Obama ha estado como hay que estar, como reaccionan casi siempre los líderes norteamericanos cuando la tragedia golpea a esa gran nación.
Con voz de barítono y gesto adusto, ha citado a Dios, ha dado las gracias a los miles de valientes que salieron a rescatar gente en la oscuridad de la noche y ha dejado claro que toca preocuparse de los supervivientes.
No ha habido en las palabras del presidente el mínimo reproche, critica o excusa. Tampoco preguntas y eso me desasosiega.
Quizá esté equivocado e ignore hasta lo más esencial de los tornados, pero jamás imagine que un desastre como el de Oklahoma, pudiera ocurrir en EEUU.
El error en el número de muertos, que inicialmente se cifró en 91 y a estas horas ha sido reducido a menos de la treintena, es comprensible, porque muchos vecinos se escondieron en los sótanos, quedaron atrapados bajo los escombros y tardaron en reaparecer.
Lo que no entiendo es que no hubiera alarmas previas o que los sofisticados servicios meteorológicos, capaces de prever con exactitud matemática en que set comenzará a llover durante el US Open de tenis o entre que hoyos del Master de Augusta de golf empezara la tormenta, no alertaran a la ciudadanía.
Oklahoma City es la más poblada de las ciudades de la Gran Llanura. Está en el corazón del corredor de los tornados y a las cuatro de la tarde, cuando el huracán tocó tierra en los suburbios del norte, los niños estaban en las escuelas, los enfermos iban a los hospitales, las madres hacían la compra en los supermercados y las gasolineras suministraban combustible.
No tuvieron ni quince minutos de margen para ponerse a salvo.
Pienso en mis hijos pequeños, cuando imagino a esos críos de la escuela Plaza Tower que corrieron a refugiarse en los baños mientras el viento convertía sus aulas en un amasijo de plástico y metal y sólo se me ocurre que la naturaleza, aunque casi lo hayamos olvidado, puede ser mala y cruel como la madrastra del cuento.
De todos los detalles, el que más me ha desconcertado es el del hijo. No el que tuvo Amanda Marie Berry durante sus diez años de secuestro y con el que apareció en brazos, cuando un vecino alertado por sus gritos derribó la puerta de la casa, sino el del facineroso que fue su verdugo y carcelero desde el anochecer del 21 de abril de 2003 en que la muchacha desapareció tras finalizar su turno en el Burger King.
Ariel Castro, el conductor de autobús que un año antes había secuestrado a Michelle Knigh y un año después haría lo mismo con la todavía adolescente Gina DeJesús, tenía en aquella época un hijo varón de 24 años que estudiaba periodismo.
Y ese chaval, que ahora firma como Anthony, colaboraba en uno de esos entusiastas periódicos comunitarios que tanto abundan en EEUU, decidió hacer un reportaje.
No sobre el tráfico en los suburbios o los torneos femeninos de fútbol, sino sobre lo que tenía conmocionado al vecindario mayoritariamente hispano de la zona: la misteriosa desaparición de varias chicas.
El artículo, publicado en junio de 2004 en el mensual ‘Cleveland Plain Press’ comenzaba explicando que desde hacía exactamente dos meses, cuando se había visto por última vez a la pequeña Gina caminando hacia su casa, las familias vivían con el alma en vilo, como relataba emocionada Nancy Ruiz.
Nancy es la madre de Gina y lo último que podía imaginar es que su entrevistador era hijo del malvado que tenía secuestrada a su hija a escasos metros de distancia.
Cuando ayer le preguntaron, Anthony sólo acertó a musitar que se sentía abrumado y que nunca pudo imaginar que su padre, con la complicidad de sus dos tíos, tuviera cautivas a tres chicas.
La Policía, que todavía no tiene claro qué conjura permitió a los tres perversos hermanos mantener durante un década ocultas sus fechorías, ni cómo nadie se dio cuenta de lo que ocurría en el hogar de los Castro, parece convencida de que Anthony tampoco supo nunca nada.
Vale, pero estarán de acuerdo conmigo en que al joven no le llamó Dios por el camino del periodismo. Le falta olfato.
Hay quien dice sarcástico que más que una visita oficial, es una ‘peregrinación piadosa’.
Peregrinación, porque es un viaje obligado buscando la salvación. Piadosa, porque da la impresión de que los mandatarios europeos que se acercan a ver a Ángela Merkel lo hacen casi de rodillas.
Enrico Letta, que la víspera había pronunciado un bello discurso en la Cámara de Diputados, donde anunció la supresión del impuesto sobre la vivienda habitual, como querían las huestes de Berlusconi, y clamó a favor de reactivar la economía y dejarse de austeridades, como pide el centroizquierda italiano, llegaba a Berlín farruco.
Después de la reunión con la canciller, en la rueda de prensa conjunta, no se le vio ya tan fiero.
Cuando la alemana, que para estas cosas se las pinta sola, tras felicitarle por su elección y enviar sus respetos al presidente Napolitano por haber logrado sortear una difícil coyuntura política, enfatizó que la “consolidación fiscal es clave” y que cada uno de los países ”tiene que hacer sus deberes", al bueno de Letta se le puso color de hormiga.
Merkel recitó a renglón seguido el mantra de que Europa “tiene que salir de la crisis más fuerte de cómo entro” y todos sonrieron, pero el juego está claro.
Letta, como le ha pasado a Hollande y demuestra Rajoy, ya sabe quien manda en la UE.
La tradición viene de lejos. La diferencia es que entonces, en tiempos del poeta Juvenal, los emperadores regalaban trigo y entradas a los juegos, para mantener al pueblo alejado de la política.
Ahora, en la Italia de Berlusconi, Grillo y Bersani, la segunda parte del clásico ‘Panen et circenses’ es precisamente la política.
Y el espectáculo se la trae. Tanto por lo prolongado como por lo bochornoso, porque durante dos meses, los transcurridos desde que la ciudadanía votó el pasado 25 de febrero, los partidos han sido incapaces de ponerse de acuerdo en algo tan vital como es formar Gobierno y elegir presidente de la República.
Y al final, después de un rosario de majaderías y múltiples conspiraciones, nos encontramos con el centroizquierdista Bersani, exiguo vencedor de las elecciones, tirando la toalla, con el centroderechista Berlusconi jugando a salvador, con el ‘cinco estrellas’ Grillo, líder de la tercera fuerza más votada, marchando sobre la capital para denunciar un ‘golpe de Estado institucional’ y con un presidente de 87 años cuyo mandato concluye en 2020.
Y este vodevil se representa en Italia, la tercera potencia de la Eurozona. La reelección a la desesperada del venerable Napolitano, quien se ha estrenado en el Parlamento dando una manta de palos a irresponsables políticos, da un respiro a los dirigentes de la Unión Europea, pero el alivio será pasajero.
La parálisis que corroe las estructuras de poder romanas no daña solo a Italia. Hace literalmente imposible cualquier frente común para poner en marcha una política decidida de apoyo al crecimiento y al empleo en el Viejo Continente.
Lo esencial no son las bombas, las redes de apoyo o la financiación oculta. Ni siquiera el odio ciego de los fanáticos. La clave del terrorismo es el miedo.
El 11-S dejó patente que ni el ejército estadounidense, el más poderoso y sofisticado de la Historia, puede proteger del todo a una sociedad abierta y democrática como la norteamericana y esa idea, reforzada por masacres sucesivas como la del 11-M o el 7-J, tiene efectos devastadores en un sector de la ciudadanía.
Son muchos los convencidos de que el mundo es un lugar más peligroso ahora de lo que era antes de la invasión de Irak, de la guerra en Afganistán y de la caza y ejecución sumaria de Osama Bin Laden.
Y de ahí a concluir que la utilización de la fuerza contra los facinerosos aumentará su agresividad y las probabilidades de que los países occidentales sufran atentados, sólo hay un paso.
Que una vez dado puede conducir a pensar que lo razonable es ‘no provocar’ con la esperanza de que los malvados se olviden de nosotros o se suavicen por arte de magia.
Es pronto para sacar conclusiones sobre la carnicería perpetrada en la meta del Maratón de Boston. No sabemos todavía quienes son los autores o que desquiciado pensamiento palpita tras el crimen.
Es lógico que nos estremezca la visión de los inocentes muertos, mutilados y cubiertos de sangre, pero sería insensato concluir que la forma de evitar barbaries similares es el apaciguamiento. Como subrayó Obama, los responsables deben ser encontrados y castigados.
Sin contemplaciones y sean quienes sean.
Fina no va a ser. Tampoco sutil. Basta ver lo que se han soltado uno a otro desde la muerte de Hugo Chávez, para imaginar lo que se van a llamar Maduro y Capriles durante la campaña electoral que oficialmente comenzó ayer y concluye el 14 de abril.
Lo más suave que el ‘presidente encargado’ ha dicho del líder opositor ha sido “fariseo”, “burguesito” y “jefe del odio”. Y este, en contraprestación, se suele referir a él como “toripollo”, termino criollo con se designa a alguien robusto y escaso de luces.
Hace seis meses, Chávez se impuso sobre Capriles con 10 puntos y casi millón y medio de votos de ventaja, lo que hace previsible que su delfín se alce con el triunfo dentro de once días, pero las diferencias se van estrechando.
El apoyo al candidato oficial, que ha convertido la idolatría al desaparecido Caudillo en su razón de ser, se erosiona más rápidamente de lo que preveían los expertos.
Desde el 5 de marzo, fecha de la muerte oficial de Chávez hasta la tarde de ayer, Maduro había repetido 5428 veces el nombre de su difunto jefe, según el contador de una web venezolana y todo indica que seguirá mencionándolo sin descanso.
Es su principal baza, porque si pica en el anzuelo que agita Capriles y entra al debate de la economía o de la criminalidad, va listo.
Desde hace una década, las autoridades bolivarianas sostienen la tesis de que la ‘inseguridad callejera’ es sólo una sensación que estimulan medios de comunicación hostiles al chavismo y se niegan a facilitar cifras, pero hace un par de días, el ministro del Interior reveló que en lo que va año ha habido ya 3.400 asesinatos en Venezuela.
Con esos datos, que se inaugure la capilla San Hugo Chávez en un barrio popular de Caracas o una televisión estatal difunda dibujos animados donde aparece el Santo Comandante llegando al cielo y siendo recibido allí por los ‘beatos’ Bolívar, Allende y Che Guevara, puede no ser suficiente para Maduro.
El telón de fondo encoge el alma. Casi a la misma hora en que Obama aterriza en Israel, el régimen sirio y los rebeldes se acusan de emplear armas químicas, los terroristas destripan a un centenar de iraquíes en el décimo aniversario de la guerra y los palestinos alzan la voz reclamando su propio estado.
Pero Obama, quien a diferencia de otros presidentes comenzó su mandato con un discurso desde El Cairo en el que buscaba la equidistancia y que hasta ahora nunca había puesto nunca los pies en Tierra Santa, no lleva esos asuntos como tema prioritario de su agenda.
Su objetivo oficial es estrechar lazos con el receloso pueblo israelí y el extraoficial, convencer a Netannyahu para que se fíe de él y deje a EEUU solventar el embrollo iraní.
Desde Teherán, como el propio Obama ha anunciado, llegan noticias de que los ayatolás pueden tener lista su bomba atómica en un año y lo último que quiere la Casa Blanca es que los israelíes lancen a toda prisa un ataque unilateral para destruir las plantas nucleares.
