Opinión

No te va a gustar - Cataluña y la (dicen que) tercera guerra mundial

21.11.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, 20 (OTR/PRESS)

Nunca me ha gustado ejercer el alarmismo, y trato de evitar caer en la exageración. Pero hace algo menos de dos años, incursos ya en aquel 2016 tan políticamente nefasto y del que tantos males estamos heredando, pude escribir que los tres personajes más informados del mundo, el Papa Francisco, Obama y Merkel, coincidían en señalar los peligros del "ciberataque" global, que alguno de ellos, como la canciller alemana, no dudaba en situar geográficamente en Rusia. ¿La larguísima mano de Putin? Nadie osa llegar tan allá, quizá precisamente por esa misma longitud de los poderosos tentáculos del Kremlim, o quizá porque no existen pruebas concluyentes; tan buenos son los "hacker" que operan en pisos más o menos camuflados en Moscú, y no solo allí, claro. Solo recordaré que el Pontífice Bergoglio ha hablado, y no una sola vez, de "tercera guerra mundial". Y no creo que el jefe espiritual de los cristianos sea dado a exagerar.
Así que situar a Cataluña, precisamente en estos momentos en los que la Unión Europea reúne a sus ministros de Exteriores para estudiar el tema, en el epicentro de todas las tormentas que hablan de guerras de desestabilización en las ondas, puede que no sea exagerar tanto. Hay muchos intereses en juego, y de todos ellos se ha venido hablando en las últimas semanas, plenas de informes periodísticos y filtraciones procedentes, quizá, de servicios secretos. Personalmente, solo puedo decir que, hace ya seis años, cuando presidía un conglomerado periodístico en Internet, convoqué, en la sede de un importante bufete internacional de abogados, un encuentro de expertos informáticos, entre los que estaban responsables de los servicios de Seguridad del Estado: ya se habló, entonces, del "peligro ruso", ese peligro que ahora abordan, ya oficialmente, la UE y la OTAN, hablando, incluso, de posibles intervenciones militares en auxilio de alguna nación víctima de ciberataques.
No resulta, por tanto, a mi entender exagerado el titular de este comentario, relacionando lo que ocurre en Cataluña ante las elecciones trascendentales del 21-D, un mes apenas falta, con esa desestabilización patente que amenaza a la cultura occidental tal y como la conocemos: Trump en Estados Unidos, el Brexit en Gran Bretaña, las injerencias en la campaña de Macron, en la campaña holandesa, las cosas de Maduro, la improcedente presencia de Assange y Snowden en el "procés" secesionista catalán, que tanto puede desestabilizar a la UE... Quizá a veces mezclar unas cosas con otras pueda resultar absurdo y gratuito. Pero, ya digo, no puedo resistirme a pensar en que es mucho lo que se está jugando en todo este desvarío, e incluyo en el "melting pot" hasta la localización de la sede de la agencia europea del medicamento, tan codiciada por muchas ciudades que no son precisamente la Barcelona que algunos quieren inestable.
Me parece lógica, a la vista de lo que está ocurriendo en los subsuelos del éter --valga la contradicción--, que es algo que se nos escapa de las manos, esa desconfianza de la ciudadanía no tanto hacia sus representantes, que también, como hacia esos "suprapoderes" a veces encarnados en unos piratas que dominan las redes hasta donde ni siquiera los expertos de los servicios de inteligencia parecen dominarlas. Por eso, nada me extrañan las teorías conspiratorias que han acompañado la muerte de una figura ahora esencial en el combate al independentismo catalán, como el fiscal José Manuel Maza. ¿Cómo no caer en esa tentación de las teorías de la conspiración, sin duda absurdas, cuando a veces las redes sociales tienen más influencia que las palabras de los portavoces gubernamentales?

Y España está ahora un poco presa de los "conspiracionistas", llámense los "telenoticias" de Russia Today o algunas crónicas de los periódicos más influyentes del mundo, que sugieren que el nuestro es un país poco democrático, casi anclado en un franquismo que murió -este lunes se cumplía el aniversario-- sin posibilidad de resurrección hace cuarenta y dos años. Sí, la desinformación, las medias verdades, las "fake news" que poco a poco se enseñorean de las redes y también de algunos noticiarios audiovisuales europeos - hasta de algunas páginas impresas--, incluso bromas noticiosas teledirigidas, como esa -procedente, vaya por Dios, de Rusia- de la que ha sido objeto la ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal, forman parte de esa guerra universal. De la que ahora los españoles -y, por tanto, cómo no, los catalanes-- somos, en cierta medida, sujetos pasivos. La verdad, ya se sabe, es siempre la primera víctima en toda contienda. Y en torno al conflicto catalán, siento tanto decirlo, se han tejido ya demasiadas mentiras. Y demasiadas maniobras orquestales en la oscuridad.


Fernando Jáuregui - "Pides mi cese porque me quieres", me dijo el fiscal Maza

20.11.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, (OTR/PRESS)

Apreciaba mucho al fiscal general del Estado, José Manuel Maza. Incluso jugué, en el pasado, alguna partida de mus con él; era persona con la que siempre pasabas un buen rato, por su trato afable y su extraordinario sentido del humor. Se nos fue para siempre y se abre un hueco inmenso en las estructuras del Estado, incluso a la hora de tratar judicialmente el "procés".
Pese a mi reconocido afecto por Maza, un día, hace no muchos meses, pedí en una radio su dimisión o cese, por su apoyo al juzgaba yo impresentable fiscal jefe de Anticorrupción, Manuel Moix, que acabaría marchándose al poco. Sabía yo que, tras mi comentario en el programa de Carlos Herrera, Maza iba a ser entrevistado. Así que se lo dije en antena: "acabo de pedir tu cese, aunque sabes que te aprecio". "Fíjate si sé que me aprecias, que ahora pides mi dimisión de este cargo, que te consta que abrasa a cualquiera". Y echó una carcajada. Ese era su talante. Luego nos vimos algunas veces y nos prometimos reanudar los combates de mus en cuanto él pudiera. Y vino lo que vino: cuando se fue Moix, tuve al menos ocasión de rectificar y decir que Maza era un gran fiscal, independiente en lo posible, riguroso en lo necesario, justo en lo esencial. Y ahora, con su muerte, ¿qué?

