
Por esta bendita y sufrida esquina ibérica, Galicia, “alporizado” (para que se entienda: encrespado, en la lengua de la clásica picaresca), “levado do demo” (en manos del diablo) te anda algún pícaro galaico de godo y charnego apellido: José Luis Gómez.
Charnego que lo fue en efecto, durante años, en la misma y sufrida Cataluña de la que a tan menudo se sirve utilitariamente, en una especie de como tauromáquica suerte, para rejonear a los “espanholistas” infieles a la “Galiza” de sus amigos (pese a escribir que «en Galicia, al gallego se le llama portugués, especialmente por parte de quienes han rebautizado Galicia con el espurio lusismo “Galiza”»; apreciación con la que no puedo estar más de acuerdo).

Queridísimos hermanos, camaradas amantísimos, deudos todos del próximo difunto: jornada aciaga donde las haya, hic et nunc, nos encontramos hoy ante el cuerpo insepulto, trémulamente palpitante todavía, del socialismo español.

En el anterior y predemocrático régimen político español, de donde procede el abertzalismo homicida vascongado —ETA con su pringue social—, la libertad de la persona ni era efectiva ni era recíproca. Desde el nacimiento del régimen hasta su extinción, la libertad personal permaneció políticamente cercenada, y sin libertad política no es posible la libertad personal.

Muy estupefacientemente, en «Berlusconi al desnudo» —sublime editorial del diario amigo que venimos comentando—, mientras nada es lo que parece, todo lo que parece resulta ser, sin embargo, algo. Intentaré, no obstante, hincarle algún diente a tan superferolítica y ontológica cuestión, en cuyo seno de realidad las fotografías no son fotografías, sino “imágenes”, y las imágenes, por más que fotográficamente imaginen excitados “cavalieri”, ¡tampoco son fotográficas!

Bien lo dice el proverbio: que mientras las palabras se las lleva el viento, los escritos permanecen —verba volant, scripta manent. El diario El País ha publicado el que, probablemente, esté llamado a ser uno de sus inolvidables escritos: el editorial «Berlusconi al desnundo».

En una equilibrada tesitura democrática, lo que, por juicioso, mayormente cabría esperar de la sociedad española es que no mostrase ninguna compasión política ante un Presidente del Gobierno que, dándoselas de “socialista” y “obrero”, no manifiesta el más mínimo pudor ni reparo en recurrir a fondos públicos para sus propios viajes privados.

Desde la noche de los tiempos, pensamiento y doctrina procaz, duda sistemática y charlatanería, filosofía y sofística están condenadas por el buen Dios a mirarse de reojo con recíproco recelo.

Vengo definiendo el picaresco y esperpéntico Ministerio de “Igualdad” como un Ministerio que, en rigor, más lo es de la Muerte, la cual, por otra parte, constituye la Gran Igualadora: de pobres y ricos, de competentes e imbéciles, de víctimas y criminales, de Bibianas y Bibianos, de peperos y psoejonsianos, de gnósticos y agnósticos, de creyentes teos y creyentes ateos.

Creado, impuesto y fomentado por esa “rara avis” —entrevero insufrible de Carlos II el Hechizado y Fernando VII el Felón— que gobierna desde La Moncloa contra su propio pueblo, el Ministerio denominado de “Igualdad” constituye una gravísima y reaccionaria ofensa hacia media España.

