Opinión

Isaías Lafuente - ¿Qué busca el juez?

16.11.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 15 (OTR/PRESS)

El tribunal que juzga en Navarra a los cinco acusados de la presunta violación múltiple de una joven madrileña durante los sanfermines de 2016 ha admitido el informe de unos detectives privados contratados por una de las defensas que la siguieron durante las semanas posteriores rastreando sus redes sociales y las imágenes de las cámaras de seguridad del barrio en el que vive. Argumentan que pretenden analizar el comportamiento de la víctima después del suceso.
No hace falta ser experto en la defensa de presuntos criminales como para imaginar que buscarán cualquier comportamiento festivo que contradiga el supuesto duelo que debería vivir la víctima de un suceso tan traumático. Como si la mujer agredida no tuviera derecho a conjurar el shock retornando a la vida normal y como si una actitud semejante fuese atenuante del crimen.
No juzgaremos la estrategia de defensa de ese letrado, aunque nos parezca sórdida, pero sorprende que si el juez considera, por las razones que sea, que el comportamiento de la denunciante en los días posteriores al suceso es relevante para formarse juicio sobre lo sucedido no haya sido él quien ordenase directamente esa investigación a los cuerpos policiales. Y no es lo más chocante de esta decisión procesal. Indigna que ese mismo juez que admite un informe de detectives privados sobre los pasos posteriores de la presunta víctima rechazase como pruebas de cargo en el juicio los burdos mensajes compartidos por los acusados y sus amigos por Whatsapp en los días previos, en los que quedan patentes algunas de sus obsesiones sexuales y de las intenciones que tenían de llevarlas a la práctica en Pamplona.
Ahora sólo queda que el tribunal juzgue lo que debe y eso es lo que sucedió aquel día y en aquel portal. Y que esta polémica decisión del juez, que admite rebuscar en los días posteriores de la presunta víctima y no en los días anteriores de los presuntos autores, quede como triste anécdota. Porque del tiempo posterior, si la justicia demuestra que las cosas fueron como parecen, lo único que cabe esperar es que los agresores paguen por su delito y que la chica agredida haya sido capaz de retomar su vida y de disfrutar como solía antes de aquella noche, intentando que la normalidad vaya cerrando poco a poco una herida tan brutal.


Isaías Lafuente - Acabarán jugando de negro

09.11.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 8 (OTR/PRESS)

Por si no tuviéramos pocos problemas encima, ahora estamos a vuelta con la camiseta. Hace unos días conocimos la que lucirá la selección española de fútbol en el próximo Mundial, una versión evolucionada de la que vistieron en el del 94. Se podía haber armado revuelo por el desorbitante precio de una prenda que no está al alcance de todos. Pero no. La polémica se ha suscitado porque donde la marca fabricante Adidas jura que es "azul petróleo" otros han visto un claro color morado y se han felicitado o se han escandalizado, que la cosa va por barrios, con la presunta combinación republicana de colores junto al rojo y al amarillo. El ridículo debate se prendió y animó en las redes sociales, pero atravesó líneas cuando el presidente interino de la FEF, Juan Luis Larrea, dijo que "al gobierno lo le hacía gracia ni el lío ni la camiseta", y cuando el ministro portavoz Méndez de Vigo afirmó que la selección "había tenido camisetas más bonitas en el pasado".
La cuestión es que este miércoles era el día de la presentación oficial de la camiseta y al acto, para el que se había contratado hasta un helicóptero para hacer más espectacular el momento, se le ha dado finalmente un tratamiento discreto para no llamar mucho la atención. Pero se ha conseguido justo el efecto contrario, como cualquier becario en materia de comunicación podría haber previsto: en vez de amainar la tormenta se ha disparado.
Como la selección tiene cosas más importantes de qué preocuparse en estos momentos y como la propia FEF tiene también cruciales asuntos pendientes, como sustituir al presunto delincuente que aún no ha sido relevado de su puesto sin saber muy bien a qué están esperando, sólo cabe desear que frenen las interpretaciones cromáticas y que nadie vea senyeras en las mangas de las camisetas ni reinterprete que nuestro histórico rojo es en realidad un guiño al centenario de la revolución bolchevique. Porque veo que a este paso nuestros jugadores acabarán compitiendo vestidos de negro para que nadie les saque los colores.


Isaías Lafuente - Los puigdemonios

02.11.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, (OTR/PRESS)

Hace 40 años, Josep Tarradellas regresó a España después de padecer un largo exilio y se convirtió en el presidente de una Generalitat recuperada, encarnando con su acción política la condición de "muy honorable" que protocolariamente acompaña a los presidentes catalanes. De él, hemos desempolvado en estos días aciagos una frase genial sobre la actividad de los representantes públicos. En política, sostenía Tarradellas, se puede hacer de todo menos el ridículo. La peripecia de Carles Puigdemont desde que el pasado 27 de octubre fuese destituido junto a su gobierno en aplicación del 155, que ponía fin a una efímera república catalana, demuestra que el expresidente no tomó buena nota de lo que dijo el honorable Tarradellas.
Rozó el ridículo la foto que difundió en Instagram, en las primeras horas del lunes, en las que se veía el interior del palacio presidencial. Parecía que estaba en su despacho a la espera de acontecimientos, pero poco después supimos que mientras jugaba al despiste estaba emprendiendo viaje a Bruselas. Desde allí, al día siguiente, protagonizó una rueda de prensa en la que, a pesar de hablar en cuatro idiomas, no se entendió nada de lo que quería decir. Una comparecencia cargada de contradicciones y de efectos secundarios que seguramente no previó en su universo paralelo.
Buscaba internacionalizar su causa, pero ni antes ni después de su intervención ha logrado un solo apoyo para la misma. Cargó contra el autoritarismo de un presunto estado opresor que, sin embargo, ha recibido apoyos de todo el mundo para hacer cumplir la ley con la ley en la mano para reinstaurar la normalidad. Dijo que el gobierno español no persigue delitos sino ideas, cuando es la forma de lograr la idea la que está investigando la justicia. Sin reconocer su cese, se presentó como presidente en el exilio de una república al mismo tiempo que aceptaba las elecciones autonómicas convocadas por quien lo cesó. Dijo no estar huido, pero sin aclarar si volverá, ni cuándo, a pesar de que tiene cita el jueves en la Audiencia Nacional. Apeló a la resistencia civil cuando afirmó que quienes defendieron los colegios en el referéndum ilegal del 1 de octubre defenderían ahora las instituciones catalanas. Un llamamiento a ciudadanos y funcionarios que seguían en sus casas y en sus puestos de trabajo mientras él ponía tierra de por medio.
Carles Puigdemont ha tenido a lo largo del intenso mes de octubre muchas ocasiones para frenar y regresar a la realidad, pero en cada una de ellas decidió pisar el acelerador de la irrealidad. No la irrealidad de la independencia sino de la vía escogida para conseguirla. Hoy, El Periódico de Cataluña, que junto a La Vanguardia y Ara le pidió la víspera de la estrafalaria proclamación de la república que convocase elecciones para evitar males mayores, abre su edición con un elocuente titular: "President, déjelo ya". Veremos si toma nota en esta ocasión.


Los puigdemonios - Isaías Lafuente

02.11.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, (OTR/PRESS)

