Opinión

A vueltas con España - El PSC, algo más que un partido

19.11.17 | 08:42. Archivado en José Luis Gómez


MADRID, (OTR/PRESS)

Las elecciones catalanas son eso -catalanas-, pero realmente esta vez son unas elecciones de Estado. Vitales para los intereses de los catalanes, por supuesto, pero también para los del conjunto de los ciudadanos españoles. Sostener lo contrario equivaldría a llamarse a engaño e intentar falsear la realidad bajo la apariencia de decir solo lo que también es cierto: son unas elecciones autonómicas.
Si se asume la hipótesis más verosímil -el interés de Estado- parece lógico que estas elecciones tengan el tratamiento de unas generales, ya que en el fondo están en juego las cosas de comer; es decir, los intereses de España como Estado de la Unión Europea; el futuro de la banca; el horizonte de las empresas -grandes y pequeñas-; el crecimiento del PIB y, en consecuencia, el mercado de trabajo; las inversiones públicas y privadas; la financiación autonómica; las pensiones, y muchas otras cosas.
Visto con perspectiva de Estado -no de ningún partido, ni solo con perspectiva catalana- parece también evidente que a España le interesa que el Govern resultante no sea hostil. Pero por esa misma razón, si el Estado aplica la inteligencia política tampoco le interesa que el Govern sea hostil con el independentismo y menos aún con el nacionalismo. A una política de Estado le interesa la centralidad, de modo que sea posible el diálogo político y el encaje -transitorio o definitivo- de Cataluña en España. Cualquier tipo de radicalismo puede tener graves consecuencias, como ya se ha visto.
En esa hipótesis solo hay un partido catalán que responda a tantas expectativas, y no es otro que el PSC, ya sea como líder del Govern o como socio de una gran coalición. Porque un Govern encabezado por Ciudadanos -hipótesis en la que confían algunos- sería cómodo para Madrid pero tendría muchas dificultades en Cataluña y un Govern de ERC con radicales podría tener buen anclaje en una parte de Cataluña pero tendría difícil la convivencia con Madrid, salvo que en Madrid hubiese un cambio de gobierno o, de repente, se impusiera la realpolitik en Madrid y Barcelona, lo cual tampoco estaría mal pero no parece lo más probable.
Lejos de ser una defensa del PSC, atribuirle este peso puede complicarle las cosas, pero para paliar ese tipo de circunstancias se supone que están los estrategas políticos, cuyo lenguaje no siempre coincide con el de los analistas, entre otras cosas porque los primeros no suelen tener reparo en decir una cosa y hacer otra, mientras que los análisis -máxime los periodísticos- se supone que deben ser veraces. Dicho de otro modo, y sin rodeos: lo inteligente y práctico para España -y para una Cataluña catalanista, no independentista- es apoyar al PSC. De ese modo, no se le mete el dedo en el ojo al independentismo ni se rompe con Madrid. No se queda bien del todo con casi nadie, pero no se rompe nada.
Por si alguien lo duda, puede resultar ilustrativo un gráfico y un análisis que publicó El Periódico de Catalunya, donde salta a la vista que el partido con opciones de captar más votos en distintos caladeros del rico mestizaje político catalán es el PSC. Pero esto no garantiza nada, ya que si no lo consigue, a izquierda y derecha, puede volver a fracasar, con la diferencia de que esta vez no solo fracasaría el PSC sino el interés general y la centralidad política de Cataluña y de España. Son los riesgos de haberse difuminado en Cataluña el eje izquierda-derecha para dar paso a extraños compañeros de cama como el PDECat y la CUP. No se trata, pues, en este análisis de apoyar al PSC, ni menos aún de pedir el voto para el partido de Miquel Iceta, sino de subrayar que sin el PSC en un papel protagónico seguirán las tensiones de alto voltaje entre Cataluña y España. Dicho queda.


A vueltas con España - ¿Vuelve el PSC?

12.11.17 | 08:42. Archivado en José Luis Gómez


MADRID, (OTR/PRESS)

