Opinión

Antonio Casado - El rescate de Cataluña

21.10.17 | 08:42. Archivado en Antonio Casado


MADRID, 20 (OTR/PRESS)

Se ha terminado imponiendo el rescate de Cataluña porque era imposible construir nada sobre los resultados de una consulta ilegal, sin garantías, sin control, sin transparencia, en la que solo participó una de las dos partes en liza.
Sin embargo, el bloque independentista sigue utilizando el 1-O como fuente de legitimidad de una republica independiente de Cataluña. Como es muy difícil ponerlo en practica, Puigdemont sigue utilizando también el recurso al diálogo como pretexto para mantener vivo un absurdo plan de ruptura con España. En esa excusa se instala para justificar una eventual proclamación de independencia en sede parlamentaria.
Absurdo el plan y absurda la excusa, cuando todo el mundo sabe que el diálogo propuesto por los independentistas no es otro que el de negociar el cómo y el cuándo de la independencia pues, según ellos, el resultado del 1-O es palabra de Dios. "Nos hemos ganado el derecho a ser independientes" es su mantra. A partir de ahí reclaman una mediación internacional que sugiera al Gobierno central el modo de aplicar ese supuesto derecho.
Así que lo que hizo Puigdemont el 10-O en el Parlament fue anunciar que Cataluña ya estaba en condiciones de declarar la independencia aunque la dejaba en suspenso a fin de dar tiempo a Rajoy para decidirse a colaborar con la Generalitat en la voladura del Estado, mientras los independentistas jugarían la carta de la presión internacional sobre un Gobierno que responde con la violencia al civilizado deseo popular de expresarse en las urnas, según el tramposo relato soberanista.
Por eso en aquel momento unos interpretaron el tiempo muerto de Puigdemont como un respiro, cuando en realidad era una forma de prolongar la pesadilla. Y ahora el Estado tiene la obligación de defenderse. Es lo que va a hacer, mediante la activación del recurso constitucional previsto si gobierno de una Comunidad Autónoma atenta gravemente contra los intereses generales. Está recogido en el famoso articulo 155 de la Constitución. Lo activará el Gobierno en su reunión extraordinaria de este sábado.
Estamos a la espera de saber cuales son esas medidas concretas y tasadas en tiempo y en contenidos. Se trata de gestionar los órganos autonómicos cuyo ejercicio competencial ha desbordado el marco de la Constitución y se ha instalado en la ilegalidad. La policial es una de esas competencias, no estatutaria sino por delegación del Estado. O sea, el control de los Mossos de Escuadra, que pasará a depender temporalmente del Ministerio del Interior. Y otra, propia del presidente de la Generalitat, es la convocatoria de elecciones, que pasaría a ser ejercida por el Gobierno de la Nación.
Creo que van a ser las dos medidas más importantes que harían visible el rescate de Cataluña, antes de que Puigdemont la convierta en un erial.


Antonio Casado - El PSOE, con el Gobierno

17.10.17 | 08:42. Archivado en Antonio Casado


MADRID, 16 (OTR/PRESS)

Es reconfortante comprobar que el Gobierno y el PSOE hablan con una sola voz frente a un desafío independentista que, por desgracia para sus promotores, va camino de convertirse en un nuevo e histórico fracaso.
La posición de Ferraz se ha hecho nítida, inequívoca, de apoyo al Gobierno en las medidas que aún pueda tomar a partir del jueves que viene, cuando se cumpla el ultimátum de Moncloa sobre la vuelta a la legalidad de quienes la abandonaron con la absurda pretensión de crear una fuente de soberanía distinta a la contenida en el marco constitucional.
Creo que habíamos sido injustos con Pedro Sánchez cuando le reprochábamos los peros añadidos a su alineamiento con el Gobierno en defensa de la Constitución. Esos peros han desaparecido cuando el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, se ha permitido pasarse por el arco del triunfo, con una nueva larga cambiada, el doble emplazamiento del Gobierno (lunes 16 para decir si está declarada la independencia y jueves 19 para volver a la legalidad). Tampoco puede ignorarse que la firmeza socialista asociada a la de Moncloa es condición previa a la complicidad de Rajoy con la propuesta de reforma constitucional formulada por Pedro Sánchez. Una propuesta que sitúa al PSOE en la centralidad y, en oportunas palabras de Miquel Iceta, convierte lo convierte aquí y ahora en "el partido refugio". Esta solidez del PSOE en la remada conjunta del constitucionalismo en defensa del Estado es una de las causas que han convertido en irrelevantes las noticias políticas y judiciales del lunes. Descontado ya el fracaso del "proces", ya deja de ser relevante que a Trapero le metan en la cárcel o no. Y nadie se toma en serio ya la respuesta de Puigdemont al ultimátum de Moncloa, que sigue reclamando absurdamente la cooperación dialogada del Estado en una voladura dialogada del mismo.
En cualquier caso, la firmeza de la postura socialista solo es uno de los elementos que han contribuido al fracaso de esta intentona golpista del nacionalismo catalán. Los otros están muy claros. A saber: aislamiento internacional, fractura del bloque independentista y fuga del poder económico. Todo eso ha conspirado contra las absurdas esperanzas de Puigdemont a cuantos creyeron que Cataluña podía convertirse a estas alturas en una unidad de destino en lo universal.


Antonio Casado - El proceso se desinfla

14.10.17 | 08:42. Archivado en Antonio Casado


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

Todas las señales apuntan hacia un nuevo fracaso del nacionalismo en su no tan viejo sueño de convertir a Cataluña en unidad de destino en lo universal. Al menos en su actual versión, la intentona no da más de sí.
Los elementos de prueba se han acumulado durante los últimos días, los transcurridos desde el domingo 1 de octubre, que era la fecha mágica elegida como trampolín hacia la república independiente de Cataluña.
El subidón experimentado entonces por el bloque independentista, gracias al milagro de unas tramposas fotos del imaginado retorno de Franco a la España democrática, tuvo las patas cortas. Todos vimos como se fue desvaneciendo entre el impacto mundial de las empresas en fuga y la aparición de los factores emocionales en el lado hasta entonces pasivo de la barricada.
En esas estábamos cuando el ex molt honorable, Artur Mas, que había sido el principal impulsor del llamado proceso soberanista hace cinco años, dijo públicamente que Cataluña todavía no estaba preparada. Por si había dudas, este mismo viernes sostuvo que la declaración de independencia según el discurso dé Puigdemont en el Parlament y el posterior compromiso por escrito de los partidos soberanistas era puramente "estética".
Efectivamente, todo lo que sustentaba el sueño de los impulsores del rupturismo con España aparecía como una tramoya. Toda la arquitectura estaba plagada de trampas y vicios ocultos. Ni las cancillerías ni la opinión pública internacional compraron la maledicente idea de que España se había convertido en un Estado represor. Y la extravagante tesis de una mediación de terceros acabó rechazada por propios y extraños.
Las respuestas políticas y judiciales de un Estado obligado a defenderse hicieron el resto. La maniobra dilatoria de Puigdemont en el pleno del pasado martes evitó una apresurada activación del artículo 155 de la Constitución y permitió a Rajoy devolverle la pelota. El ultimátum de Moncloa está vivo: si el jueves que viene el Govern no ha vuelto a la legalidad, el Gobierno del Estado actuará en consecuencia.
En el otro lado, el germen del enfrentamiento se ha enseñoreado de la situación. El sector más radical (la CUP y los "jordis" Sánchez de y Cuixart) amenazan con volver a tomar la calle si Puigdemont persiste en su "traición". Pero me temo que lo ultimo que se le pasa ahora por la cabeza al president es declarar la independencia desde el balcón de la plaza de San Jaime.