Hace 40 años, Josep Tarradellas regresó a España después de padecer un largo exilio y se convirtió en el presidente de una Generalitat recuperada, encarnando con su acción política la condición de "muy honorable" que protocolariamente acompaña a los presidentes catalanes. De él, hemos desempolvado en estos días aciagos una frase genial sobre la actividad de los representantes públicos. En política, sostenía Tarradellas, se puede hacer de todo menos el ridículo. La peripecia de Carles Puigdemont desde que el pasado 27 de octubre fuese destituido junto a su gobierno en aplicación del 155, que ponía fin a una efímera república catalana, demuestra que el expresidente no tomó buena nota de lo que dijo el honorable Tarradellas.
Rozó el ridículo la foto que difundió en Instagram, en las primeras horas del lunes, en las que se veía el interior del palacio presidencial. Parecía que estaba en su despacho a la espera de acontecimientos, pero poco después supimos que mientras jugaba al despiste estaba emprendiendo viaje a Bruselas. Desde allí, al día siguiente, protagonizó una rueda de prensa en la que, a pesar de hablar en cuatro idiomas, no se entendió nada de lo que quería decir. Una comparecencia cargada de contradicciones y de efectos secundarios que seguramente no previó en su universo paralelo.
Buscaba internacionalizar su causa, pero ni antes ni después de su intervención ha logrado un solo apoyo para la misma. Cargó contra el autoritarismo de un presunto estado opresor que, sin embargo, ha recibido apoyos de todo el mundo para hacer cumplir la ley con la ley en la mano para reinstaurar la normalidad. Dijo que el gobierno español no persigue delitos sino ideas, cuando es la forma de lograr la idea la que está investigando la justicia. Sin reconocer su cese, se presentó como presidente en el exilio de una república al mismo tiempo que aceptaba las elecciones autonómicas convocadas por quien lo cesó. Dijo no estar huido, pero sin aclarar si volverá, ni cuándo, a pesar de que tiene cita el jueves en la Audiencia Nacional. Apeló a la resistencia civil cuando afirmó que quienes defendieron los colegios en el referéndum ilegal del 1 de octubre defenderían ahora las instituciones catalanas. Un llamamiento a ciudadanos y funcionarios que seguían en sus casas y en sus puestos de trabajo mientras él ponía tierra de por medio.
Carles Puigdemont ha tenido a lo largo del intenso mes de octubre muchas ocasiones para frenar y regresar a la realidad, pero en cada una de ellas decidió pisar el acelerador de la irrealidad. No la irrealidad de la independencia sino de la vía escogida para conseguirla. Hoy, El Periódico de Cataluña, que junto a La Vanguardia y Ara le pidió la víspera de la estrafalaria proclamación de la república que convocase elecciones para evitar males mayores, abre su edición con un elocuente titular: "President, déjelo ya". Veremos si toma nota en esta ocasión.


Isaías Lafuente - El proceso y el procés

26.10.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

Estamos tan ocupados con el procés que no tenemos ojos para mirar el proceso. El juicio por una de las patas de la trama Gürtel está dando sus últimos pasos y la fiscal, Concepción Sabadell, ha presentado unas conclusiones demoledoras que desmienten la versión sostenida en estos años por el PP. Considera "meridianamente acreditado" que Luis el cabrón es Luis Bárcenas, ese personaje que antes de ser "la persona de la que usted me habla" era un hombre que recibía mensajes de apoyo presidenciales -"Luis sé fuerte"- y al que se le puso alfombra roja en su apartamiento del partido con un estrafalario "despido en diferido en forma de simulación".
Además sostiene la fiscal que ha quedado "plena y abrumadoramente acreditada" la caja B del PP y afirma que existe "sobrada prueba" de que el partido se ha beneficiado de la actividad delictiva de la trama. Pruebas, por cierto, conseguidas al margen de la colaboración del PP que, mientras proclamaba su plena colaboración con la justicia y su deseo de que todo se aclarase, se dedicaba a destruir discos duros a martillazos.
Las conclusiones de la fiscal son muy duras. Nos hablan de cómo los delincuentes de la Gürtel se instalaron en la calle Génova o paseaban por su edificio como Pedro por su casa, de cómo con el fruto de su actividad se alimentaba una caja paralela en el PP que se ocultaba a Hacienda, algo no muy presentable en un partido de Gobierno que después vigila, como debe ser, que los ciudadanos no escapemos a nuestras obligaciones fiscales. Y lo que es peor, las pruebas documentan cómo parte de ese dinero sirvió para repartir sobresueldos o financiar campañas electorales en las que el PP iba dopado económicamente, disfrutando de una ventaja ilegítima.
Tendremos que esperar a la sentencia del tribunal puesto que mientras no se produzca es "todo presunto", como diría Mariano Rajoy. Pero si los jueces hacen suyas las conclusiones fiscales será muy difícil encontrar, después del procés, un proceso en el que se haya vulnerado más la Constitución, la ley y el debido respeto a los ciudadanos que en esta escandalosa trama. Un proceso que ha quedado enterrado estas semanas por un procés que nos tiene más ocupados en lo que presuntamente va a pasar en Cataluña que en lo que presuntamente pasó en el PP.