El auge del independentismo, la vinculación de bastantes jóvenes al entorno de Podemos -léase Xavier Domènech- y el propio transcurso del tiempo han deteriorado el brillo del PSC, que pasó de ser el gran partido de Cataluña a ser uno más. ¿Pero el gran partido de Cataluña no era CDC, socio de Unió en CiU? No, solo lo era en elecciones autonómicas, mientras que el PSC lo era en municipales y generales. Y a mucha distancia. La clave estaba en la participación: muchos votantes del PSC -especialmente en el cinturón industrial de Barcelona- no se interesaban por las autonómicas. Por el contrario, se entregaban a la causa del PSC en las municipales, de ahí que casi siempre hubiese alcaldías socialistas en Barcelona y en las ciudades y pueblos del cinturón. También hacían lo propio en las generales, para mayor gloria de Felipe González e incluso de José Luis Rodríguez Zapatero. Solo con Pasqual Maragall y, en menor medida, con José Montilla se volcaron realmente con el PSC. Y a partir de ahí vino la crisis de los socialistas catalanes, paralela a la de los socialistas españoles.
Desde la recuperación de la democracia en España, este 21-D podría producirse, por tanto, la primera victoria de ERC, que siempre fue un partido pequeño, de base más intelectual que obrera. Tanto es así que es el único partido de la izquierda no vinculado a un sindicato, en contra de la tradición de las fuerzas de izquierdas en la Europa democrática. Pero aunque gane el partido de Oriol Junqueras, como todos los catalanes no son independentistas, quedan muchos votos por asignarse, empezando por los catalanes nacionalistas no independentistas -incluidos los catalanistas- y terminando por los catalanes que se sienten españoles. Si la participación es muy alta el 21-D, es decir, si todos los catalanes asumen que se juegan su futuro y no solo cuatro años de gestión del Govern de la Generalitat, es probable que el PSC suba como la espuma, lo cual justificaría la apertura de Miquel Iceta a izquierda y derecha, con figuras de la izquierda y del centro-derecha catalanista.
La política catalana tiene su propia lógica, distinta de la española, entre otras razones por su pluralismo, al tener duplicadas la izquierda y la derecha en clave nacionalista y no nacionalista. Además, el PSC es un partido soberano con autonomía de acción en la política catalana y finanzas independientes. Tiene personalidad jurídica propia y, por tanto, no es una sucursal como las que tienen los socialistas españoles en las restantes comunidades autónomas. Su vinculación con el PSOE se reduce a su participación en los órganos federales: la ejecutiva, el comité federal y el congreso.
Tanto los resultados históricos del PSC como su propia personalidad política son un tanto desconocidos para las nuevas generaciones, pero no para la mayor parte de los votantes de Cataluña, de ahí que el PSC sea objeto de todas las miradas y posible parte de la solución del conflicto político catalán. Serán los votantes los que decidan el 21-D y este año 2017 queda lejos del 82 de Felipe González e incluso del 2003 de Pasqual Maragall, pero si el PSC -y el PSOE- actúan con inteligencia política tienen mucho que ganar/recuperar, porque fue mucho lo que perdieron.


A vueltas con España - La política es la solución

05.11.17 | 08:42. Archivado en José Luis Gómez


MADRID, (OTR/PRESS)

El día 21 de diciembre habrá elecciones en Cataluña y algunos posibles candidatos están en prisión o camino de la cárcel. Podría darse el caso -surrealista- de que uno de ellos sea presidente de la Generalitat. Es una prueba más de que en España no está resultando fácil la convivencia entre el tratamiento que le dan la justicia y la política a lo que aconteció y sigue aconteciendo en Cataluña. Como ya alertó el expresidente Felipe González, en una sutil reprimenda al presidente Mariano Rajoy, la judicialización de la política termina con la politización de la justicia. No se trata, pues, de que no funcione la justicia, sino de que en la política lo prioritario sea la política y no la justicia.
Un país democrático difícilmente puede avanzar así y no es misión de la justicia resolver este tipo de problemas políticos, que exigen diálogo y consenso. Los exconsejeros, el exvicepresidente y el expresidente de la Generalitat pueden ser o no culpables de los delitos de los que se les acusa -eso lo determinará una sentencia firme, que exige tiempo- pero el Parlamento de Cataluña y el Govern de la Generalitat no pueden estar sujetos al surrealismo político de manera indefinida. Por tanto, solo una solución política inteligente y democrática puede devolver dicha comunidad autónoma a la normalidad.
El presidente del Gobierno no es precisamente ajeno a esta situación, motivada por unos supuestos delitos políticos pero acelerada por las actuaciones de la Fiscalía General del Estado y la aplicación en Cataluña del artículo 155 de la Constitución. Suele ser norma de Mariano Rajoy dejar pasar el tiempo, que casi todo lo cura, pero en este caso el calendario lo marcó él mismo, al poner las elecciones el 21 de diciembre. No tiene, por tanto, mucho margen de tiempo, aunque sí conserva un amplio margen de maniobra.
Por mucho que exista la división de poderes, que formalmente existe, el Estado es único y los actuales problemas de Cataluña son problemas de Estado. De hecho, el presidente de la Generalitat es el primer representante del Estado en su comunidad autónoma.
No está al alcance de cualquiera dar con la solución -en realidad caben distintas opciones- pero, una vez más, quien está al frente del país debe ser capaz de encontrarla, sin contrariar a la justicia ni impedir unas elecciones autonómicas con garantías democráticas. En su día, el expresidente Adolfo Suárez tuvo que tomar decisiones no menos complejas, bajo un sinfín de presiones, y no eludió su responsabilidad histórica. Mariano Rajoy lo tiene mucho más fácil


A vueltas con España - Tiempo para la reflexión

29.10.17 | 08:42. Archivado en José Luis Gómez


MADRID, (OTR/PRESS)

No es la primera vez en la historia que la autonomía catalana es intervenida. A la fallida Mancomunitat de 1914 se sumaron la intervención de 1934 y la suspensión de 1939. Ahora, en 2017, justo en el 40 aniversario de la recuperación del autogobierno en 1977, se produce otra intervención. Cada episodio de este tipo tuvo sus propias características pero hay un nexo común en una comunidad que inventó la era de los gobiernos regionales en España. Tal vez sea un buen momento para coger perspectiva ante el llamado problema catalán.
Al aplicarse el artículo 155 de la Constitución española, el día a día de la política catalana parece que va a gestionarlo Soraya Sáenz de Santamaría, lo que hará posible que el presidente Mariano Rajoy pueda hacer política. Pero, obviamente, no solo él debe hacer política en España y en Cataluña; máxime cuando está abierta la vía de una reforma constitucional y el Gobierno de España está en minoría en el Congreso.
Las últimas encuestas indican que el independentismo mantendría su mayoría sin llegar al 50%, pero sea cual sea su nivel de representación es evidente que exige encauzar su legitimidad política. Mirar para otro lado no solucionará nada. Si bien haber culpables, eso no dará solución al problema, un reto histórico que exige, sin duda, estadistas.
La agilidad y audacia de Mariano Rajoy al convocar elecciones el 21 de diciembre es meritoria pero exige reflexionar y actuar sobre la marcha, si se quieren hacer las cosas bien. En diez días se deben formalizar las coaliciones electorales para el 21-D en Cataluña, así que el reloj ha comenzado a correr para el PDECat y ERC, que deben tomar una decisión sobre presentarse o no y si lo hacen en una lista conjunta. De entrada, la CUP parece reacia a presentarse a las próximas elecciones autonómicas.
De lo que se trata ahora es de mirar al futuro con los mimbres que hay, lo cual no será fácil, pero tampoco imposible. Hay países -entre ellos España- que se levantaron tras guerras y dictaduras. Por tanto, la situación, siendo grave, tampoco es una tragedia. Cataluña tiene mimbres suficientes para salir adelante y a España eso es algo que también le vendrá bien. Seguramente hace falta tiempo para encontrar su encaje pero la historia debería enseñarle a los actuales líderes y a los que vendrán que no merece la pena repetir los errores del pasado. No solo se trata de recomponer la situación política en Cataluña, devolviendo a los catalanes sus instituciones de autogobierno, sino de superar -de verdad- la crisis constitucional más grave que ha enfrentado la democracia española en sus cuarenta años de vida.


A vueltas con España - La hora de Mariano Rajoy

22.10.17 | 08:42. Archivado en José Luis Gómez


MADRID, (OTR/PRESS)

