El Blog de Otramotro

Le propongo que sea mi amanuense (I)

LE PROPONGO QUE SEA MI AMANUENSE (I)

Escribe literatura la persona a la que en su vida cotidiana le suceden hechos reales o fantasea actos imaginarios que ella luego, como hacía otrora un bululú y hace ahora un cuentacuentos o “recitaversos” (sea hembra o varón) contemporáneo, metamorfosea a su antojo con la inestimable ayuda de las palabras existentes (o que ella inventa), de su acervo lingüístico, para que, una vez ha logrado embellecer, asear o afear dichos hechos, los textos resultantes signifiquen lo que ella desea que las/os muchas/os o pocas/os lectoras/es de los mismos interpreten. A veces, las/os lectoras/es interpretan cosas distintas, distantes de las que buscaban sus autoras/es.

Si no tiene inconveniente ni nada mejor que hacer, atento y desocupado lector (sea ella y se llame, por ejemplo, Natalia; o él y sea habitual que se vuelva y responda cuando escucha su nombre de pila, Miguel, verbigracia), le propongo que sea hoy mi amanuense y copie cuanto le dicte, cuanto salga por mi mui. A ver si lo que resulta merece la pena ser leído o ser condenado, sin remisión posible, al cubo de la basura.

Confieso que dedico las mañanas de los sábados a hacer la limpieza general, semanal. Evidentemente, no limpio como lo hacía mi señera y señora madre, Iluminada, a quien, por cierto, critiqué mil veces por ser tan esclava (y hasta maniática) con el piso (lo siento, mamá, pero lamento confirmarte que ya no se puede comer en la taza del váter, como alguien, más de una/o, cuando vivías, comentó, tras haber entrado en el baño y usarlo). Esa es la razón por la que suelo acudir más tarde de lo habitual a la Librería/Papelería “El Cole” para adquirir El País (que acostumbro a dejar pagado con antelación) y echar un vistazo rápido al resto de la prensa, e intercambiar unas cuantas palabras con el dueño, Miguel Ángel, “Fangio”, si no está atareado, y con las/os que allí han acudido, mientras me hallo dentro: Victoria, Natalia, María Jesús, Beatriz, Alfredo, “Javichu”, Jesús, Joaquín, Santiago, “Miguelo”, Pedro, Victorino y/o demás clientes.

Confieso que el pasado sábado, 26, le comenté a Miguel Ángel que la víspera, viernes, 25, como todos los 25, desde que falleció mi progenitora (salvo que el 25 caiga en sábado, pues la eucaristía en sufragio de las almas de mis difuntos padres y hermano pasa directamente al domingo) fui a misa. Quien me conozca de veras advertirá, sin duda, una clara contradicción entre mi comportamiento, acudir a la iglesia, y lo que he reconocido varias veces en la intimidad, que, a pesar de la educación religiosa que recibí (como jamás de los jamases hablé mal, acaso nunca diré pestes de los Padres Camilos, que fueron quienes me formaron y moldearon como persona —aunque no faltará el lector o lectora que señale y me reproche la clamorosa paradoja—; en muchos aspectos de mi personalidad soy quien soy por ellos y si quiero ser cada día mejor persona de lo que soy, en buena parte, se lo debo a ellos) hoy vuelvo a confesarme un agnóstico empedernido, un ateo incorregible, un escéptico redomado.

Aunque sé que me pesará, pues me pasará tres cuartos de lo que les acaeció al padre y al hijo del segundo ejemplo de don Juan Manuel en “El conde Lucanor”, que por donde pasaban les criticaban por lo que hacían o dejaban de hacer (hagas lo que hagas, Otramotro, o dejes de hacer, te van a censurar, esto es, zurrar la badana), intentaré explicarme. A ver si lo consigo o no.

Tengo por apodíctico que, si mi madre viviera y pudiera desplazarse, ayudada o no, acudiría, sin hesitación a misa, según su costumbre y criterio, no solo los 25. Como, al haber finado sus días entre las/os vivas/os, no puede hacer tal cosa, a ella, que me llevó a mí durante nueve meses seguidos en su útero sin apenas rechistar, juzgo que no incurro ni en delito ni en falta al prestarle, de buena gana y grado, durante media hora al mes, mi cuerpo para que pueda seguir dándose el gustazo de cumplir su deseo (u obligación), acudir a la misa en sufragio de las almas de su esposo, Eusebio, y su primogénito, José Javier, finados, todos los 25.

Cada vez que me advierten los demás u observa servidor una contradicción en mi actitud, suelo acudir a Walt Whitman, que me presta, generoso, estos concretos y mitigadores versos de “Hojas de hierba”: “¿Que me contradigo? / Pues sí, me contradigo. Y ¿qué? / (Soy inmenso, contengo multitudes)”.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


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