¡Miradlo!: abatido por la melancolía y melancólico por tan vano esfuerzo ante un horizonte ausente de Poder. Como reseca estantigua, remolcado por su propia sombra y, sin posible “lifting” existencial, profundamente triste deambula don Emilio: Pérez Touriño. Maldito mes, obcecadamente encontrado con sus heterodoxas nupcias políticas.
Dinos, Rubén, grandioso del Ocaso y del Destino, ¿qué padece él, don Emilio? (Con sonatina DE ÚLTIMA HORA, pitonisamente, escupe el vate en teletipo.)
Don Emilio está triste… ¿Qué tendrá don Emilio?
Su “Galiza” se esfuma en un mal de delirio,
que le aja la risa , que le abrevia el color.
Don Emilio está ausente por sus sillas de oro,
está mudo aquel iPod de su Audi sonoro,
y en su ocaso, Pepiño, le retira el amor.
Ya no quiere la Xunta, ni el requiebro del BLOQUE,
ni el abrazo encantado, ni el bufón del estoque,
ni encomios unánimes en bancada de azur.
Y a los siete nenúfares de la Villa PSOE,
de futuros inciertos, el dolor les corroe,
mientras Don se broncea en las playas del Sur.
¿Piensa, acaso, en sus mixturas de heteróclita cocina,o en la desdicha política de su jornada argentina,
que de sus ojos borraron la delicia y la luz?
¿O en la honradez de cien años de capullos flagrantes,
o en aquel suplicante de votos tan solo días antes:
el Gran ZP Mesetario, amo y señor de su testuz?
—«Calla, calla, Touriño», dice el Anxo madrina
Quintana, «que, a por los boinas, hacia acá se encamina
quien desprecia los yates y aún repudia el “Azor”:
el porvenir caballero que te “beirea” sin verte,
¡Xosé Manuel Beiras!, vencedor de Malasuerte,
que resucitará tu ánimo con su inmarcesible fervor.»
Pronto se cansarían sus coterráneos, conservadores desde el Séptimo Día, de tanta promiscuidad, de tanto indecente amorío con el ATS Quintana (“o pinchacús”), el príncipe de los “xoubas”: juramentados prolusos cuya máxima aportación de modernidad a Galicia viene consisitiendo en un empeño valetudinario por rebautizarla como “Galiza”, contra todo uso y costumbre de los propios dueños de su tierra, lo mismo que, anticientíficamente, contra el acervo documental de los “vestigia” filológicos. (“Gallaecia” y “Gallicia” son, en efecto, las formas latinas documentadas, siendo en cambio “Galiza” «una forma del gallego antiguo que conserva el portugués moderno», tal como ha consignado, con meridiana claridad , el filólogo Benigno Fernández Salgado.)
Entre tanto, los altavoces del Progreso continúan impertérritos: “Es igual, que se cansen; la boina es su problema. Nuestro cosmopolitismo de Progreso trasciende la corredoira.”
Y don Emilio , pespuntando los límites del pudor, declara ser un «ingenuo por pensar en la crisis mientras otros lo hacían en el Audi.»
Pero ¿sabe don Emilio en qué consiste “pensar”, en qué “la crisis” y, más seriamente, en qué “pensar-la-crisis”? Sin duda, don Emilio es… un bromista.
Pertenece a la tierra de Rosalía, la misma que, al propio y paradoxal tiempo, es también la tierra de Julio Camba y Moncho Borrajo. Por eso algunas veces don Emilio está triste, muy triste, con una tristeza que, más que tristeza, es “tristura” de espinazo atravesado por la saudade misma de Ramón Piñeiro; en tanto que otras, con antagónico cambio, practica libre humor de bodeguilla.
Quienes, a mediados de los ochenta, tuvieron ocasión de tratarle en los años de su vicerrectorado —infaustos años para la Universidad de Santiago, convertida a la sazón, por el PSOE gallego, en pocilga de inmoralidades— aseguran que tenía un despacho de escasos tres metros cuadrados no menos escasamente iluminados (¡vamos, un despachito oficial!) desde cuya penumbra atendía las visitas en un esmerado castellano, en el que por otra parte, jamás afloró, me aseguran, atisbo de pensamiento alguno; ni señal, tampoco, que permitiese entrever, en la latente esperanza fenomenológica del socialismo gallego, al nuevo Edmundo Husserl de la crisis del XXI.
Pasaron los años, como en el tango. Y aquel despachito devino cuasipista de pádel; el esmerado castellano, castrapo (cuando no “gallejo” —con “geada”: «“¿Gallejo? Pase, pase mi “amijo”»); y la ausencia del más mínimo atisbo de pensamiento, “¡Pensamiento de la Crisis!”, por supuesto. Ahora bien, más que pensar, lo que se dice pensar la crisis, nuestro Edmundo Husserl del PSGa comenzó a mascullarla en Tenerife, cuando ante España entera tuvo don Emilio la audacia de convertirse en el primer presidente de la Xunta de Galicia que, justo al día siguiente de perdidas las elecciones y con miles de gallegos sumidos en la más perentoria necesidad material, prefirió cambiar la tormenta problemática de sus paisanos por el tranquilo solaz de un hotel de cinco estrellas bajo calorciño tinerfeño.
Avezado imitador de Zapatero ahora, como antes lo fue de González, don Emilio no miente, sino que dice, solamente, verdades incompletas: «fui un ingenuo por pensar en la crisis mientras otros lo hacían en el Audi.» Cierto, pero no en la crisis de sus paisanos, sino en la suya propia: su propia e irreductible crisis biográfica, devenida a su vez de la crisis personal de unos principios corrompidos.
Esa crisis que, desde que le retiraron la Cátedra de Economía Aplicada (por entender las autoridades que lo hicieron que estaba aplicada, con efecto, tanto a sí mismo como a su propio medre y Progreso), permaneció, soterrada, en el olvido, como esos cadáveres que a la postre acaban mostrando su putrefacción inocultable, por más cal viva que los sórdidos periódicos del pesebre galaico se empeñaron en echarle. Los mismos periódicos —del pesebre y del psoebre— cuyos dueños van teniendo la desvergonzada “valentía” de “protestar” —ahora, claro. “¡Tarde piache!”.
Así pues, a protestar toca. Yo también protesto, singularmente, contra esta harina de tan parejo y fariseo costal. Y seguiré protestando, si me lo permiten, desde mi exilio crítico-literario, en este aún no apesabrado «Periodistadigital», presentísimo ejemplo de respeto y libertad.

