Opinión

París vale más que una misa, y Notre Dame es más que una catedral.

20.04.19 | 10:15. Archivado en Magdalena del Amo

Es paradójico que muchos de los que lloraron la noche aciaga, teñida por el humo rojizo de Notre Dame, convertida por las llamas en dragón exhalante, son los mismos que callan cuando otros templos de menor rango artístico son profanados e incendiados; que enmudecen cuando se derriban cruces y se arrancan escudos y lemas católicos; que ni se inmutan cuando se prohíbe a la Armada cantar la Salve marinera en un acto castrense; o que asienten cuando se pervierte la Navidad con esperpentos carnavalescos, completamente contrarios al significado de la efeméride. La desgracia siempre nos hace dirigir nuestra conciencia al corazón, y esa noche triste las notas gimientes del Ave María a la sombra del fuego en la explanada de Notre Dame resonaron en el cielo.

Estos días me han preguntado sobre el origen del fuego, si podíamos fiarnos de la versión oficial o si, por el contrario, podíamos considerarlo como un acto de falsa bandera, como tantos otros. Tengo las piezas del puzle sobre la mesa, pero aún no están todas colocadas, por lo cual no puedo ver el fresco total. Ahora bien, en la caja dice “Acto masónico”. La cosa va por ahí. Hasta que no lo tenga completamente armado, prefiero no hacer elucubraciones e interpretaciones sobre profecías y triangulaciones acerca de la situación del templo en relación a otros “onphalos” y puntos estratégicos de la cristiandad.

París es una ciudad masónica, no porque casi todos los presidentes de Francia hayan sido masones, incluido Macron, sino porque está trazada siguiendo una estética masónica. Salvo las catacumbas y algunas ruinas prerromanas poco queda de la antigua provincia romana de Lutecia Parisiorum. Con diferencia a otras ciudades europeas, no hay demasiados restos medievales en la Ciudad de la Luz, escogida por Clodoveo como capital de los francos.

Hablar de Clodoveo es hablar de la cristiandad, de la historia de Francia. A lo largo del tiempo, los masones han ido borrando su impronta espiritual y simbólica. La actual ciudad de París es un capricho masónico de Napoleón III, masón, perteneciente a la secta de los carbonarios para más señas, amigo íntimo de Garibaldi. La arquitectura masónica se ve por doquier, aunque lo más evidente es el obelisco, un símbolo fálico que encontramos en muchas otras ciudades del mundo, como Buenos Aires, donde para colocarlo hubo que derribar la iglesia de San Nicolás de Bari. Todo un triunfo de las fuerzas del lado oscuro. En simbología, el obelisco significa el falo de Dios. Algunos historiadores sostienen que hubo en la antigüedad cultos isíacos, corroborado por el hallazgo de una virgen negra en la abadía de Saint Germain des Près –donde está enterrado Descartes—.

La catedral de Notre Dame fue levantada entre el 1163 y el 1345 sobre los restos de la iglesia románica de Saint Etienne, construida a su vez sobre una catedral merovingia, edificada esta sobre un templo romano en honor a Júpiter, sobre los restos de un enclave celta dedicado al culto. Es una de las catedrales góticas más antiguas del mundo y a su imagen se construyeron las de Chartres, Reims y Amiens.

Más allá del aspecto artístico, muchos turistas acuden a la catedral para ver el lugar habitado por Quasimodo, el mítico jorobado de Notre Dame, enamorado de la gitana Esmeralda, popularizado por Víctor Hugo en su obra “Nuestra Señora de París”. A idea del escritor, masón confeso, se instalaron las gárgolas y las quimeras en la reforma que tuvo lugar en el siglo XIX.

La panorámica desde esta galería sobre la ciudad es espectacular, sobre todo, en los días claros. Las quimeras son sobrecogedoras, pero los visitantes no caen en la cuenta y las ven como simples esculturas. Pocos intuyen su auténtico significado. Simbólicamente representan a Satanás y su corte tenebrosa, y están colocadas estratégicamente en lo alto de LA CASA DE NUESTRA SEÑORA, por una poderosa razón. La Virgen es la representación del Bien, LA GRAN MADRE PROTECTORA DEL GÉNERO HUMANO, sus hijos, en un concepto sincretista, más allá de cualquier religión particular. La fuerza positiva de este arquetipo se neutraliza colocando un símbolo generador de una energía contraria. Utilizando un “lenguaje de guerra”, es como si el demonio hubiera tomado la torre de Notre Dame, y desde allí controlara a los parisinos. Algunas de estas quimeras, a pesar de su aparente deterioro, parecen estar vivas y miran hacia abajo y a la lejanía como como si supieran que todo es suyo. Satanás en la cima de la casa de Dios controlando la ciudad causa espanto.

Que Nuestra Señora haya sido pasto de las llamas es un importante ataque a la cristiandad. Me refiero siempre en un aspecto simbólico. De facto, hace tiempo que se pretende su derrumbe. Es la guerra entre la Cruz y la Media Luna.

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
periodista@magdalenadelamo.com
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