Isaías Lafuente - Lógica aplastante

19.10.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

Jaime Bárcena es un niño de siete años que resolvió un ejercicio de matemáticas con una peculiar respuesta. Al niño se le pedía escribir con cifras "los siguientes números" expresados con letras y el niño, con una lógica aplastante, no transcribió las cifras sino que escribió los números "que seguían" a los enunciados en el ejercicio. El profesor no dio por válida la respuesta y la tachó en rojo. El padre de Jaime ha compartido en Twitter lo que considera un despropósito y la historia se ha hecho viral.
Puede parecer una sencilla anécdota, pero no lo es. Porque quizás el profesor no haya sido consciente de la confusa polisemia que encerraba su enunciado y que abría dos posibles respuestas, cosa que sería preocupante. Pero aún sería más grave si, siendo consciente de su error, no ha valorado la correcta y genial respuesta del chavalillo por pura soberbia, sin hacer autocrítica. Todos guardamos en nuestra memoria perfiles de maestros y maestras maravillosos, pero también recordamos excepciones de malos docentes o de docentes que, sencillamente, tienen malos días. Como todos los tenemos.
Sólo cabe desear que Jaime vea revisado su ejercicio, porque el padre del niño considera que quien lo corrigió es "un gran profe" y porque el chaval promete. Y, en general, cabe esperar también que nuestro sistema educativo sepa detectar y valorar la sana heterodoxia infantil, no la que es fruto de la ignorancia, que nunca debe premiarse, sino aquella que brinda desde la limpia lógica respuestas alternativas a las previsibles, la que es capaz de detectar formulaciones dudosas o de cuestionar verdades que tantas veces se nos plantean como absolutas. Un sistema con docentes que en los alumnos autores de un dibujo aparentemente estrafalario, de una redacción atípica o de una respuesta imprevisible pero argumentada, no vean a un alumno desviado sino el germen de un adulto crítico o, quién sabe, de un genio.


Isaías Lafuente - La puigverdad

12.10.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

Horas antes de la comparecencia de Carles Puigdemont en el Parlament de Cataluña, Josep Borrell dijo que preveía que el presidente catalán iba a evitar la tragedia pero iba a seguir con la comedia. Lo clavó. El discurso fue un amplio memorial de agravios -algunos de los cuales se podrían suscribir porque son historia- en el que, sin embargo, no se vislumbró la mínima autocrítica. Asistimos a una especie de "puigverdad", que como todas las verdades con prefijo suelen ser como poco medias verdades. Pero eso no era lo más importante. La ciudadanía esperaba ver si, después de haberse saltado todas las leyes del Estado al que representa en Cataluña y en virtud de las cuales es presidente, iba a incumplir también sus propias normas, suspendidas por el Tribunal Constitucional pero que él considera las Tablas de Moisés. La fundamental, la Ley de Referéndum que ordena declarar la independencia en 48 horas si tras proclamarse los resultados "oficiales" el sí hubiese ganado. Eso sucedió el viernes pasado.
Parecía imposible, pero lo hizo. Puigdemont armó un argumento según el cual "asume el mandato del pueblo de que Cataluña se convierta en un Estado independiente en forma de república" para, segundos después, "proponer que el Parlament suspenda los efectos de la declaración de independencia para que en las próximas semanas emprendamos el diálogo". Los aplausos de los miles de ciudadanos congregados en torno al Parlament tras escuchar lo primero se transformó en silencio denso y estupefacto al oír lo segundo. No arriesgaríamos mucho si dijéramos que era la digna sorpresa del engañado, del ciudadano que reclama un respeto incluso de personas que no se respetan a sí mismos.
Si no fuera todo tan grave, sería divertido el debate suscitado en las horas siguientes y entre gente muy principal y preparada, incluso entre sus exégetas, sobre si Puigdemont declaró o no la independencia. Hay quien piensa que tal declaración no se materializó en forma, imprescindible en una democracia, y hay quien sostiene que uno sólo puede suspender lo que previamente ha declarado. También el gobierno quiere aclarar el desconcierto y ha requerido al presidente catalán que despeje la duda, requisito previo además para poner en marcha el famoso artículo 155 de la Constitución.
Sospecho que no lo hará, porque si asume que ayer en su estrafalario discurso proclamó la independencia de Cataluña lo que menos le preocuparía es la aplicación de ese artículo constitucional sino la imputación automática de un juez por rebelión, en virtud del artículo 472.5 del Código Penal que, diáfanamente, describe como reos de ese delito a quienes "declaran la independencia de una parte del territorio nacional", acción que se castiga con penas de hasta 25 años de prisión. Quizás no le importe en su camino a las páginas del martirologio, pero Puigdemont, que es gente normal como dijo, sabe que mucho peor que cambiar tu domicilio fiscal es que el fiscal te cambie de domicilio.