Netannyahu maneja un calendario más apretado y repite que los fanáticos islámicos podrían contar con el arma definitiva este verano, pero está vez hará caso al amigo Obama.
Su posición política se ha debilitado, tras las últimas elecciones, un halcón como era el ministro de Defensa Ehud Barak ha dejado el gabinete y EEUU lleva meses dando muestras de que no dejará a Israel en la estacada. Una prueba de ello ha sido el ‘gusano informático’ que los servicios secretos de ambos países lanzaron al alimón contra los ordenadores persas. Otra, el sofisticado armamento que el Pentágono está suministrado al Tzáhal.
Es significativo que Obama comience su gira en las instalaciones del sistema antimisiles conocido como Cúpula de Hierro. También que el jueves cruce el muro de cemento de ocho metros de alto que separa Jerusalén de Cisjordania, para visitar a Mahmud Abbas en Ramallah y que de un nuevo acuerdo de paz, no planee en principio decir ni ‘mus’.
Lo que más me ha asombrado es el respaldo cosechado por ‘Il Cavaliere’.
Que tras dos décadas de escándalos, después de ser expulsado del poder por la UE porque llevaba el país a la quiebra, acosado por procesos judiciales, el desacreditado Berlusconi, haya conseguido que la cuarta parte de los electores italianos crean en él, es asombroso.
Máxime si se tiene en cuenta que sus votantes no proceden de las regiones más depauperadas y teóricamente manejables, sino de las zonas más ricas, educadas y dinámicas. E Italia, no lo olvidemos, es la octava potencia económica del mundo y el tercer país de la Unión Europea.
En cualquier caso, tengo la impresión de que la llave del futuro no la tiene el señor del ‘bunga bunga’.
Tampoco el anticuado centro-izquierda, aunque corresponda a Bersani intentar aglutinar una mayoría suficiente en ambas cámaras y formar Gobierno.
Bersani dice que no es de los que abandonan el barco, reconoce que el resultado refleja un rechazo a la política tradicional y envía un mensaje a Beppe Grillo, cuyo Movimiento 5 Estrellas ha arrasado en calles, plazas y redes sociales:
“Grillo y su gente deben decidir ahora si se van a casa o dicen qué quieren hacer por el país, que es el suyo y el sus hijos”.
El ejercicio del poder en Italia es siempre la resultante de una compleja trama de pactos y compromisos, unos a la luz del día y otros subterráneos, pero es improbable que Grillo entre en el juego.
Se ha presentado con la bandera de la honradez y la antipolítica. Todo ello aderezado con notables dosis de populismo, mucho euroescepticismo y una fiera inquina contra los partidos de siempre, ingredientes que casan mal con las austeras recetas europeas que obligadamente tiene que aplicar Bersani si quiere poner las bases para sacar a Italia de la crisis.
O sea que tendremos nuevas elecciones y hasta entonces, como en la vieja película de Vittorio De Sica y Gina Lollobrígida, “pan, amor y fantasía”. Esto es Italia, señores.
Italia da vértigo. En está ocasión está en juego mucho más que el reparto de escaños, la ocupación de ministerios y el color del gobierno.
A dos semanas escasas de las elecciones, el 18% de la ciudadanía aún no sabe a quién votar y el 21% admite que podría cambiar de idea.
El centroizquierda de Pier Luigi Bersani, que arrancó con todo a favor, va primero en las encuestas con un 34% de los votos, pero pierde fuelle, y el incombustible Silvio Berlusconi le echa el aliento en la nuca. Il Cavaliere suma ya un 29% y sigue subiendo.
Detrás viene el cómico Beppe Grillo, líder del Movimiento Cinco Estrellas, cuyo “tsunami tour” contra la política tradicional ya tiene el 16% y en cola, a pesar del apoyo que han intentado darle desde la UE al Vaticano, pasando por los grandes financieros a los periódicos, aparece el profesoral Mario Monti, con apenas un 13%.
