Opinión

Fernando Jáuregui - ¿Cómo juzgará la Historia este 19 de octubre de 2017?

19.10.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

Escribo la víspera de este 19 de octubre de 2017, un día en el que vence el ultimátum y tras el que el Gobierno central (y quizá el Govern catalán) tendrán que tomar decisiones trascendentales para el futuro de todos nosotros. Nada nos han consultado, de nada nos han informado. Escribo contemplando, hoy con cierta distancia, una Cataluña agitada, convulsa, sometida a esas tensiones emocionales que tantos errores propician. Escribo hoy desde Madrid, que contiene el aliento ante lo que ocurra en las horas inminentes: ¿qué hará Rajoy? ¿Qué responderá Puigdemont? Parece increíble que las incertidumbres, tan mayúsculas, se mantengan, al menos para los ciudadanos, hasta minutos antes de que las grandes decisiones se conviertan en hechos.
¿Cómo juzgará la Historia, dentro de no más de cinco, seis, años, lo que vaya a ocurrir este 19 de octubre de 2017? Uno, al fin y al cabo nada más que periodista, cuya función es contar y analizar lo inmediato, para que otros luego lo historien, solo puede decir que escribe, en un día como hoy, desde el estupor, desde la tristeza de contemplar cómo todo se mueve en el dislate, en la tozudez del error del que no se quiere salir. No seré equidistante: la sinrazón básica está en el lado de la plaza de Sant Jaume. Pero sí seré crítico: se entregó al poder judicial lo que debería ser la conducción política y ya se sabe que los jueces no titubean ante la aplicación de la ley vigente, que es algo que la política debería encargarse de modular. Claro que la justicia reclamaba la prisión de los Jordis. Y la de Trapero. Y, ya que estamos, la de Puigdemont, Junqueras y la señora Forcadell, que están en el embrión de una incuestionable sedición, agravada por varios delitos, el electoral -menudo pucherazo el del 1 de octubre- entre otros.
Pero es obvio que meter en la cárcel al que todavía--no le queda mucho tiempo- es molt honorable president de la Generalitat y a su estado mayor es, por mucho que sus actos sean inconcebibles desde el punto de vista legal, racional y democrático, caza mayor. Demasiado mayor. Todavía hay que soñar, con la aplicación del artículo 155 o sin ella, y según cómo se aplique, con mantener la conllevanza orteguiana con una Cataluña que, simplemente, no puede dejar de ser España, aunque se hayan producido ya males difícilmente reversibles a corto plazo, sobre todo en el plano económico.
El Gobierno central y sus ahora coyunturales aliados socialistas y Ciudadanos tiene que poner en pie un plan de Estado. No vale con limitarse a aplicar la ley y considerarse satisfecho con ello, máxime cuando, como hemos visto, la ley se aplica a unos de una manera y a otros de otra. "Summa lex, summa iniuria", decían los romanos, y creo que tenían razón: la aplicación estricta de la normativa legal no puede causar males mayores que su no aplicación. Y ahora, Rajoy está ante esta disyuntiva. Es un hombre prudente, a veces en exceso prudente, y se lo piensa mucho antes de actuar, en ocasiones demasiado. Está mal aconsejado en comunicación, en tácticas y en estrategias, y tiene demasiados asesores legales. Este miércoles, en la sesión de control parlamentario, se vio al presidente del Ejecutivo central firme, pero desde la firmeza en el vacío. Y volvemos a lo de antes: ¿qué diablos piensa hacer, para que podamos darle, como quisiéramos muchos, nuestro apoyo, o para ayudarle con nuestra crítica legítima, pero constructiva?.
Esto, en suma, no puede seguir así, ni se nos puede seguir pidiendo aquiescencia a la espera de la varita mágica, del conejo en la chistera presidencial. Hay quien pide, ya, renovación de rostros, disolución inmediata de unas cámaras legislativas que funcionan a medio gas para dar paso a unas elecciones generales anticipadas, que supongan barajar de nuevo. Solo estoy parcialmente de acuerdo con esta petición: sí, hacen falta políticas y quizá rostros nuevos, ideas frescas, estrategias mejor planificadas, tácticas más arriesgadas. Pero no podemos desconocer la máxima ignaciana, según la cual en tiempo de crisis no conviene hacer mudanza.
Esas elecciones -desde luego, las autonómicas catalanas: esas sí son, creo, urgentes- tendrán que llegar más pronto que tarde, porque los mensajes que nos llegan están agotados. Pero no ahora; ahora es hoy, este 19 de octubre de 2017 que los historiadores, me parece, juzgarán tan duramente. Y esta es una de las pocas certezas que en este minuto soy capaz de aventurar, cuando oigo los ecos indignados, exaltados más o menos artificialmente, en las calles catalanas y cuando escucho voces de halcones que, desde los aledaños del poder, piden máxima dureza "a Madrid". ¡Cuánto error, cuánto inmenso error!


No te va a gustar - Algún día, Rajoy tendrá que actuar.

18.10.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, 17 (OTR/PRESS)

Dejar las cosas en manos de los jueces tiene sus cosas buenas, como por ejemplo que ellos carguen con la responsabilidad de lo actuado; pero tiene sus cosas malas, claro, como que, con la ley en la mano, tomen decisiones que causan más daño político que el bien que aportan. La detención por la juez de la Audiencia Nacional de los "dos Jordis", el responsable de la Assemblea Nacional y el de Omnium Cultural, ha agradado, sin duda, a amplias capas de la ciudadanía. Y puede que también a la propia noción de la justicia, que es siempre evanescente y mudable, sujeta a circunstancias imprevisibles e inaprehensibles. Pero, desde luego, el encarcelamiento de ambos "agitadores sociales" está destinado a provocar disturbios sin cuento en las calles y en las conciencias de Cataluña, que ya se sabe que se rigen por criterios distintos a los del resto de los españoles.
Ignoro si el insensato Puigdemont y sus aún más enloquecidos asesores y "coaccionadores" harán ahora sonar (más aún, quiero decir) los clarines de guerra. Una guerra que están destinados a perder los independentistas, pero que sin duda dejará muertos entre los vencedores, en el campo de batalla. Nadie gana en las contiendas, porque los vencidos se recuperan de las heridas y vuelven a la carga si no han sido, además, convencidos. Y lo que escucho en las calles de Barcelona -no quiero ni pensar en otras localidades más arriscadas y monolíticas- me tranquiliza muy poco al respecto, la verdad: oigo hablar de "presos políticos", de "jueces vendidos al Ejecutivo" y de que "no nos rendiremos". Mal lenguaje y peor concepto cuando no se respeta la separación de poderes, cuando se instaura la inseguridad jurídica y cuando la Justicia deja de ser un valladar y se convierte más bien en gasolina para los incendios.
Pienso que habría que tomar nuevos derroteros. Sé que hay que hacer cumplir la ley, pero si eso fuese siempre así y la Justicia fuese igual para todos ¿cómo explicar la impunidad hasta ahora del jefe de los sediciosos, es decir, el molt honorable Puigdemont y sus más inmediatos colaboradores? Y conste que no quiero la encarcelación de nadie, sino, más bien, la excarcelación de los dos agitadores de las masas. Y que prevalezca el diálogo en torno a lo posible, es decir, no en torno a lo imposible, que es la independencia unilateral de Cataluña. Pero pretender que prevalezca el "palo" sobre "la zanahoria" es también, pienso, ya del todo imposible.
Me encantaría, a fuer de periodista, poder leer en el cerebro de Rajoy estos días. Pero sospecho que sabe que algo diferente a lo que viene haciendo tendrá que hacer. No comparto las acusaciones de perezoso que a veces se lanzan contra el inquilino de La Moncloa; pero sí pienso que podría hacer mucho más, un esfuerzo por encontrarse con los que ya sé que son unos perfectos irresponsables e insensatos, pero que, lamentablemente, ahí están. Tiene que volver a tomar personalmente el timón Rajoy, dejando de escudarse en el Judicial y en el Legislativo -si hay negociación, que sea en el Parlamento nacional, dicen. Y creo que no es así: tiene que ser en La Moncloa; hay que abrir nuevamente el palacio presidencial a otros que no sean Sánchez y Rivera solamente--.
Comprendo perfectamente que Rajoy no es el principal culpable de la situación, ni mucho menos; creo que, hasta cierto punto, ha tenido una actuación modélica en algunos momentos, en los que ha sabido, al menos, mantener la calma. Pero hay que cambiar de velocidad y quizá también de rumbo. No es el momento -solamente- del rigor judicial, sino el de las ideas e iniciativas nuevas. Puigdemont ha perdido; Rajoy tiene que saber ganar sin hacernos perder a nosotros, comenzando por los catalanes.


La semana política que empieza - "El lunes, República". O no... que diría Rajoy

16.10.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, (OTR/PRESS)

Es obvio que esta semana van a pasar muchas cosas. Comenzando por la declaración, nuevamente, del mayor de los mossos, Trapero, y de los "dos Jordis", Sánchez y Cuixart, ante la juez Carmen Lamela, en la Audiencia Nacional, en la mañana de este lunes. Que va a ser, sin duda, una mañana entretenida, por decirlo levemente: porque vence la "primera convocatoria" del ultimátum de Rajoy a Puigdemont para que diga de una vez si ha proclamado o no la independencia de Cataluña, cosa que, puesta en estos términos, no deja de tener su aquel. Pero, dado que las cosas se están poniendo más bien como drama que como farsa, reprimamos las ganas de reír ante tanto dislate y tratemos de diseccionar lo que puede ocurrir(nos) en esta semana crucial.
Lo primero, es obvio que independencia de Cataluña con respecto al resto de España no va a haber, diga lo que diga la CUP, que aseguraba este largo puente, tratando de presionar a Puigdemont, que "el lunes, República". Va a ser que no, han pensado muchos y, por supuesto, Mariano Rajoy entre ellos. Algunos medios aventuran qué hará el Gobierno central en el caso, que considero improbable, de que Puigdemont ceda ante el empuje de la CUP (y, un poco, de ERC, la gran culpable de todas las tragedias que han afligido a Cataluña desde hace casi un siglo). Se habla de nombrar un "supergobernador" -citan a Josep Borrell; no tengo ni idea de con cuánta verosimilitud_ que prepare unas elecciones autonómicas, quizá al frente de un Govern provisional, de técnicos o de concentración, que desplace al actual.
Eso, claro, supondría que se aplica el artículo 155 de la Constitución, que, en su ambigüedad, deja al Ejecutivo central las manos libres para destituir governs y crear otros y, por supuesto, para destituir, al menos eso, al mismísimo molt honorable president de la Generalitat. Me parece que, a estas alturas, Puigdemont y su "socio" Oriol Junqueras saben que Rajoy está dispuesto, porque no le queda otro remedio, a hacer esto y más, si necesario fuese.
Y todo eso podría ocurrir, si Puigdemont no da marcha atrás, como parece que le aconseja su predecesor Artur Mas, esta mismísima semana. Y claro, me cuesta pensar que, lanzado a su actual deriva, no demasiado cuerda, el molt honorable recule. Aunque tampoco me cabe en la cabeza que se acabe despeñando en la hoguera de las vanidades fanáticas. A ver por dónde sale: quizá sea él mismo quien, apresuradamente, se lance a convocar esas elecciones, que él llamaría "constituyentes". Y que le obligarían a abandonar la política, laus Deo.
Escribo todo esto desde Barcelona, donde me encuentro para asistir a la entrega del premio Planeta, acaso ya el último fasto integrador que va quedando en esta ciudad, hasta ahora capital mundial de la edición en español. También eso, con tantas otras cosas, va a perderlo. Y todo, ya digo, puede ocurrir en esta semana, que amenaza con ser tristísima para quienes de verdad habíamos aprendido a amar tanto a Cataluña.