Yo creo que el fiscal general puso en un brete al Gobierno cuando dictaminó medidas rigurosas contra los principales impulsores del "procés", el Govern y la Mesa del Parlament, así como los "jordis" responsables de la Assemblea y de Omnium. Seguramente, en Moncloa pusieron cara de disgusto al comprobar que la cárcel era el destino del vicepresidente, de los "consellers" y de los mentados "jordis", y la huida la meta de Puigdemont y sus incondicionales. Pero ni una palabra de protesta salió, aseguran, de la boca de Rajoy en sus conversaciones con Maza, que puso en marcha el procedimiento que nos ha llevado hasta donde nos ha llevado: el fiscal cumplió con lo que creía su deber, una vez que el Gobierno decidió acudir a la vía judicial, más que a la política, para combatir el peligroso brote secesionista impulsado por la Genealitat de Puigdemont/Junqueras.
Admiré el valor solitario de Maza, al que seguramente las múltiples tensiones acumuladas en el ejercicio de su cargo en este año le precipitaron dolencias quizá latentes. Murió en el peor momento: este lunes iba a reunirse con los fiscales del Supremo para decidir la acumulación de todo el "caso 1 de octubre", es decir, el "procés" independentista, en manos del juez del supremo Llarena, que esta semana tendrá que revisar la situación de Carme Forcadell y los otros miembros de la Mesa del Legislativo catalán. Se apartará así del caso a la juez Carmen Lamela, de la Audiencia Nacional, que decretó el encarcelamiento de Oriol Junqueras y los otros miembros del Govern -excepto Santi Vila, curiosamente "desaparecido", por mor del photoshop, del álbum de fotos de la Generalitat_ que no huyeron a Bélgica con Puigdemont.
Y, así, es de suponer que sea probable que Junqueras y compañía abandonen pronto sus prisiones para, aunque con la espada de Damocles del 155 sobre sus cabezas, incorporarse a la campaña electoral, añadiendo así unos gramos de normalidad a la total imprevisibilidad de un proceso político tan inédito como indeseable.
Pero todo eso se hará ahora, claro, sin Maza sobrevolando la tempestad jurídica y judicial. El Ejecutivo de Rajoy habrá de buscar en apenas unas horas un sustituto para el cargo más difícil, más ingrato, que pueda corresponder a magistrado alguno, a cualquiera con vocación de fisca, a un jurista que se apasione, como Maza, por eso: por la Justicia. Sea quien sea el sustituto -a la hora en que esto escribo ya han comenzado a circular algunas "quinielas", como era de suponer--, no le arriendo la ganancia. Tendrá que tener la gallardía y el buen humor de Maza para sobrellevar la carga que le aguarda.


Siete días trepidantes - Apoyar a Rajoy, quizá tapándose la nariz

19.11.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, (OTR/PRESS)

Comprendo la indignación de Mariano Rajoy cuando la flamante candidata a la Generalitat, Marta Rovira, hija del dedo ajeno a elecciones primarias de Oriol Junqueras, dijo que el Gobierno central preparaba un baño de sangre para impedir el tramposo -eso lo digo yo: menudo pucherazo- referéndum de Puigdemont. Comparto esa irritación ante la mentira de la política aún, pese a todo, bisoña y no obstante veterana en fanatismos. Nada puede justificar la mendacidad en política; si hay pruebas, hay que presentarlas. Si no, todo queda en un nuevo episodio de la guerra, donde la principal víctima es, ya se sabe, la verdad.
Pensar que el loco "procés" catalán se normaliza, cuando Junqueras ha decidido catapultar como títere a la señora Rovira no deja de ser un "wishful thinking" que el Ejecutivo central puede difundir, pero en el que nadie cree. Entre Puigdemont el huido, la Bélgica empeñada en que España sigue siendo el país de Franco muerto hace -el lunes se cumplen_ cuarenta y dos años, Oriol encarcelado y Marta la fantástica, a lo que hay que añadir no pocos sectarismos institucionales y mediáticos, la verdad es que la campaña hacia el 21-D se presenta loca, loca, loca. Y llena de sobresaltos que yo ahora sería incapaz de detallar, por lo imprevisible que todo resulta cuando está sometido a las no-reglas de la falta total de sentido común.
Lo preocupante es que hay otros temas, que podríamos hoy considerar secundarios aunque no lo sean, que redundan en la anormalidad ambiente. Claro, hablo de los casos "Gürtel", Lezo, Púnica y largo etcétera, que han estallado, de manera natural o buscada, al tiempo. Hay quien dice que Rajoy ha tenido suerte, en el fondo-fondo, de que el "procés" lo tape todo, incluso que estamos al borde de la sed física en este secarral llamado España. Así, Bárcenas, Correa, Ignacio González, Granados, Aguirre "et alia", que ya irán saliendo, quedan para lo que los periodistas llamamos páginas pares de los periódicos. O sea, las que muy pocos leen. Pero no es así.
No, no es así porque, si bien se analiza el conjunto de las consecuencias últimas que esto va a tener, lo que está ocurriendo es que Rajoy ve debilitado el apoyo que todos tenemos que prestarle -pienso_ ante una situación de emergencia nacional. Y se nota en los silencios de Rivera, en las cosas desafectas que va diciendo Pedro Sánchez, que el bloque constitucionalista llegará, si llega, hasta el 21-D, y luego ya veremos qué ocurre. La corrupción ha lastrado la buena imagen de España y la hunde ahora que hay muchos medios empeñados en presentar a nuestro país como un Estado policiaco que golpea a pacíficos viandantes que tratan de votar. Es una enorme mentira, como las de Marta Rovira,de acuerdo; pero qué importa eso cuando, en parte ante las torpezas de comunicación de La Moncloa y allegados, que no saben, parece, lo que es elaborar un plan de crisis, los telediarios europeos se empeñan en presentar a España como una democracia tan imperfecta que está casi al borde del expreso de medianoche carcelario y del madurismo parlamentario.
Una lástima que hayamos llegado hasta aquí. Porque la verdad es que Rajoy ni es el delincuente que le espetó en el Congreso la irresponsabilidad de Pablo Iglesias -en el Legislativo hay que aquilatar la semántica, y llamar preso político a quien lo es y delincuente, lo mismo--, ni el taimado Putin que quiere el Times, ni, claro, el salvaje Maduro que sugirió Jordi Evole, y bien que lo siento, porque admiro al personaje (a Evole, digo, claro). Ni, por supuesto, tiene nada que ver con Franco, más allá de la innegable galleguidad, que es casi lo único bueno que adornaba al dictador que reposa en el Valle de los Caídos.
Presentar a Rajoy como el resumen de todos los males es tan contraproducente como sugerir que es el salvador de la patria; ni una cosa ni otra, estimo. Pero de sus cualidades y defectos hablaremos más tarde, cuando todo se normalice de verdad, si es que tal esperanza cabe aún albergarse en nuestros apesadumbrados corazones. Ahora, por la voluntad de las urnas -y un poco de la de Ciudadanos-, Rajoy es el inquilino de La Moncloa, y, ante una situación de quiebra nacional, necesita nuestro apoyo, de la misma manera que necesitamos apoyarle. Lástima que su círculo de tiza caucasiano, y él mismo, se empeñen en considerar disidente peligroso a todo aquel que no está al cien por cien con el Hombre Providencial. Y así, claro, ocurre muchas veces lo que ocurre, que viene siendo no poco.


