A pesar de llevar casi una década afiliado a un partido político, o quizá por eso, cada día siento un rechazo más creciente por la política actual. Desde un punto de vista personal, me siento cómodo en el Partido Popular: me siento estimado y valorado, y eso pienso que da un mayor valor a mis palabras. Estoy profundamente agradecido por haberme dado la oportunidad de formar parte de las listas del Partido Popular al Ayuntamiento de La Coruña en las últimas elecciones municipales, en las que he trabajado todo lo que pude y más. Pero cada vez se me hace personalmente más difícil participar en la vida política, de la que cada vez me siento intelectualmente más alejado.
Yo no soy un analista político, soy un simple ciudadano al que le interesa la Política (con mayúsculas). Por eso me parece sorprendente que nadie se interese por reparar las enormes grietas que padece nuestra democracia, que tantos ciudadanos empezamos a ver y que alejan a la mayoría de los españoles del interés por la vida política. Se está poniendo de manifiesto -como un clamor- que las grietas de nuestra deficiente democracia son producto, por un lado, de la forma en la que se hizo la transición y, por otra, por la deficiente cultura democrática que padecemos los españoles.
EL COMPADREO DE LA CLASE POLÍTICA EN LA TRANSICIÓN:
La transición española, (a la que no resto el mérito de habernos proporcionado el mayor período de libertad, paz y prosperidad de nuestra historia) no tuvo la virtualidad de conducir a España desde una dictadura a un verdadero régimen democrático. Hoy contemplamos los frutos de aquella transición y, a muchos españoles del siglo XXI, no nos gustan. Y es que lo que se sembró durante la transición no fue la semilla de una verdadera democracia participativa, sino un conchaveo de intereses: un reparto de poder entre las fuerzas vivas del agónico franquismo que no querían perder su status de poder y las fuerzas políticas de la oposición a la dictadura (cuyas intenciones eran las mismas que las de los oligarcas del régimen y cuya cultura democrática eran tan elevadas como la de los franquistas). Ambos sectores acordaron el reparto de la tarta política española, convirtiendo a España en una oligocracia partitocrática en la que el poder real lo tendrían las élites que controlan los partidos políticos que se alternarían en el poder, pero no los ciudadanos, a los que se nos dejaba una democracia tutelada, diseñada para incapaces, una democracia de mínimos.
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