Ya se sabe con bastante detalle lo que quiere hacer Mariano Rajoy en Cataluña -en síntesis destituir a Puigdemont y al Govern y recortar las competencias del Parlament- y ahora queda por saber lo que se hará realmente, para lo cual no solo habrá que observar sus movimientos -formalmente en manos del Senado, que debe autorizarle-, sino también los de quienes abanderan la independencia de la comunidad autónoma catalana. Tal vez en dos tiempos: primero para saber qué pasa durante el proceso de intervención del Govern y de la tutela del Parlament por parte del Senado, y después para valorar el resultado de las elecciones autonómicas, el objetivo final de esta compleja operación política en la hora de Rajoy.
Son muchas las incógnitas -nada nuevo en los últimos tiempos cuando se habla de Cataluña- y pocas las certezas. Ya lo dijo Aristóteles: "No es suficiente con imaginar un gobierno perfecto e ideal, pues lo que se necesita sobre todo es un gobierno practicable, que impulse medidas de sencilla y segura implementación".
Los estadistas pasan a la historia por saber ver las cosas a tiempo y por saber encauzarlas con inteligencia, rara vez por la fuerza. Lo demostraron Helmut Kohl en la unificación de Alemania, Adolfo Suárez en el manejo de la Transición en España o Nelson Mandela en la democratización de Sudáfrica. También otros estadistas como Winston Churchill, Abraham Lincoln, Theodore Roosevelt y, a menor escala, François Mitterrand o Felipe González. Si bien cada uno tuvo tu especialidad y en algún momento tuvo que elegir un camino, ninguno de ellos se la jugó en un órdago. Todos ellos son políticos asociados a largos procesos históricos, con mucha política de por medio.
En el caso del problema de Cataluña han estado en primera línea los jueces y los fiscales -también los policías- para frenar al secesionismo, pero apenas hubo turno para la política a pecho descubierto. Hay quienes ven en estas medidas de Rajoy un compromiso con hacer política, lo cual puede ser cierto en la medida en que finalmente da él la cara, pero lo hace con una herramienta de alto riesgo, partiendo de un relato de lo sucedido bastante coloquial, en el que, sin dejar de arrimar el ascua a su sardina, se olvidó al menos de dos cosas: de una mínima autocrítica y de valorar el controvertido papel histórico del PP en relación con Cataluña.
Mariano Rajoy ha envuelto sus objetivos en papel de regalo -recuperar la legalidad para restituir la vigencia de la Constitución española y del Estatuto, volver a la normalidad y recuperar la convivencia, continuar con la recuperación económica, hoy en evidente peligro, y celebrar elecciones- pero el camino trazado para ello no parece fácil. Le asiste -es verdad- la legalidad española, con la que en Cataluña no solo debe imponerse sino también saber convencer. Veremos.


A vueltas con España - ¿Una Cataluña sin euro?

15.10.17 | 08:42. Archivado en José Luis Gómez


MADRID (OTR/PRESS)

El escritor y académico Antonio Muñoz Molina describe con todo lujo de detalles en el diario El País, el medio español de mayor circulación en el exterior, que "una parte grande de la opinión cultivada", en Europa y América, "y más aún de las élites universitarias y periodísticas", prefiere mantener "una visión sombría de España, un apego perezoso a los peores estereotipos, en especial el de la herencia de la dictadura, o el de la propensión taurina a la guerra civil y al derramamiento de sangre". Y, con toda su buena intención, el mundano Muñoz Molina constata que a los independentistas catalanes no les ha costado "un gran esfuerzo, ni un gran despliegue de sofisticación mediática", volver a su favor en la opinión internacional "eso que ahora todo el mundo se ha puesto de acuerdo en llamar "el relato"".
Es probable que no le falte razón a este académico en muchas cosas de las que observa, aunque algunas serían matizables, especialmente dos: 1) España es una economía internacionalizada, de las más importantes del mundo, y tiene el aval de la marca Unión Europea y del euro. Y 2) Al menos los centenares de millones de turistas que a lo largo de los años han visitado España saben, por su propia experiencia, que carece de fundamento una visión tan sombría de España.
A los efectos de la posible independencia de Cataluña, claro que pesa todo el relato de Antonio Muñoz Molina, pero como dirían los portugueses "máis non sempre". Es decir, no en todos los frentes, especialmente en la realpolitik, esto es, la política o diplomacia basada en intereses prácticos y acciones concretas, sin atender a la teoría o la filosofía como elementos formadores de políticas. Ni la Unión Europea (UE) ni los principales países del mundo van a apoyar la independencia de Cataluña, aunque no falten medios intelectuales de esos entornos que expliquen las bondades de construir una gran UE con estados más pequeños, de la dimensión de EE UU, donde son excepción casos como el de California, que vendría a ser su Alemania.
Resolver los problemas de fondo que plantea con minuciosidad el académico Muñoz Molina exige tiempo -seguramente una generación o más- y una profunda transformación de España como estado, de modo que sea posible que todos sus ciudadanos o al menos una gran mayoría en todos sus territorios, sin excepciones, sientan como propia su Constitución, su forma de Estado, su bandera, su himno y tantos otros elementos comunes que todos sabemos que asume, sin ir más lejos, un vecino de Francia. Si España no es como Francia en ese sentido es por razones culturales, históricas, políticas, sociales, religiosas e incluso económicas. Valores como el laicismo marcan más la frontera entre España y Francia que los Pirineos.
Dicho todo lo cual, en el corto plazo hay una realpolitik aplicable a los catalanes, sean o no sean partidarios de seguir en España, acepten o denigren una Constitución por lo demás en incipiente proceso de cambio, que es el imperio del euro y todo el peso político de la Unión Europea. Si Alemania no quiere, Cataluña no será independiente a corto plazo, porque fuera del euro, la próspera Cataluña se vendría abajo. Una economía exportadora como la suya tendría que dotarse de una moneda propia devaluada con respecto al euro. Un verdadero disparate no para la CUP, que habla incluso de aceptar ese escenario, pero sí para la derecha económica catalana, sus ejecutivos y trabajadores mejor remunerados, sus rentistas y sus payeses más ricos. En Cataluña no persiguen la independencia los obreros del cinturón industrial de Barcelona, sino las clases medias y las más pudientes. La base cristiana de la ANC es más que evidente. Estamos ante una posible rebelión burguesa, no ante una revolución del proletariado.


A vueltas con España - La realpolitik pisa fuerte

08.10.17 | 08:42. Archivado en José Luis Gómez


MADRID, (OTR/PRESS)

Tal vez es pronto para concluir que la realpolitik se ha impuesto en Cataluña de manera definitiva pero lo que es evidente es que el ejercicio de la política basado en intereses y no en ideales se está abriendo paso, pisando fuerte.
Simultáneamente, se observa algo no menos llamativo: los líderes que más salen en televisión y que dominan las redes sociales no están siendo los más influyentes ni los más resolutivos en estos momentos decisivos en Cataluña.
Si ahora contabilizásemos en Google o en cualquiera de las grandes redes sociales las referencias de figuras como Angela Merkel, Mario Draghi, Isidro Fainé, Luis María Linde, Luis de Guindos e incluso Artur Mas al procés, ninguno de ellos encabezaría ningún ranking. Por el contrario, si hiciéramos el mismo ejercicio con Carles Puigdemont, Oriol Junqueras, Carme Forcadell, Soraya Sáenz de Santamaría, Jordi Sànchez, Jordi Cuixart o Josep Lluís Trapero veríamos que son los grandes protagonistas, más incluso que Mariano Rajoy o Felipe VI. La realpolitik sitúa en cambio a los primeros como los realmente influyentes.
En Cataluña no sucederá nada que se escape al control de Angela Merkel ni de Mario Draghi. Basta ver lo que hizo Isidro Fainé con Caixabank -la primera entidad financiera doméstica de España- y Gas Natural Fenosa para comprobarlo. Pero ninguno de ellos ha dado explicaciones sobre una serie de medidas financieras y empresariales que han dejado al independentismo paralizado. Frío. Tanto es así que Artur Mas, el político que puso a Puigdemont al frente de la Generalitat, dice ahora que Cataluña no está lista para la "independencia real".
¿Se reduce todo al traslado de la sede social de una larga lista de bancos y empresas catalanas, entre ellas Caixabank, Sabadell, Gas Natural Fenosa, Agbar y Criteria? No. Lo que sucede es más profundo y tiene que ver con la viabilidad de una Cataluña independiente. Fuera de la Unión Europea y de la tutela del Banco Central Europeo, los catalanes vivirían peor. La estrategia inteligente para los unionistas no es la policial, ni siquiera la judicial, es la económica. Porque es ahí donde se encuentra el verdadero valor compartido entre Cataluña y España: el dinero. A ojos de los idealistas y románticos -de uno y otro lado- puede parecer triste y desolador, pero es algo tan real como la vida misma. Como la realpolitik.


A vueltas con España - Ante un cambio constitucional

01.10.17 | 08:42. Archivado en José Luis Gómez


MADRID, (OTR/PRESS)

Cuando se redactó la Constitución en 1978 no existían las autonomías como se conocen ahora -solo había una simbólica preautonomía en algunas comunidades- y España no había ingresado en la entonces llamada Comunidad Económica Europea (CEE), la actual Unión Europea (UE), efectiva desde enero de 1986. Son, pues, millones los españoles que al no superar los 57 años no tuvieron ocasión de pronunciarse sobre la Carta Magna.
En este contexto de tanto cambio político y de una copiosa redistribución de competencias es comprensible que se observen desajustes de alcance en la maquinaria de las distintas administraciones y, por esa misma razón, que las nuevas instituciones traten de encontrar el mejor engranaje para atajar el conflicto o deshacerse del lastre. La distinción entre regiones y nacionalidades que hace la Constitución no siempre se cumplió -el café para todos no solo ofrece ventajas, también inconvenientes-, lo cual quizás también tiene algo que ver con las causas de la actual crisis territorial, por lo demás sujeta a los vaivenes que desató la reciente gran crisis económica y financiera.
La complejidad aumenta más, si cabe, a medida que se producen intervenciones directas de la UE o del Banco Central Europeo (BCE), fenómeno reciente pero de un calado extraordinario, debido a la gravedad de la crisis financiera de España, especialmente a partir de mayo de 2010.
En un momento dado se apeló a la crisis como pretexto para aplazar la reforma de la Constitución cuando resulta que la actual se elaboró en medio de otra gran crisis política y económica. La condición necesaria sería en todo caso que el nuevo consenso necesario no sea inferior al de 1978, pero no que hay crisis.
El temor es a Cataluña, dadas sus expectativas de cambio de estatus político, pero esta circunstancia se ha visto superada por el llamado procés. Hoy, una vez descontado el 1-O, no hay disculpa posible para no reformar y actualizar la Carta Magna. Todas las cartas están encima de la mesa y boca arriba.
Ni siquiera se parte de cero, ya que hay algunas cosas que prácticamente las asumen todos los partidos políticos, como el fin de la prevalencia del varón sobre la mujer en la sucesión de la Corona, recoger en la Constitución el hecho de la integración europea de España, la reforma del Senado y la inclusión de los nombres de las comunidades autónomas en el texto legal. Y a partir de ahí queda el encaje de Cataluña, con las lógicas repercusiones que puede tener en las demás comunidades. No por ser difícil deja de ser un reto político histórico y apasionante.


A vueltas con España - Una posible solución para todos

24.09.17 | 08:42. Archivado en José Luis Gómez


MADRID, (OTR/PRESS)

Ante el 1-O, es tal la presión del calendario y de los tensos acontecimientos políticos, judiciales y policiales que casi todas las energías del Gobierno de España se centran en restaurar la legalidad constitucional en Cataluña. Pero si bien se justifica imponer la ley, no es menos necesario atacar el origen del problema, que es político, lo cual exige dialogar con el independentismo. Hoy por hoy, casi todo pinta bastante mal en Cataluña, mientras las medidas que se van tomando, por unos y por otros, solo echan más leña al fuego. Hay quien, como el periodista Antonio Franco, ironiza en El Periódico de Catalunya con que no todo está perdido... porque desde ahora hasta el 1 o el 2 de octubre todavía se puede perder más. Y si no se hace nada, por desgracia, tal vez será así.
Hace tiempo que no hablo con Mariano Rajoy porque pasó lo que pasó, lo cual a estas alturas ya es lo de menos, pero hubo épocas, que duraron varios años, en las que conversábamos a menudo, tanto en Madrid como en Galicia, y no nos fue del todo mal. Sobre todo a él, que ahora es presidente del Gobierno. Rajoy es resolutivo a cámara lenta pero en cambio es dialogante y encaja bien. Eso sí, cuando vienen mal dadas se moja poco. Plantearle una propuesta abierta para Cataluña puede darle vértigo, pero éste desaparecería si viese que es una solución para todos. O si al menos percibiese la esperanza de que no empeorará lo que hay. Es una extrapolación de lo que pude intuir durante años desde la Barcelona que me acogió cuando, como sabe Rajoy, también pasó lo que pasó; desde la ciudad donde el destino profesional nos llevó a los dos, Madrid, y desde nuestra tierra de origen, Galicia, la cuna de su aversión al nacionalismo y al mismo tiempo elemento de contraste con Cataluña, donde como él mismo me decía lo trataban mejor que en Galicia.
La mejor defensa de la Constitución sería reformarla con modernidad y realismo, con la ventaja añadida de que ese apostolado podría alejar la independencia de Cataluña. Siguiendo el argumento del exdirector del diario de referencia de Grupo Zeta, así podría ser: o bien porque otra Constitución posibilite un nuevo pacto estatutario o bien porque haga posible una consulta donde el Estado tendría que tener una alternativa seductora para que no salga un "sí" a la independencia. Nada distinto, en este caso, de lo que sucedió en el Reino Unido con el referéndum en Escocia. Es más: ¿sería posible la solución propuesta por The New York Times, partidario de que el Estado permita un referéndum y que, por su parte, los catalanes respondan rechazando la independencia de Cataluña, como hicieron en su día los ciudadanos de Escocia y Quebec?