Es complicado hacer pronósticos y no se puede descartar que, a la hora de la verdad, Bersani y Monti salgan de las urnas en condiciones de controlar el Parlamento, que sería lo mejor para Italia, pero imaginen que no es así.
Que Grillo, impulsado por su discurso anti- políticos y aferrado al lema ‘no nos representan’, termina de verdad tercero.
Y que Berlusconi, quien hace dos años tuvo que renunciar como primer ministro porque irresponsabilidad se hundía el país y hace escasamente dos meses era todavía un ‘corrupto’ cadáver político, concluye primero.
Nos íbamos a reír, pero de miedo.
Si algo queda claro en este embrollo es que no tenemos futuro como videntes. Tampoco parece que puedan ganarse la vida adivinando el porvenir los expertos de nuestros servicios secretos.
No se trata de buscar un chivo expiatorio, pero conviene recordar que en diciembre de 2011, cuando Kim Jong-un heredó el trono en la comunista Corea del Norte tras la muerte de su padre, aquí todo el mundo vaticinó que empezaba una nueva era.
Que el nuevo ‘hombre gordo’ tuviera 30 años, hubiera estudiado en Suiza, mostrara a su linda esposa y permitiera que Mickey Mouse amenizara algún acto oficial, fue valorado con signo indiscutible de apertura y buen talante.
Menudo chasco. Transcurrido poco más de un año, el tipo que iba a templar el empobrecido infierno coreano y establecer lazos constructivos con Occidente, nos ha largado dos misiles y una bomba nuclear.
Y no se engañen; Kim Jing-un está dispuesto a seguir por esa senda y le importan un comino la condena de la comunidad internacional, las sanciones de EEUU, las advertencias de Rusia y las súplicas de Japón.
Y hay quien sospecha que encima está dando cobijo a técnicos iraníes, para que los ayatolás vayan aprendiendo.
Llegados a este punto y descartado el bombardeo preventivo, la mejor opción de Obama es China. La incógnita es si su flamante líder, el todavía inédito Xi Jinping va a actuar como se debe.
¿Cortará los suministros de petróleo y las inversiones que permiten a Corea del Norte sobrevivir?
Mucho me temo que no, porque en Pekín saben que eso precipitaría el desmoronamiento del régimen de Pyongyang y las más que probable unificación de los dos Coreas, en una Gran Corea pro occidental.
A lo largo de las cuatro décadas que llevo dedicado a esto tan apasionante, divertido e ingrato que es el periodismo, he visto cosas horribles. Ejecuciones con pelotón de fusilamiento, mutilaciones ‘legales’, niños reventados por las bombas y toda esa panoplia de espantos que traen consigo la guerra y la estupidez humana.
Pero nunca, ni desde la placidez relativa de la redacción, he querido escribir de abusos sexuales a menores, ni de madres que matan a sus hijos.
Me perdonarán por tanto que hoy, no hable de la tortura sufrida con esas seis turistas españolas y sus maridos y novios, en un hotel de Acapulco.
Por monstruoso que parezca, los ocurrido durante más de dos horas en el ‘bungalow’ de Playa Bonfil no es un hecho aislado. Sucede en un país que lleva muchos años descendiendo poco a poco hacia el infierno.
Y lo que empuja el tinglado es el insaciable apetito gringo por la cocaína, que hace multimillonarios y omnipotentes a los capos del narcotráfico y les permite corromper a casi todos y retar al Estado.
Es posible que los facinerosos sean simples rateros, sin vínculos directos con un cartel del narco, pero su violencia animal, su cobarde vesania y su desprecio por el genero humano, salen de ahí.
Aquello de “¡Pobre México: tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos!”, que tanto repetían los intelectuales locales en el siglo pasado, es una cruda realidad en el actual. Y la razón es la droga.
Ha desarticulando un país que siempre convivió con la corrupción y la desidia, pero donde se podía pasar bien, le gente parecía feliz y daba gusto moverse.