Fernando Jáuregui - Y, a todo esto, ¿qué fue de la "marca España"?

18.11.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, 17 (OTR/PRESS)

La "marca España" no consiste en llevar los colores de la bandera en la corbata, ni en pulseritas rojigualdas, ni en dar cócteles con jamón ibérico, gran producto nacional, en algún centro cultural de Bruselas. Es urgente realizar un plan de comunicación para potenciar esa marca, la de España, que tiene tras de sí tan espléndidas realidades y que tan pobremente se está vendiendo ahora por ahí y por aquí.
Es urgente recuperar el orgullo de ser español, sin complejos. Y no menos inmediato ha de ser lanzarse a vender país por todos esos sitios en los que los noticiarios de televisión locales se empeñan ahora en presentarnos poco menos que como una dictadura bananera. Claro, a mí, como sin duda a usted, me han ofendido esas preguntas de la Fiscalía belga sobre la calidad de las prisiones (y de la Justicia) españolas: lo grave es que no tengan ni idea; lo realmente inquietante es que los españoles hayamos permitidos, o hasta fomentado, que ahora campe por sus respetos una idea totalmente equivocada de España.
Quienes encarnaban la dirección de la "marca España", gentes hoy casi desaparecidas de la escena, lo mismo que quienes deberían gestionar la comunicación de la cosa pública, desdeñaron comenzar su tarea por donde más importaba: por el interior. Los españoles carecen hoy de ese sentido del Estado que hace que los ciudadanos de una nación se sientan orgullosos de su Historia, de su unidad, de su bandera, de sus costumbres. De ellos mismos. Hace tiempo que el orgullo de ser español se refugia en canciones pachangueras que algunos utilizan para chinchar a los catalanes, en el toro ese del coñac y, como mucho, en la selección nacional de fútbol, cuando mete goles. Básicamente, porque no sentimos el orgullo de estar representados por gentes que deberían merecer respeto, acatamiento y hasta afecto. Y, claro, no es precisamente así.
Así que hoy nos hemos convertido en un país triste, desmoralizado como en los tiempos de 1898, desconfiado de sus gobernantes, que se deja sacudir por Putin, por Maduro y por esos fiscales a los que les gustaría que Bélgica dejase de ser un solo país. Y por esos periodistas de tantos otros países que se sienten rechazados cuando reclaman alguna información en La Moncloa, reconozcámoslo también.
A ver si logramos que no nos saquen a pasear a Franco cada vez que alguien comete un error y pone a la policía a contener, quizá con mayor virulencia de la debida, a unos manifestantes. Estamos pagando muy caros los cuarenta años de posfranquismo en los que solamente Adolfo Suárez fue capaz de impulsar los cambios imprescindibles: lo demás ha sido todo demasiado conservador. Ahora andamos siempre esperando una mejor oportunidad para regenerar nuestra democracia, perfectible como cualquier otra, pero democracia al fin.
Lástima que no todas las fuerzas políticas lo admitan así. Lástima que algunos dirigentes políticos no entiendan que, en una convivencia democrática razonable, hace falta medir el alcalde palabras como "preso político" o "presidente delincuente". Lástima que, por el potro lado, se sigan primando las virtudes del inmovilismo, creyendo --¿cómo se puede estar tan ciego?- que todo va bien y que, si va bien, para qué cambiar.
La "marca España" necesita ideas, coraje, el concurso de todos -no solamente de los políticos, aunque también--. Y, claro, invertir algo de dinero, que esto de la comunicación, la imagen y eso, la marca, exigen algunos desembolsos que si no se hacen no es por austeridad, ni por carencia de fondos, sino por desprecio a eso que se ha dado en llamar comunicación. Y, en ese sentido, Rajoy es un despectivo nato, rodeado por gentes que no han entendido nada de lo que se está cociendo en los tableros nacional e internacionales. ¿Cuánto más habrán de despreciarnos unos togados belgas que nada conocen para que nos concienciemos de que hay que ir a explicarles, a ellos, a todos los demás, y a nosotros mismos, que este puñetero país nuestro es tan democrático como el que más, tiene las cárceles tan limpias para los que merecen estar en ellas como los que más?


Fernando Jáuregui - Rajoy, tan injustamente demolido, tiene que recuperar su papel

16.11.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, 15 (OTR/PRESS)