Siete días trepidantes - La República más breve de la Historia

15.10.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID (OTR/PRESS)

Claro que al ingenio en este país nuestro, que todo se lo toma a chacota, le faltó tiempo para inundar las redes con la constatación de que Puigdemont había proclamado "la República más breve de la Historia: duró cuarenta segundos". Es decir, el tiempo transcurrido desde que el president de la Generalitat la anunciase hasta que aplazase su convocatoria formal. Una chapuza más, un giro de trapecista arriesgado que no sabe que está actuando sin red. Claro que el molt honorable president no había proclamado República Independiente de Catalunya alguna: demasiado sabe él que tal proclamación va a ser imposible o que, al menos, lo será la realización de esa independencia. Estaba ganando tiempo, mientras las empresas se iban hacia latitudes más confortables, mientras Europa -Juncker- le daba de nuevo con la puerta en las narices, mientras el mundo entero se asombra de hasta dónde han podido llegar las aguas, total para qué.
Eso: ¿para qué? ¿Tiempo? ¿Tiempo para qué? me preguntaba un colega. Pues tiempo para tener tiempo, le respondí. El propio Mariano Rajoy ganó tiempo, hasta el jueves próximo en segunda convocatoria --la primera este lunes_ para, como en las guerras de Gila, preguntar a Puigdemont si había o no declarado la independencia, porque, y esto lo digo yo, obviamente, y no Rajoy, es que no había quien entendiese lo ocurrido el pasado martes en el Parlament. "Oiga ¿es el enemigo? Que a ver a qué hora va a declarar la guerra, que tengo que ir a comer pronto a casa". Premonitorio el genial Miguel Gila...
Y, desde que Rajoy lanzó su pregunta con destino a la plaza de Sant Jaume, todos devanándonos los sesos a la espera de saber si Puigdemont responde que sí, que declaró la independencia, o que no, que es que no sabemos aceptar una broma. O, lo más probable, ni sí ni no, sino todo lo contrario. Que este jueves, en la recepción real con motivo de la fiesta nacional, había una mayoría de asistentes, gentes en teoría bien informadas, pero que ninguno teníamos ni la menor idea de lo que ocurrirá, que decían, decíamos, que lo más natural es que el molt honorable ensaye una huida hacia adelante, convocando unas elecciones anticipadas a las que él llamará constituyentes, pero que serán autonómicas.
No sé si esa será una salida buena o mala; ni siquiera sé si será la salida, porque el vicepresidente Oriol Junqueras, un maestro de la simulación, dice que esa no es su solución y, por otro lado, a saber qué es lo que se le pasa a Puigdemont por su cabeza a pájaros. Ya veremos, porque lo que es evidente es que el señor Junqueras se muere por ascender un escalón y convertirse en president, una vez que Puigdemont parece estar ya más abrasado que el cerebro de Artur Mas, que esa es otra: ¿cómo es posible que ahora el ex, que es el gran culpable de todo este embrollo, diga que Cataluña no está preparada para asumir la independencia, una vez que carece de reconocimientos internacionales? ¿De dónde le viene esa ínfula de sensatez? ¿Quién ha accionado el mecanismo del giro del señor Mas? ¿A cambio de qué? Porque bien sabemos que la política catalana no se mueve precisamente por criterios de honradez e idealismo.
Menuda novela se podrá escribir alguna vez con los entresijos de lo que está pasando en el incompatible mundo separatista. Lo que sí se constata es que la situación ya no da más de sí: no hay dinero, ni ánimos, ni apoyos externos, ni lógica, para mantenerla. Así que algo tiene que pasar, y el mago -esperemos que se demuestre una vez más, glub_ en las esperas llamado Mariano Rajoy me parece que está dejando que los "timing" se agoten. De momento, a él, mejor, a su pasmosa inactividad, se debe ese record surrealista en el libro Guinness, la República más breve de la Historia del mundo mundial, ahí es nada.
Vuelvo a recordar nuevamente la frase, tan repetida estos días, de Marx, según el cual la Historia se repite siempre dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa. Y estos farsantes de la Generalitat, autores del pucherazo más severo que se haya conocido en nuestros anales, nos están llevando de la alarma a la carcajada. Menuda semanita nos han dado. Y lo que viene...


