
MADRID, 18 (OTR/PRESS)
Es natural que el gobierno se condecore por el feliz desenlace del secuestro del "Alakrana", pero no conviene olvidar que lo que ha liberado a la tripulación del atunero han sido tres millones de dólares, esto es, el pago del rescate. No quiere esto decir que al Ejecutivo no haya de reconocérsele algún mérito: Sí, el de no haber perseverado, tras la inicial y absurda detención de dos piratas, en seguir estropeando las cosas. En algo, no obstante, tiene razón Rodríguez Zapatero, en que España ha hecho lo que tenía que hacer, es decir, salvaguardar, por encima de todo, la vida de los tripulantes del pesquero, si bien ha olvidado añadir, nublado tal vez por el triunfalismo del instante, que en el futuro, y el futuro ha empezado ya, España tiene que hacer más cosas.
Liberada la nave y los pescadores, se supone que el proceso penal abierto contra los secuestradores sigue su curso. Pero, ¿sigue su curso de verdad? ¿Se investiga? ¿Se dictan providencias? ¿Se emiten órdenes de búsqueda y captura? ¿O, por el contrario, las enfáticas protestas sobre la preeminencia absoluta e inexcusable de la Ley quedarán en menos que nada, sometiéndose al enjuague de considerar a los dos detenidos como parte del rescate, cual parece se ha acordado con los piratas? Y esos particulares armados hasta los dientes a bordo de pesqueros, ese ejército privado, privatizado, para repeler los abordajes, ¿de qué naturaleza legal goza, qué conflictos suscitará, qué inquietante precedente supone? El gobierno puede colgarse las medallas que quiera, las que le corresponden y las que no, pero en lo sucesivo no puede limitar su acción, degradándose, a la de simple intermediario en la resolución, mediante pago, de un secuestro. Se ha hecho, dadas las circunstancias, lo que se tenía que hacer, pero ahora hay que ir pensando en cambiar las circunstancias.

MADRID, 16 (OTR/PRESS)
Sería asombrosa la resistencia del 80% de la población española a vacunarse contra la gripe A, que ha provocado ya cerca de un centenar de muertes, si olvidáramos la desconfianza de esa población hacia su clase política y hacia la industria farmacéutica. La imagen del atrabiliario y sospechosísimo Camps haciendo propaganda, como chófer, de Ferrari, o la revelación de que los hijos del "socialista" Pepe Blanco no estudian en la escuela pública, sino en colegios privados y caros, contribuyen, sin duda, a esa desconfianza en los políticos, por no hablar, en el otro apartado, del hecho de que el siniestro Donald Rumsfield ande detrás de uno de los laboratorios que fabrica la vacuna. La gente, o cuando menos ese 80% abonado a las más variadas y delirantes teorías conspiratorias, quiere ver vacunarse a los políticos y esperar un rato para ver si les hace reacción y la diñan, antes de pensar en ponérsela. Sin embargo, y pese a los comprensibles fundamentos de ese miedo y de esa cautela, la mayoritaria resistencia a inmunizarse frente a ese virus tan impredecible y peligroso sigue siendo asombrosa, pues lo que puede andar en juego es nada más y nada menos que la vida.
Más explicaciones a esa tozudez colectiva debe haber, pero uno, por más vueltas que le da, no las encuentra. Una cosa tan extraordinaria como la vacuna, que lleva tantísimo tiempo salvándonos de contraer enfermedades espantosas y hasta letales, y cuya fabricación no tiene, a estas alturas, ningún misterio, resulta que concita la enemiga casi unánime de la ciudadanía española, de la misma que de ordinario se atiborra de fármacos sin encomendarse a dios ni al diablo ni al médico. Queda, con todo, ese 20% que, menos favorecido tal vez por los dioses con una salud tan formidable como para desdeñar la vacuna, la reciben al fin con un inmenso alivio.

MADRID, 13 (OTR/PRESS)
Mala solución judicial tiene el odio de las parejas rotas con hijos de por medio, pero el encadenamiento de pies y manos de uno de los cónyuges y su ultrajante exhibición pública eleva al paroximso la impotencia. El extremo rigor, la vesanía más bien, usado con los reos en Europa hasta bien avanzado el siglo XIX, sadismo institucional reproducido episódicamente al rebufo de las guerras del XX, se nos aparece intacto en las imágenes que los noticiarios de televisión sirven de los juicios en los Estados Unidos. En el último de ellos que nos concierne por razón de paisanaje, vemos a una mujer, María José Carrascosa, comparecer a la vista oral del proceso que allí se le sigue enmanillada por la cintura, los tobillos y las muñecas con cadenas. No se trata de una perturbada agresiva de cuyas reacciones deban protegerse los alguaciles y los magistrados, sino de una madre que, ofuscado el entendimiento por la aversión al ex-marido y padre de su hija, cometió el error de enredar el asunto de la custodia de ésta hasta convertirlo en algo parecido, pero sólo parecido, a un secuestro.
Bien es verdad que la principal víctima de ésta sórdida historia es la hija, la niña, técnicamente huérfana por el poco seso de sus progenitores y la torpeza de la Justicia, y que la madre, María José Carrascosa, recién considerada culpable de nueve cargos por un jurado popular de Nueva Jersey, no parece que asimilara nunca los fundamentos del derecho que, como abogada, debía conocer y respetar, pero no lo es menos que la tortura a que la lleva sometiendo desde hace tres años la máquina judicial del país más poderoso del mundo, simbolizada en su exhibición ante las cámaras cargada de cadenas, resulta, por inadmisible, merecedora del repudio activo de la justicia internacional, si es que en el mundo existe, más allá del enunciado, semejante cosa. La causa de la libertad de esa ciudadana española, públicamente maltratada en una nación extranjera, debería ser asumida enérgicamente por, como le gusta llamarse, el gobierno de España.

MADRID, 11 (OTR/PRESS)
La gripe A no es la única que ataca a los fumadores: también el gobierno. Nadie discute a éste (salvo probablemente Aznar, ese ácrata radical de derechas que no soporta las limitaciones de velocidad ni que nadie conduzca por él) la buena intención sanitaria que le anima en su recurrente y despiadada persecución a los fumadores, pero cualquiera que tenga en alguna estima la libertad debería discutir, fume o no fume, la pertinencia de cualquier clase de persecución contra ciudadanos que no han cometido delito alguno. La severísima ley que no hace mucho implantó la prohibición de fumar en los lugares públicos, norma acompañada de anexos tan absurdos como el de los desactivadores de las máquinas expendedoras que obligan a los camareros a desatender sus quehaceres cada dos por tres para buscar el artefacto y apretar el botón, pretende ahora destruir definitivamente los ardides que la realidad ha ido generando para ahormar la ley a la posibilidad humana de cumplirla. Así, la prohibición de fumar en los establecimientos de hostelería fue quedando en la prohibición, más laxa, de fumar en "algunos" bares y restaurantes o en "algunas" zonas de ellos, pero es que, dejando a un lado la utilización política que hizo Aguirre (otra ácrata como Aznar) de esas trampas para burlar la ley, no habría sido posible respetarla sin ellas, a menos que el gobierno pretenda la quiebra de las tascas, donde, como se sabe, se va principalmente a fumar.
Pero es que el gobierno pretende llegar, en su delirio, a prohibir que se fume en las bodas, ora esos puros que al padrino le cuestan un riñón y que acaban ajándose, la mayoría, en un cajón de la cómoda, ora esos pitillos rubios que, como enternecedor guiño a tiempos felizmente pasados, se ofrece a las señoras con la cajetilla abierta y oferente. ¿Qué quiere el gobierno? ¿Que las bodas sean más insufribles de lo que de suyo ya son? ¿Que el banquete hipergraso y ultraalcohólico de las bodas se convierta en una oda coral a la Salud? ¿Que la gente no se case? Me parece que el gobierno se está haciendo mayor, muy mayor, y, en consecuencia, maniático.

MADRID, 09 (OTR/PRESS)
Los piratas somalíes, en su exigencia de liberación de los dos compinches encerrados en España como paso previo e indispensable para la resolución del secuestro del "Alakrana", no hacen sino mirar por los suyos, y eso es exactamente, por la natural simetría que demandan las circunstancias, lo que tenemos que hacer nosotros: mirar por los nuestros. O dicho de otro modo: la cuestión no es hoy la lucha contra la piratería en los mares del Sur ni la sacrosanta preeminencia de lo judicial, sino el rescate con vida de los treinta y seis marineros que llevan cuarenta días padeciendo suplicio a bordo de una nave en la que comienzan a escasear las subsistencias.
Las movilizaciones habidas durante el fin de semana en Galicia y el País Vasco, las palabras resueltas y estremecedoras de las mujeres de los secuestrados, e incluso la adhesión de una parte de la clase política a la idea de soltar a los dos forajidos que se hallan en nuestro poder, han conseguido desactivar el discurso hipócrita frente al que se había empantanado el caso, ese según el cual la última palabra sobre la vida y la muerte la tienen, en España, los tribunales, si es que no un sólo juez. En un país devorado por la corrupción política, por el fraude generalizado a la Hacienda Pública, por las conductas antisociales de tantos empresarios y banqueros, por la exasperante lentitud de la propia Administración de Justicia, por la sistemática conculcación de los preceptos constitucionales, por los abusos del Poder o por los atentados contra la intimidad y contra la libertad de expresión, sorprende que desde la Magistratura se diga, con rara unanimidad, que por nada del mundo puede hacerse aquello que devolvería la libertad a los pescadores del "Alakrana". Judicialmente es imposible, dicen, soltar a los dos piratas procesados aquí, como si el artificio legal se sobrepusiera obligatoriamente al deber natural y moral de salvar treinta y seis vidas.
De los que andan en las cosas de la Justicia se espera, antes que nada, sumisión a ella, y no a los códigos que eventualmente la hacen impractibale o nefasta para quienes la necesitan. Ante sí tiene el estamento judicial el transcendente dilema de estar a favor o en contra de la gente. De la vida de la gente.

MADRID, 6 (OTR/PRESS)
La ministra Chacón ha dicho que los secuestradores de la tripulación del "Alakrana" están utilizando a los familiares, la desesperación de los familiares, para lograr la liberación de sus compinches encarcelados en España. ¡Claro! La torpeza de su captura, cuando con ella no se hacía sino dificultar un desenlace pronto y feliz, que a ver para qué demonios necesitaba España a dos de esos parias del mar haciendo aquí turismo carcelario, ha conducido a un callejón sin otra salida, si no honorable sí incruenta, que la de la conculcación de la propia ley, esto es, soltarlos. Sin embargo, esto, que es lo único que a éstas alturas garantizaría la vida de los marineros del "Alakrana", podría y debe hacerse bajo una pátina de legalidad, entregándoles para que sean juzgados si no a su país, que ni es país ni nada, sí en alguno del entorno que, como es lógico, les ponga rápidamente en libertad "condicional".
La cuestión, a la que debe someterse el Estado español porque alude al valor supremo de la vida de sus nacionales, es conseguir cuanto antes la liberación de los cautivos, y para lograrla no queda otra que entregar el rescate en metálico y a los dos piratas que, por desgracia, se hallan en nuestro poder. Cuando los treinta y seis pescadores vuelvan a sus casas sanos y salvos, y recuperen la vida y la alegría que un mal golpe del mar les ha robado, entonces será el momento de ponerse gallitos y emprender acciones militares de policía para detener a los secuestradores, ponerles a disposición de nuestros tribunales y, si se puede, recuperar el botín, como, por cierto, han hecho ya otras naciones en circunstancias similares. Fuera de eso, tan necesario y urgente, no puede haber sino palabras huecas de parte de Chacón, y angustia y sufrimiento de parte de las víctimas, que lo eran sólo de los piratas y ahora también de la errática actuación del gobierno.

MADRID, 4 (OTR/PRESS)
La fundación FAES de Aznar es la que recibe más dinero del ministerio de Educación, si bien la "Jaime Vera", del PSOE, le pisa los talones. Entre ambas reciben la mayor parte de esas subvenciones del ministerio que, destinadas a los partidos políticos, tienen como objetivo teórico y pintoresco la formación de adultos. Calificar semejante cosa resulta innecesario, pues se califica sola perfectamente, pero no sería posible dejar de percibir en ella otro aspecto de la traición de los partidos políticos a la sociedad, entendiendo por traición la huida que emprendieron hasta instalarse en la ciudadela remota, inabordable y salvífica del Estado. De pertenecer a la esfera de la sociedad (al bando de la sociedad) y justificarse por la defensa de sus intereses, o de los intereses de una parte, frente al Estado, los partidos ha pasado a integrarse, rendidos incondicionalmente, en su estructura, y desde luego a cobrar y a vivir de ella, de suerte que en ese cambio de chaqueta, de bando, han pasado de ser los portavoces de la sociedad a ser sus gendarmes.
Esto explicaría que el gobierno que sufre los dicterios y las propagandas de la FAES de Aznar, corresponda obsequiándola con cerca de treinta millones de pesetas al año: hoy por tí, mañana por mí. Pero también explicaría la propia existencia de esas subvenciones extra que vienen a añadirse a las muchas que los partidos reciben por los más variados conceptos: todo tiene que pasar por ellos porque todo ha de quedar, al final, en casa. Sociedad y Estado, hoy más que nunca, aparecen como dos mundos antagónicos, como el aire de la intemperie y la atmósfera palacial, pues quienes deberían comunicarlos y ahormarlos, los partidos políticos, se han pasado con armas, votos y bagajes al bando guay, el funcionarial, seguro, confortable y exclusivo bando de las dietas, los ordenanzas, las alfombras, los edificios singulares, los despachos no importa si grandes o pequeños, y las subvenciones por la patilla. Y en ese bando, de donde la sociedad está ausente y no controla, no es raro que tantos políticos se vuelvan cimarrones.

MADRID, 30 (OTR/PRESS)
El tratamiento informativo que está recibiendo de los medios más oficialistas la epidemia de Gripe A revela un primitivismo escalofriante: según él, las decenas de personas que han fallecido en nuestro país a causa de ella estarían de antemano, de alguna manera, condenadas, pues padecían eso que se ha dado en llamar "patologías previas". Dejando a un lado la evidencia de que ninguna de esas "patologías previas" acabó con sus existencias, pues vivían con ellas mejor o peor, pero vivían, y de que fue el virus de la gripe porcina, y no otro, el que desencadenó el resultado fatal, e incluso aparcando también la circunstancia de que en muchos casos los fallecidos no tenían patología previa ninguna, consterna comprobar cómo emerge del subconsciente colectivo, a consecuencia del temor mal reprimido, esa cosa tan natural, pero tan fascista, de la supervivencia del más fuerte, del que no tiene "patologías", del que, en suma, se supone no estigmatizado por la enfermedad. Cada vez que uno escucha en los noticiarios, y no digamos en los sufragados por el poder local, que no pasa nada, que los que han muerto no eran exactamente personas normales, como las demás, sino criaturas demasiado delicadas, asmáticos, obesos, trasplantados, le entra a uno, junto a la indignación, la certidumbre de que el progreso del ser humano ha sido, en lo moral, puramente cosmético, pues para creerse a salvo sigue necesitando embriagarse del bebedizo cuyos ingredientes son, a partes iguales, el egoísmo y la irracionalidad.
La afectación de la Gripe A en España no está siendo, como se insiste en decir, leve, sino gravísima: unas setenta personas, esto es, setenta universos, setenta irrepetibles conjuntos de afectos, ilusiones y proyectos de vida, setenta almas, se han muerto. Y lo que queda. ¿Es eso leve? ¿Tan leves, tan irrelevantes, eran esas vidas, esas presencias? El miedo, sobre todo si se intenta reprimir como se está haciendo, es el espejo deformante que más, y peor, nos deforma.

MADRID, 28 (OTR/PRESS)
La cada vez más extendida sospecha de que una parte de la clase política española ha devenido en partida de bandoleros y facinerosos, debería acompañarse de la certidumbre de que quien sospecha podría ser imputado como cómplice o cooperador necesario. La democracia, incluso su simulacro, es lo que tiene, que la responsabilidad última recae en el elector, que a menudo y por ignotas razones prefiere los golfos a las personas honradas. Por esa preferencia, nacida en todo caso del analfabetismo político, la política goza de tanto predicamento entre los hampones, pues por ella se accede a la combinación de la caja fuerte. Del interminable franquismo, que robó España entera, viene esa idea del poder como exacción o despojo, idea apenas modificada en la llamada Transición, interminable igualmente, salvo por el atrezzo democrático que extiende al ciudadano la responsabilidad, bien que sin llevarse parte.
A propósito de cajas fuertes, Cajamadrid es, sin duda, una de las más fuertes, sino la más de todas. Que se sepa, ninguno de sus administradores o de sus gerentes políticos se ha llegado a la plaza del Celenque, o donde quiera se halle ahora la caja de caudales de la entidad, y ha metido la mano. La cosa es más grave: se creen que es suya con cuanto contiene. Y se disputan su control. El que tiene la Caja, gana, pero por cómo andan las cosas en la derecha, el asunto se retuerce un poco: el que controle la Caja, controlará el PP, esto es, la empresa que suplantará la voluntad nacional cuando la que la suplanta ahora le ceda los trastos en éste turnismo delirante de la última Restauración. Rajoy y Aguirre protagonizan, bien que el primero solapado en Gallardón y éste en Cobo, esa impúdica guerra por la Caja, por el partido, por el poder, en tanto la empresa para la que trabajan ambos sigue subiendo en los sondeos y cotizando al alza.

MADRID, 26 (OTR/PRESS)
El ministro francés de Identidad Nacional (¿?), monsieur Eric Besson, ha propuesto un debate al país para averiguar qué significa, a estas alturas de la Historia, ser francés, o, más exactamente, un buen francés. Mal asunto. Y no sólo porque lo que en realidad quiere el ministro de Sarkozy es un debate sobre la inmigración que llegue a las conclusiones xenófobas prefijadas de antemano por la derecha y la ultraderecha, sino porque el mismo enunciado del debate sugiere que hay buenos franceses y malos franceses, auténticos y apócrifos, de primera y de segunda, superiores e inferiores en función de su calidad identitaria. Mal asunto. A lo tonto, a lo tonto, sin los excesos fascistoides y payasescos de un Berlusconi, Sarkozy destruye de un plumazo, so capa de debatir, el principio cívico y democrático esencial, a saber, que todos los ciudadanos son iguales por serlo ante la Ley, a condición, sólo, de que la respeten.
Semejante cosa, la de fijar quienes son los buenos y quienes los malos, con el aporte de puerilidad, maniqueismo y cosificación del "otro" que conlleva, es muy grave en cualquier sitio, pero posiblemente en Francia, en la Luminaria de la Libertad, lo es más si cabe. Los mejores franceses, como se sabe, no fueron franceses, pero es que incluso los medianos y los peores, tampoco, como el propio señor Sarkozy. Se hicieron franceses porque en Francia encontraron, ellos o sus padres o sus abuelos, pan, refugio, reconocimiento y oportunidades, es decir, aquello que se espera de la patria para que sea la de uno. Diríase que Sarkozy y su ministro de Identidad Nacional (¡!) se han hecho del PP, que en lo tocante a la "identidad nacional" parece en ocasiones heredero del Régimen, ya sabe el lector cuál, que tanto énfasis puso, brutal casi siempre, en establecer lo que era un buen español. Un buen español era el que Franco, sus asistentes y sus colaboradores decían, y si Sarkozy va a empezar a jugar con eso, con ese fuego, lo peor que puede pasar no es que se queme, sino que arroje a Francia, con los buenos, los regulares y los malos dentro, a la pira de la irracionalidad.

MADRID, 23 (OTR/PRESS)
Este aquelarre de moscas se compagina poco con el prestigio y la elegancia del otoño. En sentido estricto, debe haber alguna razón científica para que todo, los bares, el metro, las cocinas, los platós de televisión, las consultas de pediatría, los comercios y hasta las alcobas, esté hasta arriba de moscas pegajosas y cansinas que, entregadas a la compulsión del Carpe Diem, incluso fornican, y hacen tríos, en las paredes, en las lámparas y sobre el hule de las mesas-camilla. A los calvos, nos martirizan agarrándose con todas las patas a la descomunal tonsura. En sentido figurado, está claro que alimentándose las moscas de lo que se alimentan, sintiéndose atraídas por lo que se sienten, no les falta condumio en la podre política y financiera con que nos regalan, servidas por tipos escapados del patio de Monipodio, las autonomías. Frío y moscas. Lluvia y moscas. Paro y moscas. Gripe A y moscas. Vendrán los buñuelos de difuntos y los huesos de San Expedito, y seguirán ahí, fastidiando por no decir otra cosa, las moscas.
A éstas moscas, además, no hay quien las espante. Son contumaces, se crecen ante el manotazo y hasta el "zas" yerra al intentar noquearlas. Nadie, en puridad, consigue éstos días deshacerse de las moscas, y si se abren las ventanas, en vez de salir las de dentro, entran las de fuera. En los despachos de Cajamadrid hay moscas, en el parlamento valenciano hay moscas, y en las oficinas de Atleti hay unas moscas de tal calibre que el refinado Laudrup, que es de un país sin moscas, o con las justas, sale espantado por la certidumbre de que si se queda a dirigir la plantilla de rústicos y corricolaris que le ofrecen Gil y Cerezo, se lo comen las moscas. A los Laudrup del mundo y de la vida no se les pueden pedir heroicidades, pero son los únicos que podrían liberarnos de las moscas.
Hace años que perdimos el otoño, la luz decadente y finísima de la estación más bella. Su lugar lo han ocupado las moscas.