Isaías Lafuente - El discurso del Rey

05.10.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 4 (OTR/PRESS)

El rey Felipe VI tuvo en la noche del martes una intervención extraordinaria y no tuvo una noche buena. No tanto por lo que dijo, sino por lo que no dijo. El rey levantó acta de todos los despropósitos que el gobierno y el parlamento catalanes han ido emprendiendo en su alocada carrera hacia la independencia y dejó claro que el estado de derecho responderá convenientemente al desafío. No podía decir otra cosa y a lo que dijo no se le puede poner un pero porque es el símbolo de la unidad del Estado, tal y como establece la Constitución.
Pero en el mismo artículo y en la misma línea se consagra su función arbitral y moderadora entre las instituciones del Estado. Y como buen árbitro debería haber acompañado las duras y merecidas amonestaciones a los dirigentes catalanes con otras que dejasen constancia de que la represión de esas actitudes, en una democracia, también tiene sus límites, algunos de los cuales se sobrepasaron en la aciaga jornada del referéndum ilegal. El rey no puede ignorar lo que todos los ciudadanos vimos con una indignación trasversal que no sólo toca a ciudadanos independentistas sino a quienes no lo son, ni a los ciudadanos catalanes en exclusiva, sino a muchos de los que poblamos el reino. La amonestación no merece ser simétrica, por supuesto, porque no son idénticas las responsabilidades de quien se salta la ley que las de quien intenta que se respete. Pero siendo ese el fondo, las formas en democracia son importantísimas.
También se echó en falta, en ese papel arbitral, un llamamiento al diálogo que es compatible con la firmeza en la aplicación de las leyes, como bien sabe el rey. Dialogar no es claudicar aunque para que un diálogo dé sus frutos es imprescindible la renuncia de las partes a las posiciones numantinas. Eso también lo sabe él si tomó buena nota del papel que jugó su padre en tiempos difíciles. Es verdad que un discurso primoroso no habría movido un ápice a quien hoy ya ha decidido que España no es su país. Como también lo es que muchos han aplaudido sin crítica la intervención real, incluso habrá quien hubiera deseado mayor dureza. Pero siendo rey de todos los españoles, debería haberse dirigido a los cientos de miles de catalanes que estos días se han echado a las calles y entre los que hay, todavía hoy, muchos no independentistas que reclaman cosas que podrían encajar en la ley si quienes elaboran las leyes hicieran un poco de política.


Isaías Lafuente - ¿Parlem?

28.09.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 27 (OTR/PRESS)

Hoy, en una terraza de la Gran Vía de Madrid, alguien ha desplegado una pancarta blanca en la que se lanza una pregunta: ¿Parlem? No sé si es un catalán que clama desde el corazón de Madrid o un ciudadano madrileño que, por cortesía, lanza la pregunta en ese idioma. Pero es una invitación pertinente en estos momentos críticos de oídos sordos. Porque llevamos semanas escuchando palabras que vuelan como puñales sin encontrarse, olvidando quienes las profieren que hablar, además de encadenar palabras, es comunicarse, dialogar, razonar, interceder y tratarse, a ser posible, con respeto.
Seguramente iniciar ese diálogo bloqueado requiera antes que las partes enfrentadas guarden un minuto de silencio. Por respeto a una nutrida parte de la ciudadanía que, en Cataluña y fuera de allí, no comparte al cien por cien los planteamientos de cada una de las partes pero se ve atrapada en medio del fuego cruzado. Personas que creen que la ley debe cumplirse, aunque piense que en el intento de hacer que se cumpla quizás se han sobrepasado algunas líneas. Ciudadanos que creen que una democracia debe permitir la consulta a los ciudadanos pero que consideran a la vez que la consulta no puede hacerse de manera tan estrafalaria como se pretende. Gente que respeta a Serrat o a Lluis Llach tanto como lo hacían la víspera de que este proceso estallase y ellos se posicionaran libremente, o que defiende el independentismo o la unidad de España y merece que por hacerlo no sean considerados delincuentes o fascistas.
Esto va a ser imposible que suceda antes de la fecha crítica del 1 de octubre. Pero conviene que en las horas que quedan hasta que acabe el domingo no suceda nada que agrave la situación. No hay que ser profeta para vaticinar que ese día no habrá en Cataluña un referéndum digno de tal nombre, pero seguro que se producirá una contundente movilización ciudadana como las que hemos visto, Diada tras Diada en los últimos años. Harían muy mal ambos gobiernos si se anotasen lo uno o lo otro como una victoria. Sería una victoria pírrica, en el sentido etimológico de la palabra, a la vista de los daños producidos. Así que quizás lo mejor que podrían hacer el día 2 es hacer suya la invitación que un ciudadano anónimo ha colgado esta mañana en una calle de Madrid.


Isaías Lafuente - El 20S

21.09.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 20 (OTR/PRESS)

Estábamos esperando el 1 de octubre y en esto llegó el 20 de septiembre. En cualquier circunstancia, y más en un momento crítico como el que vivimos, hay que medir muy bien las palabras. Y mucho más en una jornada en la que los acontecimientos se suceden a velocidad de vértigo, lo que puede hacer que las afirmaciones tengan prematura fecha de caducidad. El día comenzó con una operación policial en diversas sedes oficiales catalanas relacionadas con la organización del referéndum del 1 de octubre, paralizado por el Tribunal Constitucional. La operación se justifica judicialmente precisamente por esa resolución, porque si las instituciones catalanas siguen adelante con un referéndum prohibido, como así han proclamado, los responsables de poner en marcha la maquinaria estarían incurriendo en presuntos delitos de desobediencia, prevaricación y malversación de fondos. Entre los detenidos, más de una decena, está el número 2 de Oriol Junqueras.
El gobierno central defiende la operación como una respuesta normal del Estado de Derecho frente a quien anormalmente se pone frente a él. El presidente catalán, Carles Puigdemont, ha apelado también, paradójicamente, al Estado de Derecho vulnerado en su opinión por esta intervención en su autonomía, olvidando el pequeño detalle de que fue él mismo quien lo hizo temblar cuando situó a su gobierno, a su parlamento y a las leyes que aprobó por encima de la legalidad española y catalana. Su órdago no es el origen del histórico conflicto pero sí lo es de este conflicto.
Los dos protagonistas se están cuidando mucho de no tomar "la decisión" prematuramente. Mariano Rajoy, de no intervenir la Generalitat de Cataluña aplicando el artículo 155. Carles Puigdemont, de no proclamar unilateralmente la República catalana. Pero la cuerda se está tensando hasta niveles muy preocupantes, Da la sensación de que estamos ante una desesperada carrera hacia adelante cuando quizás la solución al conflicto, si es que la hay, requeriría frenar y dar marcha atrás. Para reformar una Constitución extraordinaria, sin duda, pero a la que se le han saltado algunas costuras y no sólo territoriales; para recuperar un Estatut que se aprobó con todas las de la ley y que mutiló el Tribunal Constitucional porque no encajaba con una Constitución que no había sido reformada; y, por qué no, para regular con pormenor el derecho al referéndum para que sea impecable instrumento democrático y no arma arrojadiza a conveniencia. Pero para todo eso se necesita hacer política. Y da la impresión de que hay mayor preocupación por imponer la ley, que es lo urgente, o por imponerse a la ley, que nunca se puede justificar en democracia aunque se haga en su nombre, que por hacer política. Esto último sería lo importante y no es incompatible con lo primero.


