El Blog de Otramotro

¿El ciento treinta y uno es honorable?

¿EL CIENTO TREINTA Y UNO ES HONORABLE?

“Llamo coherencia al ajuste o encaje perfecto entre lo que se piensa, las tesis ideadas, y lo que se dice que se ha pensado, las conclusiones proferidas; y de esto, a su vez, con lo que se hace, las actitudes perceptibles”.

Emilio González, “Metomentodo”

Hoy en día, en el viejo continente, Europa, entre la legión de dirigentes políticos que hay, cabe espigar y conformar una patrulla o patulea de representantes despreciables, insolidarios e insensatos, empeñados en poner en peligro los pros de la menos mala de las formas de gobierno pergeñadas por el ser humano, la democracia. La manipulación, a base de propaganda y agitación, de las emociones y los símbolos entre la ciudadanía, que los susodichos hacen, cada día es más evidente, omnímoda y ominosa, llegando esta a abrazar y ocupar, amén del núcleo y zonas aledañas, hasta los contornos de los numerosos espacios donde se debate de política (en una horquilla cuyos extremos van de la visión más apodíctica, real o verdadera a la más apócrifa, fantasiosa o ficticia).

Ahora, verbigracia, varios ejemplares de los mentados en el párrafo de arriba pretenden normalizar (y hacer comulgar con ruedas de molino al resto) convicciones que algunos, entre los que se cuenta el abajo firmante de estos renglones torcidos, servidor, considerábamos que ya habían quedado arrumbadas y periclitadas, como las racistas y supremacistas; en plata, que una colectividad, por razón (una sinrazón en toda la regla) del lugar donde nacieron, de la lengua en la que balbucieron sus primeras palabras o de la cultura que otrora mamaron, es mejor y superior a otro grupo ajeno, anejo o alejado en el espacio y/o en el tiempo. Ningún representante de ninguna de las formaciones políticas con escaño en las diversas Cámaras, incluidas las independentistas, deberían avenirse a dar por bueno o el plácet a ese tesón de algunos politicastros desfasados por resucitar o clonar ideas que, por detestables y horrendas, deberían seguir como y donde están, hechas ceniza y encerradas bajo siete llaves, en una urna reprobable de la historia. Convendría que se sacaran lecciones inmarchitables de esos maestros (y aun doctores) que son los acontecimientos pasados. ¿Ya se ha olvidado adónde llevaron los juicios nazis y fascistas en Europa? A la confrontación más inhumana, a la Segunda Guerra Mundial.

Muchos han hablado y escrito estos últimos días pretéritos (con razón) de las opiniones racistas, sectarias y supremacistas del presidente ciento treinta y uno de la Generalitat, Quim Torra. A mí (dejando a un lado otra paradoja, que se haya elegido como Molt Honorable ¿al más fanático de entre los independentistas?) lo que más me ha llamado la atención es que los segregacionistas se hayan hartado de argumentar que prefieren una república a una monarquía hereditaria y nadie (ningún secesionista, quiero decir) haya salido a la palestra, o sea, dicho ni mu, del dedazo de Puigdemont (a la hora de elegir plan, un heredero, o clon suyo, para el clan), una contradicción como una casa (como la ídem de la ídem de Pablo Iglesias e Irene Montero; a quienes han zurrado de lo lindo con razón, por cierto). ¡Consejos vendo y para mí no tengo!, sí. O la ley del embudo (la parte estrecha para ti y la ancha para mí), también. Cinismo, pura y dura impudencia.

A quienes les hayan convencido las disculpas vertidas por Quim Torra yo les preguntaría por las reflexiones que el susodicho mandamás ha hecho al respecto para creérmelas a pies juntillas. ¿Que no han trascendido las razones (porque no las ha habido) sobre los motivos que le han llevado a retractarse o mudar de parecer? Pues, como no soy un iluso, no me las creo (aunque repita el mismo embeleco mil veces). Así de claro. Es como si me dijese: le pido perdón por haberle pisado deliberadamente, pero sepa usted (se lo aviso con la suficiente antelación) que es mi propósito volverle a hollar el empeine de su pie derecho, a sabiendas, hoy, mañana y siempre que me dé la gana, una y otra vez, hasta que me canse o harte de hacerlo.

¿Quiere de verdad hablar, o impedir por todos los medios el coloquio, quien dice que quiere dialogar sin límites, pero no para de poner palos en las ruedas del tándem de esa deseada y deseante conversación?

Uno puede estar más o menos de acuerdo con las tesis que defiende otro. Yo, sin hesitación, prefiero debatir con quien las argumenta y acompaña de evidencias, comportamientos coherentes y no contradictorios.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


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