Fernando Jáuregui - Gracias, Puigdemont, gracias

14.10.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

Quizá, pensaba yo estos días viendo la marea de banderas rojigualdas en balcones, calles y solapas, haya llegado el momento de cambiar los negros nubarrones por frases más corteses y entonar el "gracias, Puigdemont, gracias". Cierto que nos ha sumido en las tinieblas de la incertidumbre, en la controversia jurídica y nos ha hecho llegar más lejos en algunos errores, sin contar con lo que ya ha perdido, por su culpa, Cataluña. Pero, convencido como estoy de que la crisis se solventará -algo nos dejaremos en el camino, pero no, desde luego, a Cataluña, que seguirá entre nosotros--, pienso que ha llegado ya el momento de buscar algunas consecuencias que pueden ser positivas para el futuro de la nación.
Yo, desde luego, pondría en primer lugar precisamente a esa llamarada de color amarillo y rojo. La enseña nacional, mostrarla, respetarla, ha dejado de ser cosa de "fachas". Estamos, por primera vez acaso desde 1977, dispuestos a defender al Estado, y reconsiderando algunas equivocaciones de muchas décadas, algunas de ellas derivadas de los excesos de una aberrante dictadura, la de Franco. Creo que los españoles hemos tomado conciencia de que los países grandes son aquellos que se enorgullecen de sus símbolos, de su himno, de su Historia y de su unidad, y que ninguna de estas cosas tiene por qué comportar una ideología ni de ultraderecha ni siquiera de derecha. Porque el Estado es el que alberga el bienestar de los ciudadanos, que debe ser la máxima aspiración de quien, desde la derecha o la izquierda, se dedica a la política.
Porque me `parece que la izquierda, o mejor una parte de ella, va aclarando ideas que tal vez había tenido algo alteradas merced al pertinaz "no, no y no" a cualquier cosa que proviniese "de la derecha"; posiblemente, uno de los "efectos Puigdemont" sea que la vieja idea de alguna clase de pacto para la gobernación de las grandes cosas haya salido del baúl de los imposibles en el que Pedro Sánchez la metió. Y, ya que hablamos de izquierda, creo que esta crisis está sirviendo para depurar las cosas en Podemos, sometido a los saltos en el vacío de su creador; no son pocos los que se han dado cuenta de que la ambigüedad en la configuración territorial del país pasará una seria factura a la formación morada, sin duda la más original de las últimamente surgidas con éxito en Europa.
A Puigdemont le tenemos que agradecer la reflexión sobre el ser que, como en 1898, se ha instalado, creo que para bien, en muy amplias capas de la sociedad española (y, por ende, catalana): ¿hacia dónde queremos ir juntos y cuánto de juntos? ¿Es la mejor la configuración que nos dimos con el actual estado de las autonomías? ¿Qué ajustes necesita la Constitución para encaminarnos hacia un Estado de verdad moderno, eficaz y democrático? Creo que todo eso el algo presente en los encuentros de nuestros líderes, unos encuentros que, por cierto, hace apenas un año ni siquiera existían.
Y más: ¿qué errores cometimos los que nunca nos sentimos independentistas de nada para haber llegado a una situación en la que un grupo de mentirosos, tramposos, incultos, herederos de una corrupción sin límites, una burguesía aliada con un lumperío que se reclama antisistema, haya pretendido tomar el control, contra el Parlamento y contra la seguridad jurídica, de un territorio tan maravilloso, por tantos conceptos, como Cataluña? Creo que la autocrítica es la virtud menos extendida entre nuestros políticos, pero sospecho que los más inteligentes en el seno del poder monclovita estén comenzando a entender que, en muchos sentidos, no se puede seguir gobernando con prácticas antidemocráticas, que afectan desde a la comunicación hasta a algunos manejos de nombramientos y ceses. El inmovilismo ha terminado. Y la nueva era inaugurada por un Puigdemont que ya ni para eso nos sirve va a afectar a muchos sectores, desde las fuerzas del orden hasta los medios, pasando por la judicatura, el funcionamiento de algunas grandes empresas y bancos o nuestra diplomacia, por ejemplo. Aprovechemos la ocasión para dar algunas manos de pintura al viejo caserón.
Gracias, pues, Puigdemont, porque me parece que también has contribuido a que en las calles catalanas, por las que hace poco no pasaba una bandera bicolor, ya casi no había ninguna sin estelada, se pregunten si iban por el buen camino. Yo creo que el último servicio que puede prestar a la causa catalana, que es la mía y la de tantos españoles, es convocar elecciones autonómicas y largarse con viento fresco. Porque a mí me importa el futuro, de diálogo y de comprensión generosa. Y no me importa tanto si usted declaró o no -que mejor lo dejamos en no- la independencia que nunca va a llegar. No así, al menos.


Fernando Jáuregui - Retrato alegre y confiado del día de la fiesta nacional

13.10.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, (OTR/PRESS)

Claro, no se hablaba de otra cosa en los corrillos del Palacio Real: Cataluña, Cataluña, Cataluña... Ni una presencia, claro, nacionalista. Y una esperanza compartida por la mayor parte de la gente con la que hablé: esto se va a arreglar. Lo que nadie parece saber es cómo. Personalmente, reconozco que comparto un optimismo irracional; no lo he perdido pese a haber comprobado que no había ni varitas mágicas ni conejos en la chistera de Rajoy; tampoco tenía por qué haberlos. Es muy difícil pelear contra los tramposos que, sin embargo, saben "vender" bien sus trucos trileros. Y esa ha sido la gran asignatura pendiente del Gobierno Rajoy: haber creído más en los tribunales que en la comunicación, haber pensado que la victoria -indudable_ en las cancillerías bastaba, además de la razón, y para nada se necesitaba abrir las puertas de La Moncloa a todos esos corresponsales extranjeros que han encontrado acomodo más que sobrado en el Palau de la Generalitat. Hemos ganado, quizá, la batalla diplomática. Hemos perdido, sin duda, la periodística.
Pero quienes poblaban los salones del Palacio de Oriente, ministros, gentes de las instituciones, militares, periodistas, algunos representantes de la oposición -Pedro Sánchez este año sí fue; Pablo Iglesias, este año, tampoco_, parecían también carecer de información. Te preguntaban a ti "qué crees que va a pasar" en lugar de darte noticias. El desconcierto es patente, y todos esperan a que sea la otra parte -es decir, Puigdemont contestando al requerimiento como de Gila acerca de si ha declarado o no la independencia de Cataluña_ la que dé el primer paso. ¿Y si no lo da? ¿Entonces toma del frasco del 155 de la Constitución, signifique eso lo que signifique, que tampoco parecía nadie de los teóricamente informados saber cómo se administrará un aceite de ricino en cuyo envase no hay instrucciones de uso?

No sé, me dio la impresión de una fiesta alegra y confiada, de canapés más abundantes que años pasados. Me recordó a ciertas historias de 1898, en la que los cronistas más lúcidos, toda aquella generación pesimista, se admiraban de que el pueblo siguiese como si tal cosa, yendo a los toros y años a los festejos, sin reparar en la tragedia de la pérdida de los últimos vestigios coloniales. Los militares, con sus uniformes y medallas; las señoras, elegantísimas; los próceres, haciendo cola en el besamanos del Rey. Como si no fuese este el último "puente" de tregua, la penúltima quizá oportunidad para solucionar las cosas allá donde un loco, pero loco de verdad, está a punto de causar más estragos que un elefante en una exposición de porcelana de Sevres.
Supongo, quiero suponer, inveterado optimista yo, que este será un fin de semana de contactos subterráneos, en los que todos, quitándose la máscara de la indiferencia con la que yo veo investido al presidente, a los ministros y a los líderes de la oposición, que hay que ver lo bien que lo pasaron en la recepción real, agarren al toro por los cuernos y se pongan a ello. Lo siento, y sé que "diálogo" se ha convertido en palabra maldita, pero sospecho que, de nuevo Gila, alguien tiene que hablar con alguien para que no pase algo que no queremos que pase. Y el plazo es de aquí al lunes. O al jueves, como mucho, glub.


Fernando Jáuregui - No hace falta ser canadiense para tener claridad

10.10.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, 9 (OTR/PRESS)

Sin tener certezas -quién las tiene estos días--, doy por hecho que Carles Puigdemont no se va a atrever a declarar la independencia unilateralmente cuando, este martes, se enfrente al Parlamento, o a una parte de él. Un Parlament en el que su presidenta, la señora Forcadell, ha instaurado ya hace tiempo el caos y la arbitrariedad. Pero no solo por eso: supongo que Puigdemont ha tomado ya buena nota del significado de la retirada de las empresas y bancos, de las grandes manifestaciones con las banderas rojigualda y cuatribarrada, de los editoriales de los principales periódicos catalanes y hasta de las ya no tan veladas advertencias que le llegan del Gobierno central.
Amagará, previsiblemente, con una declaración de independencia... valedera para cuando gane las elecciones autonómicas que, desde mi punto de vista, tendrá forzosamente que convocar. Y las perderá, porque su partido, el PdeCAT, es una ruina, un residuo; entre su antecesor Artur Mas y el propio Puigdemont, contando también con la trayectoria tan corrupta de Pujol, han dejado en nada a la que fue Convergencia Democrática de Catalunya. Ese amago también va a quedar en nada, una manera de salvar los muebles y la cara, para que no se la parta ese sector de los propios catalanes que tanto se equivocaron -me parece que muchos se van dando cuenta, cuando la Caixa, el Sabadell, Gas Natural, Agbar y tantos otros dan el portazo- apoyando la demencialidad del "procés".
Claro, estoy muy lejos del independentismo. Pero le puedo asegurar a usted que, si estuviese cerca, me alejarían de él las trampas, las mentiras, el oscurantismo y los modos despóticos exhibidos por el victimismo de los cautivos de la CUP. Digo yo que no hace falta ser canadiense y tener en vigor aquella ley de claridad decretada tras el último referéndum en Quebec, para aspirar a tener un mínimo de seguridad jurídica en el proceso político. Puigdemont, considerémoslo así, no se ha portado como un demócrata al manipular legislaciones y normativas a su antojo y conveniencia.
Cierto que el Gobierno central ha cometido bastantes errores y que sigue sin enterarse, a la hora de cerrar este comentario, de lo que dentro de horas hará o dejará de hacer el molt honorable, perdido en su laberinto; cierto. Pero, en esta hora, Mariano Rajoy, dejándose en la gatera cuantos pelos usted quiera, tiene todas las de ganar. Supongo que no todos los cientos de miles de manifestantes el domingo en el centro de Barcelona apoyan al Gobierno del PP, pero estaban, sin duda, respaldando lo que vaya a hacer, si llega el peor de los casos, el Ejecutivo central. Porque el momento es el de defender al Estado. Seguro que hasta Puigdemont entiendo cómo le van de mal, a él, las cosas.


La semana política que empieza - Admítalo, señor Puigdemont: ha perdido usted

09.10.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, (OTR/PRESS)

Ha perdido frente al poder del Estado. Y de la Unión Europea. Y con los del Ibex, que se marchan de Barcelona. Y ha perdido con los medios de comunicación, entre ellos los más potentes de Cataluña. Y en las encuestas, para lo que valgan. No ha habido referéndum válido, les han descubierto a ustedes un montón de trampas en la jornada electoral, algo quizá aún más lesivo para la democracia y la buena imagen en el exterior que los excesos policiales en algunos puntos contra los votantes. Y ahora ha perdido usted la calle, que era lo único que le garantizaba el abrazo del oso de la CUP. Quizá haya perdido hasta el apoyo incondicional de buena parte de los mossos, que viven una infernal dinámica interna. Imposible, así, salvo rapto de locura, declarar la independencia el martes de manera unilateral. Una declaración que, a estas alturas, iría contra casi todos, menos el vicepresidente Junqueras -y aun así, a saber...-, la señora Forcadell y ese "conseller" de Interior suyo tan peculiar, el señor Forn. O el no menos racial señor Romeva. Pancho Villa se hubiera sentido perdido con ese ejército.
Y, lo peor para usted, está a punto de perder no la batalla, sino la guerra, contra el mismísimo Mariano Rajoy, que aún no ha comenzado a calentar para lanzarse al ring. O eso, al menos, parece, que las procesiones siempre van por dentro. Creo que el presidente, siempre tan reacio a compartir chismes con los chicos de la prensa, ha dado un par de entrevistas estos días que, más que al conjunto de la ciudadanía, le estaban destinadas a usted: cuidado, Carles, con lo que haces, no vayamos a pasar a mayores. Nunca he sido partidario de soluciones drásticas, excepto cuando la otra parte no te deja otra salida; y, hasta el momento, usted, ustedes, no han dejado salidas. Y no lo digo yo escribiendo desde Madrid, sino que lo dicen los empresarios que se van, los manifestantes que salen, lo dicen los editoriales de los periódicos que supongo que ustedes leen, porque son periódicos consolidados en Cataluña por catalanes. Y ahora lo dice Rajoy, que se empeña en el "no" al diálogo con usted que otros le piden.
Ha perdido usted, señor Puigdemont, porque no se puede pelear contra el Estado, contra la Caixa, Agbar, Gas Natural, Foment, el Círculo Ecuestre y contra los que mandan en el edificio Europa en Bruselas. Además, por supuesto, de que no se puede pelear contra Rajoy y todos los resortes que Rajoy maneja, no con demasiada destreza posiblemente, pero los maneja porque están a su disposición. ¿Tan difícil es entender que no se puede, en aras de una vana e irrealizable ilusión, comprometer el bienestar y la seguridad de todo un pueblo? ¿Se trata apenas de "dar una patada" en salva sea la parte, a Rajoy? Pues menudo objetivo político; consuélese, por lo demás, porque el presidente del Gobierno también tendrá que pagar una factura por lo que ha hecho y sobre todo por lo que no ha hecho; pero será más tarde y será menos elevada que la suya, señor Puigdemont. Porque, a este paso, no va usted a salvar ni los muebles. Y eso no nos conviene ni siquiera a quienes nos sentimos tan lejos de usted que nos atrevemos a enviarle cartas abiertas de las que quizá, cual botellas de náufragos como esta, usted nunca tenga noticias. Pero no empreñe más, hombre, que ya está bien, total para nada; ya ha perdido usted y pronto estará usted perdido.


Siete días trepidantes - Nadie tenía plan B: volvamos al A

08.10.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, (OTR/PRESS)

Mariano Rajoy no tenía plan B. Lo demostró en su salida a los medios en la noche del domingo, y lo reiteró en una entrevista esta semana: su plan B era en realidad el plan A. Es decir, que Puigdemont se eche atrás en su proyecto de declarar la independencia para evitar males mayores. En la Generalitat se lo tomaron como una amenaza, como pensaron que el tono muy serio y sin paños calientes del mensaje del Rey era -y era_ toda una admonición; ¿cómo hablar de diálogo con quien quiere acabar con el Estado?

Pero Puigdemont tampoco tenía, ni tiene, plan B: aseguraron, él, Artur Mas y Junqueras, que las empresas y los bancos no se irían de Cataluña ante una declaración de independencia, y resulta que a los "grandes" empleadores les ha faltado tiempo para anunciar que se largan. Lo mismo que los países de la UE que, según la Generalitat, iban a apoyar el golpe: no quieren saber nada de lo que está pasando. Cataluña se quedaría sin bancos y sin Europa.
Así que el molt honorable president de la Generalitat y su camarilla, una vez más descubiertos en sus mentiras, tendrán que regresar al plan A. Es decir, a aplazar la decisión última, lo que equivale, en la práctica, a desistir de los planes primigenios, que ya veremos cómo lo justifican. O, en caso contrario, si deciden sostenella y no enmendalla, tendrán que afrontar todos los males del infierno, comprobarán que la población que alegremente se unía a la fiesta el pasado domingo se les vuelve en contra y que las banderas rojigualdas sobrepasan en número, en las calles de Barcelona, a las esteladas, que van a dejar de estar de moda.
Quiero ser optimista y pensar que algo de raciocinio queda en las mentes de los okupantes de la Generalitat. No solamente España entera se les echa encima; es que va a acabar ocurriendo lo mismo con toda esa Cataluña partidaria del "no" a la secesión -aunque esté indignada, y con algo de razón, por los procedimientos "de Madrid"-. La mayoría silenciosa, de la que inexplicablemente formaba parte también la élite económica, va a dejar de ser tan silenciosa y va a gritar su indignación ante la chapuza, la falsedad -maadre mía, menudo recuento de los votos del domingo_ y la falta de escrúpulos democráticos con que ha sido llevado todo el "procés". En algún momento pensé que Junqueras tenía más cerebro que Puigdemont, lo que no era difícil; ahora me reafirmo en mi vieja tesis de que Esquerra Republicana de Catalunya sigue siendo la gran culpable de todo lo peor que le ha ocurrido a Cataluña en el último siglo. Y, encima, ahora todavía -todavía- en alianza con la CUP, formación a la que no dedicaré más comentarios que este: la FAI hundió cuanto encontró a su paso y, valga el juego de palabras, pasó lo que pasó.
Por favor, recuerden lo ocurrido en 1934. Se confían en que la democracia española no tiene un general Batet -afortunadamente_ y puede que ni siquiera se atreva a mandar un tiempo a la cárcel a Puigdemont, que tantos méritos está haciendo para ello. Pero que tengan cuidado con el hartazgo de las masas, que no se rebelan solamente, algo obcecadas por la indignación con el sistema, para votar "si" al Brexit, o a Trump, o a un proyecto de independencia que, ya digo, no tenía plan B y sí muchos camelos. Creo que, en las próximas horas, vamos a ver grandes concentraciones de banderas rojigualdas que no van a ser, por mucho que algunos se empeñen, manifestaciones de "fachas"; quizá una de las pocas cosas que tendremos que agradecer a estos golpistas de pacotilla sea haber recuperado una bandera que hasta ahora era casi sinónimo de ultraderecha. No puede haber tanta ultraderecha en tantos balcones con la enseña nacional desplegada, digo yo: se sabría.
Y ese, el de una sociedad civil que por fin empieza a tomar conciencia de su fuerza, es, en realidad, el plan B que los políticos, para los que la gente es siempre un elemento secundario, no habían tenido en cuenta.


Fernando Jáuregui - Fin de semana en el que arderán los teléfonos

07.10.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, 6 (OTR/PRESS)

