El Blog de Otramotro

Sólidos indicios

SÓLIDOS INDICIOS

Hace dos semanas justas (sé que era martes, porque todos los tales, siempre que no caiga en fiesta de guardar, bajamos andando juntos al pedazo —no me consta que él se haya referido alguna vez a esa pequeña porción de terreno, cercada, donde cultiva verduras, legumbres y algunos árboles frutales, sendas parejas de cerezos, manzanos y perales, una higuera y un nogal, que él siempre llama “nocero”, con los nombres habituales de huerto, huerta u hortal— que tiene en La Mejana a hacer alguna labor, la que él, dueño del terreno, manda), cuando llegué a casa de mi dilecto y soltero amigo Emilio González (le llevaba, recién lavado y secado, el táper, vocablo al que el DLE ya le ha dado su aprobación, bienvenida, entrada o plácet en su seno, o sea, el recipiente de plástico donde me había llevado a casa parte de los caracoles que él había cogido allí unos días antes tras una breve, pero intensa, chaparrada —y que, tras haberles dado varias aguas, quiero decir, haberlos limpiados a conciencia y una vez engañados, habían quedado listos para ser hermanados con otras viandas—, con los que él me había obsequiado), “Metomentodo”, este, de la solapa superior de una caja de cereales, con la inestimable ayuda de unas tijeras, andaba recortando unos trozos de cartón y, a renglón seguido, doblándolos. Recuerdo que le pregunté a qué fin hacía aquello y lo que me contestó, que, si con ellos obtenía el resultado apetecido, el que esperaba, otro día me contentaría al contármelo por extenso.

“Metomentodo” lleva jubilado los mismos años que el menda, diez, y por idéntico motivo, por incapacidad laboral absoluta. Lo conocí en el tudelano Hospital “Reina Sofía”, HRS, donde, compartimos habitación unos días antes y varios después de ser operados del mismo mal, cáncer de colon. Yo, por buscar alguna diferencia entre ambos, de manera extraordinaria, pasé un día largo, pero que se me hizo muy corto en el tiempo, en el cielo, donde unos ángeles (no entraré en las proverbiales y medievales discusiones bizantinas de si eran femeninos o masculinos) me cuidaron estupendamente en una de las habitaciones de la UCI de dicho recinto hospitalario. A él le quitaron veinte centímetros de intestino grueso y a mí, que me localizaron dos tumores incipientes, ¡menos mal!, casi medio metro.

Como durante los tres años posteriores a nuestro primer paso por el quirófano coincidimos tantas veces en las salas de espera anexas a las consultas de los diversos especialistas en el aparato digestivo y cirugía de los hospitales de Pamplona (donde ambos fuimos intervenidos también en varias ocasiones) y Tudela, probamos y comprobamos que seguía vigente esa paremia irrefutable, pues contiene una verdad incontrovertible, que dice que “el roce hace el cariño”; en plata o a la pata la llana, que, con el lento paso del tiempo y la mutua aportación, vinimos a establecer y estrechar lazos de una verdadera y duradera amistad, vaya.

Mientras no caiga en las garras o las fauces del alzhéimer, siempre recordaré con hilaridad la divertida anécdota referida al pedazo de “Metomentodo” la primera vez que me acompañó Isabel, mi esposa, a conocerlo. Como yo escuchaba a Emilio hablar sin parar del pedazo y ella, a su vez, me oía perorar sobre esto, eso o aquello del dichoso y redicho pedazo, la primera vez que pisó mi mujer el susodicho terreno “Metomentodo” se tiró un estruendoso y fétido pedo (allí, entre nosotros, seguía en vigor o regía la costumbre que había implantado su abuelo paterno, José, en Turruncún, que, grosso modo, aún dice lo que decía, que uno podía ejercer de Alonso Quijano, o sea, fungir del Quijote, y, por tanto, irónicamente, liberar una cuerda de presos sin tener que dar explicación de ello a nadie) y ella soltó una expresión que venía a dar cuenta de la perfecta fusión, que no daba pie, no, a una confusión, de las dos ideas que pugnaban por salir a borbotones, en tropel, de su mui: “¡Vaya pedazo!”.

Mi amigo Emilio, que me pasa diez años y cinco días justos (él nació el 19 de febrero de 1952 y tiene, por tanto, sesenta y seis años; yo fui alumbrado el 24 del mismo mes de 1962, así que cincuenta y seis estíos es mi edad), nunca me ha querido responder a dos preguntas, que le he formulado de mil modos distintos, de todas las maneras posibles que Dios me ha dado a entender: quién le puso y por qué el mote de “Metomentodo”. Porque lo cierto es que, desde que lo conozco, no le he visto que jamás se haya comportado como un metete, entrometido o entremetido, esto es, que se haya metido en camisa de once varas, en definitiva, que se haya inmiscuido en lo que no le iba ni le venía a cuento, en lo que no le incumbía ni le importaba. Quizá la razón esté en una cita de Confucio que yo me aprendí (me consta que no es del todo literal) así: “Quien comete un error y no lo corrige comete otro aún mayor”; o, en su defecto, como le gusta insistir e iterar a él, tal vez estribe en una frase suya que, de alguna forma viene a completar y/o complementar a la anterior, que “los errores que cometemos no son más que lecciones que debemos aprender y poner cuanto antes en práctica”.

