Opinión

Antonio Casado - El proceso se desinfla

14.10.17 | 08:42. Archivado en Antonio Casado


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

Todas las señales apuntan hacia un nuevo fracaso del nacionalismo en su no tan viejo sueño de convertir a Cataluña en unidad de destino en lo universal. Al menos en su actual versión, la intentona no da más de sí.
Los elementos de prueba se han acumulado durante los últimos días, los transcurridos desde el domingo 1 de octubre, que era la fecha mágica elegida como trampolín hacia la república independiente de Cataluña.
El subidón experimentado entonces por el bloque independentista, gracias al milagro de unas tramposas fotos del imaginado retorno de Franco a la España democrática, tuvo las patas cortas. Todos vimos como se fue desvaneciendo entre el impacto mundial de las empresas en fuga y la aparición de los factores emocionales en el lado hasta entonces pasivo de la barricada.
En esas estábamos cuando el ex molt honorable, Artur Mas, que había sido el principal impulsor del llamado proceso soberanista hace cinco años, dijo públicamente que Cataluña todavía no estaba preparada. Por si había dudas, este mismo viernes sostuvo que la declaración de independencia según el discurso dé Puigdemont en el Parlament y el posterior compromiso por escrito de los partidos soberanistas era puramente "estética".
Efectivamente, todo lo que sustentaba el sueño de los impulsores del rupturismo con España aparecía como una tramoya. Toda la arquitectura estaba plagada de trampas y vicios ocultos. Ni las cancillerías ni la opinión pública internacional compraron la maledicente idea de que España se había convertido en un Estado represor. Y la extravagante tesis de una mediación de terceros acabó rechazada por propios y extraños.
Las respuestas políticas y judiciales de un Estado obligado a defenderse hicieron el resto. La maniobra dilatoria de Puigdemont en el pleno del pasado martes evitó una apresurada activación del artículo 155 de la Constitución y permitió a Rajoy devolverle la pelota. El ultimátum de Moncloa está vivo: si el jueves que viene el Govern no ha vuelto a la legalidad, el Gobierno del Estado actuará en consecuencia.
En el otro lado, el germen del enfrentamiento se ha enseñoreado de la situación. El sector más radical (la CUP y los "jordis" Sánchez de y Cuixart) amenazan con volver a tomar la calle si Puigdemont persiste en su "traición". Pero me temo que lo ultimo que se le pasa ahora por la cabeza al president es declarar la independencia desde el balcón de la plaza de San Jaime.


