Opinión

Puigdemont, Cifuentes y Letizia nos traen de cabeza.

10.04.18 | 22:00. Archivado en Magdalena del Amo

Al gran tablero de ajedrez parece que el diablo le ha dado cuerda. El mundo se derrumba estrepitosamente. Por alguna razón que se nos escapa, parece que los que dirigen el gran teatro tienen prisa en este sprint de fin de ciclo y no hay tiempo para etapas. No estoy hablando de armagedones, al estilo de los fundamentalistas religiosos, ni de cumplimientos de augurios mayas o hopis que hablan de cataclismos inminentes de agua y fuego para asolar a esta humanidad que se resiste a aprender la lección del vivir con coherencia, tal como se espera de una especie que se autodenomina racional e inteligente y que lleva impresa, además, la chispa divina. Yo no soy agorera, todo lo contrario. Soy optimista y siempre invito a construir paraísos en medio del caos o de la nada. Pero no hay que ser ni visionario ni vidente para ver los cambios que se avecinan, o que se están dando ya. Estamos viviendo un auténtico cataclismo, pero de índole moral. La corrupción se ha enseñoreado de nuestro sistema y no hay nada ajeno a su influencia destructora.

Periodísticamente, no se puede negar que vivimos tiempos muy interesantes. Las noticias se agolpan y se sobreponen. Jugamos con unas cuantas piezas, que vamos colocando aquí y allá, donde mejor encajan, pero cometemos el error de ver la realidad en solo dos dimensiones, ateniéndonos a localismos la mayor parte de las veces. Estamos tan ensimismados en la noticia ocurrida alrededor de nuestro propio ombligo que, con mucha frecuencia, nos olvidamos de mirar qué hay detrás o más arriba. Y si se mira, si hay algo, no se le cuenta al ciudadano, porque hay cosas que no se pueden contar. De eso saben mucho los grandes medios de comunicación, que tapan, tergiversan, mienten y cocinan todo lo que el votante no debe saber. El español de a pie acaba de enterarse de por qué hubo que asesinar a Carrero Blanco, de cómo se pactó el reinado de Juan Carlos I, de todos los robos y corrupciones de la Monarquía, o de por qué se organizó el 23 F. Tanto tiempo odiando a Tejero y llamándole golpista y resulta que fue una víctima del sistema. Y es que, en ciertos temas “sensibles”, las manos ejecutoras no suelen ser visibles, ni siquiera su sombra. Ni por asomo nos imaginábamos que la CIA había tenido tanto que ver en nuestra historia de las últimas décadas.

Hablo de cataclismo moral porque la corrupción lo embarga todo. Las altas cúpulas de la sociedad se han convertido en auténticas mafias, y el ciudadano ya no tiene fe ni en la justicia ni en las instituciones, porque la prevaricación está a la orden del día. Esto es grave y desolador que pone de manifiesto la decadencia previa a la caída. Estos días, el dichoso máster de Cristina Cifuentes vino a desvelar un secreto a voces: que en la universidad también hay corrupción. ¡Vaya novedad! Casos como el de la presidenta madrileña los hay a cientos. Si es cierto que un periodista vale más por lo que calla que por lo que cuenta, quiero hacer honor a ello. No es cuestión de dar nombres, pero conozco un par de casos y sus prebendas correspondientes. En uno de ellos, en concreto, hubo que amañarle un título a toda prisa a un candidato de un partido político. Y si hablamos de funcionarios y de cómo se arreglan las oposiciones, tenemos tema para rato. Es una comedia si no fuera porque muchos opositores sufren esta lacra.

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