El Blog de Otramotro

¿Por qué es la paridad una parida?

¿POR QUÉ ES LA PARIDAD UNA PARIDA?

Considero que la paridad es una parida, o sea, un despropósito, una sandez. Intentaré explicar por qué he llegado a semejante conclusión en los párrafos que siguen a este, el que arranca la presente urdidura (o “urdiblanda”).

Hay quien entiende la paridad como el derecho que promueve un reparto cabal, equitativo, proporcional, de la representación política, económica, social, etc., según sexos. Ahora bien, en el supuesto de que hayamos dado por buena la idea y hayamos reconocido y bendecido dicho derecho, qué hacemos si luego ellas no se postulan como candidatas a ocupar equis puestos de responsabilidad, si no se brindan a ser elegidas, si no les atrae la política, la actividad empresarial, sindical, etc. ¿Les forzamos a que, de buen grado o por la fuerza, les guste o no les guste, hagan lo que no quieren hacer? ¿Alguien ve esto justo? ¿Alguien lo puede secundar? Servidor, al menos, no.

Desde el recinto preescolar “de los cagones” (llamado así por lo obvio; el término era —y aún es— bastante elocuente, pero englobaba también a las niñas y los niños meones, que tampoco faltaban y, en lugar de popó se hacían pipí o, además de lo uno, lo otro), mixto, no volví a compartir aula con chicas, a tener compañeras de pupitre hasta el COU, que cursé en el Colegio “Enrique de Ossó”, las Teresianas, de Zaragoza. Allí advertí que las féminas eran más inteligentes que los varones, que tenían más sensibilidad que nosotros, que nos superaban en lo que hoy se conoce por inteligencia emocional. Durante el primer y único curso que estudié de Medicina (un clamoroso error que cometí al colegir que acaso pudiera estar relacionado el trabajo abnegado, humanitario, social, que llevaba a cabo, mientras hacía COU, durante unas horas de las mañanas de los sábados en el asilo de la calle Cartagena, ayudando a las monjas del lugar con los ancianos, con los estudios universitarios de la carrera de galeno), varias compañeras de facultad (a tres de ellas les solía pedir los apuntes para completar los míos, siempre deslavazados —haber estudiado el BUP y el COU por letras llevaba aparejado el sinfín de rémoras e inconvenientes que advertía un día sí y otro también en mi deficiente formación científica—) me demostraron, además de su empatía, generosidad y solidaridad, su poliédrica inteligencia. Durante los cinco años que cursé de Filosofía y Letras (Filología Hispánica), la realidad impuso que el criterio o la norma seguía vigente: fui confirmando o ratificando dicho parecer.

Tengo para mí (y, si vivo una década más, barrunto, intuyo y/o sospecho que lo veré a través de mis gafas) que, dentro de unos años, no tantos, las mujeres, por sus amplios conocimientos y por sus diversas habilidades, por su multiplicadora actitud y por sus variopintas aptitudes, alcanzarán cuantas cotas o desafíos se hayan propuesto. Grosso modo, son duras como el pedernal y suaves como la seda. Son constantes, perseverantes, pero no contumaces en el error. Son realistas; se ilusionan, pero no son ilusas. Prefieren que a su alrededor (en casa, en el trabajo, en la calle y hasta de vacaciones en el extranjero) haya paz a una guerra sin cuartel.

Así que, les recomiendo a las muchas mujeres inteligentes que van de aquí para allá, pensando en mil cosas a la vez, en el bienestar de sus hijos, esposo, padres y demás parentela, en si falta esto, eso o aquello en el baño, la despensa o el frigorífico, en el proyecto que tiene entre manos, que no está quedando como había previsto y debe mejorar antes de firmarlo, en...; en el ancho mundo, que no caigan en la trampa que algunas feministas bien intencionadas les están preparando, de manera involuntaria, para que, dentro de unos pocos lustros, caigan en ella; que no exijan ahora la paridad, porque, a modo de bumerán, se les volverá en contra.

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Jueves, 19 de abril

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