MADRID, 21 (OTR/PRESS)
No es probable que a Félix Millet, el presidente saqueador del Palau de la Música de Barcelona, le afecte gran cosa que el juez le haya retirado el pasaporte. Sin él se puede viajar a muchos sitios, pero ¿para qué huir del país donde se usa tanta condescendencia con el que roba millones? Al que roba poco, unos cables de cobre o unos jamones en una nave de las afueras, se le entrulla sin contemplaciones, pero al que roba mucho, como el confeso Millet, que no sólo se apropió de sumas fabulosas, sino que despojó a los ciudadanos de su derecho al disfrute y a la educación musical, se le retira el pasaporte como si se le diera, en puridad, un tirón de orejas. Este personaje, de lo "mejor" de la alta burguesía catalana, y su mano derecha, Jordi Montull, desviaron del Palau y del Orfeó a sus bolsillos, según el fiscal, unos diez millones de euros entre pitos y flautas, y esa debe ser la razón por la que a Millet no se le veía nunca en los conciertos: estaba mangando. Y antes es la obligación que la devoción.
A Millet se le acusa prácticamente de toda clase de delitos dinerarios, de la estafa al blanqueo, del soborno a la financiación ilegal de partidos, y, por gamberrito, el bondadoso juez le ha retirado el pasaporte. En la cárcel se malea uno, y no es cosa de que un señor tan honorable vagabundee por un patio junto a vulgares chorizos. Sin embargo, a ese juez clemente y comprensivo le ha debido pasar inadvertido un dato que convertiría a Millet en espantosamente vulgar y, en consecuencia, en firme merecedor del presidio: una parte de lo que robó a la música y al bello templo modernista del Palau se lo gastó en reformas para su casa y las de sus familiares, a algunos de los cuales, por cierto, tenía colocados en el Palau con sueldos de aquí te espero. ¡Reformas! Por ahí, por esa vulgaridad inmarcesible, empezó a caer Marisol Yagüe, la ex-alcaldesa de Marbella, pero ésta, en lo tocante a la Música y las Bellas Artes, no era presidenta del Palau, sino palmera de un coro rociero. Llevaba Millet al frente del Palau treinta años, pero en todo ese tiempo no se le pegó nada de la belleza del lugar. Sólo tenías ojos y oídos para el dinero, para las reformas, para el jacuzzi y el gres, y a lo mejor por eso, porque no robó para comer exactamente, la cosa se ha saldado, de momento, con la retirada del pasaporte.
Sábado, 21 de noviembre
Agustín Jiménez
Alfonso Rojo
Ana Pastor
Andrés Aberasturi
Angel Calzada
Antonio Casado
Carlos Carnicero
Carmen Tomás
Cayetano González
Charo Zarzalejos
Consuelo Sánchez-Vicente
Esther Esteban
Fermín Bocos
Fernando Jáuregui
Francisco Muro de Iscar
Isaías Lafuente
José Cavero
José Luis Gómez
Julia Navarro
Lorenzo Bernaldo de Quirós
Luis Del Val
Mabel Redondo
Miguel Cancio
Miguel Higueras
Nava Castro
Pedro Calvo Hernando
Rafael Martínez-Simancas
Rafael Torres*
Ramón Pi
Roberto Malestar Rodríguez
Rosa Villacastín
Victoria Lafora
Juan Fernandez Krohn
Manuel Molares do Val
Francisco Rubiales
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Vilagarcía na Rede
José Luis Palomera Ruiz
Antonio Javier Vicente Gil
Pedro Fernández Barbadillo
JUAN JULIO ALFAYA