Con otras palabras viene a decir algo parecido el periodista Luis Mauri, también en El Periódico de Catalunya, cuando explica que el único modo de salir bien de esta es ponerse a cambiar las voluntades políticas a partir del 2-O, partiendo de que en toda democracia la ley es la garantía fundamental, pero no puede ser la única y cerril respuesta a los grandes desafíos políticos.
Mariano Rajoy conoce bien cómo son todas estas cosas y si hasta ahora no acertó con la designación de interlocutores con Barcelona -ya vio que no basta con la Brigada Aranzadi-, también sabe que en el PP tiene algún que otro político que sabría reconducir la situación, si se lo pide. Y no porque haya magos por ahí sueltos, sino por sus conocimientos sobre Cataluña y el nacionalismo y, especialmente, por su talante y experiencia política. Podría ser una pena no tirar ahora de alguien así -hay quien puede buscar esa salida negociada- y de alguna manera no repetir la jugada que hizo José María Aznar con él cuando le pidió que negociara con los nacionalistas catalanes y vascos, cosa que hizo, por cierto.
La propuesta que desprende este análisis -en parte una carta abierta a Mariano Rajoy- no debe alargarse, yendo dirigida a quien va dirigida, y por eso termina aquí. Pero no sin antes recapitular sobre una idea: el enfrentamiento entre las instituciones españolas y catalanas no traerá nada bueno para la convivencia de la gente, mientras que una cesión a Cataluña en busca de un acuerdo podría evitar que al menos no empeoren las cosas. Como advirtió Enric Juliana desde La Vanguardia, que se cuide Rajoy de los irresponsables que le piden la humillación de las instituciones catalanas. ¿O no?


A vueltas con España - Un 1-O ilegal pero con riesgos

17.09.17 | 08:42. Archivado en José Luis Gómez


MADRID (OTR/PRESS)

El problema de este referéndum catalán -otra cosa sería uno legal- no es solo que sea inconstitucional, sino que no es democrático. Como advierte Josep María Castellà Andreu, profesor titular de Derecho Constitucional de la Universitat de Barcelona y miembro de la Comisión de Venecia -órgano consultivo del Consejo de Europa-, el uso de consultas directas debe ser permitido solo donde está previsto por la Constitución o una ley en conformidad con ella. En realidad, son muchos más los argumentos que prueban que esta consulta carece de bases democráticas, en el fondo y en la forma, pero eso es algo que no todos los partidos asumen, empezando por los independentistas. También hay confusión entre los comunes.
Ahora bien, el barullo que rodea el 1-O es grande, hasta el punto de que ni siquiera todos los convocantes -y no digamos todos los partidos- están de acuerdo sobre el significado del propio referéndum. Pero si hay urnas -algo que el Gobierno español quiere evitar- parece asegurada la declaración de independencia de JxSí y la CUP, ya que los organizadores parten de que incluso con una participación del 20 por ciento los resultados serán válidos y se deberán aplicar. Otra cosa, claro, es que haya independencia.
¿Entonces no hay riesgo de independencia en Cataluña sobre bases ilegales e inconstitucionales? Sobre el papel no debería haberlo, pero hay países -Turquía, Rusia, Venezuela y varios estados africanos y asiáticos- donde también se pusieron urnas ilegales que surtieron efectos políticos. Por tanto, algún riesgo sí que puede haber, por extraño que parezca en un país democrático, miembro de la Unión Europea.
En buena lógica, el verdadero riesgo es otro: la división política de los catalanes y su deriva tras el 1-O. Si fracasa el referéndum -y la opción de la independencia-, se supone que habrá elecciones autonómicas en un clima de alta tensión, cuyo resultado podría complicar más las cosas para los intereses generales del Estado. Solo el diálogo político puede encauzar el fondo del problema y solo un discurso del Estado en clave catalana puede dar una alternativa convincente. La Constitución del 78 y el propio Estado de derecho pueden ser útiles para frenar el 1-O pero en algún momento tendrán que aflorar estadistas capaces de dar salida a este grave problema político que se vive en Cataluña.


A vueltas con España - La salida democrática

10.09.17 | 08:42. Archivado en José Luis Gómez


MADRID, (OTR/PRESS)

