El Blog de Otramotro

El fin no justifica, Quim, los medios

EL FIN NO JUSTIFICA, QUIM, LOS MEDIOS

—Por raro que te parezca, esto no lo ha escrito un poeta. Lo dijo un psicoanalista que se llamaba Wilhelm Stekel. Esto es lo que... ¿Me sigues?
—Sí, claro que sí.
—Esto es lo que dijo: “Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir humildemente por ella”.

Jerome David Salinger incluyó este breve diálogo en su celebérrima novela “El guardián entre el centeno” (1951).

Ignoro si usted, atento y desocupado lector (sea hembra o varón), es catalán, mayor de edad y no independentista (quiero decir, no segregacionista ni soberanista ni supremacista). Si lo es y escuchó, de cabo a rabo, los dos discursos (el del sábado y el del lunes) de investidura de Carles Puigdemont (por boca de Quim Torra), tal vez se sintió arrumbado o excluido por sus palabras y llegó a la misma conclusión o parecido puerto al que arribó este menda: el candidato de Junts per Catalunya a formar (las malas lenguas ya se han encargado de propalar por doquier la mala especie de que ya se lo ha conformado Puigdemont) el próximo Govern de la Generalitat, amén de no haber hecho lo que debía (y sin demora), la autocrítica del independentismo y, como corolario, al no ser consciente de haber cometido la larga retahíla de errores de bulto en los que incurrió, pretende continuar por la misma senda, o sea, seguir hollando las leyes vigentes (y recuperando las suspendidas), a fin de conseguir, antidemocráticamente, con apenas un escaso 48% de los votos populares, de manera ilegal y unilateral, su ansiada causa, la independencia. Me da en la nariz que el artículo 155 de la Constitución Española, que está dando sus boqueadas, no tardará en emular a Cristo, según cuentan los Evangelios canónicos, y resucitar, como él, al tercer día. Esto es lo que a servidor le quedó meridianamente claro.

Aunque mi piadoso y difunto padre solía esgrimir en sus conversaciones (con gentes diversas) el latiguillo de que la experiencia era la madre de la ciencia, que ese idéntico planteamiento desembocara o tuviera, como consecuencias directas, la ruptura de la sociedad catalana (en la que algunos padres no pueden hablar del asunto en cuestión con sus hijos, ni algunos hermanos entre sí del tema de marras, porque saltan chispas), el cambio de sede (social y fiscal) de casi tres mil novecientas empresas, la aplicación del artículo 155, el ingreso preventivo en prisión o la huida de los irresponsables líderes que provocaron tanto desmán, al parecer, no ha servido de nada. Así que, el abajo firmante ha de dar necesariamente la razón a don Santiago Ramón y Cajal, que hace casi un siglo, en “Charlas de café” (1920) escribió: “Se ha dicho muchas veces que no hay nada más inútil que la experiencia. Tan triste verdad se corrobora cuando somos víctimas de una pasión avasalladora. En la vida del enamorado, los prudentes consejos del viejo suenan como la voz atiplada de un eunuco que disertara sobre las excelencias del celibato”. Si al atento y desocupado lector no le han convencido del todo las sensatas palabras del Premio Nobel de Medicina de 1906 (que compartió con el italiano Camillo Golgi), le propongo que lea las siguientes, de los mismos autor y libro, porque, unidas a las anteriores, quizá acaben por persuadirle: “Nada más inútil —se ha dicho mil veces— que la experiencia. A la mayoría de los hombres nos pasa lo que a las ranas y las moscas decapitadas, que se obstinan en preservar y defender la cabeza después de haberla perdido”.

Como este menda no se deja mangonear por nada ni por nadie, no sé si a usted, atento y desocupado lector (sea ella o él), le ocurre tres cuartos de lo propio que a mí, que no me cabe en la cabeza, que no entiendo (ni a la de tres) cómo alguien puede brindarse a ser un simple muñeco, pelele o títere (al modo de las hormigas Trancas, Barrancas y Petancas, en el programa de entretenimiento —con secciones de entrevistas, divulgación científica, magia y humor— de Antena 3 Televisión, “El hormiguero”) en manos de Puigdemont (que se ofreció a serlo, a su vez, de Artur Mas). Como los seres humanos no somos gatos (solo tenemos una vida), no comprendo ni concibo cómo alguien puede avenirse a tener una existencia vicaria, por mucho que sea el boato del que va a poder disfrutar o el oro que espera (o le han prometido que va a) recibir a cambio, como contrapartida o recompensa.

A mi generosa, hacendosa, relimpia (quien la conoció no osará objetarme) y finada madre, le solía espetar, viéndola, a veces, una esclava de su piso, donde actualmente vivo, que no era más limpio quien más limpiaba, sino quien menos ensuciaba (he de reconocer que ella lo hacía muy poco, una nonada, nada). Bueno, pues, al señor Torra, mutatis mutandis, le diría (y le digo, si, por un casual, llega a posar sus ojos en esta urdidura —o “urdiblanda”— y pasar su vista por los renglones torcidos que contiene) una mera variante del dicho anterior, que no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita. Mi dilecto amigo y heterónimo Emilio González, “Metomentodo”, cobra de pensión setecientos euros. Le gustaría que esa cantidad no fuera tan escasa, pero se conforma, al ser rico y aun muy rico en ideas. Y demuestra que se puede escribir y publicar a diario sin tener acceso a Internet en casa ni ordenador. Lo viene haciendo así desde hace más de una docena de años, febrero de 2006.

Si la causa de la causa es causa del mal causado, ante la sociedad (opinión pública y publicada) catalana, abierta, diversa, europeísta (ecuménica) y plural, los diputados catalanes que votaron el pasado lunes a favor de Torra en la segunda votación ¿no se hicieron corresponsables de los éxitos y, si hacemos caso a esa maestra (y hasta doctora) que es la historia y a las palabras que pronunció el candidato (“no tendremos excusas para no trabajar sin descanso por la república catalana”) investido, asimismo, de todos y cada uno de los atropellos que está dispuesto a cometer Torra?

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


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