ETC., ENTRE ELLAS, UNA E. T. S.
(Y OTRAS COSAS, ENTRE ELLAS, UNA ENFERMEDAD DE TRANSMISIÓN SEXUAL)
Y llegó el día del chaparrón. Mientras Eulogio esperaba a Maribel en la desangelada habitación de un hotel de tres estrellas, ella recorría tan campante, despreocupada, las diversas plantas de El Corte Inglés. Los dos tuvieron, a la sazón, como si se tratara de gemelos (y, en verdad, durante algunos meses, al menos, almas mellizas fueron), al mismo tiempo, siendo, otrosí, consecutivas, un par de sensaciones similares: los latidos de sus respectivos corazones machacándoles las sienes, y sendos picores desasosegantes escociéndoles y quemándoles el centro y alrededores de sus cada vez más enrojecidas entrepiernas.
Ambos vinieron a pensar, poco más o menos, lo mismo. “Estaría bueno que Maribel me hubiera transmitido los hongos por telequinesia, sin haber hecho el amor con ella”, arguyó Eulogio. “Sería la repanocha (y aun castigo divino, dirá luego, seguramente, mi madre) que, por haber(me) inventado anteayer dicha treta con el objeto de que Eulogio demorara sus impulsos salaces para hoy, Santa Perpetua (y quedara eviternamente condenado a tal cadena), yo padeciera ahora, como ineludible escarmiento, la mentada y lamentable sintomatología”, divagó ella.
Si Eulogio hubiera sabido entonces lo que hoy no se le escapa, que la candidiasis de Maribel era, en realidad, una obstinada gonorrea, que, presumiblemente, le había contagiado su putañero y espeso esposo, de buena gana y mejor grado, habría guardado en su coleto la extensa colección o amplio muestrario de pestes que, no sólo ideó, sino que aireó a mansalva y por doquier en contra de ella.
Al día siguiente del diluvio (en el caso de Maribel, el agua vino del cielo y el exterior; del infierno y el interior en el caso de Eulogio), cuando éste, hecho un desecho o guiñapo, cabizbajo, tomaba el Altaria en la estación de Sants con destino a la de Las Delicias, en la capital cesaraugustana, “zararagonesa” o, sencillamente, maña, a aquélla le recorrió el raquis un escalofrío, indicio evidente de que un miedo cerval se había adueñado, apoderado o instalado por momentos en su onerosa y obesa, sí, pero para Eulogio apetentísima, anatomía.
Maribel reconoció entonces que se había portado con él como una guarra. A quien abortó ipso facto que Eulogio debutara o se estrenara como su amante el baldón le venía pintiparado, como alianza al anular, que le cuadraba, o sea, de veras. Pero qué podía hacer ella. No quería hacer daño a nadie, mas lo que de ninguna de las maneras deseaba (ni entraba en sus cálculos o cánones) era que la perjudicada fuera ella.
Durante el resto de la semana, Maribel se encerró en casa, como le había aconsejado que hiciera su controladora madre y mentora, quien la visitaba de continuo, a cualquier hora del día. Ésta a ratos la miraba burlonamente y a ratos la observaba estupefacta, pues, como si el rostro de su hija se hubiera metamorfoseado en un límpido espejo, advertía, reflejada en él, su propia cara, perpleja. La perra de Maribel, Perla, lista como el hambre, parecía captar la angustia de ambas y hasta aparentaba llorar cuando una o las dos andaban echándole sal al agua de sus lágrimas.
Ángel Sáez García
otramotro@tudela.com
Miércoles, 10 de febrero
Peio Sánchez Rodríguez
Marie-José Martin Delic Karavelic
Ángel Sáez García
Alfonso Agís
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Chris Gonzalez -Mora
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Juan Granados
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes