Opinión

Isaías Lafuente - Lógica aplastante

19.10.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

Jaime Bárcena es un niño de siete años que resolvió un ejercicio de matemáticas con una peculiar respuesta. Al niño se le pedía escribir con cifras "los siguientes números" expresados con letras y el niño, con una lógica aplastante, no transcribió las cifras sino que escribió los números "que seguían" a los enunciados en el ejercicio. El profesor no dio por válida la respuesta y la tachó en rojo. El padre de Jaime ha compartido en Twitter lo que considera un despropósito y la historia se ha hecho viral.
Puede parecer una sencilla anécdota, pero no lo es. Porque quizás el profesor no haya sido consciente de la confusa polisemia que encerraba su enunciado y que abría dos posibles respuestas, cosa que sería preocupante. Pero aún sería más grave si, siendo consciente de su error, no ha valorado la correcta y genial respuesta del chavalillo por pura soberbia, sin hacer autocrítica. Todos guardamos en nuestra memoria perfiles de maestros y maestras maravillosos, pero también recordamos excepciones de malos docentes o de docentes que, sencillamente, tienen malos días. Como todos los tenemos.
Sólo cabe desear que Jaime vea revisado su ejercicio, porque el padre del niño considera que quien lo corrigió es "un gran profe" y porque el chaval promete. Y, en general, cabe esperar también que nuestro sistema educativo sepa detectar y valorar la sana heterodoxia infantil, no la que es fruto de la ignorancia, que nunca debe premiarse, sino aquella que brinda desde la limpia lógica respuestas alternativas a las previsibles, la que es capaz de detectar formulaciones dudosas o de cuestionar verdades que tantas veces se nos plantean como absolutas. Un sistema con docentes que en los alumnos autores de un dibujo aparentemente estrafalario, de una redacción atípica o de una respuesta imprevisible pero argumentada, no vean a un alumno desviado sino el germen de un adulto crítico o, quién sabe, de un genio.


Isaías Lafuente - La puigverdad

12.10.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

Horas antes de la comparecencia de Carles Puigdemont en el Parlament de Cataluña, Josep Borrell dijo que preveía que el presidente catalán iba a evitar la tragedia pero iba a seguir con la comedia. Lo clavó. El discurso fue un amplio memorial de agravios -algunos de los cuales se podrían suscribir porque son historia- en el que, sin embargo, no se vislumbró la mínima autocrítica. Asistimos a una especie de "puigverdad", que como todas las verdades con prefijo suelen ser como poco medias verdades. Pero eso no era lo más importante. La ciudadanía esperaba ver si, después de haberse saltado todas las leyes del Estado al que representa en Cataluña y en virtud de las cuales es presidente, iba a incumplir también sus propias normas, suspendidas por el Tribunal Constitucional pero que él considera las Tablas de Moisés. La fundamental, la Ley de Referéndum que ordena declarar la independencia en 48 horas si tras proclamarse los resultados "oficiales" el sí hubiese ganado. Eso sucedió el viernes pasado.
Parecía imposible, pero lo hizo. Puigdemont armó un argumento según el cual "asume el mandato del pueblo de que Cataluña se convierta en un Estado independiente en forma de república" para, segundos después, "proponer que el Parlament suspenda los efectos de la declaración de independencia para que en las próximas semanas emprendamos el diálogo". Los aplausos de los miles de ciudadanos congregados en torno al Parlament tras escuchar lo primero se transformó en silencio denso y estupefacto al oír lo segundo. No arriesgaríamos mucho si dijéramos que era la digna sorpresa del engañado, del ciudadano que reclama un respeto incluso de personas que no se respetan a sí mismos.
Si no fuera todo tan grave, sería divertido el debate suscitado en las horas siguientes y entre gente muy principal y preparada, incluso entre sus exégetas, sobre si Puigdemont declaró o no la independencia. Hay quien piensa que tal declaración no se materializó en forma, imprescindible en una democracia, y hay quien sostiene que uno sólo puede suspender lo que previamente ha declarado. También el gobierno quiere aclarar el desconcierto y ha requerido al presidente catalán que despeje la duda, requisito previo además para poner en marcha el famoso artículo 155 de la Constitución.
Sospecho que no lo hará, porque si asume que ayer en su estrafalario discurso proclamó la independencia de Cataluña lo que menos le preocuparía es la aplicación de ese artículo constitucional sino la imputación automática de un juez por rebelión, en virtud del artículo 472.5 del Código Penal que, diáfanamente, describe como reos de ese delito a quienes "declaran la independencia de una parte del territorio nacional", acción que se castiga con penas de hasta 25 años de prisión. Quizás no le importe en su camino a las páginas del martirologio, pero Puigdemont, que es gente normal como dijo, sabe que mucho peor que cambiar tu domicilio fiscal es que el fiscal te cambie de domicilio.


Isaías Lafuente - El discurso del Rey

05.10.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 4 (OTR/PRESS)

El rey Felipe VI tuvo en la noche del martes una intervención extraordinaria y no tuvo una noche buena. No tanto por lo que dijo, sino por lo que no dijo. El rey levantó acta de todos los despropósitos que el gobierno y el parlamento catalanes han ido emprendiendo en su alocada carrera hacia la independencia y dejó claro que el estado de derecho responderá convenientemente al desafío. No podía decir otra cosa y a lo que dijo no se le puede poner un pero porque es el símbolo de la unidad del Estado, tal y como establece la Constitución.
Pero en el mismo artículo y en la misma línea se consagra su función arbitral y moderadora entre las instituciones del Estado. Y como buen árbitro debería haber acompañado las duras y merecidas amonestaciones a los dirigentes catalanes con otras que dejasen constancia de que la represión de esas actitudes, en una democracia, también tiene sus límites, algunos de los cuales se sobrepasaron en la aciaga jornada del referéndum ilegal. El rey no puede ignorar lo que todos los ciudadanos vimos con una indignación trasversal que no sólo toca a ciudadanos independentistas sino a quienes no lo son, ni a los ciudadanos catalanes en exclusiva, sino a muchos de los que poblamos el reino. La amonestación no merece ser simétrica, por supuesto, porque no son idénticas las responsabilidades de quien se salta la ley que las de quien intenta que se respete. Pero siendo ese el fondo, las formas en democracia son importantísimas.
También se echó en falta, en ese papel arbitral, un llamamiento al diálogo que es compatible con la firmeza en la aplicación de las leyes, como bien sabe el rey. Dialogar no es claudicar aunque para que un diálogo dé sus frutos es imprescindible la renuncia de las partes a las posiciones numantinas. Eso también lo sabe él si tomó buena nota del papel que jugó su padre en tiempos difíciles. Es verdad que un discurso primoroso no habría movido un ápice a quien hoy ya ha decidido que España no es su país. Como también lo es que muchos han aplaudido sin crítica la intervención real, incluso habrá quien hubiera deseado mayor dureza. Pero siendo rey de todos los españoles, debería haberse dirigido a los cientos de miles de catalanes que estos días se han echado a las calles y entre los que hay, todavía hoy, muchos no independentistas que reclaman cosas que podrían encajar en la ley si quienes elaboran las leyes hicieran un poco de política.


Isaías Lafuente - ¿Parlem?

28.09.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 27 (OTR/PRESS)