Ignoro qué pasa aquí, pero lo cierto es que la que puede ser penúltima sesión de control parlamentario al Gobierno central se convirtió este miércoles en un pandemónium, es decir, en un acto casi infernal, en el que tres de los interpelantes al Ejecutivo que preside Rajoy insistieron en que el presidente es poco menos que un malhechor, a cuenta de las andanzas de la Gürtel, "affaire" que reaparece, en sus distintas modalidades, en los ámbitos judiciales. Precisamente ahora, vaya por Dios.
Claro, ya sabemos cómo es el diputado de Esquerra Rufián, que siempre lleva unas esposas, o lo que sea, a mano para montar su numerito extraparlamentario e intracircense; incluso conocemos al más agreste de los posibles Pablos Iglesias, que llamó, sin más, delincuente a Rajoy en su intervención en esta misma sesión. Me chocó más que la "número tres" del PSOE, Adriana Lastra, se deslizase por este mismo sendero podemita... para estrellarse contra la contundencia oratoria de Sáenz de Santamaría. Y me alerta, en el mismo sentido, una acumulación de ataques personales contra Rajoy, desde el Times comparándole con Putin, hasta Jordi Evole equiparándole con el venezolano Maduro.
Antes habían proliferado los sambenitos de "franquista", que es cartel que algunos, desde ámbitos emergentes, cuelgan del cuello de otros, sin haber propiamente conocido el franquismo. Y no caen en que, teniendo Rajoy el respaldo de ocho millones de españoles, dedicarle tan poco amables comparaciones equivale casi a decir que la ciudadanía, al respaldar a gente como Rajoy, está incurriendo en un apoyo a una nueva dictadura.
Obviamente, nada de esto es así. Rajoy será lo que sea -que es muchas cosas, buenas y malas--, pero no creo que nadie pueda equipararle, ni en lo poco bueno ni en lo mucho malo, al taimado Putin. Ni al brutal, grosero, Maduro. Ni al absolutamente inaceptable Franco. No; España para nada es, contra lo que sugieren últimamente algunos medios europeos y latinoamericanos, una dictablanda, y menos una dictadura, que se dedica a golpear a pacíficos transeúntes que quieren votar. En ese sentido, la deuda que tienen Puigdemont y el resto de su camarilla con los catalanes y los demás españoles es inmensa: nunca podrán pagarla.
Cierto es que desde el Gobierno y desde las oposiciones se han confundido mucho, pero mucho, estrategias y táctica. Verdad que los mensajes no siempre han sido nítidos, ni la honradez, extrema. Se han premiado el cuñadismo y la fidelidad militante, se ha caído en oscurantismos. Y de los errores cometidos en lo referente a la imagen ya ni digamos. Pero eso no es franquismo, ni chavismo, ni zarismo. Es otra cosa.
A mí lo que de verdad me sigue preocupando es esa pertinacia de Rajoy por no ofrecer salidas tras el 21-D, cuando apenas queda un mes y unos días para afrontar esas peligrosísimas urnas catalanas. Rajoy, ante el ataque, lo mismo que su vicepresidenta, se defienden bien desde su escaño. Pero no construye futuro, y eso me parece un déficit, que no es solamente de comunicación. Todo lo fía a lo mal que lo hacen sus adversarios, que por cierto lo hacen casi todo mal, sembrando la confusión y el caos entre sus propios partidarios. Pero basar los aciertos propios exclusivamente en los errores ajenos es un mal camino.
No sé si es mucho pedir, pero, tras la bochornosa sesión parlamentaria de este miércoles, en la que algunos, y cito a Pablo Iglesias y a Rufián de manera muy específica, se han retratado en sus auténticos "valores" -comillas, por favor- como miembros del Legislativo, creo que hay que exigir al Gobierno central, y a su presidente, un esfuerzo suplementario: que nos digan qué van a hacer en educación -inexistente ese Departamento, subsumido en otras tareas--, en Justicia, en orden público, en lo referente a la reforma constitucional... El Estado necesita una refundación y, sin embargo, ahí andamos, anclados en el 155 y en la Gürtel, cada loco con su tema, sin darnos cuenta de que hay que pasar ya al 156, 157, 158... y siga usted, así, contando, lo menos hasta dos mil veinte, que es el año en el que deberíamos haber completado esa segunda transición que algunos, por ejemplo el propio Rajoy, siguen sin admitir. Luego se extrañan de que todo sea debate de sal gorda y vuelo rasante.


La semana política que empieza - Que sí, que Franco murió hace 42 años

13.11.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, (OTR/PRESS)

El próximo día 20 de este mes, dentro de una semana, se cumplirán cuarenta y dos años de la muerte de Franco. Faltará un mes y un día para la celebración de las elecciones catalanas. Nada que ver una cosa y otra, si no fuese porque, tras tanto tiempo en el olvido, el dictador reaparece como parte del "procés" catalán. Y, así, el editorial de un importante periódico nacional se ve forzado a titular este domingo "Franco ha muerto", para destacar la insensatez de tantas acusaciones vertidas sobre el Gobierno central de la España democrática, comparando, por ejemplo, a Mariano Rajoy con quien fue llamado, en tiempos de su omnímodo poder, "el generalísimo", ahí queda eso. Pero no: uno se podrá posicionar de una forma u otra ante la trayectoria del también gallego -quizá la única coincidencia con el otro, el nacido en El Ferrol, luego del Caudillo_ Rajoy, pero hay que reconocerle que ha hecho frente como ha podido a la tentación autoritaria en la mayor crisis política de España en cuatro décadas. Y está saliendo no sé si con bien, pero, al menos, con dignidad, del dificilísimo trance.
Por ejemplo, Rajoy ha conseguido que bajase la temperatura en la Cataluña que se hacía imposible sin colocar a un solo militar en el terreno, al menos que se haya podido ver. Claro, hay gente en la cárcel, nadie lo quería, pero qué remedio, dicen los encuestados, que aprueban con bastante holgura, rara avis, lo actuado por el jefe del Gobierno central ante el evidente caos impuesto por el ex molt honorable president de la Generalitat de Catalunya y sus secuaces.
Por supuesto, también hay gente que se autotitula en el exilio, pero allá ellos: Puigdemont se está convirtiendo en el más eficaz aliado contra el separatismo, tal es la cantidad y el grado de sus locuras, que ahora culminan en esa "lista patriótica" con la que, por lo visto desde la taberna del Rey de España en la Grand Place bruselense como hipotético centro electoral, quiere concurrir, dicen, a los comicios autonómicos -porque eso son_ catalanes. Para horror, claro, de sus ex aliados de Esquerra, dirigida ahora por Oriol Junqueras desde su celda en la prisión de Estremera, esperemos que por poco tiempo -saldrá, saldrá y podrá hacer campaña en libertad, confiemos-.
Es tal el mentado caos, con Barcelona convertida en un manifestódromo continuo, en la capital del dislate, que la confusión más completa reina a día de hoy ante la inminente publicación de las candidaturas electorales. Una reedición de "Junts pel Sí" parece ya imposible, con Junqueras y su ex jefe -por decir algo_ Puigdemont más distanciados que nunca en lo táctico y en lo estratégico; con la CUP más alejada del planeta Tierra que jamás; con los comunes redefiniéndose; con el Partido Popular sin aportar gran cosa programática; con los socialistas divididos acerca de si acercarse o no al nacionalismo... En fin, que hay que insistir una vez más: no vemos el "plan B" más allá del 21 de diciembre, e ignoramos si hay vida después del 155.
Y solamente una persona quizá lo sepa, si es que lo sabe: Mariano Rajoy. Que sale demoscópicamente fortalecido del puñetazo en la mesa dado a finales de octubre, poniendo fin, con la aplicación del artículo 155 y la convocatoria de las elecciones catalanas, al proceso loco acelerado desde las autonómicas de septiembre de 2015 por Puigdemont, Junqueras, Forcadell y la pandilla de aficionados que les ha seguido hasta ahora, cuando se ha iniciado el tiempo de las rupturas. He escrito "demoscópicamente fortalecido": una cosa es que los españoles hayan, hayamos, reaccionado con furia ante algunos editoriales de las viejas damas de la prensa gris anglosajona, que equiparaban a Rajoy con Franco o con Putin, y por tanto a España con una dictadura, y otra cosa bien distinta es que el "prime minister" español haya superado la reválida.
No; Rajoy puede haber pasado, a trancas y barrancas, el trimestre, o el lamentable bienio que se inició con aquellas elecciones generales de diciembre de 2015. Ha hecho cosas loables, pero se ha mantenido en una quietud de freno a la regeneración que, por el contrario, me parece muy criticable. En todo caso, no ha aprobado el curso de este Legislatura tremenda, que se inició hace ahora un año, cuando sacó adelante, con un programa reformista que apenas se ha puesto en marcha, su propia investidura, tras un 2016 que fue como para olvidar.
A ver cómo llegamos hasta 2018, a ver qué resulta de esas elecciones catalanas tan atípicas. La nueva Historia comenzará a redactarse en ese momento, haya pasado de aquí a ese día, previo al de la lotería nacional, lo que haya pasado. Sospecho que, por una vez, otras informaciones más acuciantes van a sustituir en los noticiarios al soniquete de los niños del colegio de San Ildefonso, que desde hace tres siglos cantan "el gordo". Porque esas elecciones del 21-D, que desde luego no ganará Rajoy, porque, entre otras cosas, no es él el candidato -aunque a veces lo parezca: menuda comparecencia la de este domingo lanzándose a la campaña en Cataluña-, podemos perderlas todos. Y eso, ni Rajoy, ni Pedro Sánchez, ni Rivera, ni Iglesias, ni, sobre todo, nosotros, los ciudadanos, lo podemos permitir. Y ya me dirá usted qué tiene que ver el hombre sepultado en el Valle de los Caídos, al que algunos quieren hacer renacer, con todo esto que aquí se cuenta: habrá que decírselo a los del Times, que no se enteran.


Siete días trepidantes - El día que murió el golpe independentista, a Dios gracias

12.11.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, (OTR/PRESS)

¿Cuándo murió el intento de golpe de Estado independentista en Cataluña? ¿Cuando, el 27 de octubre, Puigdemont intentó pactar una convocatoria de elecciones, con Urkullu de intermediario ante el Gobierno central, para luego dar apresurada marcha atrás, asustado ante los de la CUP que le llamaban "traidor"? ¿Cuando se exilió a su ridículo refugio bruselense, creyéndose, pobre, Tarradellas? ¿O más bien cuando hace tres días, y ante el juez del Supremo, Carme Forcadell, una de las principales impulsoras del "procés", renunció lisa, dura y llanamente, a la loca carrera hacia la imposible -mira que todos se lo decían_ independencia y puso fin así a su propia carrera política?

Sí, la experiodista Forcadell y los otros miembros de la Mesa del Parlament, la sede del Legislativo catalán que estuvo en el origen del golpe, certificaron esta semana el fin del sueño -¿pesadilla?_ secesionista. Empieza una nueva era, marcada por la inminencia de una campaña electoral que va a ser la más extraña que hayamos vivido, incluyendo aquella recta final de la de marzo de 2004. Dice el Gobierno, con evidente precipitación, que ya ha llegado la normalidad. ¿Con Junqueras y los restantes miembros del Govern encarcelados? ¿Con Puigdemont y la otra parte de los consellers huídos poniendo a parir a España ante micrófonos complacientes de media Europa?

El soufflé se ha deshinchado algo, de acuerdo; estamos a punto de iniciar una etapa, completamente nueva, que incluya mirar en parte al pasado y mucho más al porvenir; pero normalidad, lo que se dice normalidad, no habrá hasta que el ex molt honorable y sus compañeros no tan mártires regresen; cuando el ex vicepresident y su camarilla salgan de Estremera y de Soto del Real... para afrontar ese fin de una era, que incluirá sus responsabilidades ante los tribunales, pero quizá también su asunción de la presidencia de la Generalitat, urnas mediante. A ver qué pasa entonces: ni ellos lo saben.
Historiar lo que ha ocurrido en España desde noviembre de 2015, hace apenas dos años, es algo que aún no está al alcance de un mero periodista: si, entonces, alguien se hubiese atrevido a pronosticar el treinta por ciento de lo que luego ha ocurrido, le hubiesen encerrado por loco. Así que todos nos hemos equivocado prediciendo cosas chocantes, sí, pero que todavía se atenían a una cierta lógica, a un mínimo de sentido común. Nada ha sido así: piense usted, sin ir más lejos, en las cosas que han pasado desde aquella nefasta fecha, el 17 de agosto último, en el que el terror yihadista se cebó con los pacíficos transeúntes en Las Ramblas. Desde entonces, todo se precipitó, impulsado por las manos inexpertas del trío Puigdemont-Junqueras-Forcadell. Y un poco también por la miopía y escasa transparencia del lado de acá. Y de los que pretendieron situarse entre las dos orillas, como Pablo Iglesias y la propia Ada Colau.
El mayor mal que se nos ha hecho ha sido convertir el "caso Cataluña" en la única noticia. Como si no se hubiese incendiado media Galicia, como si Trump no siguiese poniendo al mundo al borde de un ataque de nervios, como si, sin ir más lejos, no volviese a resurgir, con su salida de la cárcel, el "caso Ignacio González", que va más allá de Ignacio González, claro (se hablará mucho más de esto, ya lo verán). Y lo peor: buscando, demasiado tarde y tras mucho mirar hacia otro lado, una solución de 155-exprés para Cataluña, se ha olvidado pavimentar el futuro.
Solo colateralmente se habla de ese nuevo PSOE que parece que algo está aprendiendo de sus errores pretéritos, solo de pasada se esa reforma constitucional que hay que abordar con urgencia, nada se dice del desequilibrio social y económico que nos tiran a la cara, para nuestra vergüenza, las estadísticas. ¿Hay vida después del 155? ¿Tiene el trío Rajoy-Sánchez-Rivera un "plan B", un kit de supervivencia, para que España siga siendo la nación esperanzada que fue desde que, aquel 20 de noviembre, cuarenta y dos años ya, murió el dictador?

Temo, y espero, que habrá que aguardar, para empezar a tener respuestas, hasta que, el 21 de diciembre, los catalanes decidan su/nuestro camino a partir de ahora. Mientras, cinco semanas de (más aún) infarto nos aguardan.


Firma Sindicada - Marx (Carlos) tenía razón: esto es como de Marx (Groucho)

11.11.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, 10 (OTR/EUROPA PRESS)

He citado muchas veces una de mis frases-muletilla favoritas, aquella en la que Carlos Marx decía que "la Historia siempre se repite dos veces; la primera, como tragedia, y la segunda, como farsa", porque estaba, estoy, convencido de que acabaría haciéndose realidad. Puigdemont, que sin duda desconocía, cuando empezó su loca galopada, la aseveración marxista, va poco a poco comprobando cómo de la previsión de un Marx se pasa a la realidad del otro mundialmente conocido con el mismo apellido: Groucho. Se ha quedado solo, protagonizando los memes más o menos ingeniosos que colapsan la Red y acaparando la rechifla universal. Este jueves, la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, sentenció oficialmente el ya fenecido "procés" ante el juez Llarena. Quiso que casi pareciese una broma todo lo actuado, tan ilegítimamente, en favor de la independencia; un juego casi infantil, inocente, no hay por qué tomarse las cosas tan en serio, Señoría. NO ingresar en la cárcel bien vale una misa.
La farsa se ha consumado. Supongo que Oriol Junqueras, me aseguran que enfrentado ya a muerte con su exsocio Puigdemont, saldrá pronto de la prisión, junto con sus compañeros del ex Govern. Confío en que así sea, y en que la campaña electoral que comenzará en breve se normalice en lo posible, con apenas la excepción del "candidato belga", que anda, me dicen, reclutando a una pandilla de insensatos para que le acompañen en una lista que no tiene ninguna garantía de éxito, más bien al contrario. Como dijo Churchill, "habéis elegido la indignidad para evitar la guerra, y ahora tenéis la indignidad y la guerra". Pues eso: Puigdemont eligió el exilio para evitar que le llamasen "traidor" los suyos cuando estuvo a punto de ceder una negociación razonable con el mediador Urkullu, y ahora tiene el exilio -bueno, ni eso, porque no se lo van a conceder_y la ojeriza de los que eran suyos, que difícilmente le van a perdonar la escapada a Bruselas, ni los vaivenes anteriores, que han hecho que todo esto, con la gravedad que tiene, parezca, no obstante, de chiste de la guerra de Gila.
Y aquí está el país entero, riéndose con el payaso que más parece un Harpo Marx políglota que un político serio que quiere mejorar las cosas para sus representados; las ha empeorado, de hecho. Ha dejado casi a cero a su partido, que durante tantos años gobernó Cataluña, ha cuarteado a quienes compartían sus ideas, ha propiciado que la Mesa del Parlament se ponga en ridículo, ha empobrecido a los catalanes, ha dejado la marca Cataluña -y la marca España, de paso_por los suelos, la puesto en un brete al país que le aloja, ha favorecido desórdenes civiles sin cuento, como la manifestación "salvaje" de hace tres días, y ha hundido moralmente a sus paisanos. Hoy, ya no tiene quien le escriba ni, casi, quien le pongo a tiro un micrófono: tanto ha desgastado su monocorde mensaje.
Lo peor que te puede pasar es hacer el ridículo, sugería Tarradellas, a quien Puigdemont quería imitar en su digno exilio, tras haber fracasado como émulo de Companys. Cierto que nos ha dejado a todos la camisa hecha jirones, y al Gobierno de Rajoy con serias inquietudes y desfases internos, pero no estoy seguro de que haber propiciado el destrozo de los propios y de aquellos a los que quieren considerar ajenos (cuando, en realidad, son propios) sea algo como para enaltecerse.
Ignoro en qué acabará Puigdemont. De momento, ha ingresado en las páginas más chuscas de la Historia. El, que se creía un nuevo libertador Bolívar.


Fernando Jáuregui - Marx (Carlos) tenía razón: esto es como de Marx (Groucho)

11.11.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, 10 (OTR/PRESS)

He citado muchas veces una de mis frases-muletilla favoritas, aquella en la que Carlos Marx decía que "la Historia siempre se repite dos veces; la primera, como tragedia, y la segunda, como farsa", porque estaba, estoy, convencido de que acabaría haciéndose realidad. Puigdemont, que sin duda desconocía, cuando empezó su loca galopada, la aseveración marxista, va poco a poco comprobando cómo de la previsión de un Marx se pasa a la realidad del otro mundialmente conocido con el mismo apellido: Groucho. Se ha quedado solo, protagonizando los memes más o menos ingeniosos que colapsan la Red y acaparando la rechifla universal. Este jueves, la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, sentenció oficialmente el ya fenecido "procés" ante el juez Llarena. Quiso que casi pareciese una broma todo lo actuado, tan ilegítimamente, en favor de la independencia; un juego casi infantil, inocente, no hay por qué tomarse las cosas tan en serio, Señoría. No ingresar en la cárcel bien vale una misa.
La farsa se ha consumado. Supongo que Oriol Junqueras, me aseguran que enfrentado ya a muerte con su exsocio Puigdemont, saldrá pronto de la prisión, junto con sus compañeros del ex Govern. Confío en que así sea, y en que la campaña electoral que comenzará en breve se normalice en lo posible, con apenas la excepción del "candidato belga", que anda, me dicen, reclutando a una pandilla de insensatos para que le acompañen en una lista que no tiene ninguna garantía de éxito, más bien al contrario. Como dijo Churchill, "habéis elegido la indignidad para evitar la guerra, y ahora tenéis la indignidad y la guerra". Pues eso: Puigdemont eligió el exilio para evitar que le llamasen "traidor" los suyos cuando estuvo a punto de ceder una negociación razonable con el mediador Urkullu, y ahora tiene el exilio -bueno, ni eso, porque no se lo van a conceder- y la ojeriza de los que eran suyos, que difícilmente le van a perdonar la escapada a Bruselas, ni los vaivenes anteriores, que han hecho que todo esto, con la gravedad que tiene, parezca, no obstante, de chiste de la guerra de Gila.
Y aquí está el país entero, riéndose con el payaso que más parece un Harpo Marx políglota que un político serio que quiere mejorar las cosas para sus representados; las ha empeorado, de hecho. Ha dejado casi a cero a su partido, que durante tantos años gobernó Cataluña, ha cuarteado a quienes compartían sus ideas, ha propiciado que la Mesa del Parlament se ponga en ridículo, ha empobrecido a los catalanes, ha dejado la marca Cataluña -y la marca España-, de paso por los suelos, la puesto en un brete al país que le aloja, ha favorecido desórdenes civiles sin cuento, como la manifestación "salvaje" de hace tres días, y ha hundido moralmente a sus paisanos. Hoy, ya no tiene quien le escriba ni, casi, quien le pongo a tiro un micrófono: tanto ha desgastado su monocorde mensaje.
Lo peor que te puede pasar es hacer el ridículo, sugería Tarradellas, a quien Puigdemont quería imitar en su digno exilio, tras haber fracasado como émulo de Companys. Cierto que nos ha dejado a todos la camisa hecha jirones, y al Gobierno de Rajoy con serias inquietudes y desfases internos, pero no estoy seguro de que haber propiciado el destrozo de los propios y de aquellos a los que quieren considerar ajenos (cuando, en realidad, son propios) sea algo como para enaltecerse.
Ignoro en qué acabará Puigdemont. De momento, ha ingresado en las páginas más chuscas de la Historia. El, que se creía un nuevo libertador Bolívar.


