OJALÁ FUERA EL MENDA TU ODISEO/ULISES Y TÚ MI PENÉLOPE
Dilecta Sofía:
Hace algún tiempo, alguien entró (es un decir) en tres de las ocho direcciones de correo que tenía en el sitio que sabes y me borró (y/o robó) todo, los comentarios enviados y los recibidos; hasta las direcciones de los contactos, etc.; itero, todo. Desconozco si el borrador/robador (masculino o femenino) de mis diversos datos e informaciones sabía o ignoraba entonces que no había perdido nada, porque todo lo importante me lo reenvío, amén de a esas, a otras tantas direcciones. Sin ir a buscar la razón del que me mandaste y del que te contesté, he recordado que no es el primer “emilio” que te remito, pues más de un correo ha mediado antes entre ambos.
Celebro sobremanera que coincidamos en el parecer. Alguien, algún “listillo” o alguna enterada, metió la gamba hasta el corvejón. Como me conozco (tengo un pronto duro), conté hasta mil, porque me dieron ganas de mandarla/o (me refiero a la cretina o al idiota, torticera/o —porque el agravio comparativo está a la orden del día, es notorio, mas no perderé más tiempo con el sujeto, sea ella o él— que maneja la edición digital) a la mierda.
El próximo estío también espero soltar el lastre generado aquí allí, quiero decir, eliminar las toxinas acumuladas durante el año acá, en la malhadada península, allá, en aquel benéfico lugar, en la afortunada ínsula del Teide, Tenerife. Hace una década que en la susodicha isla, durante un par de semanas, recargo o renuevo mis pilas.
El grueso de la crítica de la razón práctica del filósofo alemán Immanuel Kant cabe hallarlo concentrado en esta frase/idea/píldora/tesis: “Obra de tal manera que tu forma de actuar se convierta en ley universal”. Hazme caso. Convendría que te cepillaras buena parte de los prejuicios que, al parecer, aún acarreas. Seguramente, al zoilo, censor o censora, de mi texto le acaeció tres cuartas partes de lo que te ha acontecido a ti. He llegado incluso a pensar tangencialmente que sois la misma persona. Si he marrado, te pido disculpas, pero no puedo dejar de decir lo que pienso, las ideas que brotan a borbotones de mi caletre. En mi persona no vas a encontrar a un mendaz (en el ámbito/terreno de la literatura será otro cantar) empedernido, redomado.
Qué “momenticos”, sí. A veces, simplemente leyendo a, dándole a la mui o sinhueso con, he disfrutado tanto o más que... (en el lugar que aparecen los puntos suspensivos el desocupado lector o lectora de estos renglones torcidos deberá elegir, entre los diversos verbos sicalípticos que cabría usar, el gerundio que más le satisfaga) con la misma persona. Te entiendo. Recientemente, he (re)leído “Le petit prince”. Junto a las siguientes dicciones, adjudicadas, “el amor es el único bien (o lo único) que crece cuando se reparte”, existen otras palabras suyas (que sí encontramos en el libro mencionado), verbigracia, “sólo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos”, que contribuyeron a hacer clásico, imperecedero, a su autor, Antoine de Saint-Exupéry.
Sofía, puedes contarme lo que quieras. Eres libre de hacer lo que te apetezca o creas más conveniente, siempre que tu libertad no reste un ápice o pizca a la de los demás. Tienes toda mi confianza, pero procura no tomarme el pelo, porque me conozco. Si no estás de acuerdo con la siguiente definición de André Maurois, “ser sincero no es decir todo lo que se piensa, sino no decir nunca lo contrario de lo que se piensa”, es mejor que no malgastemos nuestro preciado y precioso tiempo y que lo dejemos aquí.
Es cierto ese fondo de amargura. Seguramente habrás leído estos versos (traducidos) de Fernando Pessoa (con quien en tantísimos sentidos me siento identificado): “¿El poeta? Un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente”. Aunque intento esconder u ocultar la verdadera razón que motivó el texto, esta no deja de fluir, de exudarla el escrito en cuestión.
Qué envidia. Ojalá fuera el menda tu Odiseo/Ulises y tú mi Penélope. Del de Joyce, por cierto, no he olvidado parte de una cancioncilla que dice así: “no te arrincones más a cavilar sobre ese misterioso amargor del amor” (en traducción libérrima).
Otros dos ósculos.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Jueves, 31 de mayo
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín