Opinión

Rafael Torres - Independencia F.C.

19.10.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

El terreno reglamentario para la práctica del fútbol es enorme, ciento y pico metros de largo por unos setenta de ancho, una hectárea más o menos. En su superficie se puede hacer de todo futbolísticamente hablando, atacar, defender, correr, saltar, cabecear, chutar, desmarcarse, driblar, pifiarla, e incluso, aunque no es aconsejable desde ningún punto de vista, arrear alguna patada que otra en las espinillas del adversario o protestar airadamente las decisiones del árbitro. Unas líneas blancas delimitan el terreno de juego para que todo eso discurra dentro de él y la cosa tenga algún sentido, pero en la Liga de las Españas hay un equipo, el Independencia F.C., que se empeña en jugar fuera de los límites del campo.
Fuera de esos límites naturales de la cancha, que son los mismos para los equipos en liza, no hay porterías, ni áreas, ni bandas, ni esquinas, ni puntos de penalty. No hay campo, sino descampado, y en ese descampado sarpullido de ortigas, piedras, colchones mugrientos y de cuanto es consustancial a los descampados y a los solares, no hay, porque carece del dibujo, del cuidado, de las señales y de las dimensiones necesarias, ley. El Independencia F.C., el club que, al parecer, concita gran entusiasmo en la mitad de la hinchada de Cataluña, insiste contumaz en jugar el partido en el patatal extramuros que su directiva se ha inventado y que pretende hacer pasar, contra toda lógica, por genuino y legal terreno de juego.
Cada cual puede hacer lo que quiera, pero no puede extrañar a los jugadores del Independencia F.C., que juega en la Liga de las Españas, que el árbitro les aperciba, les amoneste, les fría a tarjetas y hasta suspenda el partido cuando se empecinan en jugarlo, para pasmo del público y de los equipos rivales, fuera de las lindes que marcan el espacio de juego, a su aire, en franca confusión y desorden. Y, sin embargo, a juzgar por lo malísimamente que les sientan las sanciones de los jueces y del Comité de Competición, parecen extrañarse sobremanera.
La ley, y no digamos la Constitución, ley suprema, es ese campo cuyos límites reconocen y garantizan la libertad del juego y su limpieza. El Independencia F.C., no obstante, se aferra al descampado.


Rafael Torres - El infierno

17.10.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 16 (OTR/PRESS)

En tanto los animales silvestres de las tupidas fragas huían despavoridos hacia ninguna parte, pues todo era fuego, los vecinos de las parroquias amenazadas liberaban a los domésticos de sus cuadras. Todo era fuego. Durante la tarde del domingo, enormes columnas de humo denso se elevaban desde allá donde se mirase, pero al caer la noche, la noche tórrida y seca de un otoño demente, una descomunal bóveda roja, ardiente, suplantó a las estrellas del cielo de Galicia, y al propio cielo.
Los vientos huracanados y cambiantes, las altas temperaturas y la extrema sequedad de la atmósfera y del terreno pusieron a los pirómanos la miel en los labios y el chisquero entre los dedos. Fueran éstos, los incendiarios, o las llamas que habían saltado el Miño procedentes del abrasado Portugal, o más bien la combinación fatal de todo ello, lo único cierto en la noche del caos era que el infierno se había desplomado sobre la franja atlántica de la Península Ibérica. Eso era lo único cierto, y el resto, confusión.
Las copas de los pinos estallaban al menor roce de una pavesa candente, los aviones vacilaban el rumbo entre la humareda, los monjes del monasterio de Oseira eran evacuados a la luz de los resplandores, las lenguas de fuego amenazaban hospitales, gasolineras, colegios, aldeas, y la ciudad de Vigo veía arder su castro, sus arrabales y los montes circundantes. Saliera la población a la calle en busca de arrimo o de cuadrilla a la que ayudar con cubos y baldes, o se quedara en casa cual recomendaban las autoridades, las gargantas y los bronquios no podían trasegar tanto humo. Todo era fuego. Y humo.
En España todo el mundo se olvidó de Puigdemont y de la sandez que su desatentado caletre urdía para propinársela a sus semejantes el lunes por la mañana. Este infierno de Galicia, de Portugal, de Asturias, era un infierno de verdad, un infierno devastador, homicida, terrorífico, real, nada que ver con el infierno artificial y pueril desatado por unos burgueses cursis, retorcidos y, al parecer, ociosos. El infierno visitó anoche Galicia, y se ha quedado, ha dejado su presencia en las vidas segadas y en los bosques muertos.


Rafael Torres - Basta de vacilar a la gente

12.10.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

Puigdemont y los suyos podrán seguir algún tiempo con sus trapacerías, con sus puerilidades, con sus ardides, con sus trucos, con sus delirios eslovenos, con sus chantajes, con sus provocaciones y con sus burlas, pero merced al mecanismo constitucional que el Gobierno ha tenido a bien activar finalmente, los ciudadanos españoles, y particularmente de entre ellos los catalanes, no tendrán que seguir pagando el insoportable precio de su aventurerismo irresponsable.
Podrán Puigdemont y los suyos seguir algún tiempo, poco tiempo ya, sepultando las instituciones catalanas en el albañal de trampas y mendacidades en el que hozan, traicionando a la sociedad, al Estado de derecho y a la democracia, y traicionándose entre ellos y a sus inocentes seguidores, y podrán seguir, durante algunos días más, vacilando a la gente con sus invitaciones al "diálogo" a punta de pistola escisionista, declarando un poquito la independencia o estampando sus firmas en la rebotica del Parlament sobre una especie de libro de visitas, pero gracias a que el Gobierno ha principiado a actuar con verdadera proporcionalidad y con inteligencia, devolviéndoles la última majadería con la tarjeta del 155, los ciudadanos ven ya el momento de sacudirse el estupor y la angustia que en sus vidas ha venido provocando ese ridículo y triste caos pequeñoburgués de los puigdemones.
Eso de estar gobernados por una cuerda de conspiradores de opereta, pero fuera de la ley, y de saberse estabulados por su tiranía institucional, y emplazados a entregarles el diezmo, y sometidos a una policía sectaria, y asistir a la fuga de la empresas que contribuyen a crear riqueza y empleo, eso, todo eso y más, tenía en un sinvivir a los ciudadanos catalanes, incluidos los independentistas por ciudadanos y por catalanes precisamente. Con la última patochada sincrética de ese señor disfrazado de sacristán antiguo, hasta el Gobierno de Rajoy, tan sordo de suyo, ha tenido que oír el basta ya, el basta de tanto vacile y de tanto aguantar y sufrir a esa patulea de vampiros de la política y del Presupuesto.


Rafael Torres - Próximo el fin de su fantasía

10.10.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 9 (OTR/PRESS)

Lo peor no es que la Cataluña de Puigdemont, Junqueras y la CUP se quieran marchar, sino que hasta hace nada estaba convencida de que ya se había ido. La declaración de independencia, con sus preámbulos de la toma del Parlament, de la rebelión de sus masas y del pucherazo del 1-O, no era para el Govern y sus acólitos sino un trámite, el apunte en el Diari Oficial de la Generalitat que habilitaría formalmente los gloriosos fastos de la ruptura y la emancipación. Por desgracia para ellos, a última hora han venido a descubrir que, además de su Cataluña, hay otras.
Del mismo modo que hay otros mundos, pero que todos están en éste, hay un montón de Cataluñas, tantas como catalanes seguramente, pero todas están, viven, en esa porción del territorio español del que los más calculadores y fríos del lugar han querido apropiarse, bien que usando en la calle la escenografía de una multitud sentimental y caliente. Hasta hace nada creían los puigdemones, o se inventaban, una Cataluña única y unívoca, plana, compacta, cerrada, la suya, y, enfrente, sólo un gobierno del PP que por sus complejos, por su pasado, y por su incompetencia (¿qué cerebro privilegiado ideó el nefasto operativo policial del 1-O?, ¿qué lumbreras se ocupa de la imagen internacional de España?), se limitaba a bascular entre la inacción absoluta y el garrotazo y tente tieso. Como la paloma de Alberti, éstos halcones se equivocaban.
Aunque la manifestación del domingo vino a decir a la cúpula de la conspiración, como la España democrática a Fraga en su día, que la calle no era suya, no ha sido ésto lo que a dicha cúpula le está forzando a pensar que lo mismo Cataluña no es suya exactamente, y tampoco la masiva fuga nominal, simbólica, de empresas, ni la más que previsible intervención estatal de la autonomía, si es que queda algo de ella después de que los secesionistas la dinamitaran. Es un poco de todo ello, pero es la realidad la que va poniendo fin a su violenta y loca fantasía, tan lesiva para todos, y más lesiva aún si su influjo de desprecio y de división siguiera contaminándolo todo.
Confiados en la fragilidad del Estado y en la impericia de éste y de los anteriores gobiernos, consideraron ésto de la sustracción de Cataluña como cosa hecha, hecha incluso desde hace tiempo. No contaban con la realidad.


Rafael Torres - Toda la sangre en la cabeza

05.10.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 4 (OTR/PRESS)

Una cosa es una revolución y otra el mundo al revés. En Cataluña, sin ir más lejos, parece haber estallado la revolución, pero lo que hay es que ese mundo se ha vuelto boca abajo, locamente boca abajo, y el hecho de que los que se burlan de la ley persigan a los servidores de ella no es sino un síntoma más de la perturbación que resulta de haberse bajado colectivamente la sangre, esto es, las emociones, la rabia, el odio, las vísceras, a la cabeza.
La revoluciones pretenden, bien que en general con escaso éxito como nos enseña la Historia, enderezar los mundos torcidos, curar las insanias sociales, enmendar los rumbos, pero que nadie busque trazas de nada de eso en la apócrifa revolución desencadenada por una cuerda de iluminados que, como todos los orates, poseen un innegable carisma y una rara atracción para las masas. Que nadie busque en la cúpula del movimiento independentista catalán, ni en su "procés", ni en su huelga subvencionada del martes, esto es, en la presunta revolución desencadenada, el menor atisbo de lucha por el mejoramiento de la sociedad. No lo encontrará.
Esa "revolución", caos sin más, que el sedicioso Govern de la Generalitat vende al mundo como la quintaesencia de la democracia, bien que con la ayuda de potencias extranjeras y de la extrema derecha europea, no dice buscar la justa remuneración del trabajo, ni la equiparación de los salarios que perciben hombres y mujeres, ni se anuncia implacable como debeladora de la corrupción, del omnímodo poder del dinero, de las desigualdades sociales o de la miseria cultural. No demanda libertad, ni justicia, ni becas, ni pensiones dignas, ni acabar con la postración del mundo rural, ni con las bolsas de pobreza y marginalidad, ni con los antisociales alquileres turísticos, ni con los narco-pisos, ni con el turismo de borrachera y vómito, ni con el amiguismo y el nepotismo en la Administración. Lo que quiere, lo que busca, es tan solo la independencia, esto es, la toma del poder mediante la sustracción de un territorio que no le pertenece.
La cabeza necesita la sangre justa para funcionar decorosamente, que ya se encarga de proporcionársela la sabia máquina del organismo. Cabeza abajo, enalteciendo a los aventureros y a los capitanes Araña, vagabundeando por las calles de escrache en escrache, enseñándoles a los niños que lo sedicente y lo anómalo es cojonudo y exponiéndoles a la doctrina y a la intemperie, lo único que se consigue es una congestión. El mundo al revés no es la revolución, sino todo lo contrario.


Rafael Torres - Trampas y palos

03.10.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 2 (OTR/PRESS)

Es cierto que la defección de los Mossos, que desobedecieron la orden judicial de cerrar los colegios a las seis de la mañana, forzó y precipitó la actuación de la Policía Nacional y de la Guardia Civil, la mayoría de cuyos miembros llevaban diez días encerrados en un barco, lejos de sus familias y aislados de la realidad ordinaria, e intentando digerir las impunes agresiones de que habían sido objeto los compañeros que integraban la comitiva judicial en la Consejería de Economía, pero también lo es que, dadas las circunstancias, la gestión del orden público en ese día debió aclimatarse a ellas, a fin de garantizar el orden público precisamente, y no fastidiarlo más, cual las desatentadas órdenes políticas y técnicas dictadas provocaron.
O dicho de otro modo: el operativo para el cumplimiento del encargo judicial no sólo fracasó en lo que se suponía su objetivo, impedir el pueril simulacro de referéndum con el que los líderes independentistas pretendían decorar o camuflar sus objetivos sediciosos, sino que, por su torpeza, su violencia derivada de ésta y su simbología "invasora", proporcionó a éstos lo que buscaban fervientemente, un escenario caótico de palos, represión y heridos, que reforzara el victimismo del independentismo catalán y el martirologio del pueblo cuya exclusiva representación osa arrogarse.
Dicho ésto, y todo cuanto puede decirse honradamente, sensatamente, del sindiós que tanto está deprimiendo a españoles y catalanes, excepto a la parte de éstos que disfruta con dicho sindiós, tal vez proceda volver al comportamiento de los Mossos d*Esquadra, que no por impasible el 1-O ha sido, es y será decisivo en la desventurada movida. Se trata de unos 17.000 sujetos armados, investidos de autoridad y de la obligación de velar por el cumplimiento de la ley, que no parecen estar por la labor, que desatendieron su cometido en la fecha infausta, que por ello pusieron a los pies de los caballos a sus colegas de las fuerzas del Estado y a los propios ciudadanos, que terminaron de dislocar un operativo que ya era, por el lado gubernativo, desastroso, y que, en consecuencia, desampararon con su falta de lealtad y de profesionalidad a todo el mundo. Y se dice pronto: 17.000.


Rafael Torres - Lo que pueda pasar

28.09.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 27 (OTR/PRESS)

De lo que pueda pasar de aquí al domingo, y el domingo, y después del domingo, serán responsables quienes han inducido a una parte de la sociedad catalana a declararse en abierta rebeldía contra el mandato supremo de la Constitución, el que reconoce y ampara la soberanía del pueblo español, cuyos hijos, cuarenta y tantos millones de personas, son uno a uno y en conjunto los únicos titulares de la nación, de suerte que nada puede hacerse, y mucho menos sustraer una parte de ella, sin el acuerdo de todos.
Lo más probable y lo que la inmensa mayoría desea es que no pase nada, o, cuando menos, nada irreparable, pero si pasa, y a resguardo de las responsabilidades específicas en cada caso, la responsabilidad mayor recaerá sobre los políticos que pretenden ejecutar un golpe de estado para la apropiación de Cataluña, valiéndose de los recursos puestos en sus manos por el propio estado para el servicio de todos los catalanes y escudándose en una masa adicta merced a un adoctrinamiento delirante, bien que también con el impagable auxilio de las torpes políticas de los diferentes gobiernos centrales y hoy con el de alguna formación política, como Podemos, ayuna de todo sentido de estado.
Lo más seguro, y ojalá que así sea, es que nada pase (ni antes, ni durante, ni después del domingo) que hayamos de lamentar amargamente, pero si pasa, y nadie puede descartar que pase en el punto a que se ha llegado, serán los aventureros de la política que con sus trapacerías institucionales diseñaron la llamada "desconexión", los que habrán de rendir cuentas por ello, y no los de a pie que, llevados por sus legítimas aspiraciones y ensoñaciones, se están comiendo el marrón del caos callejero, de la inseguridad jurídica, de la escisión social, del empobrecimiento y de la alienación.
El Govern de la Generalitat y sus agitadores anexos serán los responsables de lo que pueda pasar, pero no como Artur Mas, que habiéndose declarado en su día único responsable de la performance del 9-N que tan cara les salió a los catalanes, se desdice e implora un "crowdfunding" o cuestación popular para no verse afectado en su economía personal por el ilícito que cometió. No pasará nada si insurrectos y fuerzas del orden se comportan como en general hasta ahora, con urbanidad y sosiego, pero si pasa, pues las masas en danza son festín de majaderos y provocadores, pocas dudas caben sobre de quién será la responsabilidad.


Rafael Torres- Salgan las masas, los niños primero

26.09.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

Tan cierto es que en las movilizaciones callejeras de Cataluña hay de todo, desde furibundos independentistas hasta templados burgueses, y pijos, y ácratas, y parados, y señoras, y ciclistas, y charnegos, y "hipsters", y profesores, o sea, de todo, como que en la calle ese todo deviene en una masa informe, sin siluetas ni perfiles, que secunda (no que protagoniza, sino que secunda) el sueño de otros que sí conservan la silueta y el perfil, los Puigdemont, Junqueras, Forcadell, Rufián, Gabriel y compañía. Todos sueñan, pero los unos sueñan los sueños de los otros. Tal es el sino de las masas, el de seguir ciegamente a quienes les roban los sueños.
El Puigdemont de escalofriante doblez política, si es que no de apabullante amoralidad que vamos conociendo, tiene un sueño, pero manda a las masas a la calle a por él, a que se lo traigan. Poco le importa, al parecer, que en el imposible camino la masa se extravíe, se despeñe o se descalabre, pues las masas sólo tienen una función para los césares visionarios, la de lograr no importa a qué precio lo que ellos persiguen y solos no pueden. A la calle, a la calle, prietas las filas, enhiestas las banderas, que se vea bien la fuerza incontenible del pueblo, si bien, desde luego, de un pueblo sin formas, sin siluetas, sin perfiles, sin variedad, sin individuos. Los Puigdemonts que la desidia del estado español ha creado, han creado, a su vez, ese masa que suplanta al pueblo catalán, esa masa pretoriana.
Salgan las masas a defender lo indefendible, la apropiación de una cultura, de una historia, de un territorio, de sueños tan diversos, por parte de una minoría, la burla a las instituciones ajenas y a las propias, la supuesta supremacía en todos los ámbitos sobre los otros pueblos de España, el desprecio a la ley, salgan las masas a defender todo eso, y los niños, adoctrinados durante décadas en todo eso, primero. De cuanto desastroso y perturbador se ha podido ver desde que el poscatalanismo perdió el oremus, las imágenes de los escolares chillando las consignas del 1-O posrlas calles, pastoreados por sus profesores, son, sin duda, las más aciagas.
La entrevista de Jordi Evole a Puigdemont nos ha dejado ver, a quienes, catalanes o no, conservamos la forma y los sueños propios, quién hay, qué hay, detrás de esas masas, dándole el cambiazo de los sueños.


Rafael Torres - Los sucesos de Cataluña

21.09.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 20 (OTR/PRESS)

Si algo suscitan los acontecimientos que se viven en Cataluña es, además de una pena muy grande, la constatación del fracaso de la política, lo cual multiplica esa pena. Porque fuera de los territorios templados y racionales de la política, de su uso en pos de la concordia, no hay, como estamos viendo, sino arbitrariedad, manipulación emocional, violencia, sectarismo, fanatismo y empobrecimiento social.
En España, y no digamos en Cataluña, no se sabe o no se ha querido hacer política, acaso porque ésta se ha usado sólo como instrumento de poder y como expendeduría de privilegios, y no como herramienta democrática para el progreso en todos los órdenes de la sociedad. Ni amansar con dinero y con disparatadas transferencias a los jerifaltes nacionalistas es hacer política, ni engañar a un pueblo haciéndole sentirse superior a los otros que componen la nación española lo es. Ese vil sucedáneo de la política no podía sino llevarnos a donde nos encontramos ahora, en ningún sitio, que tal es éste donde mandan las vísceras sobre el cerebro, las quimeras sobre la realidad, la arbitrariedad sobre el derecho, la intimidación sobre el respeto, el mitin sobre el diálogo y, al cabo, el Código Penal sobre la política precisamente.
A la politización de la Justicia, tantas veces denunciada, no podía sino sucederle, como consecuencia inexorable, la judicialización de la Política, y alimentando ese fracaso se hallan hoy el Gobierno de España y el rebelde Govern de la Generalitat. El uno, ciñéndose y limitándose a la aplicación de unas leyes que se muestran ineficaces, e incluso contraproducentes, para resolver o encauzar un problema político, el del encaje en el conjunto nacional de un territorio que se ha mostrado siempre algo reacio a encajar, y el otro, tirando por la calle de en medio, apropiándose de lo que no le pertenece, retando al Estado, burlando el orden constitucional y, lo que es peor, transformando las legítimas aspiraciones de una parte del pueblo catalán en un fundamentalismo nacionalista de raíz entre pesetera y mística cuya imposición al resto conllevaría la abolición de la democracia.
Pero ese fracaso general de la política hará que pierdan, que perdamos, todos. Rajoy con su Código Penal (que ni siquiera conserva el eficaz artículo del Código del 32, el de la II República Española, para casos como éste de rebeldía y sedición) podrá trampear durante un tiempo, pero no resolver el problema político ni, ojalá me equivoque, garantizar el orden público y a lo que éste debe servir en democracia, la libertad. Y Puigdemont, Junqueras y toda la cuerda de líderes facciosos que han embaucado a media Cataluña con su promesa de Arcadia feliz sin despeinarse y porque sí, no habrán conseguido otra cosa que sembrar la semilla del odio y anegar a la sociedad catalana en la frustración.


Rafael Torres - La España transversal

19.09.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

La izquierda, como es natural, está en contra de la celebración del referéndum amañado, sin garantías y de resultado pre-establecido que pretende nada menos que legitimar la secesión de Cataluña, pero contra lo que parece deducirse del manifiesto de intelectuales de izquierda publicado el otro día, que se centra en aconsejar algo imperativamente a los catalanes no participar en el mismo, a lo que se opone de verdad la izquierda, como no podía ser de otra manera, es a la propia secesión de Cataluña.
Para una vez que hay en España verdadera transversalidad en una posición política, no es cosa de disimularlo o de regatear su encarecimiento. Por una vez los españoles, derechas, centros e izquierdas, progresistas y conservadores, parecen estar mayoritariamente de acuerdo en algo, acaso porque a todos por igual les afecta que alguien pretenda adueñarse de una parte de su casa, de su nación. Otra cosa es, ciertamente, que el sentido común señale a Rajoy y al PP como los menos indicados del mundo para conservar en su integridad esa casa a satisfacción de todos cuantos la habitan, y en eso, en subrayar esa circunstancia, sí acierta de pleno el dicho manifiesto.
Es cierto que en la partida independentista se da también la transversalidad, que no hay más que ver quién la dirige y manipula, el trío PDCat-ERC-CUP, pero esa transversalidad es menos meritoria, pues se genera en la burbuja mística y creencial de la lucha de un pueblo perseguido pero señalado por la Providencia. La otra transversalidad, en cambio, la que suscita y genera en el Estado español las malas artes de los cacos que planean el robo del siglo, esto es, de una porción del país con cuanto contiene, tiene el mérito de erigirse sobre el cainismo secular usando la razón, venciéndolo.
Transversalidad, y mayoría abrumadora si se pudiera descontar la empanada de Podemos, hay, de modo que no estaría de más dejar de marear la perdiz: Ese referéndum tramposo, de chicha y nabo, no; y secesión, tampoco. Referéndum real y legal, democrático, vinculante, con participación de todos los españoles, o consultivo con sólo los catalanes, si, y cuanto antes para empezar a salir del marasmo, pero chulería y mangancia, no.


Rafael Torres - La lealtad de los Mossos

14.09.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

Tras la llamada a capítulo de la Fiscalía al mayor de los Mossos d"Esquadra, señor Trapero, todo el mundo ha expresado su confianza en la lealtad de la Policía catalana ante el desafío independentista, pero mucha confianza no debía haber cuando nadie la había manifestado abiertamente antes de ese toque de atención. Era, ésta de la actitud de los Mossos el 1-O, una de esas cosas de las que, en todo caso, no se quería hablar, en parte, creo, porque la cuestión no podía despacharse con los tópicos y lugares comunes que se emplean tan abusivamente hoy como comodines o sucedáneos del análisis y la reflexión, y en parte porque, en puridad, nadie tenía ni idea de qué demonios iban a hacer los Mossos, o no quería, por temor, tenerla.
Uno no dudaba, ni antes ni ahora, de la lealtad de los Mossos d"Esquadra, pero me parece que ellos sí, o, cuando menos, a quién brindarle su lealtad. A la Ley, sí, pero ¿a la española o a la catalana, instaurada ésta por sus jefes en franca contradicción y rebeldía con la del Estado? Lealtad, sí, pero ¿a quien les paga, el ministerio del Interior español, o a quien les privilegia con sueldos hasta un 30% superiores a los que perciben los policías nacionales y los guardias civiles? Lealtad, por supuesto, pero ¿a qué bandera? ¿A la de España, a la "senyera" que llevan cosida al uniforme y que parece haber desaparecido de Cataluña, o a la "estelada" de la secesión? Lealtad, desde luego, pero ¿al Estado, un ente abstracto, o a sus superiores del Govern (Soler, Form, Puigdemont), con alguno de los cuales ha compartido el mayor Josep Lluís Trapero paella, risas y canciones? Lealtad, naturalmente, pero ¿al Pueblo Español o a esa pequeña pero omnipresente parte de él que en Cataluña defiende la escisión? Como para no dudar.
Lo que ha hecho la Fiscalía, y muy oportunamente por cierto, es echar una mano a los Mossos para desembarazarlos de la duda que, con toda seguridad, les corroía por dentro. Les ha recordado qué son y a qué se deben, una policía española sometida a la Ley y garante de ella. Pese a que, usando un criterio de proporcionalidad, la mitad de los Mossos deben ser independentistas, se les ha recordado que la sociedad española no les emplea y paga por ello, sino para que hagan su trabajo. Y se les ha recordado, claro, cuál es su trabajo.
La lealtad de los Mossos. Admirable y heroica lealtad con el aliento de sus jefes políticos en el cogote. Y con sus trapacerías, de las que son maestros.


Rafael Torres - Todo esto da mucha pena

12.09.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

Todo esto, el enfrentamiento entre Cataluña y España, o entre la mitad de Cataluña y España, o entre la mitad de Cataluña contra la otra mitad, o de España contra España, da mucha pena. Sabemos que el golpe de estado de ERC, el PDCat y la CUP es eso, un golpe de estado, que, como es natural, debe ser sofocado, que en el origen del actual conflicto, aparte de los desencuentros históricos, está la humillación que supuso el maltrato inferido al Estatut del 2006, y que el gobierno del PP y su antisocial gestión de la crisis económica multiplicó el número de los independentistas, pues mucha gente en Cataluña confundió o machihembró las ganas de perder de vista a Rajoy con las de irse de España, pero por mucho que lo sepamos, o por saberlo precisamente, todo esto da mucha pena.
La turbación general que produce en los españoles, incluidos más de la mitad de los catalanes, la actual situación, está teñida de pena. El conflicto, pese al falso y cursi buenismo con el que pretenden enmascarar los fanatizados líderes independentistas sus desafueros, y pese a la igualmente falsa serenidad y cordura que dice oponer el Gobierno, está haciendo emerger, rotos los diques, las normas y los vínculos políticos e institucionales, lo peor de cada casa, y eso genera, sobre todo, pena. Un país tan extraordinario como España, de cuya esencia Cataluña es y fue siempre un componente esencial, no puede verse, sin que nos muramos de pena, en un trance como éste al que la cerril incompetencia de unos y el irresponsable aventurerismo de otros le han llevado.
Ofende éste aquelarre de necios por casi todas partes. Si unos se agazapan tras los jueces, como si de su mano estuviera la acción política o la ejecución de sus dictados, los otros se alebran, cucos y cobardes, tras los ciudadanos que legítimamente prefieren un estado propio, para que sean ellos los que se expongan a la punición y a las bofetadas. El salvaje egoísmo y el comportamiento "naif" de quienes tradicionalmente fueron modelo de civilidad y "seny", y la inane cuando no tosca conducta del Gobierno de España ante la burla y la sedición, dan de todo, perplejidad, indignación, temor, pero, sobre todo, pena. Todo ésto, toda ésta majadería que, encima, cobra y vive del Presupuesto, da mucha pena.


Sábado, 21 de octubre

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