Opinión

Fernando Jáuregui - Ya no nos quedan ni tres semanas

12.09.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

Mi amigo, un aragonés casado con catalana-de-toda-la-vida, que ha ocupado altos cargos gubernamentales durante el socialismo relacionados con Cataluña, que siempre ha estado limpiamente en la vida pública y privada, no podrá cenar conmigo cuando, el próximo día 30, en cumplimiento de compromisos profesionales, acuda a Barcelona para ver de cerca qué ocurre en ese 1-O que tantos temen/tememos, aunque nadie haga nada por atenuar el tremendo choque que parece avecinarse. "No podré cenar contigo", me dijo, "porque ese día estaré en Camboya". Creí que bromeaba y no: había mantenido una discusión muy seria con una parte de su familia y, como consecuencia, decidió poner tierra de por medio. Y parece que no son los únicos que, en Cataluña, se quieren largar, hacia donde sea, en una jornada en la que los vecinos apuntarán lo que hace y dice el vecino, el hermano lo que piensa y proclama el hermano, el hijo vigilará si vota o no vota el padre, las cuadrillas de amigos, ese día, no saldrán a cenar.
Cuando escribo, en la tarde de este lunes, aún no sé en qué habrá acabado la Diada, tan concurrida, tan tensa. Conozco a muchos que se quedaron este lunes en sus casas, refugiados, procurando que nadie supiera si estaban o no estaban. Porque en Cataluña, como hace unos años ocurría en mi Euskadi, hay miedo. Miedo al qué dirán, al qué pensarán, al quién me denunciará y qué consecuencias acabará teniendo. El clima es pésimo, propio de situaciones poco democráticas. A eso, que se deriva de las leyes poco jurídicas, de las tensiones en el Parlamet donde a algunos no se les deja, suprema contradicción, ni hablar, de las prohibiciones de rotular en castellano, de no pocos excesos mediáticos, a eso hemos llegado.
La cuñada de otro amigo, persona tranquila y de costumbres más bien burguesas -bueno, como Puigdemont o Junqueras, sin ir más lejos--, votó en septiembre de 2015 a Junts pel Sí. No porque fuera independentista, que no lo es, sino para "darle una patada en los collons a Rajoy", segura como estaba de que no habrá independencia. Ahora, cuando ya no está tan segura de nada, ha decidido obviar el pateo a quien sea y donde sea y quedarse en su casa. Este lunes ya empezó por no dejarse ver entre las multitudes de la Diada, constituyéndose, ella misma lo confesaba, con sonrisa amarga, en "mayoría silenciosa, más bien acallada".
No sé cuánto tiempo se necesita para reconciliar a una familia, para recuperar unos amigos, para cambiar de tópicos y clichés. Diez días, decía John Reed, bastaron para cambiar el mundo. A Dios le fue suficiente con una semana para crearlo. Digo yo que en tres semanas bien podría hacer un milagro. Porque solamente eso, un milagro, puede ya hacer que el guardagujas cambie la vía del tren que se dirige a toda velocidad hacia su trágico destino, convirtiendo también en tragedia la vida de otros muchos que no quisieran ir en los vagones que descarrilarán.
Así están las cosas y no creo que ni el Tribunal Constitucional, ni el Fiscal, ni la Guardia Civil y ni siquiera la televisión -la del lado de acá, claro- puedan cambiarlas, a menos que el hombre del maletín, que reside en La Moncloa, apriete su particular botón rojo, y entonces comiencen a salir de la cartera esos dossieres tan vergonzantes, eficaces como misiles, que acabarán por desacreditar de una vez a esos lamentables señores que dirigen un "procés" que a todos les, nos, hará desgraciados. Al menos, durante un día, el 1-O, que ya el 2-0 todo va a ser, pienso, diferente. Y mi amigo podrá regresar de su periplo por el muy lejano Oriente, y tal vez se encuentre todo tal como estaba antes de un huracán peor que Irma invadiese las almas de los catalanes y de todos nosotros.