Hoy, en una terraza de la Gran Vía de Madrid, alguien ha desplegado una pancarta blanca en la que se lanza una pregunta: ¿Parlem? No sé si es un catalán que clama desde el corazón de Madrid o un ciudadano madrileño que, por cortesía, lanza la pregunta en ese idioma. Pero es una invitación pertinente en estos momentos críticos de oídos sordos. Porque llevamos semanas escuchando palabras que vuelan como puñales sin encontrarse, olvidando quienes las profieren que hablar, además de encadenar palabras, es comunicarse, dialogar, razonar, interceder y tratarse, a ser posible, con respeto.
Seguramente iniciar ese diálogo bloqueado requiera antes que las partes enfrentadas guarden un minuto de silencio. Por respeto a una nutrida parte de la ciudadanía que, en Cataluña y fuera de allí, no comparte al cien por cien los planteamientos de cada una de las partes pero se ve atrapada en medio del fuego cruzado. Personas que creen que la ley debe cumplirse, aunque piense que en el intento de hacer que se cumpla quizás se han sobrepasado algunas líneas. Ciudadanos que creen que una democracia debe permitir la consulta a los ciudadanos pero que consideran a la vez que la consulta no puede hacerse de manera tan estrafalaria como se pretende. Gente que respeta a Serrat o a Lluis Llach tanto como lo hacían la víspera de que este proceso estallase y ellos se posicionaran libremente, o que defiende el independentismo o la unidad de España y merece que por hacerlo no sean considerados delincuentes o fascistas.
Esto va a ser imposible que suceda antes de la fecha crítica del 1 de octubre. Pero conviene que en las horas que quedan hasta que acabe el domingo no suceda nada que agrave la situación. No hay que ser profeta para vaticinar que ese día no habrá en Cataluña un referéndum digno de tal nombre, pero seguro que se producirá una contundente movilización ciudadana como las que hemos visto, Diada tras Diada en los últimos años. Harían muy mal ambos gobiernos si se anotasen lo uno o lo otro como una victoria. Sería una victoria pírrica, en el sentido etimológico de la palabra, a la vista de los daños producidos. Así que quizás lo mejor que podrían hacer el día 2 es hacer suya la invitación que un ciudadano anónimo ha colgado esta mañana en una calle de Madrid.


Isaías Lafuente - El 20S

21.09.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 20 (OTR/PRESS)

Estábamos esperando el 1 de octubre y en esto llegó el 20 de septiembre. En cualquier circunstancia, y más en un momento crítico como el que vivimos, hay que medir muy bien las palabras. Y mucho más en una jornada en la que los acontecimientos se suceden a velocidad de vértigo, lo que puede hacer que las afirmaciones tengan prematura fecha de caducidad. El día comenzó con una operación policial en diversas sedes oficiales catalanas relacionadas con la organización del referéndum del 1 de octubre, paralizado por el Tribunal Constitucional. La operación se justifica judicialmente precisamente por esa resolución, porque si las instituciones catalanas siguen adelante con un referéndum prohibido, como así han proclamado, los responsables de poner en marcha la maquinaria estarían incurriendo en presuntos delitos de desobediencia, prevaricación y malversación de fondos. Entre los detenidos, más de una decena, está el número 2 de Oriol Junqueras.
El gobierno central defiende la operación como una respuesta normal del Estado de Derecho frente a quien anormalmente se pone frente a él. El presidente catalán, Carles Puigdemont, ha apelado también, paradójicamente, al Estado de Derecho vulnerado en su opinión por esta intervención en su autonomía, olvidando el pequeño detalle de que fue él mismo quien lo hizo temblar cuando situó a su gobierno, a su parlamento y a las leyes que aprobó por encima de la legalidad española y catalana. Su órdago no es el origen del histórico conflicto pero sí lo es de este conflicto.
Los dos protagonistas se están cuidando mucho de no tomar "la decisión" prematuramente. Mariano Rajoy, de no intervenir la Generalitat de Cataluña aplicando el artículo 155. Carles Puigdemont, de no proclamar unilateralmente la República catalana. Pero la cuerda se está tensando hasta niveles muy preocupantes, Da la sensación de que estamos ante una desesperada carrera hacia adelante cuando quizás la solución al conflicto, si es que la hay, requeriría frenar y dar marcha atrás. Para reformar una Constitución extraordinaria, sin duda, pero a la que se le han saltado algunas costuras y no sólo territoriales; para recuperar un Estatut que se aprobó con todas las de la ley y que mutiló el Tribunal Constitucional porque no encajaba con una Constitución que no había sido reformada; y, por qué no, para regular con pormenor el derecho al referéndum para que sea impecable instrumento democrático y no arma arrojadiza a conveniencia. Pero para todo eso se necesita hacer política. Y da la impresión de que hay mayor preocupación por imponer la ley, que es lo urgente, o por imponerse a la ley, que nunca se puede justificar en democracia aunque se haga en su nombre, que por hacer política. Esto último sería lo importante y no es incompatible con lo primero.


Isaías Lafuente - Banalización del franquismo

14.09.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

El intento de proceso independentista sigue elevando grados de temperatura en el debate político conforme se acerca el 1 de octubre. A la impresionante manifestación vivida en Barcelona en la Diada se suma el cruce de duras acusaciones entre los protagonistas. Oír al presidente catalán y a la vicepresidenta del gobierno español acusarse mutuamente de acabar con la democracia no tranquiliza precisamente. Como tampoco contribuye al sosiego escuchar a Neus Lloveras, presidenta de la Asociación de Municipios por la Independencia, decir en las calles de Barcelona que "España está en decadencia democrática y sumida en una crisis de valores que nos lleva a tiempos franquistas. No es la primera ni será la última, porque el hoy conseller de Presidencia y portavoz del Govern, Jordi Turull, comparó también hace unos meses la posición contraria al referéndum con el régimen golpista y dictatorial de Franco.
Es una paradoja que la presidenta de una organización independentista y en una manifestación en la que se reivindicó el derecho a decidir la independencia se sienta perseguida por alguien a quien tilda de franquista, porque su organización, hoy legal, y el acto en el que participó, hoy legítimo, hubieran sido perseguidos por el franquismo. Quienes cargamos ya con una cierta edad, no tenemos necesidad de que nos recuerden este tipo de cosas. Pero convendría recordar a nuestros niños, que estos días están escuchando debates incendiarios a sus mayores, un par de cosas. La primera, que defender la unidad de España o desear la independencia de España no es delito. Otra cosa es que se pretenda lograr el legítimo deseo con medios ilegales. Y la segunda, que el franquismo, del que ellos afortunadamente sólo saben por los libros de historia, fue un régimen impuesto por un golpista que, durante 40 años, persiguió, expulsó del país, encarceló o asesinó a los discrepantes.
Es verdad que la lengua, con el paso del tiempo o por la distancia con los acontecimientos, convierte en coloquiales algunos términos graves. Hoy llamamos camorrista o mafioso a cualquier pendenciero, olvidando la sangre que la Camorra o la Mafia han hecho y hacen correr aún hoy. Pero con el franquismo deberíamos ser un poco más prudentes. Porque si a alguien que en democracia muestra en su actitud algún tinte autoritario -y los hay de todo signo y color político- le calificamos así, no es que lo criminalicemos, que también, es que estamos banalizando la ferocidad del régimen que sufrieron millones de españoles durante cuatro décadas. Es tan grave y tan ridículo como pretender que Francisco Franco fue un demócrata por haber convocado un par de referéndums en su mandato.


Isaías Lafuente - ¿Los límites en las redes son sólo para algunos?

07.09.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 6 (OTR/PRESS)

El pasado fin de semana una mujer volcó todo su odio en su perfil de Facebook contra la dirigente de Ciudadanos Inés Arrimadas por oponerse al referéndum catalán en un programa de televisión. Le llamó "perra asquerosa" y le deseó "que la violen en grupo porque no merece otra cosa". La diputada denunció el ataque en la red difundiendo el pantallazo de la agresión verbal, a la autora del impresentable vómito le llovieron mensajes semejantes al que ella escribió, tuvo que cerrar sus perfiles en las redes sociales y hasta fue despedida de la empresa para la que trabajaba.
Es evidente que el mensaje de esta internauta es inaceptable por lo brutal del deseo y por la banalización de una violencia tan extrema contra la mujer, porque considerar la violación como una forma de castigo, en general, o como una respuesta a una opinión legítima, en este caso concreto, es una auténtica barbaridad que no tiene atenuantes. Uno puede tener un mal día, sin duda. Pero, para prevenirlo, en los días buenos debe reflexionar sobre los límites que debe imponerse cuando tenga un día de furia. La educación, el sentido común y el respeto al otro pueden ser buenos escudos para contener lo peor de nosotros mismos cuando se produce el brote.
Se podría discutir si las consecuencias han sido o no extremas para la autora, lo que es indiscutible es que las consecuencias sobre lo que se vuelca en la red son asimétricas. Hace unos días, el alcalde de Alcorcón, David Pérez, acusaba en Twitter a Ada Colau de haber "allanado el camino a los terroristas" que atentaron en Barcelona por no haber colocado bolardos en la Rambla, y un diputado del PP, Eloy Suárez, acusó en la misma red a los Mossos de "no hacer nada para impedir 16 muertes y 100 heridos".
Tendríamos que trabajar con decimales para valorar si es más grave el brutal deseo de la internauta o las brutales acusaciones de estos políticos convirtiendo en colaboradores necesarios de los asesinos yihadistas a la alcaldesa de Barcelona o a los policías catalanes. La diferencia es que estos últimos siguen ejerciendo la representación pública tras el exabrupto sin despeinarse. Así que, como en términos históricos estamos aún escribiendo el génesis de la comunicación global a través de las redes sociales sería conveniente que nos pusiéramos de acuerdo sobre sus límites y sobre las eventuales consecuencias de sobrepasarlos, no vaya a ser que estemos creando una aristocracia del insulto que disfruta de una impunidad de la que no goza el pueblo llano.


Isaías Lafuente - La Tomatina de Rajoy

31.08.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, (OTR/PRESS)

La comparecencia extraordinaria de Mariano Rajoy en el Congreso de los Diputados ha sido en realidad bastante ordinaria. La oposición, con distinta intensidad, le ha preguntado por la corrupción y el presidente, en su línea, cansado de haber respondido ya medio centenar de veces sobre el asunto -según sus datos- ha venido a decirles: "ustedes pregunten lo que quieran que yo responderé lo que me dé la gana". Los portavoces de PSOE y Podemos han sido los más duros. Margarita Robles le ha dicho a Rajoy que "es un presidente bajo sospecha" y le ha pedido que no caiga en la tentación de otros presidentes de "envolverse en las banderas para tapar la corrupción". Para Pablo Iglesias es muy difícil de creer que Rajoy no supiera nada de la corrupción que se cocía en el partido en el que siempre ha tenido altas responsabilidades, pero en el caso de que no lo supiera, de que no fuese un mentiroso, lo que sería es un incompetente. Rajoy ha soportado el chaparrón reglamentariamente cronometrado y les ha devuelto en bloque un órdago: pues muy bien, no hace falta que me pidan responsabilidades políticas, presenten una moción de censura.
Hoy había apuestas por saber si Rajoy iba a pronunciar en el debate la palabra Gürtel, aunque fuera usando el eufemismo de "ese asunto por el que usted me pregunta". No lo hizo en su primera intervención y, cuando las apuestas subían en la réplica, Rajoy desempolva Irán, Venezuela y el caso ¡Lasa y Zabala! Hay que tener mucho cuajo para driblar de esa manera a sus interpelantes. Imagino hoy a media España buscando en Google "Lasa y Zabala" y la relación de Margarita Robles con el asunto, aunque ya se ha ocupado ella misma de recordarle a Rajoy que gracias a su declaración como testigo en el juicio se pudo encarcelar a los culpables. A la misma hora en que se producía este surrealista y anacrónico rifirrafe entre Rajoy y Robles, en la localidad de Buñol comenzaba la Tomatina. Pero Mariano Rajoy, en la Carrera de San Jerónimo, ya se había anticipado a esa fiesta en la que la clave es que todo el mundo salga pringado hasta las cejas. Para no llamar la atención.
De todas las intervenciones que se han producido en este primer debate del curso político me quedo con la del portavoz de Compromis, Joan Baldoví, cuando ha reconocido con melancolía la evidencia de una oposición que suma suficientes votos como para obligar a Rajoy a comparecer para hablar de corrupción pero no para echarlo. "Parecemos extraterrestres si un partido imputado y que destruye pruebas sigue gobernando este país", ha dicho. Fin de la cita.


Isaías Lafuente - ¿Dónde quedó la unidad?

13.07.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 12 (OTR/PRESS)