Antonio Casado - Rajoy mueve y gana

12.10.17 | 08:42. Archivado en Antonio Casado


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, pide tiempo y el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, lo aprovecha para no caer en la tentación de aplicar apresuradamente el artículo 155 de la Constitución española.
Gracias a la peregrina idea del president de parar el reloj, como se hace en las negociaciones serias entre dos posiciones encastilladas, da facilidades a su contraparte. Facilidades para marcar los tiempos previstos en dicho artículo, empezando por el "requerimiento", y para cargarse de razón ante la comunidad internacional.
Los términos de la ecuación del fracturado bloque independentista son potentes y se habían servido al mundo con un tramposo acompañamiento de violentas imágenes: queremos votar pero España es un Estado represor que no nos lo permite. Y el mundo frunció el ceño porque no se esperaba de la acreditada democracia española una reacción policial violenta frente a gente tan pacifica que solo quería votar.
Ese clima de opinión, muy extendido a nivel social pero no compartido en las cancillerías del mundo civilizado -excepción hecha del venezolano Maduro, que en esto coincidió con los líderes ultraderechistas de la vieja Europa-, fue un balón de oxígeno para el independentismo catalán.
Pero hete aquí que ese subidón, proporcionado por las imágenes de violencia policial del 1 de octubre sufrió un triple choque contra la realidad:

Primero, el puñetazo encima de la mesa de un Rey que "mandó a parar" (perdón por la imagen castrista, nada adecuada para Felipe VI). Segundo, la espantada de los bancos y las multinacionales catalanas, que entraron en pánico afrentar a un riesgo cierto de perder valor a chorros a causa del reto separatista al Estado. Y tercero, la impresionante toma de la voz y de las calles por parte de la mayoría hasta entonces silenciosa y, en Cataluña y en el resto de España, mostró su desacuerdo con las absurdas pretensiones del bloque independentista.
Esos tres golpes de la España real contra el "proces" le bajaron los humos a Puigdemont y, a la hora la verdad, le temblaron las piernas. Su dilema consistía en elegir entre la cárcel o la traición a sus seguidores. La reacción de los más radicales (Léase la Cup) a su extravagante fórmula de "independencia diferida", lo dice todo.


Antonio Casado - El silencio roto

10.10.17 | 08:42. Archivado en Antonio Casado


MADRID, 9 (OTR/PRESS)

La impresionante manifestación del domingo en Barcelona, así como las concentraciones del sábado en el resto de España, han supuesto la aparición de los factores emocionales a este lado de la barricada. Al otro, donde se habían hecho fuertes los partidarios de romper con España, esos factores ya operaban frente a la fría maquinaria del Estado.
"A la calle, que ya es hora de pasearnos a cuerpo". Este grito del poeta comunista del antifranquismo, Gabriel Celaya, ilustra la reacción de una España herida en su autoestima. Se puede hablar de nacionalismo español, si queremos llamar así al despertar de toda esa gente que, entre la pena y la indignación contenida, estaba acurrucada desde el gol de Iniesta.
Esa gente reventó las calles de Barcelona el domingo pasado en apoyo a la Constitución y en defensa de la unidad, con vivas a Cataluña y España. Además, vino a ser un masivo acto nacional de desagravio. Por una parte, a las fuerzas de Seguridad del Estado, menospreciadas, humilladas, insultadas y escarnecidas públicamente el 1 de octubre, cuando hacían sus deberes haciendo cumplir la ley por orden judicial. Y por otra, a los señalados como "malos catalanes" -o cosas peores-, por resistirse a comulgar con ruedas de molino.
Los lemas de enganche de la movilización fueron una civilizada apelación al acercamiento dialogado de las posturas que enfrentan al Gobierno central con las instituciones catalanas confiscadas por el nacionalismo. A saber: "Parlem" (Hablemos) y "Recuperem el seny" (Recuperemos la sensatez). Y así sonaron durante las marchas y las concentraciones.
Pero también sonó con fuerza no la letra sino el espíritu del muy español "no pasarán". En esa línea iba el grito de "Puigdemont, a prisión", los gritos destemplados contra la prepotencia del nacionalismo, contra las esteladas colgadas en los balcones, las puñaladas "traperas" del independentismo y las mentiras multiplicadas que acaban convirtiéndose en adoctrinamiento de niños y aparentes verdades aireadas hasta la saciedad por Puigdemont, Junqueras y sus costaleros.
Las previsiones de asistencia quedaron desbordadas, más allá de la consabida guerra de cifras. Lo importante fue constatar que la mayoría silenciosa había tomado voz y la palabra. Firme y sin complejos, ocupó la calle para frenar el trastornado empeño de convertir a Cataluña en un país tercermundista, como dijo al final de la marcha Mario Vargas Llosa.
Por su parte, el ex ministro socialista y ex presidente del Europarlamento, Josep Borrell, glosó la necesidad de recomponer con urgencia la convivencia rota. "Y eso no se arreglará con decisiones unilaterales", dijo.