Cayetano González - La calle

12.09.17 | 08:42. Archivado en Cayetano González


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

Consumado el "golpe de Estado" dado por los partidos independentistas la pasada semana en el Parlamento de Cataluña con la aprobación de la ley del referéndum y la de "desconexión" con España, ahora el relevo lo toma la calle, donde los antisistema y radicales de la CUP tendrán un papel relevante, aunque no sólo ellos, porque habrá elementos de la Asamblea Nacional de Cataluña que también agitarán la movilización en pro del referéndum. De momento, esa "presión" callejera la están sintiendo, por un lado, los más de 200 Alcaldes que se han negado a ceder los espacios municipales para que se instalen las urnas el próximo 1 de octubre. Alcaldes en su mayoría pertenecientes al PSC y que gobiernan en localidades importantes como Hospitalet del Llobregat, Mataró, Santa Coloma del Gramanet, Tarragona o Lleida. El caso del Ayuntamiento de Barcelona es distinto, porque allí la regidora, Ada Colau, es de Podemos y mantiene una postura ambigua, aunque cada día que pasa lo es menos y en sus declaraciones da a entender que facilitará lo que sea necesario para que la gente pueda votar. El segundo estamento que a día de hoy está sufriendo esa presión en la calle es uno de los Cuerpos de Seguridad, la Guardia Civil, que ha recibido instrucciones de la Fiscalía General del Estado para que como policía judicial investigue y lleve a cabo todas las actuaciones necesarias para impedir el referéndum. La imagen de militantes y simpatizantes de la CUP dando papeletas, en plan provocativo, a los guardias civiles que estaban en el exterior de una imprenta donde se sospechaba que se podía haber elaborado material para el referéndum, no es precisamente la más edificante para lo que tiene que ser el Estado de Derecho. Los mandos políticos de la Guardia Civil -el ministro de Interior, el Secretario de Estado de Seguridad y el Director General del Cuerpo- no deberían tolerar que se repitieran escenas como las narradas. La Guardia Civil, que es un símbolo de España, no está para recibir papeletas ni para aguantar provocaciones de los que se ciscan en las leyes, sino para velar para que estas se cumplan. Los próximos días, al menos hasta el 1 de octubre, serán complicados y estarán llenos de tensión y de desafío al Estado. Y en ese ambiente, la calle, las movilizaciones, serán el recurso principal de algunos, con el riesgo que eso conlleva. Los independentistas ni quieren ni ya pueden dar marcha atrás, y el Gobierno tendrá que aplicar todos los medios a su alcance, -"sin renunciar a nada", como dijo Rajoy el pasado jueves- para evitar que se consume este golpe de Estado a la democracia y la unidad de la Nación española que unos desaprensivos e iluminados quieren dar.


Luis del Val - Manifestación por independencia

12.09.17 | 08:42. Archivado en Luis Del Val


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

No conozco en los dos últimos años ninguna independencia que se haya logrado a través de una manifestación. Las manifestaciones conciencian, caldean los ánimos, y pueden ser el prefacio de un conflicto que desemboque en una guerra de la Independencia, pero es muy difícil que, por muchas personas que salgan a la calle, se logre una independencia. La última en la Historia de España sucedió hace ya 209 años y no fue precedida de ninguna manifestación.
Tampoco es un objetivo que se pueda lograr a través de un contencioso-administrativo, como cuando te resistes a pagar una multa de tráfico, al menos yo no tengo noticias.
Con una manifestación de 800.000 personas los aragoneses lograron paralizar un Trasvase del Ebro bastante problemático, y hecho deprisa y corriendo. Salieron a la calle más de la mitad del censo de Aragón, y el propio José María Aznar, a la sazón presidente del Gobierno, y sin fama de blando, se quedó bastante sorprendido. Pero si en lugar de pedir la paralización del trasvase del Ebro hubieran solicitado la independencia de Aragón, y en vez de 800.000 personas hubieran salido todos sus habitantes, a excepción de los enfermos que no suelen ir a las manifestaciones, ni Aznar, ni creo que nadie que estuviera al frente del Gobierno, hubiera dicho amén.
Parece que el nuevo mantra sobre la independencia se basa en el número de personas que vayan a la Diada, y que ese porcentaje va a ser clave. Desde mi punto de vista no me parece probable. Esos sí, puede ser bronca, violenta, e incluso con letales consecuencias para alguien, porque las estadísticas nos dicen que morir en una manifestación no constituye ninguna excepción. Espero que eso no suceda. Y que haga buen tiempo, porque las manifestaciones, como las procesiones, se deslucen mucho con la lluvia.


Fermín Bocos - Presos políticos

12.09.17 | 08:42. Archivado en Fermín Bocos


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

El sentido común dicta que la única salida para quien se ha metido en un callejón sin salida es dar marcha atrás. Tan sencillo principio, de momento, parece que no reza para los dirigentes políticos separatistas que tras ignorar las resoluciones del Tribunal Constitucional y liquidar el "Estatut" están empujando a los funcionarios catalanes a un escenario de desafío a la legalidad vigente que necesariamente tiene que tener consecuencias penales. En un Estado democrático en el que las leyes han sido aprobadas por un Parlamento legítimamente elegido y el ordenamiento institucional respeta la separación de poderes, sí alguien infringe la ley, es un delincuente. En España no hay presos políticos.
Digo esto porque así que han empezado a ver las orejas al lobo (querellas de la Fiscalía de Cataluña contra los principales actores del proceso sedicioso: Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y el resto de miembros del "Govern" más Carme Forcadell y varios miembros de la Mesa del "Parlament"), algunos medios ya empiezan a deslizar la idea de que en la Unión Europea "no puede haber presos políticos".
Vamos que, aunque los citados son responsables de un proceso de sedición en toda regla, una auténtica cumbre de deslealtad democrática.... pelillos a la mar. Cuenta nueva. Que no sea la hora de la justicia; que sea la hora de la política. Como si no hubiera pasado nada. La cumbre del cinismo.
De manera meliflua, algunos de los propagandistas que en 2009 redactaron el insólito editorial publicado de manera conjunta por todos los medios catalanes -no se recordaba nada parecido desde los tiempos de la dictadura franquista y la Prensa del Movimiento- ya están creando el clima para evitar la sanción. Como si la convocatoria (ilegal) de un referéndum o aprobar una ley de "desconexión" con España hubiese sido una simple astracanada. Se han saltado la Constitución y se han cargado el "Estatut", pero como si no hubiera pasado nada. Pero ha pasado. Y es sancionable. Cúmplase, pues, la ley.