Hace 20 años, ETA convirtió el secuestro de Miguel Angel Blanco en la crónica de una muerte anunciada. La bestia estaba rabiosa porque diez días antes la Guardia Civil había liberado a Jose Antonio Ortega Lara, poniendo fin al secuestro más largo de la banda terrorista. La venganza no se hizo esperar y aquel concejal desconocido de Ermua fue el blanco fácil para consumarla. Se trataba de disparar al partido gobernante en la cabeza de cualquier militante, sin importar su pedigrí.
En aquellas horas que pasaron desde el secuestro hasta la aparición de su cuerpo moribundo España se paralizó y contuvo la respiración y la rabia. Y cuando se confirmó la muerte del joven concejal, se lanzó a la calle en una movilización contra ETA sin precedentes, masiva y transversal, con epicentro en Madrid. Sus calles fueron el altavoz de un sereno pero firme "hasta aquí hemos llegado". Una rebelión cívica que provocó que por primera vez en la historia de la banda quienes tuvieran miedo fuesen quienes hasta entonces habían jaleado sus crímenes. Quienes lo vivimos, recordamos aquellas horas dramáticas con la misma nitidez con la que tenemos identificado lo que hacíamos el 23F, el 11M o el 11S.
Por todo eso, Miguel Angel Blanco y su asesinato se convirtieron en símbolos de la barbarie y Madrid, en el escenario de la contundente repulsa a los asesinos. Y por eso habría sido deseable que Madrid hubiera rendido homenaje sin fisuras a su memoria. La alcaldesa se metió en un jardín incomprensible al verbalizar que un homenaje concreto al concejal asesinado podría significar asumir que hay víctimas de primera y de segunda. Al final rectificó. Y por eso resulta incomprensible que después haya sido abucheada cuando ha participado en el homenaje que el PP ha rendido a su compañero. No creo que Miguel Angel Blanco estuviera muy orgulloso de esta reacción.


Isaías Lafuente - No se entiende

06.07.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 5 (OTR/PRESS)

La Defensora del Pueblo alerta de que la mitad de los españoles no entiende el lenguaje que utiliza la Administración en sus comunicaciones con los ciudadanos. Es un dato extraído de un interesante estudio que ha hecho la institución y que dará a conocer con pormenor la próxima semana. Esta distancia entre la Administración y los administrados es sólo la punta de un inmenso iceberg. Si a la farragosa jerga administrativa añadimos la oscura literatura de las sentencias judiciales, de algunas leyes y decretos, del larguísimo catálogo de eufemismos gubernamentales y de los documentos de la Agencia Tributaria, la conclusión es desoladora: parece que escriben para que no les entendamos. Y no se entiende.
Porque es una paradoja que una democracia parlamentaria oscurezca de esta manera tan poco democrática la palabra, que es generadora de derechos y que tiende a enmarañarse según se desciende en la pirámide desde la Constitución a la notificación de una multa de tráfico municipal. Y el fenómeno es especialmente preocupante porque la falta de entendimiento, que limita la capacidad del ciudadano frente a la Administración y a los poderes públicos, no es universal sino asimétrica. Afecta menos a quienes tienen más formación o más capacidad económica como para contratar asesores que descifren esos complicados jeroglíficos que esconden los documentos oficiales.
Nos costó siglos sacar el conocimiento de los monasterios, extender la educación y erradicar el analfabetismo. Por eso parece mentira que en pleno siglo XXI, mientras se predica la transparencia, la Administración siga produciendo documentos para egiptólogos, herederos de la misa en latín, el prospecto farmacéutico y el inglés del Príncipe Gitano.


Isaías Lafuente - Orgullos

30.06.17 | 08:42. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 29 Jun. (OTR/PRESS)