Antonio Casado - El Rey que tronó

05.10.17 | 08:42. Archivado en Antonio Casado


MADRID, 4 (OTR/PRESS)

El Estado había desaparecido. O esa era la impresión que causaba el desamparo de sus agentes policiales repudiados en algunos hoteles catalanes, el pasotismo de los mossos, el hostigamiento a periodistas no adictos y las banderas nacionales quemadas o arrojadas con ira a la papelera por exaltados seguidores de la causa independentista.
Entonces, ante una situación de "extrema gravedad", reapareció el Estado. Se dejó ver. Se hizo presente al máximo nivel. Y el trono tronó. Firme, sobrio, serio, contundente, en la ratificación del compromiso de la Corona con la Democracia, la Constitución y el Estatut. Nadie previó una intervención del Rey tan dura y tan exenta de concesiones a la parte señalada como responsable del dramático momento catalán.
No anduvo con rodeos: los nacionalistas se han situado al margen de la ley, han incurrido en un "inaceptable intento de apropiarse de las instituciones catalanas", han sido desleales, incumplen la ley, vulneran el orden constitucional, socavan el Estado de Derecho, dividen a la sociedad catalana y menosprecian los sentimientos "que nos unen y unirán siempre".
Felipe VI recordó a las legítimas autoridades del Estado su deber de garantizar el funcionamiento de las instituciones. Eso ha sido interpretado como allanamiento del terreno para activar el artículo 155 de la Constitución (intervención de las competencias de la Generalitat, como cuando se interviene un banco en apuros por razones de interés general). Si nos molestamos en leer el artículo 56.3 del mismo texto constitucional, donde se habla del refrendo del Gobierno a los actos del Rey, tal vez entendamos mejor por qué se ha interpretado el discurso del Rey como una forma de respaldar a priori el posible recurso del Gobierno al 155 como una forma de pararle los pies a los independentistas.
Por lo demás, la intervención del Jefe Estado vine a ser un golpe encima de la mesa. Nos dice que Felipe VI se ha hecho mayor. Entiéndase la metáfora como su propia consolidación. Por otra parte, deja un mensaje de respeto a las ideas de los separatistas, si no desbordan los marcos de la legalidad, y de cariño a los no separatistas ("no les vamos a dejar solos"), que se están llevando la peor parte en la confiscación de calles y de voluntades por parte del populismo nacionalista.
Tampoco conviene olvidar otro aspecto capital de la intervención del Rey el martes pasado. Me refiero a la importancia de su repercusión mediática y política como freno a las tramposa y maledicente sospecha de que España se comporta como un Estado represor. Los elementos de prueba gráficos se habían acumulado en las portadas de la prensa internacional y era necesario recordar que en España reina una democracia seria y madura que no va a desvanecerse por la facciosa ofensiva del independentismo.


Antonio Casado - ¿Un Estado represor?

03.10.17 | 08:42. Archivado en Antonio Casado


MADRID, 2 (OTR/PRESS)

Lo ocurrido el 1-O cursa mediática y políticamente en diagnóstico contundente y cerrado: el Estado perdió la batalla de la imagen. Los elementos de prueba se acumulan en las portadas de la prensa nacional e internacional con idéntico motivo: las cargas policiales y la cara oculta de un Estado represor.
A la hora del análisis se impone con ligereza la tesis de que la culpa la tiene el Gobierno o la torpeza de Rajoy como presuntos culpables. Al tiempo, los agitadores del desafío pasan a la historia de nuestros días por finísimos estrategas que han llevado las cosas al terreno que más les convenía, mientras que los servidores del Estado hacían el ridículo en su deber de desguazar los planes de Puigdemont y sus costaleros.
Tengo muchas dificultades para unirme a la corriente general del día después. Me cuesta llegar a esas desalentadoras conclusiones por los efectos indeseables de unas cargas policiales procesadas como actuación desproporcionada de los antidisturbios, recuento de heridos (en realidad, "atendidos"), respuesta excesiva contra pacíficos ciudadanos, cargas innecesarias, etc.
Si me confieso reacio a sumarme al coro de plañideras que en esta parte de la barricada, la que suponemos alineada con la ley y la Constitución, constata el fracaso del Estado y el triunfo del relato independentista, es porque me creo que los servidores del Estado están para cumplir y hacer cumplir la ley, que estamos ante un gran pucherazo y no conviene olvidarlo aunque nos conmuevan las imágenes de la violencia policial, que Rajoy no es Rajoy sino lo que representa como una de las partes chantajeadas del Estado, que el nacionalismo catalán es una facción política y no especie protegida que deba ser mimada, etc.
También me cuesta asumir la visión pesimista que se ha impuesto después del 1-O y sugiere una profunda crisis de régimen de incierto desenlace. Conviene no exagerar las consecuencias de lo ocurrido. Sostengo que el priapismo independentista tiene fecha de caducidad. Todo lo que sube, baja. Y todo lo que se moviliza se desmoviliza. Los agitadores del procès no pueden vivir en un estado de excitación permanente. Sobre todo si se basa, como es el caso, en falacias insostenibles y mentiras repetidas hasta la saciedad. Antes o después esa burbuja ha de romperse a poco que se recomponga el mapa político de Cataluña, vuelva el tiempo de la negociación y las urnas repartan cartas de nuevo.
Lo ocurrido tiene su explicación sin necesidad de fustigarse sobre lo que se pudo hacer y no se hizo en la difícil conjugación de la firmeza con la proporcionalidad de la que siempre habló Rajoy. Es posible que la respuesta al reto se haya pasado de firme. Pero tan malo o mas hubiera sido que se pasara de prudente. La imagen de un Estado débil o impotente frente a un chantaje tan descarado hubiera sido mucho más perturbadora, pero igual de excitante para ese coro político y mediático que hoy lamenta la imagen de España como Estado represor.


Antonio Casado - "Peros" a la izquierda

30.09.17 | 08:42. Archivado en Antonio Casado


MADRID, 29 (OTR/PRESS)

En la duda, el malo es Rajoy. Es lo políticamente correcto en las aproximaciones políticas y periodísticas al conflicto catalán. Implica la renuncia culpable a distinguir entre la figura personal y lo que representa. Una de las instituciones amenazadas en el irresponsable desafío al Estado, al margen de su personalización. Es un desatino usar como burladero las consabidas diferencias en un régimen de saludable pluralismo político.
Por desgracia, eso está ocurriendo en vísperas de la fecha elegida por la facción independentista de Cataluña para perpetrar su absurda intentona de romper con España por medios ilegales, en base a falacias insostenibles y mentiras repetidas hasta el hartazgo. Sin negar eso, porque es evidente, parece que lo que toca es ser indulgentes con los agitadores del desafío.
Personas bienpensantes y habitualmente moderadas, encuadradas en lo que solemos entender por gente progresista, están mostrando una preocupante tendencia a ponerse no en el lugar del Estado que se defiende sino en el de quienes se quejan de sufrir los rigores de la respuesta desplegada para impedirlo.
El fenómeno viene alimentado por las posiciones de los dirigentes de la izquierda. No me refiero tanto a la implicada en el "procès" (nacionalistas de ERC y gamberros de la CUP), sino al PSOE y Podemos, dos fuerzas de implantación nacional con la mirada puesta en el Palacio de la Moncloa.
Pablo Manuel Iglesias apunta directamente a la cabeza del Gobierno y del PP con gruesas acusaciones de favorecer un clima prebélico, provocar un estado de excepción, atropellar derechos civiles o, en el mejor de los casos, querer resolver con jueces y fiscales lo que es incapaz de resolver políticamente.
Pedro Sánchez no pierde ocasión de mostrar su apoyo al Gobierno frente al reto separatista, pero tampoco la pierde de reprochar a Rajoy errores pasados, torpezas de un Gobierno que multiplicó el número de independentistas o su proverbial resistencia a resolver los problemas mediante la negociación y el diálogo.
No le falta razón a Sánchez en muchas de esas formulaciones. O en todas. Pero en estos días cargados de tensión, previos a la jornada del 1 de octubre, el PSOE debería aparcarlas y alinearse con el Gobierno sin "peros", subordinadas, letra pequeña y reprobaciones con carácter retroactivo, porque tiempo habrá, a partir de la semana que viene, para "obligar" a Rajoy (verbo utilizado por Sánchez hace unos días) a sentarse a una mesa con los actores del drama y buscar un desenlace no traumático a la situación creada.
En cualquier caso, me parece aberrante que una mente de izquierdas, dirigente o no, renuncie a defender la democracia y el Estado de Derecho por no correr el riesgo de que le tomen por un "facha" o le acusen de estar sacando las castañas del fuego al PP.


Antonio Casado - Trump, un mal avalista

28.09.17 | 08:42. Archivado en Antonio Casado


MADRID, 27 (OTR/PRESS)

El presidente Trump devolvió a Rajoy el favor de la patada diplomática al embajador de Corea del Norte. En su reciente encuentro de Washington accedió a entrar en el conflicto de Cataluña con palabras de alineamiento con Moncloa respecto al dogma civil de la unidad y la integridad territorial.
Cataluña le queda lejos y la Casa Blanca tiene preocupaciones de mayor cuantía. Así que la apuesta de Trump una España "unida" responde a un deseo personal. No a una inexistente posición del Gobierno norteamericano. Es lo malo, porque el actual presidente de los EE UU no es buen avalista de causas tan nobles como la defensa de la democracia.
Por tanto, estamos ante un pronunciamiento favorable a las tesis del Gobierno español en el conflicto catalán, que es lo menor, pero ante un silencio clamoroso respecto al compromiso con valores universales, que es lo mayor. Ni media palabra de compromiso con la democracia como sistema de gobierno, la Constitución como marco legítimo y la ley como único instrumento que garantiza la libertad y la convivencia. Quizás porque, a titulo individual, Trump no está libre de pecado. E institucionalmente, porque a EE.UU. el drama catalán le importa menos que una buena foto de los sanfermines.
Desea personalmente que España siga unida. Vale. Solo faltaba que hubiera apostado por el troceamiento de un país aliado y de notable alto en calidad democrática. Es evidente que sus asesores le han aconsejado que no vaya más allá. Al menos no han sido tan desatentos como la última vez en que la democracia española fue atacada por medios ilegales. A quienes lo vivimos todavía nos duele lo del "problema interno español", como calificó la Casa Blanca la ofensiva del 23-F contra valores universales que no caducan, ni en España ni en Estados Unidos: ley, democracia, soberanía nacional, tolerancia, pluralismo y derechos humanos. La violación de esos valores interpela al mundo civilizado, no solo al país concernido.
Ocurre en Cataluña, donde una facción política determinada está ahogando con cuentos las voces de la razón. Entre otras cosas, nos hizo sentir vergüenza por malversar, en nombre de la causa, la compasión con las víctimas del 17 de agosto y la unidad contra el terrorismo yihadista. Ahora los independentistas no han ahogado la voz de Trump, por no ser recomendable como avalista de nada. Pero sí hubieran ahogado la voz de John F. Kennedy cuando envió a la guardia nacional a hacer cumplir las leyes raciales en los Estados sureños:

"Los estadounidenses son libres de discrepar con la ley, pero no de desobedecerla. En un gobierno de leyes y no de hombres, ningún hombre, por poderoso que sea, tiene derecho a desafiar a un tribunal de justicia."


