OTRO VIAJE A LA SEMILLA (IV)
Dilecta dama y amada musa, Obamo:
Me achacas propósitos actitudinales, intenciones comportamentales, que no advierto ni hallo en mí. Pareces decir que te relato sucesos imaginados y no reales. Incluso que, aunque estos sean verídicos, lo hago para darte celos o crearte desconcierto. Pues no es mi pretensión, de veras. Pero no voy a malgastar más tiempo dando lanzadas a las aspas de un molino de viento, buscando contradecir prejuicios arraigados, enquistados.
Marras. De verdad. No es mi pretensión (insisto) darte celos. Sé que tú lo interpretas al revés. Pero no sé qué hacer para sacarte de tamaño error. Tengo para mí que todos los malentendidos que hay entre nosotros no existirían si estuviéramos viviendo juntos. Estoy completamente seguro de ello.
Pues la besé. Cuando me despedí de ella, minutos antes de las seis de la mañana, a punto de que abriera el metro, le di sendos ósculos en sus carrillos y uno en su frente. Estuve hablando con Ángela durante cinco horas. Contigo, en el Edén, nuestro “Allí”, no estuve más que dos. Ergo, hablé bastante menos con vos. Te pongas como te pongas, esa es una verdad incuestionable. No soy un político, ni pretendo serlo. Soy una persona que coincidió con otra en un banco del aeropuerto de Barajas. Asistí sin querer (oí) a parte de la conversación que mantenía con su marido (me dijo su nombre y dos apellidos y la institución donde llevaba a cabo su trabajo, pero esos datos quedarán bajo llave, guardados en la caja fuerte de los secretos). Seguramente me reportó seguridad la sinceridad que advertí en sus palabras y le confesé que estaba enamorado de una mujer casada. Le recité las dos décimas que había escrito en el avión. Le gustaron sobremanera. No había leído jamás poesía. Se comprometió a hacerlo a menudo a partir de entonces.
Pues asumo con gusto, orgulloso, la sinecura que me has concedido, el puesto de explorador en exclusividad de tu persona/lidad.
Yo deseo esa cotidianidad, pero temo que sólo sea un sueño irrealizable, porque no depende sólo de mí el alcanzarlo, el culminarlo.
No me siento así, ciertamente, con el resto, porque con los otros no hay Amor; y contigo sí. Lo que pretendo es que consideres un valor añadido las enmiendas y orientaciones o sugerencias que puedo hacer a tus escritos. Tiene que ver con la inseguridad, claro. Pero no con la mía, que yo estoy seguro de lo que ansío, sino con la que advierto en ti. Yo le doy mucha importancia a lo que me ocurre, a lo que siente mi cuerpo. Ayer no pude imaginar que estabas y te veía, como otros días, en cueros, por ejemplo. Y me alarmé. Algo nos alejaba; algo impedía que pudiéramos amarnos. No sé qué fue. Igual es que ayer te revolcaste con otro. No sé. Ya me dirás.
Te agradezco sobremanera que estuvieras urdiendo palabras para mí cuando el reloj rayaba las 3 de la madrugada. Eso dice mucho en tu beneficio.
Ojalá. Pero a mí me da igual dónde sea, siempre que el suceso ocurra.
Me agrada que seas organizada. El otro día me contaron un chiste sicalíptico sobre organización, que destacaba las numerosas ventajas de ser organizado/a.
Ya sabes que todo es perfeccionable, perfectible. La sensación de poder haberlo hecho mejor la tendrás durante toda tu vida. Le pasa a todo/a autor/a decente, honesto/a, responsable.
Dios quiera que no sea la última. Hiciste lo correcto al cuidar a tu madre. Puedes sentirte orgullosa de ello. Yo también lo estoy (de ti y de mí, por cuidar del mío).
De cuando en vez, hay que echar mano del humor, para (des)engrasar. Varias veces te he referido que los dos ingredientes inexcusables, imprescindibles, para seguir peregrinando por este valle de lágrimas, son el Amor y el humor. El Amor, para comprender; y el humor, para soportar (a uno mismo y a los demás).
De nada. Aun con los yerros, que no advertí en su momento, porque la primera vez lo leí a la carrera, me sigue gustando.
No te duermas, no. Aprenderemos cosas hasta el último día de nuestras vidas. Y, si no lo hacemos, desaprovecharemos nuestros días.
A veces, algunos comentarios tuyos también me crean inquietud a mí. Me entra un miedo terrible a perderte de nuevo (porque, aunque, como soy y no soy un iluso, me consta y no lo obvio, sé que aún no te tengo). Cada vez que he tenido la sospecha, que adquiere tintes o tonalidades de certeza, de que nunca dejarás a tu marido (no tendrás nunca la valentía de hacerlo), de que jamás serás mía (perdona la idea de propiedad que destila o exuda la expresión vertida —te mentiría si te dijera lo contrario—, pero la siento así), se me impone el criterio de que no he hecho contigo más que perder el tiempo, de que debería de haberlo dedicado a otra mujer que no tuviera tus trabas y ser feliz con ella.
Yo sólo quiero estar a tu lado, pero a veces tengo la intuición de que tu matrimonio es un muro insalvable para que se dé nuestro definitivo acercamiento, que no miento.
Te ama con todo su ser y manda dos vagones repletos hasta los topes de ósculos variados
Blas.
(Continuará.)
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Jueves, 31 de mayo
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín