El Blog de Otramotro

No se puede vivir sin los abstractos

NO SE PUEDE VIVIR SIN LOS ABSTRACTOS

Cuando ayer regresaba del paseo,
Difunta madre mía, o de la andada,
Me dio por hacer una payasada
Y atracar a la amada de Teseo,

Que no es Ariadna, no, ni es mi deseo
Que su gracia de pila desvelada
Por tu retoño sea, Iluminada,
Aunque esa información impar poseo.

Hablé con ella en medio de la calle
Del limpio corazón y del cariño,
Que solo olvidará, ya anciano, el niño,

Cuando vea de frente a la del dalle.
Se puede prescindir de los extractos,
Pero jamás vivir sin los abstractos.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Hay piezas que me faltan/sobran en el puzle

HAY PIEZAS QUE ME FALTAN/SOBRAN EN EL PUZLE

(¿PEDRO CUADRAR EL CÍRCULO PRETENDE?)

Rajoy debería haberse dado cuenta ya, a la edad que tiene, de que el deseo, por mucha que sea la voluntad del sujeto deseante, no muda la realidad de los casos y de las cosas. A criterio de una buena parte de la opinión pública y publicada de este país, hasta el jueves pasado, cuando se conoció la sentencia de una de las piezas del caso Gürtel, don Mariano había logrado salir incólume, sano y salvo, intento tras intento, de la quema, de ese peregrinaje por un campo minado sin haber saltado por los aires. Su percepción de lo que es efectivo y tiene un valor práctico es lo que le había fallado de modo morrocotudo. No es que el suelo estuviera encharcado por esto, eso o aquello, que hubiera llovido mucha corrupción, tropo que no faltarán quienes puedan darlo hasta por bueno, y, para caminar por él, hubiera tenido que salvar un charco tras otro. Es que la realidad era bastante peor. Lo que había era un océano (y para deambular por él no había que emular a Jesús de Nazaret, desplazándose sobre las aguas, sino ir saltando de islote en islote) de ilegal provecho económico de diversa índole al que, tras contemplarlo a través de un cristal límpido, ni él ni nadie, dentro del PP, había tomado la decente y sabia decisión de impedir que continuaran los abusos, desmanes, desafueros y vicios sin cuento (en sentido estricto, con mucho tal) protagonizados por conmilitones o correligionarios suyos, en plata, ponerle coto a ese avieso y descomunal piélago.

Rajoy no hizo el pretérito jueves lo que debía (y una buena parte de la sociedad española esperaba, deseaba y demandaba a gritos que hiciera —y, como no hizo tal cosa, luego le reprochó que no la hubiera hecho— sin falta), ser consecuente con las palabras que usó en su propio discurso. Rajoy adujo al día siguiente, viernes, tras conocer que el PSOE, liderado por Pedro Sánchez, había presentado una moción de censura contra el Gobierno por él presidido, que los certificados de credibilidad en un Estado de derecho solo los despachaban los ciudadanos, tras haber pasado por las oportunas urnas. Me pareció tan correcto y conveniente lo que dijo que no hallé argumento con el que poderle objetar. Ahora bien, le faltó seguir caminando por esa misma senda intelectual y ética, o sea, anunciar, a renglón seguido, lo obvio, que había decidido hacer uso de las atribuciones o prerrogativas que reconoce la Constitución Española de 1978 al presidente del Gobierno de España y, como coherente y lógica consecuencia con todo ello, disolver las Cortes y convocar elecciones generales para que los ciudadanos volvieran a expedir los susodichos certificados de credibilidad democrática.

Rajoy, antes de comparecer ante los medios el viernes, debería haberse dado una ducha de realidad, seguida de otra de sentido común; y, tras colocar todas las piezas sobre el tablero (sin olvidar, sobre todo, la suma o montón de casos de corrupción de responsables del PP aún en fase de instrucción y pendientes de resolución judicial), como corolario, asumir que había dilapidado el grueso de la autoridad moral y la legitimidad que había conseguido acopiar y que esta razón le impedía continuar dirigiendo los destinos del país.

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Viernes, 14 de diciembre

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