Esta mañana, mientras callejeábamos por el casco viejo tudelano, de camino al pedazo, cuando ya me había olvidado casi por completo de los trozos de cartón que le vi recortando y doblando el otro martes, hace de eso dos cabales semanas, me ha preguntado si quería saber qué había pasado con los tales. Como le he contestado afirmativamente, me ha confesado lo siguiente:

—Creo que no te he hablado nunca de esto. Mi madre murió exangüe, debido a una hemorragia masiva, al día siguiente de parirme a mí en nuestra casa de Turruncún, donde pobremente (mi padre trabajaba de pastor de un rebaño de unas doscientas ovejas y cincuenta cabras, bienes semovientes que eran propiedad de un señor que residía en Logroño) vivimos mi progenitor, mis tres hermanas mayores, Carmen, Adela y Silvia, y yo, el benjamín, el primer lustro de mi existencia. Como mi padre, entre el disgusto y la pena, no entendió nada de la jerigonza que le soltó el médico de Arnedo que vino a certificar su muerte, nunca hemos sabido, a ciencia cierta, cuál fue la causa concreta, exacta, precisa, de la fatal hemorragia.
—Así es. Nunca me habías hablado de eso. Lo desconocía por completo.
—Bueno, prosigo. Mi padre compró el pedazo en La Mejana pocos meses después de que bajáramos a vivir a Tudela. Mis hermanas, salvo por las diversas frutas que han tenido que pelar y las hortalizas (alcachofas, borrajas, cogollos, espárragos,...) que han tenido que limpiar, componer y cocinar, no han querido saber nada del mismo. Así que, cuando un domingo, después de misa, mi progenitor pensó que había llegado el momento de hacer testamento, antes de acudir al notario, estando mis tres hermanas ya felizmente casadas y dos de ellas con prole, nos juntó y habló con nosotros, sus cuatro hijos, y nos dijo con franqueza: “He pensado que lo más justo es que el dinero que haya en la cuenta del banco os lo repartáis vosotras, Carmen, Adela y Silvia, y que del huerto y de la casa, mientras permanezcas soltero, seas usufructuario vitalicio, tú, Emilio. ¿Qué os parece?”. Como nadie formuló objeción alguna, se dio por bueno el reparto. Y, al día siguiente, lunes, acudió, como así lo había previsto, al fedatario.
—Y todo esto, ¡rediós!, ¡caramba!, ¿qué relación tiene o guarda con los susodichos trozos de cartón? Porque yo, al menos, no se la veo ni se la husmeo por ninguna parte.
—No seas impaciente, que ahora, en un pispás, satisfago tu inquietud, quiero decir, te la suministro o proporciono.
—Pues, ¡adelante!, porque soy todo oídos.
—Desde hace dos meses, tengo la sensación refractaria de que, mientras estoy en el pedazo, lejos de casa, alguna de mis hermanas (dos, o las tres, porque las tres tienen llave de la puerta de mi casa), por razones que ignoro, ha (o han) estado curioseando en ella. Para cerciorarme de que la cosa era de esta manera y no una imaginación mía, ideé un plan que me demostraría bien, a las claras, si mis suposiciones, sospechas o intuiciones eran o no ciertas. Como conoces mi cinefilia (más de una película de vídeo nos hemos prestado y regalado recíprocamente y visto juntos), he echado mano de esa obra maestra que es para los dos “El golpe”, que mereció siete premios Óscar, entre ellos el de mejor filme, película dirigida por George Roy Hill en 1973 e interpretada magistralmente en sus principales papeles por Paul Newman (Henry Gondorff) y Robert Redford (Johnny Hooker). Este, en un momento dado, mientras la banda (el grupo de los amigos y conocidos del timador asesinado, Luther Coleman, que han logrado formar) anda preparando el plan y el tinglado para dar el golpe definitivo al gánster Doyle Lonnegan (Robert Shaw), tras alquilar una habitación en una pensión de Chicago, adonde ha huido, y a fin de tener sólidos indicios de que alguien ha entrado en su ausencia en la misma, coloca entre la puerta y la jamba un papel blanco. Esta estratagema le permite darse cuenta en un santiamén de que alguien la ha abierto si este está en el suelo, de que alguien ha estado allí o le espera dentro (en concreto, dos matones del citado jefe mafioso) y escapar por los pelos de quedar hecho un colador por las balas. Bueno, pues ahí va la noticia. La semana pasada, al parecer, una de mis hermanas (dos o las tres), juntas o por separado, abrió (o abrieron), ignoro con qué intención, tres veces la puerta de mi casa. Iba a hablar con ellas al respecto y a adelantarles lo que había decidido, cambiar el bombín de la cerradura. Pero esta semana el trozo de cartón ha permanecido sin moverse de su sitio. Así que he determinado que lo oportuno es esperar otro par de semanas más para ver qué pasa y actuar entonces en consecuencia. ¿Qué te parece?
—Pues una decisión sabia, coherente, buida y atinada, sin ninguna duda. Si, al final, decides cambiar el susodicho bombín y alguna de tus hermanas te pregunta si has mudado la cerradura, ella misma se delatará.

Eladio Golosinas, “Metaplasmo”

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


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