El Blog de Otramotro

La estupidez insiste siempre, amigo/hermano

LA ESTUPIDEZ INSISTE SIEMPRE, AMIGO/HERMANO

“Cuando estalla una guerra, las gentes se dicen: ‘Esto no puede durar, es demasiado estúpido’. Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo. Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan, y los humanistas en primer lugar, porque no han tomado precauciones. Nuestros conciudadanos no eran más culpables que otros, se olvidaban de ser modestos, eso es todo, y pensaban que todavía todo era posible para ellos, lo cual daba por supuesto que las plagas eran imposibles”.

Albert Camus, “La peste”.

¿Es tolerable en un Estado de derecho (no me cabe la menor duda de que España lo es, aunque, a renglón seguido, siempre suelo añadir el latiguillo de que me parece manifiestamente mejorable o perfectible) que una importante institución del mismo como, en nuestro país, es, sin ninguna hesitación, la Generalitat de Cataluña, no haya garantizado el sacrosanto derecho “a comunicar o recibir libremente información veraz” que tiene su ciudadanía, al contravenir, clara y clamorosamente (porque el hecho, feo, clama al cielo), lo que dice el punto 2 del artículo 20 de la Constitución Española (“el ejercicio de estos derechos no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa”), porque lo cierto (lo obvio no se puede negar) es que ha vetado a los medios privados al acto de toma de posesión, como presidente 131 de la Generalitat, de Quim Torra? Mi criterio es que no. Así que debo aplaudir y palmoteo en señal de asentimiento y entusiasmo la iniciativa del Colegio de Periodistas de Catalunya, que, en la nota de prensa que ha difundido, ha defendido el susodicho derecho (que he entrecomillado en parte antes), recogido en la letra d) del punto 1 del artículo 20, arriba mencionado. No entiendo por qué se ha arrumbado dicho derecho, pilar fundamental de/en toda democracia que se precie de serlo con todas sus letras; por qué se ha vetado la entrada de los mass media privados a la sala donde se ha llevado a cabo el acto mentado.

Comprendo el cabreo de los periodistas que aman su trabajo, al ver cómo les han puesto barreras o muros para culminar el ejercicio de sus tareas. Y que hayan aprovechado la ocasión para condenar, deplorar y seguir dando por malas (y aun pésimas) las ruedas de prensa en las que se les impide preguntar y las comparecencias en pantalla de (o vía) plasma.

¿Es tolerable que en un Estado de derecho (no temas, atento y desocupado lector, seas hembra o varón, que no es mi propósito iterar aquí otra vez todo lo que he trenzado en el párrafo con el que he arrancado esta urdidura o “urdiblanda”; suelo seguir a Albert Camus, cuya cita o fragmento de su celebérrima novela, “La peste”, he escogido como exergo pintiparado, por cierto, para que encabezara el presente texto) que quien es la máxima autoridad del Estado en una Comunidad Autónoma, en el caso que nos ocupa, el presidente de la Generalitat de Cataluña, a la hora de tomar posesión de su cargo, no jure o prometa guardar fidelidad ni a la Constitución, ni al Estatut, ni lealtad al rey? Yo pensaba, pero, al parecer, estaba equivocado (y es que mis lagunas suelen ser oceánicas), que los cargos públicos empleaban la misma y solemne fórmula habitual que usan los funcionarios públicos, como requisito imprescindible para adquirir la condición de tal: “Juro (o, en su defecto, prometo) cumplir fielmente las obligaciones del cargo —que sea— con lealtad al rey y guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado”. Una mera variante de la tal es esta otra: “Juro o prometo guardar y hacer guardar fielmente la Constitución y el resto del ordenamiento jurídico, lealtad a la Corona y cumplir los deberes de mi cargo frente a todos”.