Antonio Casado - Diálogo, divina palabra

26.09.17 | 08:42. Archivado en Antonio Casado


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

En segundo plano, tras la bullanga independentista que toma las calles como respuesta a la contraofensiva del Estado (la logística del referéndum está prácticamente desactivada), se escuchan los llamamientos al diálogo para el día después. Literal. Cuanto antes, ya apurado el cáliz del fallido jaque al Estado, aunque se declare la independencia de Cataluña, que tendría el mismo efecto que proclamar la inmortalidad del alma de los crustáceos.
Ojo con los diálogos madrugadores. Apostemos por el diálogo y la negociación. Explórese una salida al dramático conflicto entre catalanes y el resto de españoles. Hace falta una pausa previa, al objeto de verificar en las urnas la fuerza política de los distintos actores del drama. Necesitamos un nuevo mapa político. Mejor sin los dirigentes que han urdido y ejecutado el golpe al estado de derecho y han roto la paz de las familias.
Ver a Puigdemont y Junqueras condenados a la inhabilitación y el olvido, como en su día ocurrió en el País Vasco con Arnaldo Otegui, es más un deseo que un pronóstico. Especialmente en el caso de Junqueras (Puigdemont se irá a su casa con más pena que gloria), cuyo partido (ERC) es el seguro ganador de las elecciones que, formalmente "autonómicas" pero "constituyentes" para los independentistas, se convocarán después del 1-O.
Una vez celebradas, el PSOE redoblará su estrategia encaminada a "obligar" a Rajoy a sentarse con los nacionalistas y el resto de partidos para acometer un mejor encaje de Cataluña en el Estado, en el marco de una revisión del Estado de las Autonomías. Esa letra y ese espíritu responden al arranque de una comisión de estudio que aplique la iniciativa socialista. Ya tiene la luz verde del Congreso, al obtener la semana pasada el apoyo del Partido Popular y Podemos para constituirla tras el 1-O.
Buena noticia. Sobre todo para el PSOE, que en esos apoyos ve confirmados el acierto y la oportunidad de su iniciativa. Ahora hay que saber si las fuerzas nacionalistas aceptan la raya roja de las constitucionalistas. Me refiero al troceamiento de la soberanía nacional y la integridad territorial.
Con su llamamiento a la reflexión conjunta, el nuevo PSOE de Sánchez vuelve a meterse en el partido al ver como estos días sus siglas cotizan al alza. Se le reconoce el mérito de haber puesto las vías para que los trenes dejen de circular en rumbo de colisión, pero algunos piensan más en acabar con el PP que en evitar la fractura entre Cataluña y el resto de España. Me refiero al líder de Podemos, Iglesias Turrión, que este fin de semana en Zaragoza pidió al "compañero Sánchez" que abandone el "represivo" frente constitucional que comparte con PP y Ciudadanos porque impide a los catalanes decidir sobre su futuro.
Espero que Sánchez no caiga en la tentación de podemizarse al ritmo de las tumultuarias movilizaciones independentistas.


Antonio Casado - El Estado se defiende

21.09.17 | 08:42. Archivado en Antonio Casado


MADRID, 20 (OTR/PRESS)

El nada honorable Carles Puigdemont, que pilota un plan del nacionalismo catalán con la absurda pretensión de reventar el Estado con la colaboración del Estado, se rasga las vestiduras porque, según él, el Gobierno ha traspasado las líneas rojas y se ha convertido en una "vergüenza democrática". Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces.
El presidente de la Generalitat, que impulsa la antidemocrática operación de celebrar un referéndum para romper con España en el que solo participen los partidarios de romper, por tratarse de algo que está fuera de la ley, se permite afirmar sin avergonzarse que el Estado español, democráticamente asentado en principios de legalidad y separación de poderes, está mostrando su cara represiva. Exactamente lo mismo que dice ese gran baluarte de la democracia occidental que es Nicolás Maduro, único mandatario internacional que apoya los planes de Puigdemont y reprueba la actuación del Gobierno de España.
Y todo porque la logística del referéndum del 1-O ha quedado descabezada, tras las diecisiete detenciones llevadas a cabo este miércoles en estricta aplicación de decisiones de los órganos del Estado, obligados a cumplir y hacer cumplir la ley.
Eso, y no otra cosa, es lo ocurrido en el ejercicio de la autoridad del Estado. No hacerlo supone renunciar a ese principio y dejar a la ciudadanía a merced de la arbitrariedad o el chantaje de los aventureros de la política que se abren paso atropellando las reglas del juego en nombre de su real gana.
Desactivar esas aberrantes operaciones incubadas al margen de la razón, la ley y el sentido común es un deber de Estado mediante la aplicación de todos los medios previstos en el ordenamiento jurídico. Igual de aberrante sería no hacerlo, que el Gobierno mirase hacia otro lado o que cargase las tintas sobre la prudencia ("proporcionalidad", dice Moncloa), hasta el punto de descuidar la firmeza. Esa sí sería una línea roja. La que separa la prudencia de la debilidad. Y es justo la que el Gobierno no ha querido traspasar. De ahí las detenciones.
La tensión del momento exige tener muy claras las cosas. Está en juego la autoridad del Estado y el imperio de la ley. O ganan los que están de la legalidad o ganan quienes se han declarado en rebeldía. Desobediencia, de momento, en términos penales. Pero no descartemos que la Fiscalía acabe apreciando delitos de rebelión o sedición.
Digámoslo sin rodeos: si acabasen ganando quienes técnicamente se colocan fuera de la ley habría cola en los aeropuertos. La hipótesis de me antoja imposible. Y menos ahora que, según las ultimas noticias, el Gobierno no parece dispuesto a confundir moderación con debilidad. Si lo hiciera tendríamos que empezar a hablar de Estado fallido.