Fernando Jáuregui - Que salgan. Que vuelvan

09.11.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, 8 (OTR/PRESS)

Que salgan. Que vuelvan. Todavía estamos a tiempo --ahora que no ha comenzado oficialmente-- de hacer una campaña electoral "normalizada", en la que los principales candidatos no estén en la cárcel o en el autodenominado "exilio". Todavía el Tribunal Supremo puede enmendar los excesos de celo de la juez de la Audiencia Nacional. No conviene políticamente, ni moralmente -y la aplicación suma de la ley no se puede convertir en suma injuria-, que el acaso próximo president de la Generalitat salga de prisión para tomar posesión del cargo en la plaza de Sant Jaume: menuda fotografía para The Guardian. Ni es bueno que el insensato "refugiado" en Bélgica siga lanzando desde allí proclamas absurdas, que a él tanto le descalifican y al Estado, en el que tendrá que convivir los próximos años, tanto le perjudican.
Dejemos de una vez de hacernos daño, que eso no nos lleva sino a la perdición. Dejemos, desde el independentismo "oficial", de hacer caso a los que les llaman "traidores" por haber querido organizar, ellos, esas elecciones a las que ahora todos se acogen; dejemos, los que somos contrarios a la independencia de Cataluña, de hacer mofa y befa del catalanismo con la "manoloescobarmanía", blandiendo el garrote y los grilletes como toda razón. Olvidemos de una vez los extremismos, las revanchas, las rabietas de colegio; hagámonos mayores.
Esto en lo que estamos, simplemente, no es posible. Imposible llevar a cabo una campaña electoral en estas condiciones. La aplicación de la ley ya está garantizada, pero ¿por qué hacerlo preventivamente, cuando sabemos -o intuimos-- que, una vez que haya sentencia, el Gobierno central de turno tendrá que ejercer su potestad del indulto, para normalizar, aunque sea tarde, las cosas? Nos hemos precipitado al dar carta blanca al poder judicial, que es ciego y sordo a lo que se llama interés del Estado. Y ahora no nos queda sino confiar en que ese mismo poder, que ya hemos comprobado, de acuerdo, que existe, valore la magnitud del posible desastre provocado por sus acciones tajantes.
Hasta aquí hemos llegado. El Estado ha mostrado su fuerza. El independentismo, sus límites. Que salgan de Soto, de Estremera. Que vuelvan los que se fueron y saben que no podrán seguir sobreviviendo mucho tiempo de la caridad pública de algunos medios que gozan presentando a esta España democrática como si hubiese regresado al franquismo, menuda barbaridad. No quiero seguir, como español, como ciudadano, como periodista, sufriendo al ver los noticiarios de tantas televisiones europeas, que se gozan presentándonos a los españoles como unos salvajes, otra burrada que no tiene anclaje en la realidad, pero ya se sabe que lo importante es lo que parece, no lo que es.
Puigdemont, Junqueras, nos han hecho un daño terrible. Ni con la perpetua pagarían, es lo que siento, el mal que han causado a un país que lleva años afanándose por ser un modelo de democracia -sin haberlo conseguido del todo, desde luego--. Pero lo que pienso es otra cosa: más daños nos hacen ellos, desde la prisión, desde el "exilio", en su actual situación de postración. Porque Dios nos libre de los débiles, sobre todo de los que no tienen causa. Y más aún, cuando tienen algún tornillo del cerebro algo suelto, como temo que es el caso. Hacen menos daño fuera que dentro, los unos, y menos dentro que fuera, los otros. Que vuelvan. Que salgan. Y que compitan en buena lid ante las urnas, estas sí de verdad. Luego, Dios y la eterna improvisación de este país nuestro, incluida, claro, Cataluña, dirán.


No te va a gustar - Manoloescobar manía

08.11.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, 7 (OTR/PRESS)

Manolo Escobar como arma arrojadiza "contra los catalanes". Pocas veces se habrá concebido mayor barbaridad que la utilización del carro que le robaron al inocente y racial cantante almeriense (y universal, si usted quiere) como arma arrojadiza contra los separatistas de la Generalitat y, de paso, contra todo lo que pudiera representar el catalanismo. "Esgrimir el "soy espaaañool, españoool, españool" como forma de chinchar a los habitantes, o a una parte de ellos, de un trozo de España, me parece una muestra de carpetovetonismo digna de aquel célebre "Celtiberia Show" que con tanta ironía y compasivo amor escribía mi maestro Luis Carandell. Y, además, es una falta de educación y de tolerancia.
Obviamente, ir a molestar a su celda en Estremera o en Soto del Real a uno de los reclusos independentistas catalanes portando la bandera bicolor puede resultar más o menos gracioso para quienes escuchamos la anécdota, que me imagino que es apócrifa. Pero tanto eso como la "manoloescobarmanía" denota un muy escaso afán de concordia. Y una cosa son los memes que proliferan, más o menos chistosos, por las ondas -yo mismo los estoy coleccionando: algunos, simplemente geniales- y otra utilizar como ariete contra "el separatismo" a un coplero andaluz que se había convertido en todo un símbolo cuando acudimos muchos a festejar la victoria de la "roja" en el Campeonato Mundial de Fútbol, con jugadores catalanes incluidos, faltaría más.
Ahora, ya ve usted, y ahora que hablamos de fútbol: además de todo, y por si fuera poco la que tenemos encima, la gran polémica del ser nacional se centra en si una franja de la (espantosa, por cierto, a mi humilde parecer) camiseta "roja" de la selección lleva una franja de color azul o si, en realidad, es morado, lo que evocaría reminiscencias republicanas tricolores. Maaadre mía...
Pocos países hay que frivolicen tanto como este, alegre y despreocupado, en el que tenemos la suerte de vivir, o eso pensamos algunos, al menos. Bueno, pues lo que son las cosas: ahora, al Manolo Escobar de las rumbas, pasodobles, coplas, fandangos y hasta villancicos, a ese que amenizaba los últimos bailes, ya cargados, en las bodas, le han metido, al pobre, en una especie de guerra de Gila contra lo que representan las esteladas; sería cómico, si el fondo del asunto no fuera trágico y si, bien mirado, no fuese una muestra más de la mala uva nacional, esa que hace que numerosos tuiteros hispanos -catalanes incluidos, faltaría más- se hallen entre los más crueles y zafios del mundo.
A mí, desde luego, y espero que sepan perdonarme los sin duda muchos con parecer contrario, me hacen muy poca gracia algunas parodias "flamencas" -vivan los juegos de palabras ingeniosos- que enloquecen a los "trending topics". Ni me arrancan una sola sonrisa de complicidad las gracietas sobre el flequillo de Puigdemont. Creo que el problema es, lamentablemente, mucho más serio que todo eso, y las culpas del ex molt honorable ex president de la Generalitat van mucho más allá de los descuidos capilares o de si ha contratado un abogado flamenco, que no es de los de faralaes. Lo dicho: maaadre mía, nivelazo...