Toda guerra tiene sus interlocutores secretos; siempre hubo un embajador británico que hablaba del futuro, en medio de lo peor de la batalla, con un embajador alemán. La irresponsabilidad de la contienda no puede extenderse a hacer tabla rasa acerca de lo que ocurra una vez que se llegue a una paz, a un armisticio. Claro que no equipararé la "escaramuza catalana" con guerra mundial alguna, porque aquí no hay más violencia que la por otra parte tan publicitada por la tele de la Generalitat, ni el ámbito se circunscribe más allá de lo autonómico, por mucho que los dirigentes políticos catalanes quieran, erróneamente, internacionalizar un conflicto del que Europa y Estados Unidos no quieren saber nada. Pero sí creo que es pertinente hablar de los "interlocutores subterráneos", que tienen apenas este fin de semana para evitar que el estallido del pasado domingo se convierta en explosión atómica el lunes.
No sé quiénes son tales interlocutores, aunque sospechas albergo; posiblemente, como es lógico, nunca nos enteraremos de sus buenos o malos oficios. Pero tengo la sensación de que el suflé está bajando. O esa tentación, la de bajar los humos, al menos, existe, una vez que la alegre irresponsabilidad de la "fiesta" del domingo empieza a pasar la factura: empresas y bancos que se marchan, expresión de preocupación máxima en la UE, el mayor de los mossos, Josep Lluis Trapero, junto a otros tres responsables de la algarada dominguera, entre ellos los responsables de la Assemblea y Omnium, ante la juez de la Audiencia Nacional. Y se escuchan muchas voces pidiendo responsabilidades penales para Puigdemont, persona física y dirigente político que, de concurrir otras circunstancias, habría tenido ya muy otro tratamiento por parte de los jueces.
La indignación que yo percibí en las calles de Barcelona el domingo ante las cargas policiales -qué mal planificado estuvo todo: ¿dónde se ha metido el coordinador del operativo, el coronel Pérez de los Cobos?- me parece que está dejando paso a una oleada de intensa preocupación. Es el vacío ante ese "y ahora ¿qué?" obviamente no planificado por los falsos estrategas de la Generalitat, a los que falta talento para dar limpiamente un salto que resulta imposible e inconveniente a todas luces.
Y luego está la reacción ciudadana, de esa mayoría silenciosa que, como todos -los políticos "de Madrid", los grandes empresarios y banqueros catalanes, tantos medios de comunicación--, prefirió mirar hacia otro lado, obviar el problema, anticipar que las cosas no serían llevadas hasta el extremo. Pero esa mayoría empieza a salir, con otras banderas que no son precisamente la estelada, a las calles, que hasta ahora parecían tomadas por la CUP; que, por cierto, ya está identificada por Junts pel Sí, y hasta por Podemos, como la principal enemiga del "procés" independentista. Hay ruptura inminente entre las fuerzas que alentaron el falso -y tan falso: la de mentiras que se han oficializado_referéndum. Creo que la ciudadanía va siendo consciente de que una hipotética independencia la empobrecería, la aislaría y quizá, como diría Rajoy, con su tono sombrío, cosas peores.
Puigdemont y Junqueras serán dos enloquecidos, pero, sobre todo el segundo, no tontos. Saben que tienen que acudir a no sé qué mediaciones -ya digo: como si estuviésemos en la Segunda Guerra Mundial--, a un diálogo que ya llega tarde; hasta se permiten reprochar al jefe del Estado que, en su discurso de esta semana, tan importante, no invocase este diálogo. Ya es tarde para eso; lo primero es restaurar el orden democrático, normalizar la vida del Parlament, establecer la separación de poderes, evitando que la señora Forcadell se inmiscuya en las decisiones del Ejecutivo... y, claro, romper con la CUP, a la que ya solo queda la acción callejera y las llamadas a la rebelión total, que no poco asustan al "botiguer" medio que todos llevamos en el alma.
Veremos en qué para todo esto y si la "diplomacia del teléfono rojo" sirve de algo. Lo que aún, pese a lo acostumbrados que nos tienen a las emociones fuertes, me sigue pareciendo imposible es que así, sin más ni más, vaya alguien el lunes a encaramarse al balcón de la independencia para "dar una patada en los collons a Rajoy", como me dijo en cierta ocasión un relevante miembro del malhadado PdeCAT, que teóricamente sigue siendo el partido comandado por Puigdemont, vaya usted a saber. Menuda motivación, en todo caso, para ponerlo todo patas arriba: la patada testicular. Unos genios, vaya.


Fernando Jáuregui - Cuánto lo siento: Puigdemont tiene que ir a la cárcel

06.10.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, 5 (OTR/PRESS)

Una cosa es la algarada del pasado domingo y otra, muy diferente, proclamar unilateral y arbitrariamente la independencia en el Parlament el próximo lunes. Lo uno ya se ha visto que, al parecer, apenas trae más consecuencias que la fractura de las fuerzas constitucionalistas, la demostración de que el Gobierno central no sabe por dónde se anda, que la oposición aún menos y que las instituciones están a lo que guste el Ejecutivo. Si las cosas quedasen aquí, seguro que Puigdemont lo firmaba. Pero, si se declara formalmente la independencia desde el Parlament -bueno, desde una parte del Parlament--, se produce un estado de cosas judicialmente irreversible. Mal remedio para este asunto, porque la Justicia española, que es proverbial en su lentitud paquidérmica, también es irreversible cuando hinca el diente: Puigdemont tendrá que acabar en la cárcel.
Bueno, en realidad a Puigdemont ya le tocaría prisión preventiva por presuntos delitos de sedición, sublevación, quién sabe si prevaricación y quizá también un delito electoral derivado de la inmensa magnitud del pucherazo dado este domingo en la preparación, ejecución y desarrollo del "referéndum". Con tales premisas, imposible proclamar la independencia basada en una votación no solo ilegal, sino fraudulenta -no se han atrevido ni a proclamar los datos definitivos de la consulta ante las urnas, supongo que para evitar las risas generalizadas--, con la ruptura de todas las reglas de la seguridad jurídica y del juego democrático. Por mucho menos, y por traer aquí apenas un ejemplo, el fiscal le pide nueve años de prisión al ex presidente murciano, Pedro Antonio Sánchez, envuelto en un caso de muchos menos vuelos.
Y, como los españoles somos constitucionalmente iguales ante la ley, Puigdemongt tendrá que afrontar ante un tribunal sus presuntos delitos. No tendría sentido que se quebrase uno de los principios básicos de la democracia, la separación de poderes, interviniendo el Ejecutivo en decisiones que corresponden al Judicial. Cosa que, dicho sea de paso, ha ocurrido demasiadas veces en la historia de este país nuestro, y que es algo que no contribuye mucho precisamente a la confianza de la ciudadanía en que estamos viviendo en un puro estado de derecho.
Nunca he sido partidario de la dureza en el juego de la política, ni creo en el Estado-sancionador. Por el contrario, sí creo en la máxima "summa lex, summa iniuria": la aplicación maximalista de la ley, sin tener en cuenta las circunstancias, provoca más males que bienes. Pero más aún soy partidario del imperio de la ley. Entiendo que Puigdemont, y no solamente él, ha cometido delitos (presuntos, perdón) de carácter gravísimo, y debe pagar por ello. No se podría fundamentar un Estado de derecho si así no fuese. Puede que esta premisa resulte políticamente inconveniente, porque acaso dificultaría un entendimiento. Pero la Historia nos enseña que jamás se debe transar con quien quiere pasar a ella con actos inicuos. A Puigdemont, y centro en él las responsabilidades penales, políticas y civiles de muchos, le toca ahora pagar un duro precio. No hay diálogo ni olvido, ni mirar hacia otro lado, para él.


