaso pudiera haber rozado el tuyo y eso ayudara o contribuyera a hacerte cambiar de parecer. Me equivoqué, sin duda. Y tal vez tú también. Me explicaré. Lo intentaré, al menos. Veremos si lo logro o no.

Insisto, Pilar, en lo incontrovertible, en que tú solo querías tener conmigo una relación de amistad. Esa era la máxima concesión que estabas dispuesta a hacerme, el tope al que podía llegar mi pretensión. Yo acepté que ese fuera tu criterio, tu deseo. Pero, como para mí se quedaba corto (entiendo que a otras/os tu propuesta les sirviera y hasta les llenara o satisficiera plenamente; al parecer, lo que no llegaste a comprender, lo que no entendiste, es que a mí no lo hiciera), no pudiera avenirme a decir que sí a la misma, a eso, que era lo que tú querías, no lo que yo anhelaba. Además, el martes de marras no me vi capaz, ni mediana ni meridianamente preparado para, verbigracia, tenerte delante, enfrente, a un escaso metro de distancia, y no lanzarme directo a darte, amén de un abrazo e(vi)terno, besos sin cuento.

A lo que yo aspiraba era a que fueras (así te lo hice saber varias veces) mi esposa (si no querías que nos casáramos, estaba dispuesto a aceptar que fueras mi pareja, siempre que viviéramos bajo el mismo techo, y pactáramos, de mutuo y común acuerdo, las condiciones o los términos de nuestra convivencia y nos comprometiéramos a cumplirlas/os a rajatabla y a respetarnos). Mi aspiración, dizque, superaba con creces los límites de tu concesión. Acepté (de mal grado) que fuera así el caso, la cosa, pero lo admití (insisto, de mala gana), que no fue lo que tú hiciste. Mientras que yo respeté que tú dijeras que no a mis ansias, tú no toleraste que yo rehusara las tuyas. Mientras que yo respeté que rechazaras mi propuesta, tú no toleraste que rechazara la tuya.

Aunque sé, me consta, que el amor no es un juego, no debe serlo (aunque todo amor tenga un componente o una parte de tal), acaso valga la siguiente imagen. Yo, Pilar, me jugué todo mi capital sentimental a la apuesta del todo (el doble, en realidad, o sea, complementar o completar mi persona o ser con el tuyo, o viceversa) o nada. Lancé las chapas al aire y salieron cruces (o lises). Perdí. Era algo que podía pasar. No me quejo.

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Lunes, 22 de abril

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