¿Es suficiente con hacerlo, como así lo ha hecho hoy Quim Torra (insistiendo en la fórmula que usó Carles Puigdemont en 2016), prometiendo solo fidelidad “al pueblo de Cataluña, representado por el president del Parlament”? Secundo (en lo poco que vale, pero, como dice el latinajo, “adde parvum parvo, magnus acervus erit”, o sea, “añade un poco a otro poco y el montón será grande”) la propuesta que ha hecho hoy el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez (que cuando acierta, como considero que también hizo ayer, al proponer una nueva y puesta al día redacción del delito de “rebelión” en el Código Penal, hay que reconocérselo), de regular la toma de posesión de los cargos públicos, para que en ella aparezcan, de manera obligatoria, el acatamiento de la Constitución y la lealtad al rey.

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Ser independentista es una opción

SER INDEPENDENTISTA ES UNA OPCIÓN

Dilecto Mikel Arilla, periodista de Plaza Nueva:

En la primera lectura que he culminado de tu escrito (porque lo he leído dos veces) “La diatriba al ‘mal patriota’” (si el DLE define diatriba así, “discurso o escrito acre y violento contra alguien o algo”, deberías haber usado para el título de tu artículo la preposición contra), solo he reparado en dos errores (si computamos el mencionado, del rótulo, como el primero, que luego iteras en el cuerpo del texto), que merecen las oportunas correcciones. En el supuesto de que quien firma estos renglones torcidos hubiera sido el autor del tuyo (supongo que te ha ocurrido lo que nos suele acontecer a cuantos estamos acostumbrados a componer textos a diario, que, por muchas veces que leamos nuestras urdiduras —o “urdiblandas”—, es rara la vez en la que no pasamos por alto un pequeño error, o dos), y se hubiera dado cuenta de ellos, claro, hubiera procedido con diligencia a su inmediata enmienda. El segundo yerro que hubiera subsanado es el imprudente adelantamiento realizado por la letra ese, en “intrasnferible”.

En la segunda lectura, he vuelto a reparar en lo que ya advertí en la primera, el uso ajustado que haces de la ironía (tengo para mí que quien echa mano de ella, de manera correcta, en cualquiera de las tres acepciones que recoge el DLE, demuestra tener (y gestar mientras la gasta) una inteligencia particular, singular —por no ser habitual su cabal manejo—).

Es manifiestamente criticable (como haces tú) que se censure (por cierto, no sé si abundarás conmigo en esto, pero tengo para mí que aquí, en este país, se censura mucho; hay quien lo hace a manos llenas) a Alfred García por “ser catalán y aparentemente favorable a las posturas independentistas”. No todo el mundo tiene claro, como el agua cristalina, lo obvio, que, en España (un Estado de derecho, mejorable, sí, perfectible, también) ser independentista es una opción política tan lícita como cualquier otra (cosa que, en verdad, no ocurre en Alemania), siempre que se acepte, sin poner excusas de mal perdedor, como requisito previo e imprescindible, que el ciudadano que defienda y sostenga esa ideología deberá someterse a las mismas reglas de juego que el resto y respetar (dura lex, sed lex) el ordenamiento jurídico vigente. Cualquier persona que se tenga por un demócrata verdadero, con todas las letras, debe asumir, sin rechistar, las leyes que rigen. Estas se pueden cambiar (y deben mudarse, sin duda, si son injustas, por los procedimientos previstos y adecuados) al objeto de mejorarlas y hacerlas más justas, pero nunca saltárselas ni hollarlas, como, si no he interpretado mal sus palabras, ha declarado que va a hacer Quim Torra, de quien anteayer mi admirado Javier Cercas escribió en la tribuna titulada “Pesadilla en Barcelona” de El País, con burla sutil, esto: “Dicho lo anterior, sólo puedo añadir que me sentiría mucho más tranquilo si el presidente de la Generalitat fuera un paciente escapado del manicomio de Sant Boi con una sierra eléctrica en las manos”.

En lo tocante a tu afirmación de que es el choque identitario el que contamina al “procés”, yo no lo tengo tan claro. Acaso la cosa sea hoy al revés, que el “procés” es el que contagia, infecta (y es una mina para) el choque identitario. O que ambos se re(tro)alimentan mutuamente.

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Jueves, 18 de octubre

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