Antonio Casado - Rufián y el "día del Caudillo"

19.09.17 | 08:42. Archivado en Antonio Casado


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

Hace falta ser necio para reconocerse de izquierdas en la aversión a Franco, muerto hace cuarenta y dos años. Quien me inspira es el portavoz adjunto de ERC en el Congreso de Diputados, Gabriel Rufián, izquierdista donde los haya. Cráneo privilegiado. Ha dicho que la muerte verdadera de Franco y el franquismo se va a producir en las urnas del uno de octubre.
Si la ignorancia no fuera tan atrevida, Rufián sabría que el uno de octubre se celebraba el "Día del Caudillo" durante las cuatro décadas de la lamentable dictadura franquista, evocando el día de 1936, cuando en Burgos el general Franco asumió todos los poderes (militar, político y casi hasta religioso). En principio, para ganar la guerra civil, pero el infausto reinado duró hasta su muerte en noviembre de 1975. Y mire usted por donde el tal Rufián quiere matarlo-resucitarlo en otro uno de octubre por cuenta de una pulsión identitaria históricamente incompatible con el ideario de la izquierda.
Es claro que Rufián no se refiere al uno de octubre franquista sino al uno de octubre de pretensiones separatistas, metidas con tramposo y antidemocrático calzador en nuestra zurrada agenda política. Ocurrió el día en que el Parlament quedó a la altura del betún y, confirmando los temores expresados por Tarradellas después de la muerte de Franco ("En política se puede hacer todo, menos el ridículo") hizo un ridículo universal apadrinado por Puigdemont y sus costaleros de ERC y la CUP.
Cuando este correoso diputado, izquierdista y republicano donde los haya, se refiere al referéndum del uno de octubre que busca la ruptura con España, alguien debería explicarle que la República encarceló a mil personas tras la proclamación independentista del 6 de octubre de 1934. Por eso digo también que hace falta ser imbécil para reconocerse izquierdista y republicano en el actual desafío a un Estado legítimo y democrático en nombre de una pulsión tribalista. Nos dice en la radio el filosofo Manuel Cruz que el problema de las personas de izquierda en Cataluña es que no dan la cara en defensa de la ley y la democracia por no correr el riesgo de ser asimilados al PP. Prefiero creer que es por no correr el riesgo de pasar por malos catalanes. Si solo fuera por desmarcarse del PP, es que la izquierda habría desertado de la razón, pues la defensa de la ley, la democracia y el estado de Derecho se antepone en sí misma al alineamiento o desalineamiento con tal o cual partido político.
Ya es aberrante que una mente de izquierdas renuncie a defender la democracia por si lo confunden con el PP. Pero más aberrante aún es que una mente de izquierdas, de siempre internacionalista y defensora de los más desfavorecidos, se sume a la causa tribal del nacionalismo catalán, cuando tantas pruebas ha dado este de que se pasan por el arco del triunfo los usos y costumbres de un régimen democrático. Y esa es la causa que abraza Gabriel Rufián.


Martes, 24 de octubre

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