El Blog de Otramotro

¿Por qué llevar un tentempié al trabajo?

¿POR QUÉ LLEVAR UN TENTEMPIÉ AL TRABAJO?

Si una/o es periodista, conviene llevar un tentempié al trabajo para que no te pase lo que a Leonor Mayor Ortega. Acabo de leer en la edición digital de La Vanguardia la escueta crónica que lleva el título de “El PDeCAT exhibe un de ‘The Economist’ de 2012 como si fuera del 1-O”, que firma la autora mencionada arriba. No sé a quién achacar o adjudicar la “de” sobrante del citado rótulo (aunque acaso lo que falte sea el vocablo “ejemplar”), si a la redactora de la nueva, que puso dicho título, o a otra/o periodista.

La noticia consta de tan solo dos párrafos, pero, una de dos, o Leonor tenía mucha prisa (y ya se sabe qué aconseja o recomienda con especial encarecimiento la sabiduría popular cuando a una/o le urge hacer algo, echar mano de la paremia oportuna, “vísteme despacio, que tengo prisa”) o, por no haberse llevado al trabajo un tentempié y sentir hambre, empezó a comerse letras (o a dejar de pulsar alguna tecla preceptiva). En el breve artículo, por ejemplo, Leonor escribió y no corrigió: Bronca en el Congreso (mejor: Hoy ha habido una bronca en el Congreso), ministro de Interior (mejor: del Interior), de la bacada popular (de la bancada), Guillames ha presentado (Guillaumes), españa estaba (se le olvidó pulsar la tecla de la mayúscula: España).

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¿Ayer soñé que viajaba en el AVE?

¿AYER SOÑÉ QUE VIAJABA EN EL AVE?

Ayer soñé que viajaba en el AVE desde la estación de Delicias, en Zaragoza, hasta la estación de Atocha, en Madrid. Mi intención, cuando llegara a la capital, era coger un taxi que me acercara a la T2 del aeropuerto Adolfo Suárez/Barajas y, tras esperar un par de horas, tomar el vuelo, que había contratado tres meses antes, al aeropuerto de Leonardo da Vinci/Fuimicino, en Roma. La verdad es que, desde el mes de septiembre del año 1981 (han pasado 36 estíos de aquel viaje en coche, en el 127 de color gris plateado que le regalaron a Carlos Jesús sus padres por haber salido airoso de un brete, el examen de Selectividad), en el que estuve tres días y medio en la Ciudad Eterna con dos de mis excolegas camilos, el citado Carlos Jesús Rojo Manzano, hoy escritor prolífico, insigne conferenciante, doctor, experto en mil asuntos ético-sanitarios, viajero empedernido,... y Álvaro Santallana Risueño, memorable, tristemente finado, y me creí a pies juntillas, intuí o sospeché cuánta verdad apodíctica destilaba o exudaba la leyenda que allí se cuenta de que quien lanza una moneda con la mano derecha, estando colocado de espaldas a la Fontana di Trevi, y lo hace por encima del hombro izquierdo, regresará a Roma, itero, desde aquel lejano septiembre del 1981, no había vuelto al anagrama de amor.

El compañero que me había tocado en suerte (él ocupaba el asiento del pasillo, yo iba a hacer lo propio con el de ventana) venía de Barcelona y se bajaba en Calatayud. Cuando he subido al tren, él estaba usando su ordenador portátil. Si hubiera habido algún asiento libre, acaso hubiera valorado colocar mis posaderas en otro lado, pero, por la razón que fuera, el vagón iba en esta ocasión hasta los topes y, después de darnos de modo educado los buenos días, ambos hemos tenido que hacer dibujos (así llamaba mi piadoso y difunto padre, Eusebio, a un número indeterminado de posturas o gestos) para que yo consiguiera acomodar mis nalgas en la plaza asignada, según indicaba mi billete.

Una vez sentados, él ha seguido pulsando teclas y yo me he puesto a leer las últimas cincuenta páginas de “Perdón”, de Ida Hegazi Hoyer, que, por motivos de trabajo, sobre todo, habían ido quedando un día sí y otro también pendientes y aún debía pasar mi atenta vista por ellas, tarea que, por cierto, había previsto coronar a lo largo de la susodicha jornada viajera.

No habían pasado más de diez minutos cuando le ha empezado a sonar el móvil. Yo esperaba que se iría a la plataforma a hablar con quien fuera que le hubiera llamado, pero no ha hecho tal cosa. Por lo que he colegido del diálogo que ha mantenido con su hermano, a quien llamaba “Tito”, quien se sentaba a mi lado era empresario y, temeroso que lo que pudiera ocurrir en Cataluña con las pretensiones delirantes de Puigdemont, el Govern y el resto de los parlamentarios independentistas (abocados, tras celebrarse la votación del suspendido referéndum gruyer, ilegal, a proclamar la DUI, acrónimo de Declaración Unilateral de Independencia) había decidido trasladar, en un primer momento, la sede social de su empresa a Calatayud.

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Miércoles, 13 de diciembre

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