El Blog de Otramotro

Le propongo que sea mi amanuense (II)

LE PROPONGO QUE SEA MI AMANUENSE (II)

“Permítame que insista”, como decía ayer el hoy “todista” Matías Prats en el anuncio de Línea Directa, pero para escribir literatura hogaño conviene ejercer el mismo o parecido oficio que fungía antaño un bululú (que, según la primera acepción que de tal vocablo da el DRAE, significa: “Comediante que representaba obras él solo, mudando la voz según la condición de los personajes que interpretaba —poco más o menos como debía hacer, según una copla del corrector Alonso de Proaza, el primer cuentacuentos de “La celestina”, de Fernando de Rojas: “Si amas y quieres a mucha atención, / leyendo a Calisto mover los oyentes, / cumple que sepas hablar entre dientes: / a veces con gozo, esperanza y pasión; / a veces airado con gran turbación. / Finge leyendo mil artes y modos, / pregunta y responde por boca de todos, / llorando y riendo en tiempo y sazón”—).

Así las cosas, le hago hoy idéntica propuesta a la que le hice la semana pasada, atento y desocupado lector (sea ella y como la miel y se llame, efectivamente, Natalia; o él y como la hiel y su gracia sea, verbigracia, Miguel), que sea o siga siendo mi amanuense, que continúe copiando cuantas palabras profiera mi boca.

Imagine (¡qué contrasentido!, sí) que, por arte de magia blanca, usted ha dejado de ser, ipso facto, Natalia o Miguel, la/el copista de Otramotro, y se ha transformado en bombera/o; y que este menda se ha metamorfoseado, por arte de birlibirloque, en el reciente escritor invidente (ergo, inexperto en cecografía, lego en el alfabeto o sistema ideado por Braille) Homero Borges.

Imagine que en su ciudad natal (que no es en la que actualmente reside, la capital de la provincia) ha habido un terremoto morrocotudo y muchos de sus edificios son ahora escombros, ruinas.

Imagine que usted forma parte del grupo voluntario de su unidad que se ha desplazado a la villa donde impera el caos, donde reina la desolación, para echar una mano (sensu stricto, las dos) y que, tras oír el falto de vigor auxilio salido de una voz débil, ha llegado por una veintena de huecos hasta donde se halla una persona (poco importa su sexo) a la que una columna le ha atrapado las dos piernas y padece unos dolores inaguantables.

Imagine que se le han abierto a la accidentada las puertas del cielo cuando ha notado su salvadora presencia y usted le ha cogido su diestra y a ella se le ha escapado una lágrima furtiva que, al caer, ha ido arrastrando parte del polvo existente en su pómulo y parece de barro cuando besa el suelo.

Aunque usted no es médica/o, imagine qué comentará en el caso de que llegue una/o y consiga hablar con ella.

Imagine que le pide que recen juntas/os un padrenuestro, una avemaría y un gloria.

Imagine que usted es un/a ateo/a convencido/a. ¿Se negaría en redondo, por coherencia y decencia, a ello, después de referirle que no cree en ningún Dios de ninguna religión o, como aún recuerda dichas oraciones, se avendría, sin ambages, a llevar a cabo tal contradicción? ¿Y si, tras rehusar usted, ella le confiesa que también es atea, pero que las dos veces que ha sido llevada al quirófano para ser intervenida (de una apendicitis y una hernia inguinal izquierda) lo único que le ha calmado y, si no borrado del todo el cerval miedo de su faz, atenuado bastante el pánico, ha sido rezar? ¿Podría dormir a pierna suelta con semejante cargo de conciencia, al no haberle concedido a un/a moribundo/a su último deseo, su postrera satisfacción?

¿Cree, de verdad, que usted es incapaz de decir una mentira piadosa, que su espíritu le reprocharía ad infinitum esa evidente muestra de contradicción?

A mí, por si a usted también le sirve, me hubiera sacado de dudas (o las hubiera disipado) la frase más famosa acaso de José Ortega y Gasset, la que dice “yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”.

Imagine, como colofón, que, mientras lee este texto está sonando en la habitación “Imagine”, la canción que compuso John Lennon, y tal vez considere esos pocos minutos la repanocha, el summum.

Homero Borges

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


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