Fernando Jáuregui - El Rey no les llamó mentirosos; pudo hacerlo

05.10.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, 4 (OTR/PRESS)

El Rey, en su duro y me parece que plenamente justificado, alegato contra quienes, desde la Generalitat, nos han llevado hasta aquí, bien podría haber incluido, a las acusaciones de deslealtad, la de la mentira. Porque todo, casi absolutamente todo, de lo actuado desde mucho antes de la madrugada del 1 de octubre, estallido de una revolución de opereta, ha sido mentira. Los catalanes de buena voluntad podrán querer engañarse, pero resulta muy difícil no ver la certeza del enorme pucherazo, y encima chapucero, en que consistió el llamado "referéndum de autodeterminación". Ni Idi Amin, señor absoluto de la dictadura ugandesa en su tiempo, pudo haberlo hecho peor.
Con toda seguridad se puede decir que ni votaron los dos millones doscientas mil personas que fueron ofrecidas en los datos oficiales -ni siquiera medio millón, según estimaciones solventes--, ni se respetaron las mínimas garantías que cualquier país que se quiera democrático exige para considerar válida una votación, ni el relato que se hizo de la jornada respondió en absoluto a la verdad.
Por no ser, ni fueron reales la mayor parte de los heridos en una carga policial que, no me duelen prendas para decirlo, fue en muchos casos excesiva; ni los datos tomados a mano para inscribir a tantos votantes fueron luego computados con un censo inexistente. La historia de la militante de Esquerra a la que rompieron los dedos, y luego resultó que no, me parece altamente instructiva respecto a la mendacidad descarada con la que el "procés" ha discurrido y respecto a cómo se las gastan estos golfantes. Pero fue todo ello una mendacidad que los cronistas oficiales de la Generalitat jamás pusieron en tela de juicio. La mentira se extendió también al periodismo, sobre todo en los ámbitos en los que la Generalitat extiende su sombra.
Sé muy bien que los errores desde el Gobierno central, de la Judicatura, de algunos políticos llamados "constitucionalistas" y hasta de ciertos medios nacionales y quizá de los servicios de inteligencia, sirvieron para atizar la hoguera de las vanidades de oropel. Les creímos, o no nos tomamos la molestia de no creerlos, y, así, no les hemos denunciado con la rotundidad suficiente.
¿O es que acaso eso que luego se ha llamado, y no me parece la palabra más correcta, "traición" de los mossos comandados por el mayor Trapero no era algo que nos constaba desde semanas antes? ¿Qué diablos pensaba el coordinador Pérez de los Cobos que iba a hacer la policía autonómica? ¿Ponerse a sus órdenes? Esos fallos de previsión, ese afán por creerse las mentiras emanadas de la Generalitat y del Govern, eso de engañarnos a nosotros mismos fingiendo creer que la legalidad sería, al final, acatada por los sediciosos en Cataluña, han tenido bastante que ver en la desastrosa estética final de un golpe que, lo admito, estuvo mucho mejor planeado por los insurrectos de lo que podíamos pensar dada su escasa talla intelectual.
Claro que le gran mentira empezó hace muchos años, cuando fingíamos no saber que, en realidad, lo de la Banca Catalana de Pujol era una apropiación indebida como una casa; cuando dijimos que, al fin y al cabo, para desarrollar plenamente el catalán, era lógico que no se permitiese rotular en castellano y que los niños estudiasen solamente en la lengua autonómica. O cuando transigíamos con benévola superioridad ante todas las mixtificaciones históricas y hasta geográficas que inculcaban en la mente de unos escolares a los que, de paso, se les enseñaba a odiar a España.
Así, a quien tanto ha mentido durante tanto tiempo y en casi todo, no le causa ningún problema de conciencia proclamar, con toda la frescura del mundo, que votaron, pese a los impedimentos policiales, dos millones doscientos mil catalanes, aun cuando era patente que las largas colas no se movían, que no había ni colegios ni tiempo suficientes para admitir tal cantidad de gente depositando con garantías de identificación su papeleta. Fabricada, por cierto, en el ordenador de casa o en donde fuere. Ya ni siquiera me detengo a señalar a los muchos que votaron varias veces, como ha quedado archidemostrado: ni los pinochos del Govern han podido refutar esta constatación.
Lo que nadie puede pretender, por muy mal que se hayan hecho las cosas "desde Madrid" -que eso daría para un auténtico tratado--, es que, basado en esa superchería, que ha incluido atentados a la seguridad jurídica como el anuncio súbito del "censo universal", o la falsía del reconocimiento internacional del "procés", un reconocimiento que obviamente no existe, el Parlament pueda el lunes, o nunca, proclamar la independencia de la República de Catalunya. Por muy miope que ande cierta prensa internacional, por muy activos que estén los propagandistas en la Red de cierta potencia del Este, resultaría imposible culminar con esa declaración secesionista un "procés" que ha estado plagado de escándalos, bulos y trolas, hasta dejarlo convertido en una enorme quimera.
Esta vez, nadie les creería. Ni Assange, me parece. Claro que mentir es pecado menor que la sedición o que el robo de los corruptos; a eso se debe agarrar el muy religioso Oriol Junqueras, digo yo. No sé por qué me da que todo, hasta ese calendario para la independencia, es más falso que un euro de plástico. A ver si va a tener razón Marx con aquello de que la Historia se repite siempre dos veces, la primera como tragedia, la segunda como farsa. Porque todo esto ha sido, está siendo, una inmensa farsa puesta en pie por unos titiriteros que son eso, unos farsantes. Y que tendrán que llevarse la superchería con ellos, cuando se marchen por esas tierras de Dios.


Jueves, 19 de octubre

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