OTRO VIAJE A LA SEMILLA (III)
Dilecta dama y amada musa, Obamo:
No; no estoy en ninguna de las citadas redes sociales (ni tampoco, debería añadir, en ninguna de las no mentadas). Ni voy a estar. Mucho deben cambiar las circunstancias, el estado general (y particular) de las cosas, o yo de opinión para estarlo. Aunque no olvido lo que aconseja o recomienda al respecto un dicho español, ese que asevera que “nunca digas 'de este agua no beberé'”.
Quedas ipso facto “pendonada, pendón” (tómatelo a bien, con parecida guasa a la que dicho pensamiento, que no miento, fue pergeñado y expresado por servidor). Espero y deseo que la cefalea que te aquejaba ayer, por la tarde-noche, haya desaparecido o remitido en su mayor parte; y que esta mañana te hayas despertado como (una rosa) nueva.
Pues tú tampoco eres manca, mi vida. Puede que alguno de mis párrafos esté bien urdido (o sea, que haya conseguido transmitir, si no todo, buena parte de lo que pretendía decir en él). Muchos de los tuyos están a la altura de los míos y no los desmerecen, porque (aduciré ahora una verdad de Pero Grullo) a mí me motivan los por ti hilados tanto como a ti los trenzados por mí.
Es (hasta cierto punto) lógico y normal que muchos de los textos que urdo te gusten e interesen, porque tú eres, precisa (tal vez, preciosa) y (sin objeción) realmente, su fautora, quien los propicia, mi musa.
A ver si tengo un puñado (mejor, una mole) de suerte, gano bastante guita en algún juego de azar y podemos comprar y decorar a tu gusto, que lo tienes excelente, nuestra casa. ¿Te imaginas? ¿Que es un sueño? Pues claro que lo es, pero ¿no te gustaría que deviniera un hecho, que se hiciera realidad?
Disiento. No me tengo que tatuar tu acrónimo, OBAMO, en ninguna parte de mi cuerpo. En todas y cada una de las células del mismo cabe identificarlo, por ir este amarchamado (y lo propio cabe decir de mi alma), quiero decir, ser la marca de la casa. Ergo, no escurro el bulto, no. Con todo, tras haber dejado sentado que no soy proclive a los tatuajes (ni en ti ni en mí), por ser vos quien sois, y como me consta que a ti te hace ilusión que me tatúe Obamo, dentro de un corazón rojo, en mi brazo izquierdo, me comprometo a que antes de que se cumpla nuestro primer aniversario de bodas obrará en dicho lugar. ¿Contenta?
Creo que, con brevedad, en otro lugar, te escribí sobre mi apodíctico déficit de cariño. Pero ya sabes qué concluyó Friedrich Nietzsche en torno al asunto en cuestión: “Lo que no me mata me hace más fuerte”.
Pues sí; aunque los dos hayamos finado nuestros días en el planeta Tierra y nuestros cuerpos hayan sido pasto de los gusanos, ambos seguiremos viviendo en mis décimas, nuestros versos.
No me pongo triste. No eres una veinteañera, por supuesto; pero a veces te veo como si lo fueras. Es más, incluso me veo a mí mismo como otro tal. Supongo que algo tiene que ver en ello ese retruécano de Victor Hugo que no olvido y afirma que “los cuarenta son la edad madura de la juventud; los cincuenta la juventud de la edad madura”.
No es asunto ni magro ni menor el de la puntuación, no. Pero con un buen profesor y mucha dedicación, sacrificio, ese problema lo solucionarás pronto, en un pispás.
Pues no pongo objeción. Me avengo a lo que estimes conveniente, oportuno.
Coincido en el parecer. Miguel Hernández fue un poeta como la copa frondosa de pino altísimo. Me gustan muchos de sus poemas, pero siempre tuve debilidad por “Las nanas de la cebolla” y su “Elegía a Ramón Sijé” (de él aprendí, cada vez que cortaste conmigo, a valorar cuánta verdad concentrada hay, sin dejar un pequeño resquicio para la controversia, en uno de sus versos, en concreto, en ese inmarcesible e indeleble endecasílabo suyo que asegura “que por doler me duele hasta el aliento”).
Fantaseo que asisto, como redivivo Acteón, al espectáculo (pues tiene que serlo necesariamente) supremo de verte salir del baño, cual moderna Artemisa o Diana, con una toalla blanca enroscada en tu pelo castaño y vistiendo un albornoz blanco, suelto, que deja entrever varios de tus atributos, incluido uno de los que más me encandila y encanta, tu pendejo negro, nigérrimo; y me pongo de hinojos ante ti, mi admirable fémina predilecta.
Te ama quien te adora y venerará eviterna o sempiternamente,
Blas.
(Continuará.)
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Jueves, 31 de mayo
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín