Opinión

Rafael Torres - La pierna incorrupta del consseller

21.11.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 20 (OTR/PRESS)

A Santi Vila, el conseller que dimitió un segundo antes de que Puigdemont perdiera definitivamente el oremus, la familia "indepe" de Bruselas le ha hecho una especie de vudú fotográfico, esto es, un "photoshop" a mala leche. La tal familia necesitaba, al parecer, una foto de conjunto del "govern legitim", pero ante la imposibilidad de conseguirla actualizada, pues la mitad de él reside en Estremera y la otra mitad en el "plat pays", tiró de influjo totalitario y borró su imagen de una instantánea del grupo anterior a la DUI. Lamentablemente, al operario erradicador se le olvidó borrarle una pierna.
No es cosa de recordar los trucajes de las fotos de Lenin y Stalin, de las que se caían los colegas que iban siendo purgados, para no mentar la bicha de la injerencia rusa en la cuestión catalana, pero no cabe duda de que el trabajo del operario puigdemontista ha bebido de esas fuentes: borrar la imagen del disidente o del caído en desgracia como si el tal no hubiera existido ni participado nunca en la fiesta. Tan fácil como eso. Ahora bien; lo que no es tan fácil es convencer a nadie, o cuando menos a nadie no fanatizado por la causa secesionista, de que ese "govern legitim" es de verdad "legitim".
La pierna incorrupta de Santi Vila simboliza y delata, bien que de manera harto chusca, el nutrido catálogo de mixtificaciones, artimañas, triquiñuelas y mentiras del independentismo, la menor de las cuales no es hoy esa, la de la supuesta legitimidad institucional del grupo que vagabundea por Bruselas. Era un gobierno legítimo. Lo fue en tanto que, como gobierno regional o autonómico, representó al Estado en su Comunidad como delegado de él y responsable de su administración. Cuando le traicionó y dejó de representarle, dejó de serlo. Tan fácil como eso también.
Ni en la traición, ni en la infidencia, ni en la suplantación, ni en la sedición, ni en la conspiración, ni en la rebelión hay legitimidad ninguna. Por no haberla, no la hay ni en esa ridícula foto trucada donde aparece un conseller de menos y una pierna de más. Se trata de un pequeño montaje que revela, eso sí, el gran montaje.


Rafael Torres - Presas y manadas

16.11.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 15 (OTR/PRESS)

Una cosa es la presunción de inocencia, garantía jurídica esencial en un estado de derecho, y otra que uno no pueda presumir la culpabilidad de un imputado en uso de su libre albedrío y de la libertad de expresión que ese mismo estado de derecho consagra. Así, los cinco acusados de haber violado a una joven de 18 años en los Sanfermines del pasado año, conservan intacta la dicha presunción de inocencia ante la Justicia mientras no se dicte contra ellos sentencia condenatoria, pero no necesariamente ante la opinión pública, que va legítimamente por libre como queda dicho.
Será, pues, el tribunal que les juzga en Pamplona el que resuelva sobre la culpabilidad o inocencia de los miembros de esa partida que atiende al nombre de "La manada", pero al ser tan infame y denigrante el delito del que se les acusa, y por afectar simbólicamente el mismo a la libertad y a la integridad moral y física del 50% de la población, tan amenazadas por la barbarie machista, es natural que todo el mundo haya hecho o vaya haciendo sus propias cábalas, cábalas que, por cierto, se extienden más allá de los hechos concretos que se juzgan y que señalan, de una parte, el inaceptable acoso que sufren las mujeres y del que éste caso pudiera ser paradigmático, y, de otra, el incomprensible proceder de un tribunal que acepta unos informes o pruebas de dudosa pertinencia, y no otras, en puridad, mucho más pertinentes.
Como se sabe, el abogado de alguno de los acusados contrató a detectives para que hurgaran en la vida de la denunciante en las fechas posteriores al suceso. Semejante proceder, que no parecía sino buscar algún resquicio para el descrédito de la muchacha, ya es discutible, pero que el "resultado" de dicho espionaje, el informe de los detectives que concluye que a la presunta víctima no se le ha visto "traumatizada", se acepte como prueba de la defensa, y no, en cambio, los "whatsapps" donde los imputados alardeaban entre ellos de su pobre calidad personal, ha sorprendido e indignado a la opinión.
Que la manada iba buscando una presa sexual el primer día de los Sanfermines de 2016 es algo sobre lo que para la opinión pública no cabe ninguna duda. Otra cosa, y eso es lo que se ha de dirimir y determinar judicialmente, es si del encuentro fatal se derivó algún o varios delitos por el que condenar a los acusados. Excluida de la Sala por no ser pública la vista, la ciudadanía ejerce su propio derecho a dirimir y a determinar.


Rafael Torres - De Chiquito a Puigdemont

14.11.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

No es necesario abonarse al discurso maniqueo y pueril de Oriol Junqueras, que define la cuestión catalana como una lucha entre el bien y el mal, para establecer como sideral, como infinita casi, la distancia entre el gran Chiquito de la Calzada y el pequeño Carles Puigdemont. Al contrario que el bien y el mal, que suelen ir juntos, machihembrados, en todo y en todos, éstas dos criaturas, la una tristemente fallecida hace unos días y la otra haciendo el gilipollas en Bruselas, representan dos polos radicalmente opuestos y remotos entre sí.
A Gregorio Sánchez Fernández, el gran Chiquito de la Calzada, le quería todo el mundo porque su humildad desmontaba las reservas, las envidias, el rechazo, la desconfianza, que suelen suscitar las personas buenas, aunque en su caso más que buena era, como se decía antes, una bellísima persona. Al lado de esa humildad tan limpia y verdadera, su genio innato, su gracia "que no se podía aguantá", su capacidad creadora y recreadora del lenguaje, eran casi prendas accesorias por emerger de la humildad precisamente. El gran Chiquito, con un mendrugo de pan y un poco de queso en el zurrón de la vida, logró el tesoro que buscamos todos, que le quisieran, en tanto que el pequeño Puigdemont, con una vida muelle, con todos los recursos del burgués trepa, nunca suscitará ese amor que, al parecer, ni busca.
Chiquito hizo reír y socializó a un país algo desestructurado mediante la creación o recreación de un idioma común, el de un humor franco, benigno, sencillo para los sencillos y divertidamente cultista para los refinados. Regaló salud, del cuerpo y del alma, con esos chistes tan malísimos que accionaba de una manera tan genial. Puigdemont, en el otro extremo, hace llorar y ha desocializado a un país con la maldita gracia que tiene, con su sectarismo, con su soberbia y con ese odio al otro que diríase que pugna, por su intensidad, con escapársele del flequillo.
Conocí a Chiquito en el desierto de Tabernas, en el rodaje de "Aquí llega Condemor, el pecador de la pradera", y hasta entonces no había visto a nadie tan feliz. "Me duele el corazón de lo feliz que soy", me dijo. Se alojaba con su inseparable Pepita en una diminuta "roulotte", y no necesitaba más. El sobrante, muchísimo, lo regalaba a los demás. Puigdemont, avaro no se sabe de qué, acaso del violento supremacismo en el que cree, no da ni las gracias.


Rafael Torres - La camiseta republicana

09.11.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 8 (OTR/PRESS)

La ciudadanía ha llegado a un punto de saturación tan extremo con la cuestión catalana, que aprovecha cualquier otra cosa, cualquier otra noticia, para huir y desintoxicarse un poco. Claro que para huir y desintoxicarse de un asunto tan traumático, tan endiablado y tan doloroso, a lo que procura agarrarse la gente no es a otros asuntos de similar transcendencia y gravedad, que los hay a manta, sino a los irrelevantes, a aquellos que pueden facilitar la evasión. Sin ir más lejos: la camiseta republicana.
Ducha de súbito en los arcanos del cromatismo textil, la ciudadanía ha dado, por esa necesidad de evasión, en inventarse un debate inocuo, el de si la franja vertical de la nueva camiseta de la Selección Española de Fútbol contiene los colores de la bandera de la República, esto es, de la bandera de España hasta que un golpe de Estado fascista, la guerra subsiguiente y la derrota del régimen legítimo acabaron con ella. Mas como quiera que en nuestro país nada es enteramente inocuo, y que todas esas calamidades que abolieron la bandera tricolor no acabaron del todo con ella, sino que la convirtieron en un emblema casi sebastianista del progreso y de la libertad, la polémica ha adquirido unas proporciones, si se me permite el retruécano, desproporcionadas.
La camiseta de marras, en sí misma, es fea de narices, como, por lo demás, lo vienen siendo las de los equipos de fútbol desde que las llenan de diseños majaderos, pero el debate, por llamarlo de algún modo, no se centra en si es fea o bonita, sino en si Piqué y compañía van a lucir en sus pechos la enseña de la II República Española, o, por el contrario, si el morado de la franja no es morado, sino, sin más, un azul raro entreverado de rojo que lo parece. A algunos, de daltonismo particularmente carca, se lo parece tanto, o sea, que la raya es morada, que han lanzado una campaña para la sustitución de esa camiseta por otra más "nacional", y de momento han conseguido que se suspenda el acto de presentación de la para ellos inquietante prenda.
Ganas de huir y desintoxicarse un poco de la cuestión catalana, necesidad incluso, hay, pero cuidado al elegir la modalidad de evasión: la carcunda ve tres rayas en una camiseta y le parece estar viendo al mismísimo diablo.


Rafael Torres - Lamela

07.11.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 6 (OTR/PRESS)

Nos quejamos, con razón, de eso que se ha dado en llamar politización de la Justicia, pero también nos quejamos, y seguramente con razón también, cuando ésta no se ajusta a conveniencia con los intereses, las necesidades o los tiempos de la política. Es más; ahora mismo y por los mismos hechos, unos se quejan de lo primero y otros de lo segundo, e incluso algunos de lo primero y de lo segundo a la vez, y todo porque una juez, Carmen Lamela, una gota en el tempestuoso océano de la situación que vivimos, ha dictado prisión preventiva para los miembros del destituido gobierno catalán, sobre los que tiene sospechas fundadas, y no sólo ella por cierto, de la comisión de gravísimos delitos.
Es verdad que, recién aplicado el 155 sin mayores sobresaltos iniciales y convocadas elecciones para fecha próxima, parecía algo amainado el temporal que nos llevaba sacudiendo y desarbolando desde hace meses, y que sólo el encarcelamiento provisional de los Jordis y su contestación independentista impedía que la situación terminara de sosegarse. Y también es cierto que la decisión de la juez Lamela, suscitada en buena parte por la Fiscalía, de entrullar a los consejeros que acudieron a su citación, ha revuelto y desquiciado nuevamente todo y ha suministrado munición a un ex president y a una causa a los que se le iban vaciando los arsenales. Pero también es verdad que a la vista de las pruebas que incriminan penalmente a los imputados, y que sólo la juez conoce en toda su complejidad y dimensión, es probable que en justicia, con el Código en la mano, no haya podido hacer otra cosa.
Políticamente, la decisión de Lamela no es que haya sido inoportuna, sino letal, pero ¿en qué quedamos? ¿En que la Justicia ha de ser independiente y ciega a las conveniencias políticas, o en que debe sincronizarse con ellas? ¿Es la juez Lamela una heroína o una villana? Uno no la conoce, ni mucho menos sus pensamientos, sus filias y sus fobias, pero uno se atrevería a suponer que, con el trascendente papel que le ha tocado interpretar, no es sino una criatura a la que le pasa lo mismo que a casi todos los demás, que está sumida sin comerlo ni beberlo en el torbellino desatado por una panda de aventureros irresponsables y por la inacción, o por la acción tardía y desatentada, de un gobierno ineficaz.


Rafael Torres - La huida del libertador

02.11.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, (OTR/PRESS)

Un bobo palmario sale de naja porque, en el fondo, no es tan bobo. Estaba cantado que se piraría en cuanto empezaran a sustanciarse las consecuencias de sus actos, pues nadie llega tan lejos, ni ofende y perjudica a tantos, con la idea de quedarse allí a esperar la respuesta. Puigdemont, menos que nadie.
Del expresidente de la Generalitat, ese tipo que se cree tan listo y tan gracioso por carecer seguramente de la formación moral y cultural que limitaría los efectos de su insaciable narcisismo, se pueden decir muchas cosas, menos, tal vez, que es un caballero. No debe hacerse leña del árbol caído, mas como quiera que Carles Puigdemont no ha caído todavía, sino que anda haciendo el gilipollas por Bélgica mientras sus subordinados o exsubordinados se comen el marrón, se pueden seguir diciendo algunas sin caer en le inelegancia. Sin embargo, más que de Puigdemont, habría que decirlas de cuantos, sin ser él y sus patologías, le secundaron ciegamente, encumbrándole a la condición de libertador de Cataluña.
Es cierto que al personaje nadie le eligió para presidir la Generalitat, excepto Artur Mas, pero ello no empece para que, una vez colocado a dedo, las masas independentistas le adoptaran y acataran sin la menor resistencia. En unos dos millones de personas se cifra el monto de dichas masas. ¿Qué ha pasado en Cataluña para que tanta gente flipara tan positivamente con un individuo de tan insultante mediocridad? ¿Qué virus potente y extraño pudo entrar con la Tramontana para que tantas personas, algunas de ellas con estudios y otras de irreprochable condición, resignaran sus legítimos sueños emancipadores en un sujeto de semejante jaez?

Un bobo palmario, bien que a pachas con ese Junqueras al que convendría dar de comer aparte por su interesante complejidad, ha sido capaz de engatusar a dos millones de españoles (que tal es, por cierto, el drama irresoluble de los independentistas catalanes, que nacieron españoles), cuando estaba tan pintada en su cara la cobardía, la doblez y la irresponsabilidad. Dos millones viendo, con cara de póker, como huye su libertador.


Rafael Torres - Independencia, la frustración banal

31.10.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 30 (OTR/PRESS)

La cuestión no es tanto que el Estado se haya visto forzado a ocuparse de la administración de la parte de él, Cataluña, que tenía delegada en el Govern de la Generalitat, como quién demonios se ha ocupado de ella mientras ha durado el régimen gamberro que no parece haberse dedicado a otra cosa que a jugar a la sedición. O dicho de otro modo: ¿qué atención ha podido recibir la población de Cataluña de sus gestores, hoy por fortuna salientes, cuando éstos se han dedicado en exclusiva a urdir sus infantiles planes de desafección?

A Rajoy le gustaban los catalanes porque "hacían cosas", pero en los últimos años han estado regidos, vampirizados más bien, por una cuadrilla que ha hecho una sola: fabricar un golpe de Estado desde el interior del propio Estado, bien que con la teatral apariencia del que cumple con un mandato divino. ¿Y las demás "cosas", cuantas contribuyen al mantenimiento y mejora de los servicios, y al bienestar de las personas? ¿Quién se ha ocupado como dios manda de ellas, si los encargados de hacerlo andaban engolfados en sus tramas? Cataluña, gobernada por la facción trabucaire, ha estado técnicamente abandonada.
La llegada masiva de turistas, de su dinero, ha impedido por el momento evaluar el empobrecimiento en todos los órdenes de la sociedad catalana. A lo último, la fuga de empresas, hasta cien al día, y las brutales pérdidas en Bolsa de las cotizadas catalanas, señalaron un agujero, pero el boquete mayor, ya bien visible y mensurable, es el que se ha producido por la banalización de todo que han impuesto en Cataluña los aventureros de la secesión: la trivialización de los conceptos sagrados (democracia, derecho, libertad...), del amor a la tierra y de la verdad. Nunca se vio una gente más vana ni más mentirosa.
Los capitanes Araña del extinto Govern han dejado colgados a sus seguidores, a los que, por otra parte, les ha durado el fervor lo que, en puridad, duran los fervores si nadie los atiza con el agit-prop bien engrasado con fondos públicos. Veremos qué pasa en el erial que dejan, sembrado de una frustración también banal.


Rafael Torres - Hartazgo

26.10.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

Si el hartazgo es, como define nuestro Diccionario, la repleción incómoda que resulta de ingerir cosas en exceso, habrá que convenir en que eso es lo que le pasa a la inmensa mayoría de los españoles, incluidos los catalanes, con la cuestión catalana. Hartazgo, empacho, saturación, repleción, por la ingesta desorbitada de noticias sobre el particular, buena parte de las cuales, encima, se han pescado en los sospechosos caladeros del bulo, de la mentira, del rumor, y llegan pochas a la boca.
Ahora bien; los periodistas no somos esta vez, o no enteramente, los culpables de ese condumio mefítico, sino los políticos inmaduros, pueriles, que, como los niños, lo quieren todo y lo quieren ya, dan la murga para llamar la atención cuando consideran que no se les presta absolutamente, y no quieren más que jugar y jugar. En los niños todo eso está bien, pues se compensa sobradamente con la gracia y con la inocencia, pero díganme qué gracia, qué inocencia, pueden tener unos tíos (tíos y tías, que diría Podemos) de cuarenta o cincuenta años que, seguramente por carecer de una vida interior rica y de una vida vida privada satisfactoria, se dedican en exclusiva a fastidiar todo lo posible a los demás.
De cuantos expendedores de suministros estropeados pululan por la actualidad, ocultando como enjambre de langostas el cielo de lo que importa (la corrupción política, la desidia institucional, los salarios de hambre, el feminicidio en todas sus variantes, la marginalidad creciente, el paro sin solución...), destacan, sin duda, esos mercachifles del independentismo, de la traición más bien al actuar desde el propio Estado y con sus recursos, que están hundiendo a Cataluña en la miseria y abismándola en una confrontación civil.
¿Qué más da si Puigdemont dice ésto o aquello, si va o viene, si convoca o no elecciones, si el 155 sería blando o duro, si el PSOE baila la yenka, si a Podemos le ha visto el plumero hasta el más refractario a ver la realidad, si TV3 manipula más o menos que TVE, qué más da nada si ya no va quedando, por hartazgo, capacidad de digestión?


Rafael Torres - La ley de la calle

24.10.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 23 (OTR/PRESS)

En el arranque de otra semana endiablada, todo sugiere que, a falta de sumisión a las leyes, a las generales del Estado y a las particulares del estatuto de autonomía, el gobierno de la Generalitat podría decantarse por obedecer la única ley que se le antoja favorable, la ley de la calle.
La ley de la calle, como la escuela de la calle, la universidad de la calle, la calle misma, es nada, ruido, intemperie, pero en éste caso tiene la ventaja para los gerifaltes de la secesión de que la van dictando ellos mismos según las circunstancias y sus conveniencias. Legitimidad para la traición, para el robo de una parte de un país, para la abolición de la soberanía del pueblo, para el fraude institucional y la mentira sistemática como armas políticas, no se reconoce en ningún código del mundo, pero en la calle sí, y a esa ley tan muelle y tan laxa podrían acogerse. Nada hay tan manipulable como las emociones de la masa, y esa es la tinta con la que se va improvisando la redacción de esa ley cimarrona.
Aplicado el 155, esperemos que sin el concurso de zotes que confundan la firmeza con la brutalidad como ocurrió el 1-O, al sanedrín faccioso no le quedará otra que echar mano a tope de sus huestes románticas, perfectamente instruidas y disciplinadas por Omnium, la ANC, la escuela y TV3. Pocos individuos habrá en esas huestes que, antes de luirse y desaparecer en ellas, hayan leído a Gabriel Celaya, que no era independentista catalán: "A solas soy alguien,/ valgo lo que valgo./ En la calle nadie/ vale lo que vale". Para los Puigdemones y los Junqueras, las personas no hace falta que valgan más que para hacer bulto y para protegerles a ellos llevándose las bofetadas.
Los de la CUP, esos sobreestimados almogávares de la acción directa, ya han dicho que tienen ultimado el plan de "desobediencia" que vendría a completar el espectro de la ley de la calle, y las masas inducidas a la insurgencia no pierden ocasión de corear, a su vez, "la calle siempre será nuestra". No deja de ser una pena, ciertamente, que un pueblo tan admirable y valioso como el catalán, una parte de él, se haya dejado embaucar, camelar, por cuatro charlatanes sin sustancia para acabar en la calle.


Rafael Torres - Independencia F.C.

19.10.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

El terreno reglamentario para la práctica del fútbol es enorme, ciento y pico metros de largo por unos setenta de ancho, una hectárea más o menos. En su superficie se puede hacer de todo futbolísticamente hablando, atacar, defender, correr, saltar, cabecear, chutar, desmarcarse, driblar, pifiarla, e incluso, aunque no es aconsejable desde ningún punto de vista, arrear alguna patada que otra en las espinillas del adversario o protestar airadamente las decisiones del árbitro. Unas líneas blancas delimitan el terreno de juego para que todo eso discurra dentro de él y la cosa tenga algún sentido, pero en la Liga de las Españas hay un equipo, el Independencia F.C., que se empeña en jugar fuera de los límites del campo.
Fuera de esos límites naturales de la cancha, que son los mismos para los equipos en liza, no hay porterías, ni áreas, ni bandas, ni esquinas, ni puntos de penalty. No hay campo, sino descampado, y en ese descampado sarpullido de ortigas, piedras, colchones mugrientos y de cuanto es consustancial a los descampados y a los solares, no hay, porque carece del dibujo, del cuidado, de las señales y de las dimensiones necesarias, ley. El Independencia F.C., el club que, al parecer, concita gran entusiasmo en la mitad de la hinchada de Cataluña, insiste contumaz en jugar el partido en el patatal extramuros que su directiva se ha inventado y que pretende hacer pasar, contra toda lógica, por genuino y legal terreno de juego.
Cada cual puede hacer lo que quiera, pero no puede extrañar a los jugadores del Independencia F.C., que juega en la Liga de las Españas, que el árbitro les aperciba, les amoneste, les fría a tarjetas y hasta suspenda el partido cuando se empecinan en jugarlo, para pasmo del público y de los equipos rivales, fuera de las lindes que marcan el espacio de juego, a su aire, en franca confusión y desorden. Y, sin embargo, a juzgar por lo malísimamente que les sientan las sanciones de los jueces y del Comité de Competición, parecen extrañarse sobremanera.
La ley, y no digamos la Constitución, ley suprema, es ese campo cuyos límites reconocen y garantizan la libertad del juego y su limpieza. El Independencia F.C., no obstante, se aferra al descampado.