En las últimas horas Madrid ha sido capital de dos celebraciones memorables. En el Congreso de los Diputados se conmemoraban los cuarenta años de las primeras elecciones democráticas tras la muerte de Franco. Unas horas después y a unos cientos de metros, en la plaza que lleva el nombre de Pedro Zerolo se vivía con algarabía el pregón de las fiestas del Orgullo LGTBI, que este año tienen carácter planetario. A un ser venido de otro mundo le costaría encontrar una conexión entre ambas celebraciones, una relación entre el ambiente festivo de una y el carácter solemne de la otra. Pero sería muy fácil explicarle que lo que ve hoy en la plaza sucede por lo que pasó en 1977 en la Carrera de San Jerónimo.
Hace cuatro décadas, mientras se preparaban las Cortes Constituyentes, la primera manifestación celebrada en España para reivindicar los derechos de los homosexuales fue duramente reprimida en Barcelona por la policía. Mientras la amnistía liberó en 1977 a los presos políticos, los homosexuales seguían siendo perseguidos en virtud de una ley que los consideraba ciudadanos "peligrosos", cuyos afectos se consideraban "escándalo público" y a los que había que reconducir en su orientación sexual en centros específicos o en la cárcel. Ese mismo país que mientras se disponía a legalizar la igualdad seguía persiguiendo al diferente se convertiría 28 años después en el tercero en el mundo en aprobar el matrimonio homosexual y en poner en marcha una legislación puntera en materia de igualdad de derechos que otros ahora envidian o copian. Leyes que cupieron en una Constitución suficientemente flexible como para acoger todos esos avances sin que estallasen sus costuras.
Por eso, el rey Felipe VI reivindicó el miércoles el trabajo hecho por los hombres y mujeres que formaron parte de aquel parlamento constituyente. Ellos fueron capaces de culminar con habilidad y sometidos a presiones múltiples, una Transición que, como reconoció el rey, "tuvo errores y equivocaciones, luces y sombras que debemos cambiar, corregir y reformar". Podremos discrepar sobre la cantidad de cosas que debemos reformar, pero es tremendamente injusto ignorar o despreciar lo hecho entonces y lo conseguido en estos cuarenta años gracias, precisamente, a lo que ellos hicieron, empujados por una sociedad y por colectivos, como el homosexual, que no se conformaban con cualquier cosa después de cuarenta años de dictadura y represión.


Isaías Lafuente - No es Unión para premios

22.06.17 | 08:16. Archivado en Isaías Lafuente


MADRID, 21 (OTR/PRESS)

La Unión Europea ha merecido el Premio Princesa de Asturias de la Concordia, cinco años después de recibir el Nobel de la Paz. El universo de los premios es muy complejo, a veces inescrutable. Algunas organizaciones deciden premiarse a sí mismas cuando seleccionan al galardonado. Unos premios son prematuros y otros llegan tarde; los tenemos irreprochables y discutibles; algunos se conceden para animar al premiado. Y quizás esta sea la intención que busque la Fundación Princesa de Asturias este año en el que se cumplen 60 años del Tratado de Roma, un acuerdo histórico que, sobre las cenizas provocadas por nazismo, alumbró un espacio político supranacional de paz y democracia que, con sus aciertos y errores, con sus virtudes y carencias, merecería por sí mismo cualquier reconocimiento.
Pero este concreto no llega en el mejor momento. La errática gestión de la crisis económica ha mostrado en los últimos años una Europa mucho más eficaz en rescatar bancos que personas. Y la penosa gestión de la crisis de refugiados ha evidenciado costurones en materia de solidaridad y derechos humanos, valores que precisamente reconoce este premio pero que la Unión Europea ha subcontratado a las ONG o a países de dudoso pedigrí como Turquía. En los últimos días Amnistía Internacional ha denunciado que los estados de la Unión Europea no han acogido ni al 10% de los refugiados que se comprometieron a recibir hace ya dos años. Y tampoco es que fueran muchos, en conjunto cabrían todos ellos entre el Camp Nou y el Bernabéu. También ha denunciado Amnistía Internacional que la Unión Europea gasta el triple en proteger sus fronteras que en ayudar a los refugiados. Y si sumamos las menguantes partidas dedicadas a la ayuda al desarrollo, concluiremos que a los refugiados ni les abrimos las puertas de nuestra casa ni les ayudamos a solucionar los problemas que les impulsan a huir de su propio hogar.
Es verdad que el mundo está tan mal que, si nos comparamos, siempre podemos encontrar elementos para la satisfacción; el más optimista hasta podría ver en nuestra racanería grandes dosis de generosidad. Pero la Unión vive tiempos difíciles. Los ciudadanos manifiestan su malestar en las urnas en cada elección, algunos han votado incluso por el abandono, y los herederos del totalitarismo que conjuró el Tratado de Roma aprovechan la circunstancia para expandirse y defender una Europa fortín para ciudadanos con derecho de sangre. Por ello, no diremos que la Unión Europea no merezca este premio pero parece evidente que ha llegado a destiempo. Así que lo único que esperamos es que nuestros dirigentes políticos entiendan el guiño del jurado y acepten el reto de trabajar a partir de hoy para ganárselo, recuperando y reforzando los valores reconocidos en el premio y que andan un poco agostados.


Martes, 24 de octubre

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