Opinión

Navidades del exceso y la horterada, pero sin Niño Jesús

08.01.18 | 12:00. Archivado en Magdalena del Amo

Viene bien recordar la consigna latina “ne quid nimis”, traducida de “medem agan”, que rezaba en el frontón del templo de Apolo en Delfos, antes de convertirse en una ruina para turistas asilvestrados, a los que hay que recordar que no se lleven las piedras o que no se suban a ellas para hacerse fotos. Su traducción al castellano es “nada en exceso”. Los clásicos griegos y latinos hablaron de normas conductuales y de la mesura. De algunos no sabemos con exactitud ni el año de su nacimiento y muerte, pero hablaron de casi todo, y bien; por eso hay que releer a los clásicos de vez en cuando.

Hoy vivimos en el mundo de los excesos, de la exageración, de la estridencia, del histrionismo, del culto a lo feo, de la horterada permanente en busca emociones con las que avivar nuestras almas vacías. La economía mal entendida, o mejor dicho, mal aplicada, emponzoña nuestra existencia y nos convierte en meros robots programados para consumir sin límite. No es nada original hablar de los excesos navideños en los que, año tras año, todos caemos. Hay que dinamizar la economía, pero a costa de nuestra paga extra, llenándonos de cosas que no necesitamos y que, además, nos perjudican el cuerpo y el alma. Incluso las redes sociales este año se han pasado de la raya. ¿Cuántos vídeos, fotos y gifs habremos recibido y enviado de manera compulsiva, como si fuéramos androides? ¿Cuántos regalos hemos hecho o recibido, con el tique de compra, por si no era el “acertado”? Hemos llegado al extremo de regalar pidiendo perdón y con cierto complejo de culpa por si no es del gusto del agraciado. Somos irracionales con diploma.

Estas palabras no pretenden ser ni una reprimenda ni una exaltación del ayuno. El roscón, el mazapán, el champán, las felicitaciones y los regalos, sí, pero en sus dosis. La voracidad y la gula –otro tema de los clásicos— de estos días la pagan los capones, cochinillos, pavos y corderitos. ¡Ellos están deseando que llegue la Navidad para acudir a la piedra sacrificial de nuestras mesas adornadas de estrellas y ramitas de acebo! El sangriento sistema de la cadena trófica es el invento más atroz del Demiurgo. No me cansaré de pedirle explicaciones al Creador por algo tan mal diseñado, a base de tanto dolor. ¡Esto sí que es un misterio formidable!

Dicho todo esto, y más allá de recuerdos y nostalgias –que habelas hailas— desde esta humilde columna, reivindico la Navidad de antes, con significado, con fundamento, con corazón. La Navidad del Belén en casa, los villancicos, los versos al Niño Jesús, la Misa de Gallo, la cena en familia con los chistes y anécdotas de siempre, y el día de Reyes. La Navidad que nos hacía a todos ser un poco mejores, al recordar que un rey muy malo y envidioso, Herodes, trepado en un castillo –así era en el Nacimiento de casa—quiso matar al Niño Dios y tuvieron que huir los tres, montados en una burrita. Los especialistas en historia antigua nos desvelaron que tal viaje a Egipto nunca tuvo lugar. No importa. Sea realidad o patrón literario para revestir la figura del héroe civilizador, como dice Mircea Eliade, así fue pintado por los pintores primitivos, los flamencos y los del Renacimiento, y así figura en el imaginario colectivo.

La Navidad de hoy es todo, menos Navidad. En los alumbrados de las ciudades, ni una alusión a la Sagrada familia, a los reyes o a los ángeles. Solo luces, figuras desprovistas de significado y estrellas, pero ¡estrellas sin la cola!, no vayan a hacernos recordar que es la estrella de Belén que guió a los reyes hasta el portal. En el marco de la dictadura de lo políticamente correcto dicen que es por respeto a la diversidad. En realidad es para no herir a los envalentonados musulmanes con alusiones a Aquel que vino a establecer –por encima de castas y clases— la igualdad entre los seres humanos, y a darnos la fórmula magistral para librarnos del mal: “Amaos los unos a los otros”. Se trata, en verdad, de un mensaje muy revolucionario y por eso llevan siglos tratando de matarlo, como a su fundador.

Ser cristiano hoy, un buen cristiano, es ser antisistema. Porque el auténtico cristiano está en contra de la usura del sistema financiero, de la corrupción política e institucional, de las mentiras de la ciencia y el sistema alimentario, del asesinato sistemático de bebés en gestación, de la muerte por eutanasia, de las mentiras de la Big Farma, de la antropología desnaturalizada, de los eufemismos para engañar a los ingenuos, en definitiva, de los que, contra el gran regalo de Cristo, quieren desviarnos del camino recto y hacernos permanecer aborregados en nuestra etapa animal, en un estado de zombificación crónica que nos hace incapaces de reaccionar. La Navidad de verdad, nos hace reflexionar en todo esto.

Respetamos, desde luego, a quienes no celebran nada, como un acto de rebelión contra el consumismo, y lo mismo a los que acuden a Stone Henge o al Machu Picchu a cargarse de energía el día del solsticio. Ahora bien, nuestras navidades deben seguir siendo lo que fueron siempre. Y en vista del esperpento, que cada año va in crescendo, sería bueno que los ayuntamientos se abstuviesen de organizar actos religiosos, como las cabalgatas. Les queda el resto del año para organizar carnavales, orgullos gay, saturnales y dionisíacas, sin necesidad de contaminar una tradición que para los católicos es sagrada. En cuanto a los mensajes navideños que circulan al por mayor en las redes sociales, entre mucha bobada, algunos tienen una gran carga espiritual, pero sin aludir en ningún momento al mensaje cristiano o a Jesucristo. La dictadura progre permite nombrar a Confucio, a Buda, a cualquier ancestro mítico maya, hopi o siux, pero a Jesús ni nombrarlo. ¿Estoy diciendo que hay una conspiración contra el cristianismo? Afirmativo. Y el pueblo está aprendiendo muy bien la lección. Solo le falta el examen para nota.

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
periodista@magdalenadelamo.com
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