El Blog de Otramotro

La hipérbole en el ámbito político

LA HIPÉRBOLE EN EL ÁMBITO POLÍTICO

“En el mundo de la política hay un componente simbólico y estético. Muchas veces un argumento se exagera o se infla para quedar bien posicionado ante la opinión pública. ¿Esto es un engaño o una exageración? Puede llegar a serlo” (cita traducida del catalán).

Artur Mas, en una entrevista reciente en RAC-1

Está claro, cristalino (basta con escuchar en catalán o leer de corrido y traducido al castellano lo declarado recientemente por el expresident Mas en torno a lo ocurrido en Cataluña con el absurdo procés y la fementida DUI), que el abuso del relato fantasioso, el uso indiscriminado de la hipérbole en el ámbito político, puede llevar a muchas personas, crédulas con lo que los políticos independentistas aireaban por doquier, ora a una depresión que los incapacite o postre temporalmente, ora a una indignación diuturna, general, total. Así que cabe preguntarle al señor Mas: ¿Le extrañaría a usted que ahora muchos de los ciudadanos catalanes, conscientes de la verdad pura y dura, que, como pardillos, se creyeron a pies juntillas sus patrañas (entre otras, que la presunta República catalana seguiría dentro de la UE; que no solo no se marcharían los bancos —Caixabank y Sabadell—, y las grandes empresas catalanas, sino que, una vez lograda la segregación de España, vendrían muchos/as más; que el apoyo de Europa era, si no total, mayoritario;...; en definitiva, que la independencia era una cosa hecha), cuando lo vean por la calle, lo abuchearan a usted diciéndole de todo, menos bonito, y algunos le corrieran, por falsario, a gorrazos?

A servidor, al menos, la actitud del grueso de los políticos (ellas y ellos) favorables a la independencia hace que le broten otras muchas preguntas: ¿Qué pensarán de ellos sus conciudadanos, quienes les escucharon decir una cosa, A o B, y ahora, cuando han sido citados a declarar en la Audiencia Nacional o en el Tribunal Supremo, sostienen ante los magistrados argumentos o razones tan distintas, C o D, que pueden pasar por contrarias u opuestas a las que adujeron otrora? Muy contentos, supongo, no estarán. Tal vez algunos se hayan enemistado o quepa hallar a más de uno que esté con ellos de uñas. ¿No se mofaron cuanto quisieron del poder judicial español, creyéndose que siempre estarían a salvo? ¿No sienten ni siquiera un ápice de bochorno al cantar la palinodia de cuanto afirmaron? ¿No se ven a sí mismos una pizca de cobardes cuantos sostenían que irían hasta el final y lanzaban la proclama “ni un pas enrere!”? ¿Por qué echaron en saco roto o no escucharon a quienes les advirtieron de los despropósitos que estaban a punto de cometer? Porque es evidente, y las muestras son notorias, que fueron varios los que se esforzaron en hacerles ver que sus actos tendrían consecuencias. Ahora se están cerciorando de que aquellos avisos no fueron hechos a humo de pajas, sino que tenían fundamento. Santi Vila, verbigracia, fue de los pocos que, con los pies en el suelo, consciente del mayúsculo error, disparate o desmán que se fraguaba, dimitió y dejó su puesto de consejero.

Cuando el Estado puso en marcha su maquinaria defensiva, el artículo 155, y los tribunales la suya, la ensoñación en la que vivían algunos (muchos, ciertamente) se vino abajo como un castillo de naipes.

Convendría analizar con mucha atención y detenimiento, porque el asunto no es baladí, sino digno de ser estudiado, cómo casi la mitad del pueblo catalán escuchó los cantos de sirena que le lanzaba tanto político mendaz (que sabía que engañaba a sabiendas a la opinión pública) y quedó obnubilada por una sarta de mentiras, como, a posteriori, las declaraciones de unos y otros ante los jueces (salvo la de Mireia Boya, bien es cierto) han venido a confirmar o ratificar.

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Martes, 20 de noviembre

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