No te va a gustar - Casi todo lo que hemos hecho bien (y mal)

07.11.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, 6 (OTR/PRESS)

Reconozco que, casi tanto como el tono conciliador empleado este lunes, en un desayuno muy concurrido organizado por Europa Press, por el presidente de Extremadura, Guillermo Fernández Vara, me gustó la presencia en ese acto de la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría. Me pareció que ambos entendían que son bienes superiores lo que ahora hay que preservar y que no conviene desgastarse en ataques al Gobierno del PP el uno y a la oposición del PSOE la otra. Es, totalmente de acuerdo con el presidente extremeño, momento de cerrar filas para buscar acciones eficaces que preserven la unidad del país y restañen a Cataluña, y al resto de España, las heridas producidas por un desbocado intento golpista secesionista, fracasado sin duda, pero que sigue haciendo notar sus catastróficos efectos..
Claro que no voy a decir ni que todo vaya bien ni que todo se haya hecho bien. Los errores del pasado inmediato, la inactividad desesperante de unos y el "no, no y no" de los otros, han contribuido no poco a conducirnos a donde estamos, y donde estamos es en una situación bien peculiar -por decirlo con palabras suaves--: estamos, nada menos, en la posibilidad de que el próximo president de la Generalitat, salido de las elecciones autonómicas convocadas quizá algo precipitadamente desde La Moncloa, haya de abandonar la cárcel para tomar posesión y luego volver a ella. Movida sin duda surrealista y muy poco aconsejable si queremos llevar la paz política, ya que no el calor hogareño, a las relaciones entre Cataluña y el resto de España. Ni tampoco me parece el mejor escenario posible aquel en el que otro de los candidatos, quizá incluso la otra posibilidad para ser el próximo ocupante de la presidencia del Govern autonómico, pudiese tener que regresar del "exilio" para poder sentarse en la plaza de Sant Jaume.
Una locura, sí, derivada de la dejación de las responsabilidades políticas en manos de los jueces, que no entienden de florituras y sí de lo que dicen, lisa y llanamente, las leyes. Y no están las cosas como para andar aplicando así, lisa y llanamente, el código de sanciones penales previstas para los obvios desmanes antidemocráticos y anticonstitucionales de Puigdemont, Junqueras y demás. Confiemos en que el juez del Supremo no repita las decisiones tajantes de su colega de la Audiencia Nacional y no acuerde prisión inmediata e incondicional también para la presidenta y la Mesa del Parlament catalán; tener a una docena de políticos catalanes encarcelados y a otra media docena buscando casi asilo político (aunque hayan evitado decirlo así, porque hubiese sido un nuevo dislate por su parte), no viene bien ni al proceso electoral abierto en Cataluña, ni a la marca España, ni a la economía del país, incluyendo, desde luego la catalana.
He de admitir que seguramente no quedó otro remedio que aprobar -tarde, por cierto-- la aplicación del artículo 155 para sofocar las llamas de la rebelión de la Generalitat y sus derivados. Pero quizá en algún momento alguien, con toga, echó gasolina al incendio. Y eso se promovió desde el poder Ejecutivo y no se evitó desde el Legislativo. Hay que volver a intentar pactar, me temo, y lo digo sabiendo perfectamente que no es un pacto precisamente lo que pide la mayoría de la muy irritada opinión pública española pero no catalana: hay, sin duda, un conflicto serio entre los catalanes y el resto de los españoles, que es un conflicto que hay que agradecer a la impericia, torpeza y falta de imaginación de los gobernantes.
Algo hemos sacado, al menos, de todo esto: la consciencia, reflejada en el desayuno al que me refiero, de que con las cosas de comer no se juega y que la oposición política hay que ejercerla cuando hay que ejercerla y en las materias en las que haya de ejercerse. Viendo a SSdeS sentada en el multitudinario acto protagonizado por Fernández Vara, en presencia también de la portavoz socialista Margarita Robles, dí en recordar aquel loco proyecto del PSOE de presentar una moción de reprobación contra la vicepresidenta. Ese proyecto se hacía público hace un mes, y ya ve usted: ahí estaban, frustrada reprobadora -Margarita Robles- sentada amigablemente casi al lado de la frustrada reprobada, SSdeS.
Y es que los tiempos, ya lo mostraron este lunes ambas, además de Fernández Vara, están más para buscar pactos que para "noes" apriorísticos, como hasta hace muy poco venía haciendo Pedro Sánchez. Por cierto que el secretario general socialista, que es quien ha dado el gran viraje estratégico sobre la permanente negativa de antaño, no asistió al desayuno. Será porque no quería que los periodistas le preguntásemos por su bastante razonable crítica a la estrategia del Gobierno de acudir siempre al Código Penal, y no al diálogo, para tratar de resolver la "cuestión catalana". Y no es eso, no es eso: que una cuestión es apoyar, y qué remedio, a Rajoy y otra aplaudir hasta cuando yerra.


Lunes, 18 de diciembre

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