Eterno e inseparable Ángel:
A cuantos Dios, que en divina jornada creó las rías gallegas con sus propios dedos, privó de la voluptuosidad de la lengua “das bruxas e os devanceiros” no tienen por qué saber que justamente eso: Ángel —en la lengua de Alonso Quijano— es lo que tu nombre, Anxo, significa en la de Rosalía.

Más allá de los estrados, el debate social sobre las costumbres atentatorias —tanto más cuanto más socialmente antipersonales— debe tener su forzoso lugar fuera de los límites del específico ámbito de la Justicia; muy especialmente cuando la reflexión afecta a las propias actuaciones judiciales y al propio cuerpo legislativo que las sustenta.
Domingo, 22 de noviembre
Agustín Jiménez
Alfonso Rojo
Ana Pastor
Andrés Aberasturi
Angel Calzada
Antonio Casado
Carlos Carnicero
Carmen Tomás
Cayetano González
Charo Zarzalejos
Consuelo Sánchez-Vicente
Esther Esteban
Fermín Bocos
Fernando Jáuregui
Francisco Muro de Iscar
Isaías Lafuente
José Cavero
José Luis Gómez
Julia Navarro
Lorenzo Bernaldo de Quirós
Luis Del Val
Mabel Redondo
Miguel Cancio
Miguel Higueras
Nava Castro
Pedro Calvo Hernando
Rafael Martínez-Simancas
Rafael Torres
Ramón Pi
Roberto Malestar Rodríguez*
Rosa Villacastín
Victoria Lafora
Paco Sande
Francisco Rubiales
Rufino Soriano Tena
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Pedro Fernández Barbadillo
Manuel Molares do Val
Jesús Montesinos
José Luis Palomera Ruiz