El Blog de Otramotro

Si no ves una muestra de altivez/a

SI NO VES UNA MUESTRA DE ALTIVEZ/A

Dilecta Pilar:

Te contesto, como ayer, desde uno de los ordenadores de la biblioteca. Puedes tomarme el pelo, siempre que antes vea cómo le ha ido o quedado el corte al anterior, y, sin dilapidar más tiempo, me ratifique en mi decisión o rectifique. Ya sé que te lo escribí. Por eso te lo preguntaba.

Coincidimos. La verdad es que no he conocido a muchas mujeres. He de reconocer que soy un profano en ellas. De joven, cuando me di cuenta de que no tenía futuro como religioso, o tenía que estudiar o que trabajar (durante los fines de semana y veranos como camarero). Cuando terminé el COU, mi padre me comentó que tendría que ponerme a currar (él, seguramente, no usó este verbo), porque era el hermano mayor; yo le dije que tenía la intención de estudiar Medicina en Zaragoza, que no le pediría un duro y que le daría (que entregaría en casa, pues en verano llegaba a ganar más de un millón de pesetas de las de entonces, ya que mi periplo estival duraba más de tres meses, pues empezaba a trabajar en las fiestas patronales de Castejón de Ebro, a finales de junio, y terminaba en las de Villava, que coincidían con los Pilares) lo que pudiera.

Tenemos buena memoria ambos, pero reconozco que me ganas, que me superas. Si no lo tomas por una muestra de altivez/a, te aduciré que solo una persona con buena memoria sabe identificar al vuelo y valorar que otra lo es.

Si quieres dar conmigo o encontrarme en Tudela, te apuesto doble contra sencillo a que me hallas o en casa, a las horas (a veces, a deshoras) de las comidas, o en (o de camino a —o de regreso de—) el Centro Cívico “Lourdes” o en (ídem) la biblioteca. Seguro que, si sigues las pautas dadas, lo logras.

Menos mal que, además del amor, los seres humanos disponemos de ese otro ingrediente fundamental, herramienta imprescindible o conditio sine qua non, el humor. Gracias a dicho binomio, las personas estamos capacitadas para poder comprender otros puntos de vista ajenos, distintos y aun opuestos a los nuestros, y perdonar (a las/os demás y a nosotros mismos). La ironía es el uso que un guasón inteligente hace del sentido del humor. No me hagas mucho caso. A veces, tengo la sensación de que, cuando escribo, soy un catedrático... sin alumnos, sin lección que impartir, sin cátedra.

Tuve la suerte de trabajar (lo venía haciendo desde los doce años —en mi primer verano, empecé ganando diez pesetas a la hora; al año siguiente, ya cobraba veinticinco: he sido gasolinero, carpintero, descargador de camiones de madera, etc.—) como un negro, que me procuró el dinero insuficiente, siempre escaso, para poder estudiar una carrera en la Universidad y obtener una licenciatura. Tuve que renunciar a un montón de cosas, a saborear muchas de las mieles de la juventud, pero siempre lo di por bueno. Intento ver el lado positivo que cabe hallar hasta en el mismísimo infierno. Siempre me quejaba de que no disponía del tiempo necesario para escribir. Así que, desde que soy pensionista, intento no pecar de incoherencia y escribo a diario (raro es el día que no lo hago; hasta estando de vacaciones, sigo la recomendación de ese proverbio latino que se le atribuye a Plinio el Viejo, “nulla dies sine linea”, “ningún día sin línea”). Hay quien dice (exagerando, claro) que detrás de Otramotro hay varias personas, un grupo de profesores.

Cultiva ese terreno, el de la amistad, que da inmejorables frutos. Pero no eches en saco roto lo que sabes que dejó escrito en letras de molde Santiago Ramón y Cajal en “Charlas de café” (1920): “Hagamos notar que, cuando un hombre de ciencia presume de muchos amigos, casi siempre se trata de un cuco o de un holgazán. No se conservan varias amistades íntimas sin cultivarlas asiduamente, y este cultivo resulta incompatible con una vida de concentración intensa y de trabajo austero. En suma: o se tienen muchas ideas y pocos amigos, o muchos amigos y pocas ideas”.

Hay que darle vacación a la vocación; luego esta lo agradece.

Otro (de tu amigo Otramotro —por cierto, ¿te has dado cuenta de que esas cinco palabras se han convertido en el cierre habitual de las epístolas que te remito?—)

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


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