Isaías Lafuente - Banalización del franquismo

14.09.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

El intento de proceso independentista sigue elevando grados de temperatura en el debate político conforme se acerca el 1 de octubre. A la impresionante manifestación vivida en Barcelona en la Diada se suma el cruce de duras acusaciones entre los protagonistas. Oír al presidente catalán y a la vicepresidenta del gobierno español acusarse mutuamente de acabar con la democracia no tranquiliza precisamente. Como tampoco contribuye al sosiego escuchar a Neus Lloveras, presidenta de la Asociación de Municipios por la Independencia, decir en las calles de Barcelona que "España está en decadencia democrática y sumida en una crisis de valores que nos lleva a tiempos franquistas. No es la primera ni será la última, porque el hoy conseller de Presidencia y portavoz del Govern, Jordi Turull, comparó también hace unos meses la posición contraria al referéndum con el régimen golpista y dictatorial de Franco.
Es una paradoja que la presidenta de una organización independentista y en una manifestación en la que se reivindicó el derecho a decidir la independencia se sienta perseguida por alguien a quien tilda de franquista, porque su organización, hoy legal, y el acto en el que participó, hoy legítimo, hubieran sido perseguidos por el franquismo. Quienes cargamos ya con una cierta edad, no tenemos necesidad de que nos recuerden este tipo de cosas. Pero convendría recordar a nuestros niños, que estos días están escuchando debates incendiarios a sus mayores, un par de cosas. La primera, que defender la unidad de España o desear la independencia de España no es delito. Otra cosa es que se pretenda lograr el legítimo deseo con medios ilegales. Y la segunda, que el franquismo, del que ellos afortunadamente sólo saben por los libros de historia, fue un régimen impuesto por un golpista que, durante 40 años, persiguió, expulsó del país, encarceló o asesinó a los discrepantes.
Es verdad que la lengua, con el paso del tiempo o por la distancia con los acontecimientos, convierte en coloquiales algunos términos graves. Hoy llamamos camorrista o mafioso a cualquier pendenciero, olvidando la sangre que la Camorra o la Mafia han hecho y hacen correr aún hoy. Pero con el franquismo deberíamos ser un poco más prudentes. Porque si a alguien que en democracia muestra en su actitud algún tinte autoritario -y los hay de todo signo y color político- le calificamos así, no es que lo criminalicemos, que también, es que estamos banalizando la ferocidad del régimen que sufrieron millones de españoles durante cuatro décadas. Es tan grave y tan ridículo como pretender que Francisco Franco fue un demócrata por haber convocado un par de referéndums en su mandato.


Isaías Lafuente - ¿Los límites en las redes son sólo para algunos?

07.09.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 6 (OTR/PRESS)

El pasado fin de semana una mujer volcó todo su odio en su perfil de Facebook contra la dirigente de Ciudadanos Inés Arrimadas por oponerse al referéndum catalán en un programa de televisión. Le llamó "perra asquerosa" y le deseó "que la violen en grupo porque no merece otra cosa". La diputada denunció el ataque en la red difundiendo el pantallazo de la agresión verbal, a la autora del impresentable vómito le llovieron mensajes semejantes al que ella escribió, tuvo que cerrar sus perfiles en las redes sociales y hasta fue despedida de la empresa para la que trabajaba.
Es evidente que el mensaje de esta internauta es inaceptable por lo brutal del deseo y por la banalización de una violencia tan extrema contra la mujer, porque considerar la violación como una forma de castigo, en general, o como una respuesta a una opinión legítima, en este caso concreto, es una auténtica barbaridad que no tiene atenuantes. Uno puede tener un mal día, sin duda. Pero, para prevenirlo, en los días buenos debe reflexionar sobre los límites que debe imponerse cuando tenga un día de furia. La educación, el sentido común y el respeto al otro pueden ser buenos escudos para contener lo peor de nosotros mismos cuando se produce el brote.
Se podría discutir si las consecuencias han sido o no extremas para la autora, lo que es indiscutible es que las consecuencias sobre lo que se vuelca en la red son asimétricas. Hace unos días, el alcalde de Alcorcón, David Pérez, acusaba en Twitter a Ada Colau de haber "allanado el camino a los terroristas" que atentaron en Barcelona por no haber colocado bolardos en la Rambla, y un diputado del PP, Eloy Suárez, acusó en la misma red a los Mossos de "no hacer nada para impedir 16 muertes y 100 heridos".
Tendríamos que trabajar con decimales para valorar si es más grave el brutal deseo de la internauta o las brutales acusaciones de estos políticos convirtiendo en colaboradores necesarios de los asesinos yihadistas a la alcaldesa de Barcelona o a los policías catalanes. La diferencia es que estos últimos siguen ejerciendo la representación pública tras el exabrupto sin despeinarse. Así que, como en términos históricos estamos aún escribiendo el génesis de la comunicación global a través de las redes sociales sería conveniente que nos pusiéramos de acuerdo sobre sus límites y sobre las eventuales consecuencias de sobrepasarlos, no vaya a ser que estemos creando una aristocracia del insulto que disfruta de una impunidad de la que no goza el pueblo llano.


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