Rafael Torres - El infierno

17.10.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 16 (OTR/PRESS)

En tanto los animales silvestres de las tupidas fragas huían despavoridos hacia ninguna parte, pues todo era fuego, los vecinos de las parroquias amenazadas liberaban a los domésticos de sus cuadras. Todo era fuego. Durante la tarde del domingo, enormes columnas de humo denso se elevaban desde allá donde se mirase, pero al caer la noche, la noche tórrida y seca de un otoño demente, una descomunal bóveda roja, ardiente, suplantó a las estrellas del cielo de Galicia, y al propio cielo.
Los vientos huracanados y cambiantes, las altas temperaturas y la extrema sequedad de la atmósfera y del terreno pusieron a los pirómanos la miel en los labios y el chisquero entre los dedos. Fueran éstos, los incendiarios, o las llamas que habían saltado el Miño procedentes del abrasado Portugal, o más bien la combinación fatal de todo ello, lo único cierto en la noche del caos era que el infierno se había desplomado sobre la franja atlántica de la Península Ibérica. Eso era lo único cierto, y el resto, confusión.
Las copas de los pinos estallaban al menor roce de una pavesa candente, los aviones vacilaban el rumbo entre la humareda, los monjes del monasterio de Oseira eran evacuados a la luz de los resplandores, las lenguas de fuego amenazaban hospitales, gasolineras, colegios, aldeas, y la ciudad de Vigo veía arder su castro, sus arrabales y los montes circundantes. Saliera la población a la calle en busca de arrimo o de cuadrilla a la que ayudar con cubos y baldes, o se quedara en casa cual recomendaban las autoridades, las gargantas y los bronquios no podían trasegar tanto humo. Todo era fuego. Y humo.
En España todo el mundo se olvidó de Puigdemont y de la sandez que su desatentado caletre urdía para propinársela a sus semejantes el lunes por la mañana. Este infierno de Galicia, de Portugal, de Asturias, era un infierno de verdad, un infierno devastador, homicida, terrorífico, real, nada que ver con el infierno artificial y pueril desatado por unos burgueses cursis, retorcidos y, al parecer, ociosos. El infierno visitó anoche Galicia, y se ha quedado, ha dejado su presencia en las vidas segadas y en los bosques muertos.


Rafael Torres - Basta de vacilar a la gente

12.10.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

Puigdemont y los suyos podrán seguir algún tiempo con sus trapacerías, con sus puerilidades, con sus ardides, con sus trucos, con sus delirios eslovenos, con sus chantajes, con sus provocaciones y con sus burlas, pero merced al mecanismo constitucional que el Gobierno ha tenido a bien activar finalmente, los ciudadanos españoles, y particularmente de entre ellos los catalanes, no tendrán que seguir pagando el insoportable precio de su aventurerismo irresponsable.
Podrán Puigdemont y los suyos seguir algún tiempo, poco tiempo ya, sepultando las instituciones catalanas en el albañal de trampas y mendacidades en el que hozan, traicionando a la sociedad, al Estado de derecho y a la democracia, y traicionándose entre ellos y a sus inocentes seguidores, y podrán seguir, durante algunos días más, vacilando a la gente con sus invitaciones al "diálogo" a punta de pistola escisionista, declarando un poquito la independencia o estampando sus firmas en la rebotica del Parlament sobre una especie de libro de visitas, pero gracias a que el Gobierno ha principiado a actuar con verdadera proporcionalidad y con inteligencia, devolviéndoles la última majadería con la tarjeta del 155, los ciudadanos ven ya el momento de sacudirse el estupor y la angustia que en sus vidas ha venido provocando ese ridículo y triste caos pequeñoburgués de los puigdemones.
Eso de estar gobernados por una cuerda de conspiradores de opereta, pero fuera de la ley, y de saberse estabulados por su tiranía institucional, y emplazados a entregarles el diezmo, y sometidos a una policía sectaria, y asistir a la fuga de la empresas que contribuyen a crear riqueza y empleo, eso, todo eso y más, tenía en un sinvivir a los ciudadanos catalanes, incluidos los independentistas por ciudadanos y por catalanes precisamente. Con la última patochada sincrética de ese señor disfrazado de sacristán antiguo, hasta el Gobierno de Rajoy, tan sordo de suyo, ha tenido que oír el basta ya, el basta de tanto vacile y de tanto aguantar y sufrir a esa patulea de vampiros de la política y del Presupuesto.


Miércoles, 13 de diciembre

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