El Blog de Otramotro

Carta abierta a las/os íntimas/os de Daphne

CARTA ABIERTA A LAS/OS ÍNTIMAS/OS DE DAPHNE

Apenadas/os íntimas/os de Daphne:

Os mando, de corazón, mi pésame sentido y sincero por la muerte (tras un evidente y deleznable atentado terrorista, que la policía maltesa, si hace bien su trabajo, se encargará, sin duda, de dilucidar y de llevar a los autores —ya directos, ya indirectos— y responsables —ora intelectuales, ora materiales— de tan indigno crimen ante los tribunales de justicia) de vuestro deudo y/o amiga, Daphne Caruana Galizia, acaecida el lunes pasado.

Si uno/a es un/a periodista convencido/a, asume que su primera obligación es indagar, o sea, intentar averiguar qué es lo que ha ocurrido, para, echando mano de los materiales acopiados, contar la verdad. Daphne lo era. Y ahí está lo que fue publicando en su bitácora, sendas denuncias de cuantos abusos, desmanes o tropelías sin cuento tenían su origen en la isla de Malta. De cuantos casos de corrupción tuvo conocimiento queda constancia expresada, de manera breve o por extenso, en su blog.

Cada vez que alguna persona muere, suelo recordar el siguiente fragmento de “Devociones para ocasiones emergentes” (1624) del poeta metafísico inglés John Donne: “Nadie es una isla entera en sí mismo; cada hombre es un pedazo de un continente, una parte de la Tierra. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; por eso la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque yo formo parte de la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”. Por cierto, ese es el epígrafe o exergo que escogió Ernest Hemingway para que encabezara su novela “Por quién doblan las campanas” (1940). Ahora bien, cada vez que algún periodista (ella o él) resulta occiso, a causa de un atentado, además, vuelvo a rememorar los tres primeros versos de la “Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita a don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, en su valimiento” (1630): “No he de callar por más que con el dedo, / ya tocando la boca o ya la frente, / silencio avises o amenaces miedo”. Tal vez, esos tres versos endecasílabos, que, desde el día que me los aprendí de memoria, no he olvidado, sean temerarios. Acaso a todas/os nos convenga recordar más, por ser a todas luces más razonable y sagaz, el oportuno apunte que en su novela “El guardián entre el centeno” (1951) Jerome David Salinger hizo del psicoanalista austríaco Wilhelm Stekel, que distinguía entre una persona imprudente y otra cauta en estos términos: “Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir humildemente por ella”.

El párrafo precedente tiene que ver bastante con lo que ya sabéis (seguramente, por mejor tinta que la mía), que hace dos semanas Daphne acudió a la Policía a denunciar que había sido objeto de varias amenazas.

Cuando un lector (hembra o varón) pasa su vista por algunas de las líneas que escribió Daphne (“la vida pública de Malta padece a hombres peligrosamente inestables, sin principios ni escrúpulos”) no encuentra explicación, no, de ninguna de las maneras, a su brutal asesinato, pero sí da con algunas de las claves (dónde buscar y/o podrían hallarse los culpables) del mismo.

Las acusaciones que aireó contra el primer ministro de Malta, Joseph Muscat, y su esposa (a quien había denunciado por haber sido la beneficiaria de una empresa radicada en Panamá y que el dinero resultante de la venta de dicho negocio habría sido desviado después a cuentas bancarias en Azerbaiyán) tampoco prueban, en principio, que la mano de Muscat esté detrás del atentado, porque los susodichos se habían defendido demandado, a su vez, a Daphne por calumnias. Veremos en qué queda todo.

Como colofón y homenaje (al que se había hecho acreedora Daphne), he considerado que venía a cuento y encajaba como alianza en el anular, quiero decir, que era pertinente, distintivo y relevante, recordar el mito clásico de Dafne y Apolo, según la versión que del mismo hizo y dio Garcilaso de la Vega en su Soneto XIII: “A Dafne ya los brazos le crecían / y en luengos ramos vueltos se mostraban; / en verdes hojas vi que se tornaban / los cabellos que el oro escurecían; de áspera corteza se cubrían / los tiernos miembros que aún bullendo estaban; / los blancos pies en tierra se hincaban / y en torcidas raíces se volvían. Aquel que fue la causa de tal daño, / a fuerza de llorar, crecer hacía / este árbol, que con lágrimas regaba. // ¡Oh miserable estado, oh mal tamaño, / que con llorarla crezca cada día / la causa y la razón por que lloraba!”.

Como no me resisto a poner mi granito de arena, a contribuir con unos octosílabos al mentado homenaje, decido hacerlo mediante la siguiente décima espinela, que he titulado “¿Quién está hoy a la que salta?”: Por cumplir con la tarea / que ella tenía asignada, / Daphne ha sido asesinada. / Que no esté viva marea. / ¿Quién la verdad cacarea / ahora en su país, Malta? / De menos echaré, en falta, / al dechado de bloguera. / ¿A la de la nueva vera / quién está hoy, a la que salta?

Recibid los abrazos y besos afectuosos que os manda quien itera las muestras de su sentido y sincero pésame,

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


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