OTRO VIAJE A LA SEMILLA (XVIII)
A ver, Olga Belén Amelia:
Deploro tener que hilarte de nuevo que vuelves a olvidar determinadas palabras que juntaste y ciertos actos que llevaste a cabo una vez nos despedimos, como habíamos pactado, sin beso, en la Estación Intermodal. Obran en mi poder todos los SMS que nos cruzamos. ¿Recuerdas aquél en el que me decías que habías llegado a casa con bien y que al día siguiente nos esperaba otro rato de cielo? Conozco varias versiones proferidas o trenzadas por ti en torno a lo que ocurrió después: que no te duchaste, que tu marido olisqueó mi perfume, que... ¿Cuándo compraste los preservativos? ¿La víspera o el mismo día de autos, que se quedó, por arte de birlibirloque, sin el aperitivo, ni el menú variado, ni el postre previsto; sin los goces sentimentales pergeñados, o sea, que la tarde quedó reducida a la representación de un mero cuadro depresivo, a una lacrimosa colección o muestrario de reproches mentales? De lo acaecido, lo dicho y lo hecho, según tu peculiar manera de ver y de vivir las cosas, tengo una doble (y aun triple) versión.
¿Lágrimas? ¿Me hablas y echas en cara las lágrimas que has vertido por mi culpa, por haber aparecido a destiempo en tu vida? El día de marras (ya perdonarás la hipérbole que sigue; te consta —no se te escapa— que soy exagerado en todo) derramé todas las que puedas verter tú durante toda la vida. En uno de los SMS que te remití aquella tarde aciaga, de infausto recuerdo, te decía que no podría perdonarte nunca que hubieras ejercido conmigo de inopinada peluquera, por la tomadura (o acaso “tomablanda”) de pelo que me habías practicado sin solicitarme, previamente, el preceptivo consentimiento (que no miento).
Hace cuatro días (cuando te equivocaste y mandaste mis correos —y los tuyos— a... saber quién) me urdiste que no teníamos futuro. Y yo volví a expresar, irónicamente, mirando de frente al ancho espejo que hay en el recibidor de mi casa, mediante la interjección coloquial “tararí (que te vi venir)”, mi total conformidad contigo, soltando, a renglón seguido, esto “(tres fueron, tres, las veces que me embelecaste) tururú”.
Para mí feneciste aquel día. El sol de mi edad murió o se ocultó entonces; y la soledad nació para mí aquella jornada (en la que, velis nolis, me obligaste a padecer lo que nadie desea sufrir ni en sus propias carnes ni en las ajenas, el descenso a los infiernos, y a ser testigo presencial de lo mismo que otros comprobaron antes in situ, cómo la náusea goza nadando en la nada) de marzo de 2007.
No tengo PC; tampoco abrigo ninguna gana de hacerle ver (en este caso, trenzarle) a quien tanto amé que embeleca como una bellaca.
Los recuerdos (en este preciso momento no rememoro quién lo adujo) a veces se comportan como los corchos de ciertas botellas que contienen en su interior ciertas bebidas achampa(n-ñ)adas, que, una vez salieron de los respectivos cuellos que ocupaban, ya no encajan.
La condición que precede a tu pregunta (“si ahora mismo te propusiera vernos y tratar de vivir juntos, ¿estás seguro de que rechazarías de plano mi oferta?”) viene a ratificar la misma tesis que el menda lerenda sostuvo en otro momento y en otro correo, en el que aseguraba que todos, absolutamente todos, sin excepción, a fin de sobrevivir, nos autoengañamos.
Hubo Amor (por ambas partes). Ésa es (porque aún confío en que fuera cierto el Amor que, a la sazón, nos profesamos) la gran Verdad; ergo, hubo muchísima Verdad en nuestra relación. ¡Cuántos matrimonios hubo, hay y habrá sobre la faz de la tierra que no lleguen a sentir ni el cinco por ciento de lo que sentimos nosotros (la una por el otro y viceversa)! A mí nunca me habían nacido (así, a borbotones) tantos deseos de ser padre. Hasta que te conocí. Jamás he llevado a cabo un cunnilingus. Contigo me hubiera apetecido coronarlo todas las noches, todas.
Haz felices a quienes amas de veras y esfuérzate en serlo tú a todas las horas, durante todos los días de todos los años que aún te restan por vivir.
Procura no engañarte más de lo absolutamente necesario. Tú nunca hubieras dejado a tu marido. Convéncete de ello. Te ayudará a alcanzar la paz.
Perdona, pero no te creo. Me niego en redondo a ello. Considero que no mereces tener las epístolas que nos cruzamos otrora. Si entonces tenías algo que ocultar (y ésa es la razón por la que no las guardabas); si entendías que, ética o moralmente, nuestra relación (no sólo la epistolar) era reprensible, reprobable, reputo que están bien donde están; a buen recaudo, bajo llave.
Los celos (según François de La Rochefoucauld, en ellos hay más amor propio que amor), celosa, a la sazón, no te dejaban ver la fosa donde enterraste lo mejor de los dos, ni la losa que colocaste encima de la tumba de la Verdad , donde iba descomponiéndose nuestro Amor, tras incumplir tu palabra y no volver al teatro de los sueños, a aquella habitación de un hotel de tres estrellas que (auguro con meridiana claridad) refulgirá y titilará en nuestras razones y en nuestros corazones mientras nos quede un hálito de vida.
No obstante tengo para mí que me destrozaste para el Amor, aún confío en hallar a la mujer que recomponga los mil añicos en los que quedó deshecho o partido mi corazón, el motor de mis ilusiones, y vuelva a sentir la mitad (aunque sea injusto con mi hipotética nueva media naranja, me conformaría con que fuera la mitad, sí, porque, con todo, sería mucho) de las emociones que sentí cuando estaba, a pesar del rosario y aun sinfín de obstáculos que nos aguardaban, enamorado hasta los huesos de ti.
Insisto en desearte y en persuadirte que seas dichosa. Preocúpate y ocúpate todos los días en lograr ser eso, al menos, feliz.
Deploro que haya o medie entre ambos ese océano lato (que nos dio tanto la lata) de desconfianza.
No soy masoquista, no; sin embargo, a pesar del daño recibido, vuelve a desearte lo mejor, de veras,
Blas.
(Continuará.)
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Jueves, 31 de mayo
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín