LA ABUELITA (I)
POR JESÚS ARTEAGA ROMERO
Era abuela, muy abuela,
y además muy viejecita…
En el poyo de su puerta
se sentaba y sonreía
en las tardes soleadas
y a la sombra de la esquina…
Disfrutaba ella de todo
lo que estaba allí a su vista;
porque todo le gustaba
y por eso se reía…
Una abuela sonriente,
un pedazo de alegría
que regaba con sus ojos
unas lágrimas caídas
retenidas en sus labios
refrescando las mejillas
con un brillo de frescura
que ella misma producía…
Y los niños la miraban
y algo sí que le decían
pero no les contestaba
con palabras la ancianita.
Cuando menos lo esperaban
sus ojitos los abría
y miraba con ternura
a los niños que allí había;
los miraba con cariño
regalándoles sonrisas…
Todo en ella era un misterio,
todo en ella eran sonrisas
esparcidas por el viento,
convertidas ya en la brisa
que acaricia suavemente
a las gentes que la miran
paseando por las calles,
sin saber que la abuelita
desparrama para todos
la mejor de sus sonrisas…
Y aunque todos se extrañaban
ella sigue sentadita
dibujando con su mente
toda clase de sonrisas.
El misterio de la abuela
escondido está en su vida;
y la abuela reflexiona,
rumia bien lo que medita
y al sacar sus conclusiones,
siempre saltan sus sonrisas…
Y la abuela permanece
en su cuerpo recogida;
es un cuerpo menudito
por ser ella pequeñita…
Y sus ojos, cuando se abren,
pronto quedan cerraditos;
y los niños se le acercan
y le dicen al oído:
“¿Por qué Ud. sonríe tanto
si está sola y calladita…?”
Y pasando van las horas
y pasando van los días;
y la anciana, como siempre,
se recuesta en una silla
que la tiene colocada
a la sombra de la esquina…
Y la anciana con sus manos
abre y cierra una cajita
y sonríe, muy feliz,
y es muy dulce su sonrisa…
(Continuará mañana.)
Jesús Arteaga Romero
Jueves, 31 de mayo
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