El Blog de Otramotro

La falta de control, clave del caso

LA FALTA DE CONTROL, CLAVE DEL CASO

¿EL DINERO DE TODOS NO ES DE NADIE?

En el ámbito laboral, el máximo responsable de un grupo humano, el que sea, ha de responder ante el dueño, el jefe, la dirección o la junta de accionistas por lo que cada uno de los miembros que lo conforman haga o deje de hacer. Eso es lo que suele ocurrir en cualquier departamento de cualquier empresa privada. A quien haya trabajado en una o varias y haya ostentado algún puesto de responsabilidad esto le consta a ciencia cierta. Lo lógico es que la empresa le haya provisto de los medios adecuados, necesarios, para controlar que sus subordinados cumplen a rajatabla con las directrices o política de la empresa y las labores o tareas asignadas a cada puesto de trabajo. Insisto e itero que esto es lo asiduo y normal en cualquier empresa privada. Y si el jefe del departamento equis, una vez requerido por su superior, siempre que las obligaciones que tenía de regir, conocer, corregir y prever que el funcionamiento del sector de la empresa a su cargo fuera el idóneo hubieran sido pactadas y firmadas, no sabe qué ha pasado, que ha habido varios accidentes, que ha bajado la producción o que la entrega del producto se ha retrasado, por poner solo tres ejemplos, el responsable máximo, dueño o director, pone al irresponsable directamente de patitas en la calle, por incompetente.

Ya digo que esto es lo que acostumbra a suceder en cualquier empresa privada de este país. Ahora bien, en el ámbito de la política no cursa del mismo modo, o sea, eso es harina de otro costal. Hay políticos (uno halla de todo en la viña del señor) que se esfuerzan, un día sí y otro también, en mejorar las condiciones de trabajo y los resultados, en optimizar los recursos y en tener como norte y reto lograr alcanzar a diario la excelencia, pero hay otros políticos (los que yo llamo de tres al cuarto o politicastros) que, una vez consiguen acceder, ora dignamente, por méritos propios, ora “digitalmente”, nombrados a dedo, a un alto cargo, una mamandurria o sinecura, verbigracia, empiezan a delegar responsabilidades y, a partir de esa crucial decisión o instante, se desencadena un tsumani de proporciones fatídicas, porque, al verse en la cumbre, tiende a creerse que está por encima del bien y del mal, todo le empieza a dar igual o le importa un bledo lo que pase por debajo de él, en los escalones inferiores, porque los responsables de los mismos son otros. Una de dos, o no cae en la cuenta o ignora que en los niveles inferiores ocurre tres cuartos de lo mismo u otro tanto, esto es, que cada responsable de turno va delegando en otros responsabilidades hasta que el trabajo no sale o el control (palabra clave) no se ejerce o no lleva diligente e inteligentemente a cabo, porque ese trabajo fue delegado en otro, que lo transfirió, a su vez, a otro, hasta que el mal explotó y a todos les llegó alguna parte, por escasa que esta fuera, de la omnímoda pus.

Preguntado por el juez o fiscal por qué pudo acaecer lo que pasó, como el responsable máximo no puede explicar lo que ignoraba que estuviera sucediendo, pues aduce que no se enteró de nada hasta que el marrón le estalló en la cara, intenta salirse por la tangente diciendo que él nada tiene que ver con el caso, que no medió en el chanchullo, que nada firmó, que no se llevó un euro de ese presupuesto a su casa. Y acaso sea cierto que siguiera en todo momento la recomendación de “Aquí se puede meter la pata; lo que no se puede meter es la mano”, que decía un cartel que tenía colgado en la pared de su despacho —y cuya autoría se le atribuye al propio Ernesto Guevara de la Serna— el Che, cuando fungía de presidente del Banco Central de Cuba, y, dado que cobraba al mes casi un millón de las antiguas pesetas de sueldo, no necesitó meter la mano en la caja, pero, por su dejadez o negligencia, por no cumplir con sus responsabilidades, por su “culpa in vigilando”, muchos, muchísimos, euros se evaporaron o fueron a parar adonde no estaba destinado ni previsto que fueran, a los bolsillos de otras personas con pocos escrúpulos. Y es que en este país han sido legión los sujetos que pensaron (pero tal vez callaron) lo mismo que doña Carmen Calvo Poyato, que el 29 de mayo de 2004 soltó por su mui o sinhueso la perla (una sandez morrocotuda, como una catedral de grande), que le perseguirá mientras viva, de que “el dinero público no es de nadie”.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


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