LA MALA SOMBRA
“Y fueme peor, como V. M. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres”.
Francisco de Quevedo y Villegas
María de la Soledad, quiero decir, Marisol (o, también —he de reconocer, sin ambages, que podría formar una legión, si agregara y dispusiera convenientemente, uno tras otro, a todos sus allegados, o sea, amigos y deudos, que la conocían por la sílaba final de dicho hipocorístico—, Sol, a secas), decidió marcharse a las antípodas para ver si allí cambiaba de manera ostensible y hasta definitiva su suerte. Apenas habían transcurrido unos minutos, desde que, exultante, hecha una mujer nueva, sonriente, bajara del avión, cuando, antes de recoger las dos maletas de su equipaje (que le iban a pesar como dos losas o muertos) de la cinta giratoria, en uno de los espejos de uno de los baños de aquel aeropuerto neozelandés, tras lavarse y secarse la cara y las manos, comprobó que el vuelo había sido en vano, pues mudarse hasta el lugar opuesto del globo terráqueo no le había servido de nada. Velis nolis, su mala sombra, la que, por azar le tocó o asignaron al nacer, le seguiría a ella, otra femme fatale, por doquier, hasta el final de sus días, que, por cierto, ocurrió, recientemente, en la desangelada habitación de un psiquiátrico.
Ángel Sáez García
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Viernes, 17 de febrero
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