Opinión

Francisco Muro de Iscar - Una Justicia independiente

06.11.17 | 08:42. Archivado en Francisco Muro de Iscar


MADRID, (OTR/PRESS) Son muchas las reformas, de fondo y de forma, que necesita la Justicia española y hasta ahora los partidos, todos, han sido incapaces de ponerse de acuerdo ni en los mínimos, a pesar de que todos, incluidos los operadores jurídicos, coinciden en el diagnóstico. Todos los barómetros coinciden también en señalar que los ciudadanos tienen una mala opinión de la Justicia, pero no ponen en duda la independencia de los jueces. Las principales críticas no están en la actuación de los jueces sino en la elección de los vocales del Consejo General del Poder Judicial y del fiscal general del Estado y, también, en quién debe instruir los procesos penales. Además, los ciudadanos deberían estar más preocupados de lo que están por las garantías del derecho de defensa y por cómo nos estamos cargando la presunción de inocencia, fundamental en un Estado de Derecho. Y también por el hecho de que nadie hace nada por acabar con las filtraciones interesadas y los juicios paralelos y que convierten a inocentes en culpables y a culpables en condenados antes de lo que dictamine un juez.
Pero con todo eso, y algunas cosas más, la inmensa mayoría de los jueces españoles son absolutamente independientes y cuidan su independencia con el máximo rigor. Ni se dejan presionar por los políticos de turno, si lo intentan, ni por los medios de comunicación ni por aquellos que intentan mediatizar su labor de cualquier manera. Existen intentos, claro que existen, y los jueces son hombres y mujeres normales -"estrellas" al margen-, pero están demostrando que cumplen su función: aplicar la ley. Creo que deberíamos ser mucho más respetuosos con ellos y que no deberíamos pedirles mucho más. Menos aún que acomoden las leyes a las necesidades políticas o que solucionen problemas políticos que ellos no han creado.
Hay muchas pruebas de su independencia en estas décadas democráticas. Por los juzgados han pasado desde un presidente del Gobierno a ex ministros, presidentes y consejeros de comunidades autónomas, gerentes de partidos políticos de todo signo, también comisarios y policías. Y los jueces han mandado a la cárcel a muchos de ellos sin importarles de qué partido eran o cómo se lo iba a tomar el ministro de Justicia de turno. No les han juzgado y condenado, en su caso, por ser de un partido o de otro sino por la violación de la ley. Ahora mismo, dos jueces, en la Audiencia Nacional y en el Tribunal Supremo, han tomado decisiones diferentes ante casos similares. Con absoluta libertad e independencia. Contra sus decisiones hay recursos y garantías porque nuestra Estado es garantista hasta la exageración. Pero nadie puede decir con argumentos jurídicos que hay presos políticos en España -ni antes con el terrorismo de ETA ni ahora con el independentismo catalán-. En prisión preventiva están políticos que han violado las leyes. Y en busca y captura, huido de forma cobarde, está un presidente de la Generalitat que era el máximo representante del Estado en Cataluña y, como tal, el primer obligado a cumplir las leyes que se ha saltado con premeditación y alevosía, incumpliendo sus obligaciones básicas. Si creemos en la Justicia, lo primero es respetar a los jueces y dejarles que hagan su trabajo libre y responsablemente. Y utilizar todos los recursos legales cuando discrepemos de sus decisiones. Es malo judicializar la política. Tan malo como politizar la Justicia.


La semana política que empieza - Felipe de Borbón, el único que aprueba en las en

06.11.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, (OTR/PRESS)

El análisis de las varias encuestas que se publicaron este fin de semana solamente arroja una conclusión clara, mirando hacia el futuro: el único que sale bien librado en los sondeos se llama Felipe de Borbón, es decir, el jefe del Estado, cuya popularidad roza el 7"5 por ciento sobre diez, más o menos como la que su padre, el Rey emérito, tenía en 1995, antes de que comenzase a caer en picado. Para lo que valgan en estos tiempos inestables, en los que aún desconocemos quién se aliará con quién en las decisivas elecciones catalanas de dentro de mes y medio, las encuestas predicen una clara victoria de Esquerra Republicana y después, quién sabe. Por eso es tan difícil tanto para un comentarista como para cualquier sociólogo, o como para usted, precisar qué diablos va a pasar aquí en un plazo de cuarenta y cinco días. Un mes después de eso, Felipe de Borbón, el ciudadano/institución ya digo que mejor valorado de este país, cumplirá cincuenta años: ¿podrá seguir con sus funciones tan limitadas como hasta ahora, cuando es obvio el papel beneficioso que, como mediador y apaciguador, ha jugado?