Fernando Jáuregui - Gracias, Puigdemont, gracias

14.10.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

Quizá, pensaba yo estos días viendo la marea de banderas rojigualdas en balcones, calles y solapas, haya llegado el momento de cambiar los negros nubarrones por frases más corteses y entonar el "gracias, Puigdemont, gracias". Cierto que nos ha sumido en las tinieblas de la incertidumbre, en la controversia jurídica y nos ha hecho llegar más lejos en algunos errores, sin contar con lo que ya ha perdido, por su culpa, Cataluña. Pero, convencido como estoy de que la crisis se solventará -algo nos dejaremos en el camino, pero no, desde luego, a Cataluña, que seguirá entre nosotros--, pienso que ha llegado ya el momento de buscar algunas consecuencias que pueden ser positivas para el futuro de la nación.
Yo, desde luego, pondría en primer lugar precisamente a esa llamarada de color amarillo y rojo. La enseña nacional, mostrarla, respetarla, ha dejado de ser cosa de "fachas". Estamos, por primera vez acaso desde 1977, dispuestos a defender al Estado, y reconsiderando algunas equivocaciones de muchas décadas, algunas de ellas derivadas de los excesos de una aberrante dictadura, la de Franco. Creo que los españoles hemos tomado conciencia de que los países grandes son aquellos que se enorgullecen de sus símbolos, de su himno, de su Historia y de su unidad, y que ninguna de estas cosas tiene por qué comportar una ideología ni de ultraderecha ni siquiera de derecha. Porque el Estado es el que alberga el bienestar de los ciudadanos, que debe ser la máxima aspiración de quien, desde la derecha o la izquierda, se dedica a la política.
Porque me `parece que la izquierda, o mejor una parte de ella, va aclarando ideas que tal vez había tenido algo alteradas merced al pertinaz "no, no y no" a cualquier cosa que proviniese "de la derecha"; posiblemente, uno de los "efectos Puigdemont" sea que la vieja idea de alguna clase de pacto para la gobernación de las grandes cosas haya salido del baúl de los imposibles en el que Pedro Sánchez la metió. Y, ya que hablamos de izquierda, creo que esta crisis está sirviendo para depurar las cosas en Podemos, sometido a los saltos en el vacío de su creador; no son pocos los que se han dado cuenta de que la ambigüedad en la configuración territorial del país pasará una seria factura a la formación morada, sin duda la más original de las últimamente surgidas con éxito en Europa.
A Puigdemont le tenemos que agradecer la reflexión sobre el ser que, como en 1898, se ha instalado, creo que para bien, en muy amplias capas de la sociedad española (y, por ende, catalana): ¿hacia dónde queremos ir juntos y cuánto de juntos? ¿Es la mejor la configuración que nos dimos con el actual estado de las autonomías? ¿Qué ajustes necesita la Constitución para encaminarnos hacia un Estado de verdad moderno, eficaz y democrático? Creo que todo eso el algo presente en los encuentros de nuestros líderes, unos encuentros que, por cierto, hace apenas un año ni siquiera existían.
Y más: ¿qué errores cometimos los que nunca nos sentimos independentistas de nada para haber llegado a una situación en la que un grupo de mentirosos, tramposos, incultos, herederos de una corrupción sin límites, una burguesía aliada con un lumperío que se reclama antisistema, haya pretendido tomar el control, contra el Parlamento y contra la seguridad jurídica, de un territorio tan maravilloso, por tantos conceptos, como Cataluña? Creo que la autocrítica es la virtud menos extendida entre nuestros políticos, pero sospecho que los más inteligentes en el seno del poder monclovita estén comenzando a entender que, en muchos sentidos, no se puede seguir gobernando con prácticas antidemocráticas, que afectan desde a la comunicación hasta a algunos manejos de nombramientos y ceses. El inmovilismo ha terminado. Y la nueva era inaugurada por un Puigdemont que ya ni para eso nos sirve va a afectar a muchos sectores, desde las fuerzas del orden hasta los medios, pasando por la judicatura, el funcionamiento de algunas grandes empresas y bancos o nuestra diplomacia, por ejemplo. Aprovechemos la ocasión para dar algunas manos de pintura al viejo caserón.
Gracias, pues, Puigdemont, porque me parece que también has contribuido a que en las calles catalanas, por las que hace poco no pasaba una bandera bicolor, ya casi no había ninguna sin estelada, se pregunten si iban por el buen camino. Yo creo que el último servicio que puede prestar a la causa catalana, que es la mía y la de tantos españoles, es convocar elecciones autonómicas y largarse con viento fresco. Porque a mí me importa el futuro, de diálogo y de comprensión generosa. Y no me importa tanto si usted declaró o no -que mejor lo dejamos en no- la independencia que nunca va a llegar. No así, al menos.


Fermín Bocos - Esperando a Godot

14.10.17 | 08:42. Archivado en Fermín Bocos


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

Como en "Esperando a Godot", la inquietante tragicomedia de Samuel Beckett tenida por obra cumbre del teatro del absurdo, el personal aguarda sin demasiada esperanza de claridad a que Carles Puigdemont, presidente golpista de la "Generalitat", conteste -"sí" o "no"- al requerimiento que le ha hecho llegar el Consejo de Ministros para que aclare si el pasado día 11, en el "Parlament", proclamó la independencia de Cataluña.
No es probable que la respuesta llegue antes de las 10 de la mañana del próximo lunes. Sí así fuera, se produciría un segundo requerimiento para obtener respuesta antes de la misma hora pero ya el jueves 19.
En el caso de que la respuesta no sea un: "No hubo tal declaración de independencia", el Gobierno, previa autorización del Senado, activaría los mecanismos previstos en el Artículo 155 de la Constitución que facultan al Ejecutivo para obligar a las autoridades autonómicas rebeldes a cumplir con sus obligaciones volviendo a la senda constitucional.
Dada la acreditada deslealtad del presidente Puigdemont -reiterados han sido sus desacatos a las sentencias del Tribunal Constitucional- no hay que descartar que intente alguna nueva marrullería. Alguna maniobra de distracción. Por ejemplo: anunciando algún tipo de negociación con instancias políticas europeas. Se sabe con el agua al cuello y con denuncias admitidas por los tribunales contra algunos de sus colaboradores por actuaciones recientes de dudosa legalidad y tratará de ganar tiempo. Lo que pasa es que esta vez está entre la espada y la pared.
Por una parte tiene encima de la mesa el requerimiento del Gobierno de España que apareja un ultimátum y por otro el apremio de sus compañeros de viaje de la CUP. Los dirigentes del movimiento anti sistema que con su decena de diputados tiene la llave de la mayoría parlamentaria en la que se apoya el "Govern" salieron mosqueados del Parlament el pasado día 11. El día en el que en una alarde de ambigüedad Puigdemont proclamó la independencia de Cataluña, para ocho segundos después, suspenderla. El funámbulo se está quedando sin alambre y el público está perdiendo la paciencia. En sus manos está volver a la senda trazada por la Constitución o atenerse a las consecuencias. Hay mucho de teatro político del absurdo en todo esto.


Viernes, 24 de noviembre

BUSCAR

Síguenos

Hemeroteca