El Blog de Otramotro

Te comportaste bien, "Metomentodo"

TE COMPORTASTE BIEN, “METOMENTODO”

(CUANDO NO DEJA ESTELA/HUELLA/RASTRO LA VIOLENCIA)

Esta mañana, atento y desocupado lector, seas ella o él, mi querido heterónimo y amigo Emilio González, “Metomentodo”, me ha mandado el siguiente correo electrónico:

“Estimado Otramotro, ayer me ocurrió lo que, me creas o no, en el supuesto de que un juez me conceda la oportunidad de relatarle pormenorizadamente mi versión de los hechos, me acaeció al poco de salir del cine de ver “Campeones”, en mi opinión, el mejor filme firmado por Javier Fesser.

“Cerca de casa, a no más de trescientos metros, un tipo robusto, como un armario ropero, y malencarado (pude observar su rostro cuando llegué a la esquina —donde hay una sucursal de Ibercaja—, que suelo doblar para enfilar el último tramo de avenida que me lleva y deja junto al portal del edificio donde tengo mi choza) se me acercó al final de la calle Sorpresa, que todo el mundo conoce por su sobrenombre, Monja enchironada, me pidió la hora y se la di: las once y veinte pasadas.

“Pensé que me había deshecho de él, que lo había dejado tras mis pasos, cuando, inopinadamente, me lo topé de frente y siguió con su monserga:

“—Oye, no tengas tanta prisa. Como estoy obsesionado con la hora, he pensado que, si te pido de manera insistente que me regales tu peluco, acaso consiga que te avengas a ello. ¿Te amoldas?

“Enmudecí. El miedo cerval me acostumbra a robar el habla. Como te consta, desde que me están dando la quimio, parezco un alfeñique, así que escuchar la susodicha propuesta, ciertamente, me desagradó un montón, pero más me disgustaron todavía las consecuencias que colegí si rehusaba condescender al trámite, ya sabes, mutatis mutandis, aquello que aprendimos en la Facultad de Derecho de que la causa de la causa es causa del mal causado.

“Ergo, con supremo dolor de corazón, porque fue el último regalo que con la dichosa y jubilosa ocasión de mi sexagésimo quinto cumpleaños me hizo con toda su ilusión mi difunta madre, accedí con diligencia a dar el pesado paso y se lo entregué.

“Él me agradeció sobremanera que hubiera tenido con su persona un comportamiento tan generoso y se despidió de mí dándome de nuevo las gracias y un golpe en el hombro derecho y, a renglón seguido, haciéndome una carantoña en el rostro con su diestra, abierta.

“Hoy, por la mañana, pocos minutos después de las ocho, me he acercado hasta la sucursal de Ibercaja para hablar con su director. Mi intención era pedirle una copia de la grabación, si la había, y acudir con ella a la sede de la policía para presentar allí la preceptiva y pertinente denuncia.

“Tras ver y comentar con el director las imágenes, efectivamente, carentes de violencia, he juzgado oportuno dar por perdido mi reloj Casio con púrpura de ídem. ¿Crees que he hecho bien o mal? Espero impaciente tu respuesta.

“Recibe un abrazo de tu amigo, Metomentodo”.

Ignoro, atento y desocupado lector, seas hembra o varón, tu parecer; yo le he contestado, de modo escueto, esto:

Dilecto Metomentodo:

Si considero y tengo en cuenta lo que debo, la célebre distinción que hizo el psicólogo austríaco Wilhelm Stekel entre insensato y sensato (mientras que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, el segundo aspira a vivir humildemente por ella) y que recogió Jerome David Salinger en su famosa novela “El guardián entre el centeno” (1951), actuaste como lo hubiera hecho servidor. Ahora bien, como para mí existió (digan lo que digan las imágenes) violencia, pues tú, al menos, te sentiste violentado; y empujado u obligado a dar lo que, si no hubieran mediado sus sutiles amenazas, nunca hubieras entregado, yo, por solidaridad con los posteriores y más que probables (barrunto) rapiñados, hubiera denunciado el robo. Aún estás a tiempo de subsanar el error. Acaso sea en vano, pero, por lo menos, al juez que conozca del caso le constará cómo se las gasta el agudo, ingenioso y perspicaz ladrón de marras.

Otro (de tu amigo Otramotro).

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


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