Tengo una confianza limitada, lógicamente, en las encuestas: la coyuntura es tan móvil que aún no siquiera sabemos si los candidatos más significativos en las elecciones catalanas estarán en la cárcel o como prófugos en algún país extranjero. Puede que el ganador de esas elecciones según esos sondeos, Oriol Junqueras, sea un recluso de Estremera para cuando se anuncien los resultados que le conviertan en posible, y hasta probable, molt honorable president de la Generalitat. Eso, claro, si consigue imponer su candidatura en una lista inependentista única, que hoy por hoy parece -parece- que quisiera encabezar el fugado Puigdemont, cuyo "caso" empieza a ser estudiado esta semana por la Judicatura belga, famosa por su lentitud... cuando quiere.
Así que, si las encuestas no pueden moverse en el terreno de certeza alguna, qué decir del cronista político. Llevo muchos años tratando, en columnas como esta, siempre en domingo, de intuir qué es lo que nos viene en la semana entrante. Siempre he pensado que nos encaramos con demasiadas "semanas decisivas", como dice, sardónico, mi amigo Carlos Herrera. Nunca como ahora me he sentido tan incapaz de imaginar siquiera lo que puede ocurrir en los próximos siete días. Me cuesta siempre situarme en posiciones de extremo pesimismo, que es lo que correspondería, y por eso, porque me fiaba del sentido común, me he equivocado en no pocos pronósticos. ¿Quién iba a soñar hace apenas tres meses que todo lo que está pasando iba a pasar? "Habrá que jurar que todo esto ha ocurrido", titulaba este domingo un colega que realizaba una especie de recopilación del horror político que hemos vivido desde aquel atentado en Las Ramblas el pasado 17 de agosto hasta ayer mismo.
Pero cuando los trabajos demoscópicos mantienen una tenaz tendencia, creo que hay que prestarles alguna atención. Y el Monarca acumula muchas series de apoyos con calificación de notable, mientras los líderes políticos llegan, a lo sumo, a un suspenso más o menos alto y variable, haciendo obvio que la opinión pública, como la publicada, es una veleta a la que mueven vientos inesperados, interesados, desinformados.
Por eso, creo que Felipe de Borbón, en cuanto que institución estable, es la gran baza que nos queda por jugar. Los españoles, incluyendo, o empezando por, catalanes, vascos, gallegos y andaluces, no se fían demasiado de sus políticos. Tampoco, en los casos que corresponden, de sus políticos nacionalistas. Y no diré yo que ahora la figura de Felipe de Borbón despierte una simpatía arrolladora en Cataluña o en Euskadi; pero sí digo que, en comparación con los principales personajes de la política española, saca varios cuerpos de ventaja al resto. Y que la Monarquía es ahora la institución más valorada del país, la única contemplada como capaz de situarse por encima de la "melée" partidista que impregna también, a juicio de los encuestados, a otras instituciones.
Ahora, ese hombre, Felipe de Borbón, cumple cincuenta años. Lo hará a finales de enero, poco más de un mes después de que las urnas, las verdaderas urnas, catalanas arrojen su veredicto. Que es lo que verdaderamente ha de preocuparnos ante el mayor desafío que España tiene ante sí como Estado, como nación, como destino de futuro de todos nosotros. Por eso, me parece desenfocado que, en nombre de la izquierda, Podemos, un partido tan representativo de la insatisfacción de varios millones de españoles como actualmente despistado en sus tácticas y su estrategia, haga del republicanismo agresivo el "leit motiv" de su actuación.
Creo que no es este precisamente el mejor momento para poner en tela de juicio la forma del Estado; ni me parece que la izquierda haya de distinguirse precisamente ahora con la medalla del republicanismo y menos aún del independentismo: eso sería darle sufragios directamente a esa Esquerra Republicana de Catalunya, que sería la que ganaría las elecciones, según las encuestas. ERC es el original del republicanismo y del independentismo, y no la copia. Y es, además, la responsable de todo lo malo que le ha ocurrido a Cataluña casi en el último siglo. No hay sino que ver el desenfoque de sus actuaciones en el Parlamento nacional, intervenciones que rozan los más desaforados esperpentos valleinclanescos.
El PSOE de Felipe González (ahora el de Pedro Sánchez) y el PCE de Carrillo dieron muestras de su realismo al aceptar que la Monarquía tenía, a nivel nacional, una buena acogida en la ciudadanía española. Luego, los comunistas, en el poscarrillismo, especialmente de la mano de Anguita, volvieron a sus postulados más radicalmente tricolores, pero nunca hicieron de ellos el eje central de su política. Pienso que la izquierda-a-la-izquierda tiene ahora cosas más urgentes que hacer, y en las que pensar, que insistir en el descrédito de la Monarquía... y quizá en la profundización del lío territorial. Temo que todos estemos cometiendo todo el tiempo demasiados errores en casi todo: no afianzar ahora lo que representa la Jefatura del Estado sería, quizá, la mayor de todas las equivocaciones en las que podríamos incurrir.


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