El Blog de Otramotro

Por donde más oscuro está amanece

POR DONDE MÁS OSCURO ESTÁ AMANECE

“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”.

Bertolt Brecht

Dilecta Pilar:

Por fin, ha llegado la tarde del sábado y puedo leer el poema que te premiaron el diciembre pasado en Lucena (Córdoba), “Mujer sin edén”, y comentártelo (a ver si puedo sacarle el máximo jugo y provecho).

No sé si te has dado cuenta, pero en el primero de los dos archivos que me has mandado, el de la portada, se lee “Mujerarta” (sic; supongo que es un error; y debería haber aparecido “Mujerarte”, que es el título que se lee en el segundo archivo, el del libro). Tras leer dos veces tus versos, permíteme esta primera digresión, acéfala y ápoda, sin cabeza ni pies, para arrancar con unas gotas de zumba mi crítica literaria: he dado por buena (justa y correcta) la explicación que he hallado al error mencionado del rótulo, pues la mujer que urdió la susodicha obra poética recordaba los momentos en los que estuvo hasta más arriba de las narices (no te faltaba razón para estarlo, amiga), o sea, ahíta, de estar harta.

Comienzas con dos endecasílabos perfectos para abrir boca, para poner en situación al lector (ella o él): “La niebla me bloquea el horizonte / en este frío invierno sin ventanas”. Ignoro si con la voz “niebla” querías hacer referencia al folio en blanco y con “frío” un guiño al verso inicial del famoso poema de César Vallejo (“Considerando en frío, imparcialmente”), que itera el título.

En los versos siguientes recuerdas tu despertar a la vida, que pronto, muy pronto, advertiste, por numerosas circunstancias, diferente a la de los demás niños y niñas. Te daba miedo ser distinta y comprobar (porque aún no tenías las herramientas que has ido acopiando a lo largo de tu existencia, de lucha permanente) en tu interior el vacío y la ausencia de luz (para hacerle frente y lograr explicarlo).

Al verso “Han sido muchos años de bajar mirada” (que refuerza la misma idea de los anteriores), permíteme el segundo excurso (ya sabes que, cuando me hallo entre amigos, digo o trenzo las cosas sin apenas filtros, llamando pan al pan y al vino vino), yo le hubiera colocado el artículo: bajar la mirada. Da, como resultado (no sé si consideraste esta posibilidad), un alejandrino cabal, dividido en dos hemistiquios exactos.

Amaste en secreto, y viviste la larga experiencia de la amargura: a ti, barruntaste, colegiste, se te vetaba el derecho que tenían los demás al placer. Callaste y aguantaste estoicamente; y guardaste algunas lágrimas que no lloraste entonces para ahora, cuando escribes los versos y describes cómo se sentía tu ser, tu alma. Esos versos dan cuenta de todo aquello y la sal de las susodichas impregnan el folio (retomando la idea de la niebla) donde los viertes.

Sigue tu queja: “Han sido muchos los lustros” sin lustre, mendigando, como si fueras una pordiosera (pidiendo por Dios), algunas muestras de ternura; y recibiendo, cuando no indiferencia, réspices, latigazos, como si fueras una esclava (no masoquista) del amor. Te has sentido un oxímoron, muerta en vida, constatando cómo los volcanes de tus deseos eran, una y otra vez, abortados, porque no podían erupcionar normalmente, como (veías que eso sí ocurría) en los demás. Tanto fue el dolor que sentiste que casi consideraste que la muerte era mejor que vivir esa retahíla de padecimientos.

Y todo lo que sufriste fue por el solo hecho de haber nacido, como se quejaba Segismundo (al que haces un pequeño homenaje) en el celebérrimo monólogo que don Pedro Calderón de la Barca (tú también puedes decir: ¡Ay, mísera de mí; ay, infelice!), le escribió en “La vida es sueño”; y de sentir el deseo de amar.

La segunda parte de tu poema es una queja por los hijos, de carne, que no tuviste. Ahora bien, acaso seas injusta con los que sí pariste, los de papel, que no te hacen ser una mujer de segunda, sino de primera, por su belleza incuestionable, querida María Pilar. Además (concédeme, te lo ruego, la tercera y última digresión), me consta que eres tía, que tienes sobrinos; y ya sabes el dicho: a quien Dios no le da hijos el diablo le da sobrinos.

La vida, como sabes, no es un camino de rosas, no es el pasillo que recorriste o recorrerás hasta el altar o el estrado para recibir el sacramento (Comunión, Confirmación, Matrimonio) o el galardón. La vida es un peregrinaje por un valle de lágrimas. Has conocido esas dos sendas o senderos como el resto de tus semejantes. Has vivido el haz y el revés de la trama, la cara y la cruz. Dios quiera que haya mucho más de bueno que de malo en los años (ojalá sean muchos) que te quedan por vivir. Cuando ocurra lo malo, que, no lo dudes, llegará, sentirás cosas que te parecía que ya habías sentido, pero, te prevengo, serán aún peores. Ahora bien, de todo ese nuevo dolor y duelo saldrás sana y salva.

Parece que en tu poema deseas darle un abrazo emocionado, a quien otrora, a pesar de los pesares, fuiste, por no perder nunca la esperanza; y hasta al lector de tus versos (hembra o varón) que pueda pasar o estar viviendo algo parecido a lo que tú antaño sufriste. Por muchas que sean las veces que uno caiga (o la moral de uno decaiga), hay que hacer el esfuerzo renovado de levantarse (de rearmarse anímica y moralmente).

Espero que te haya gustado mi comentario tanto como me han agradado a mí los versos (bellos, a pesar de su crudeza) de tu poema.

Un abrazo.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


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