Quedan tres semanas para el 1-O y no es fácil encontrar puntos de acuerdo entre los grandes bloques políticos de Cataluña ante la tensa situación actual. Pero tampoco parece imposible. En una democracia, el callejón tiene que tener salida. Malo si no la tiene, porque en ese caso no hablaríamos de democracia.
¿Cuál es la situación de partida? El periodista Antonio Franco, exdirector de El Periódico de Catalunya, cree que casi media Cataluña, constituida por independentistas reales y compañeros de viaje irreversiblemente hartos de la España que encarna Rajoy, ha decidido irse; otra casi media Cataluña, tan decepcionada por esa misma España como por la indefinida y poco democrática propuesta soberanista de Junts pel Sí, apuesta por grandes cambios en el Estado, y una pequeña minoría -la que estrictamente vota en Cataluña al PP- acepta seguir como hasta ahora.
Este diagnóstico descriptivo y a la vez crítico con los dos bloques en conflicto en Cataluña permite intuir que la salida democrática no será la imposición. La actual vía independentista no es legal ni ofrece suficientes garantías, por lo que no constituye una salida democrática, y la vía del Estado, a expensas de una reforma constitucional, está por definirse en el Congreso de los Diputados, porque lo que existe no es una alternativa política ante un problema político sino una reacción legal ante una grave crisis institucional. Falta, pues, algo esencial: definir las alternativas por vías democráticas, que necesariamente deben ser legales. Según la Constitución, solo las Cortes Generales ejercen la potestad legislativa del Estado.
Como sostiene el notario catalán Juan-José López Burniol, si se pacta el reconocimiento de la singularidad de Cataluña, la contrapartida catalana, implícita en la aceptación por los catalanes mediante referéndum de la propuesta del Gobierno español, sería el reconocimiento del marco constitucional de España.
Todos los conflictos de esta naturaleza requieren tiempo para alcanzar un acuerdo, salvo que se resuelvan por vías no democráticas. También requieren calma o, si se prefiere, hablar al margen del suflé que suele generarse. En el Gobierno de Cataluña hay un suflé independentista y en el de España hay un suflé legalista, que no contribuyen a encontrar la salida. Tal vez se avance y se supere el bloqueo cuando intervenga el Congreso de los Diputados, el gran ausente de todo este proceso.


A vueltas con España - La manipulación se agranda

27.08.17 | 08:42. Archivado en José Luis Gómez


MADRID, (OTR/PRESS)

Atentados como los de Barcelona y Cambrils (Tarragona), con tantas personas muertas y tantos heridos, víctimas del terrorismo basado en una visión extremista del islam, tiene tal impacto en la sociedad -una sociedad plural- que es lógico que desate tantas reacciones, a veces convergentes -caso de la multitudinaria manifestación de este sábado en Barcelona- y otras completamente divergentes. Es normal, ya que la gente es muy diversa, como la propia sociedad en su conjunto. Tal vez fue siempre así y la diferencia está en que ahora lo sabemos al instante, gracias a las redes sociales. El problema de que la gente -opinando- reaccione de maneras divergentes -incluso raras y extravagantes- no debería serlo en una sociedad que disfruta de la libertad de expresión, salvo que no aceptemos ese principio -¿universal?- del lingüista, filósofo, politólogo y activista estadounidense Noam Chomsky cuando nos recuerda que "si crees en la libertad de expresión entonces crees en la libertad de expresión para puntos de vista que te disgusten".
Desde una sociedad democrática, institucionalizada, el problema de las opiniones discrepantes -tirándose los trastos a la cabeza- está en la manipulación que hacen las instituciones, ya que éstas deben ser de todos y no de una parte. No debe pasar nada -ni pasa- cuando una persona suelta algo procedente o improcedente en su Twitter, pero sí debería pasar algo cuando una persona utiliza su cargo público para manipular a la sociedad, sea cual sea su intención. ¿Y si lo hace un periodista, que no es solo una persona de la calle ni un cargo público, incluso si trabaja para un medio público? En ese caso se supone que hay unas reglas profesionales que deben cumplirse -una ética periodística- y unas responsabilidades editoriales de sus jefes y editores.
Durante años hubo infinidad de acusaciones a los medios públicos por manipulación, cuyos críticos se iban relevando según las etapas de alternancia en el Gobierno. Salvo en la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero, gracias a un pacto PSOE-PP para RTVE, en España ha habido escasa sensibilidad por implantar aquí las buenas prácticas de la BBC, pero ahora a este problema social -y no solo periodístico- se suma el uso que hacen no solo algunos medios públicos, sino también muchas instituciones públicas y ciertos partidos políticos de las tácticas de manipulación y burda propaganda importadas de ambientes conservadores de EE UU, radicalizados, que a menudo son puras réplicas de las malas prácticas de los propagandistas del nazismo. Curiosamente, en España, lo que en EE UU se hace casi siempre a la derecha, muy extrema, aquí puede suceder que se haga a derecha e izquierda, sin excluir al nacionalismo periférico.
El modelo, que algunos vinculan a la posverdad y palabras por el estilo inventadas sobre la marcha, está estrechamente ligado al populismo y tiene un hilo conductor de manual, basado en la insinuación, la presuposición y el sobrentendido, la falta de contexto y la inversión de la relevancia: los detalles frente al fondo de las cosas, lo que da pie a la llamada poscensura, que no es otra cosa que la inquisición popular que a veces domina las redes sociales. Dicho en otras palabras: en esta perversa manera de entender la comunicación, no hay nada más eficaz que un engaño basado en verdades, o envuelto sutilmente en ellas. La manipulación se agranda en España y el momento actual no es especialmente constructivo pero seguro que tiene arreglo con más cultura.


Domingo, 21 de enero

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