México tiene un presidente joven y educado, los dólares que envían los inmigrantes que viven al norte de la frontera son la segunda fuente de divisas después del petróleo.
El Tratado de Libre Comercio ha generado empleos a granel, Cancún es el destino favorito de los turistas norteamericanos y raro es el empresario mexicano que no ha hecho su ‘master' en EEUU.
También es de allí, del otro lado del Río Grande, se los bolsillos de sus ‘esnifadores’, de dónde proceden los miles de millones que han destruido hasta lo más sagrado.
La inscripción está en el pedestal de la Estatua de la Libertad desde hace más de un siglo: "Give me your tired, your poor, your huddled masses yearning to breathe free…”
No hay turista que recale en Nueva York y no se pare a leerla con devoción, antes de visitar Ellis Island, que entre 1892 y 1954 fue la puerta de entrada en Estados Unidos para más de 12 millones de emigrantes.
Recordando ese frase, uno se pregunta cómo diantres las autoridades de un país con esos principios han tardado tanto en adoptar una decisión como la que ayer anunció el presidente Obama.
El magnetismo que EEUU tiene para los inmigrantes, siempre ha sido enorme. La norteamericana es una sociedad activada periódicamente por oleadas de “cansadas, agotadas, hacinadas masas deseando respirar aire libre”, que la tempestad –como dice el poema de Emma Lazarus grabado en la Estatua- lleva hasta sus costas.
EEUU es una nación de inmigrantes y no pretende dejar de serlo. Pero en un rasgo de perspicacia, que ayuda a entender porque sigue siendo la primera potencia del planeta, va a ordenar un poco ese tráfico humano y hacerlo más selectivo.
Que hay cálculo político detrás de la iniciativa, pactada por ocho senadores de prestigio -cuatro demócratas y cuatro republicanos- y apadrinada por la Casa Blanca, es indudable.
Según la Oficina del Censo, la población latina en EEUU supera los 50 millones de personas. Son la principal minoría y la más dinámica. Abrir la espita para legalizar a once millones de indocumentados –casi todos hispanos- entraña menos riesgos político que oponerse a la reforma migratoria.
No será un trámite sencillo. Los ‘sin papeles’ tendrán que registrase, demostrar el tiempo que llevan dentro, pagar una multa, ponerse al día con los impuestos, aprender inglés y ponerse a la cola de los que han solicitado legalmente el visado.
Durante el tiempo que duren los trámites, podrán permanecer en el país, pero no tendrán acceso a seguridad social o beneficios sociales.
Y al final, deberán levantar el brazo derecho y jurar fidelidad a la bandera y la Constitución de Estados Unidos.
Como dios manda.
Sábado, 25 de mayo
Agustín Jiménez
Aitor Yuste
Alfonso Rojo*
Ana Pastor
Andrés Aberasturi
Angel Calzada
Antonio Casado
Antonio José Parafita Fraga
Carlos Carnicero
Carmen Tomás
Cayetano González
Charo Zarzalejos
Consuelo Sánchez-Vicente
Dámaso Mayarias
Esther Esteban
Fermín Bocos
Fernando Jáuregui
Francisco Muro de Iscar
Isaías Lafuente
José Cavero
José Luis Gómez
José Manuel Pazos
Julia Navarro
Lorenzo Bernaldo de Quirós
Luis Del Val
Mabel Redondo
Magdalena del Amo
Miguel Cancio
Miguel Higueras
Nava Castro
Pedro Calvo Hernando
Rafael Martínez-Simancas
Rafael Torres
Ramón Pi
Roberto Malestar Rodríguez
Rosa Villacastín
Salvador Freixedo
Victoria Lafora
Manuel Molares do Val
Antonio García Fuentes
Juan Fernandez Krohn
Rufino Soriano Tena
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Pedro Fernández Barbadillo
Juan Ramón Moscad Fumadó
Enrique Zubiaga
José Pómez
Francisco Rubiales
Miguel Torres Galera