Los debates entre escritores, los Congresos de literatura, las grescas entre versificadores o novelistas no son ejemplos de intervención ‘intelectual’. En primer lugar, probablemente, por la pequeñez o incluso por la insignificancia que rodean a tantas de esas controversias. Pero, en segundo lugar, y más importante, por otra razón operativa: es intelectual aquel que emplea todos los medios que la sociedad de la comunicación le pone a su alcance, aquel que se vale de todos los recursos de la información para hacer públicos sus mensajes, y el principal es, precisamente, la fama.
Hay escritores de gran nombradía gracias a que su meritoria obra los eleva o los aúpa hasta el olimpo o el infierno de la celebridad. Justamente cuando aprovechan esta circunstancia para examinar el estado de la moral colectiva, cuando se sirven de esa fama para interpelar a sus destinatarios potenciales, cuando se erigen en defensores de una causa, entonces, de verdad, estamos en presencia del intelectual. Se presentan ante sus conciudadanos aureolados de prestigio, investidos con la legitimidad y con el poder que dan la excelencia y el crédito.
Jean-Paul Sartre, a quien ahora recordamos al cumplirse el primer centenario de su nacimiento y al que tantas cosas le podemos reprochar, hizo valer la facilidad prolífica de su prosa, su cualidad literaria, para hablar de todo: para enjuiciar la política, para oponer resistencia a las cosas que juzgaba desastres colectivos. Levantó su voz e incluso su desaliñada, su desaseada figura, se empecinó en causas dignas o erradas, agravió a los poderes públicos, logró el beneplácito de sus compatriotas. Siempre pronunció la palabra más radical, la más precisa o la más destemplada, la que más incomodaba al Gobierno francés.
‘Je pardonne à Voltaire, mais pas aux serviteurs de l’État’, puede leerse en la entretenidísima biografía que Annie Cohen-Solal le dedicó tiempo atrás y que ahora reedita Edhasa. Era ésta una declaración hecha por De Gaulle y que recogería el periódico ‘Paris-Jour’ cierto día en un titular que revelaba la incomodidad del Gobierno, pero también el proceso irreversible que llevaba a “la canonización [laica] de Sartre” al comparársele con Voltaire.
No había exageración en esas palabras. Había, por el contrario, una descripción prácticamente literal de los hechos, de la entronización de Sartre y de la función que se les tenía reservada a los intelectuales en Francia, del respeto que merecía alguien que era, sin más, patrimonio nacional. En efecto, a Voltaire no se le encarcelaba, como tampoco a Sartre. Podían equivocarse, errar estrepitosamente, pero sus figuras se agigantaban gracias a la audiencia que sus declaraciones podían convocar.
Fernando Savater no ha ocultado el gran aprecio que desde joven ha sentido por Jean-Paul Sartre y, en particular, por el primer Sartre, aquel que pronunciara la conferencia inaugural de una época, de la reconstrucción de posguerra: ‘El existencialismo es un humanismo’ (1948), charla impartida en Club Maintenant de París.
Sartre no era pesimista, admitía: era un escritor que declaraba su fe en la capacidad creadora de los jóvenes. Ser joven no era, sin más, un estado de carencia que resolviese la edad. Ser joven era reconocer el presente como un espacio de posibilidades, sin pertenencias definitivas, sin herencias onerosas, sin un patrimonio que defender. Los muchachos, aquellos muchachos inspirados por Sartre, siempre se manifestarán con agravio e insolencia: se elevarán con vehemencia frente a sus mayores y reclamarán su lugar en el mundo, sin tener que ser custodios del linaje o de la tradición.
Si la existencia precede a la esencia, entonces no hay vínculo irrevocable que me ate ni dato previo. Hay la voluntad de componerme, de rehacerme contrariando, incluso, lo que los mayores esperaban de mí. Haré de mí “un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto”. ¿Por qué razón? Porque “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace (...), un proyecto que se vive subjetivamente”. En ese caso, pues, “si verdaderamente la existencia precede a la esencia, el hombre es responsable de lo que es”.
Así, ese joven que se crea a sí mismo elige, pero sobre todo se elige: decide ser de una forma frente a otra y por tanto opta por una clase especial de humanidad. En efecto, “al crear al hombre que queremos ser” implicamos a la humanidad en su conjunto, definimos un tipo especial de individuo y de relaciones. Nada menos. El joven es, de esa manera, un recién llegado que se guía a sí mismo a partir de los modelos de excelencia que la historia le da y que él aplicará con mayor o menor acierto. No hay Dios ni amo y la angustia del ateísmo consciente se compensa con el goce de la indeterminación, con la lucha contra la fatalidad, en un proceso de autocreación intersubjetiva en el que el tú queda implicado.
Esa concepción supone, pues, comprometerse y, en efecto, el ‘compromiso’ será decisivo en el ideario de Sartre como intelectual. Se compromete en un doble sentido: por tener proyección pública se vincula a determinadas causas y, por eso, se pone en un brete, en aprietos, en un compromiso: se expone, pues. No es una vida cómoda: puede equivocarse –y Sartre tuvo errores gravísimos y abdicaciones culpables--, pero mientras fue coherente consigo mismo su coraje y su valor le venían de esa libertad incondicionada en la que quiso creer, esa libertad en la que la batalla moral no estaba ganada de una vez para siempre. Siempre que elige, siempre que opta en este o en aquel instante, el intelectual libra un combate que tiene mucho de incierto, pero que tiene mucho de heroico: no sabe si acierta o yerra, pero se expone y se compromete.
“Hemos sido injustos con el existencialismo francés de la primer ahora: era el bueno”, decía Fernando Savater en su obra ‘Humanismo impenitente’ (1990). “El propio Sartre fue retrospectivamente injusto consigo mismo, cuando abjuró de su célebre conferencia del Club Maintenant”, añadía. Pues bien, creo que Fernando Savater ha sido fiel a aquel precepto sartreano y podríamos decir que su compromiso y sus pifias, su intervención incluso aparatosa en la esfera pública, su empecinamiento, su ateísmo religioso e ideológico (que le genera el reproche o la incomprensión de los clérigos y de sus mantenedores) son la aplicación tentativa de aquel programa.
Por esto, pudo hacer propio aquel precepto de ese otro gran solitario, de ese otro emboscado que se ofrece al mundo, de Ernst Jünger: “El poder y la salud están en quien no siente miedo”. Más aún: “El emboscado es la persona singular concreta, el hombre que actúa en el caso concreto. Para saber lo que es justo no necesita teorías ni tampoco leyes elucubradas por los juristas de los partidos. El emboscado desciende a aquellos manantiales de la moralidad que aún no han sido repartidos por los canales de las instituciones”, concluye. “A este emboscado”, añade Savater, “le deseamos que vaya al Parlamento (...), pero que no se olvide nunca de sí mismo”.