Rafael Torres - Todo esto da mucha pena

12.09.17 | 08:42. Archivado en Rafael Torres


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

Todo esto, el enfrentamiento entre Cataluña y España, o entre la mitad de Cataluña y España, o entre la mitad de Cataluña contra la otra mitad, o de España contra España, da mucha pena. Sabemos que el golpe de estado de ERC, el PDCat y la CUP es eso, un golpe de estado, que, como es natural, debe ser sofocado, que en el origen del actual conflicto, aparte de los desencuentros históricos, está la humillación que supuso el maltrato inferido al Estatut del 2006, y que el gobierno del PP y su antisocial gestión de la crisis económica multiplicó el número de los independentistas, pues mucha gente en Cataluña confundió o machihembró las ganas de perder de vista a Rajoy con las de irse de España, pero por mucho que lo sepamos, o por saberlo precisamente, todo esto da mucha pena.
La turbación general que produce en los españoles, incluidos más de la mitad de los catalanes, la actual situación, está teñida de pena. El conflicto, pese al falso y cursi buenismo con el que pretenden enmascarar los fanatizados líderes independentistas sus desafueros, y pese a la igualmente falsa serenidad y cordura que dice oponer el Gobierno, está haciendo emerger, rotos los diques, las normas y los vínculos políticos e institucionales, lo peor de cada casa, y eso genera, sobre todo, pena. Un país tan extraordinario como España, de cuya esencia Cataluña es y fue siempre un componente esencial, no puede verse, sin que nos muramos de pena, en un trance como éste al que la cerril incompetencia de unos y el irresponsable aventurerismo de otros le han llevado.
Ofende éste aquelarre de necios por casi todas partes. Si unos se agazapan tras los jueces, como si de su mano estuviera la acción política o la ejecución de sus dictados, los otros se alebran, cucos y cobardes, tras los ciudadanos que legítimamente prefieren un estado propio, para que sean ellos los que se expongan a la punición y a las bofetadas. El salvaje egoísmo y el comportamiento "naif" de quienes tradicionalmente fueron modelo de civilidad y "seny", y la inane cuando no tosca conducta del Gobierno de España ante la burla y la sedición, dan de todo, perplejidad, indignación, temor, pero, sobre todo, pena. Todo ésto, toda ésta majadería que, encima, cobra y vive del Presupuesto, da mucha pena.


Antonio Casado - Doble legalidad

12.09.17 | 08:42. Archivado en Antonio Casado


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

En cierta ocasión oí decir a un ministro que "la Cataluña de hoy sin terrorismo ha desestabilizado al Estado más que en su día el País Vasco con terrorismo". Aquí y ahora no hay verdad más incontestable. Trataré de explicarme.
Escribo a pocas horas de la marcha del 11 de septiembre (Diada) a la vista de unos llamamientos independentistas aparecidos en las redes sociales que, a titulo preventivo, apelan al carácter pacífico del pueblo catalán. Como planea el riesgo de altercados callejeros, se advierte de que aunque "bajo apariencia de lo que no son", esos disturbios los promoverán los enemigos del procès "para hacernos quedar mal ante el mundo".
A la espera de verificar el carácter efectivamente pacífico de los catalanes en general en esa manifestación protagonizada por los independentistas en particular, prefiero centrarme en otro rasgo largamente acreditado por la ciudadanía catalana. Hablo de la aversión a la inseguridad jurídica de "un pueblo cuya columna vertebral son sus empresarios", en palabras de José Luis Bonet (Freixenet). Para un emprendedor, nada más odioso que unas inciertas, cambiantes o inexistentes reglas de juego.
Dicho sea justo cuando hemos entrado en una etapa absurda en la que las gentes de este siempre diferenciado rincón de España se encuentran interpelados por una doble legalidad.
Es una forma de hablar, pues no puede existir doble legalidad en una sociedad política y jurídicamente organizada (el Estado). Pero nos entendemos. De un lado, la legalidad consagrada en la Constitución Española, que reconoce al pueblo español como titular de la soberanía nacional (única e indivisible). De otro, esa legalidad chapucera y unilateralmente creada (ley de referéndum y ley de transitoriedad jurídica y fundacional de la república de Cataluña), como una fuente de poder alternativa a la que de forma legítima y democrática fue masivamente ratificada por todos los españoles en diciembre de 1978.
La sola descripción del problema hace ver que en lo referido al desafío separatista hemos tocado fondo y, como cantaba Serrat, a partir de ahí solo cabe mejorar. También podemos entender que el independentismo ha apurado el desafío hasta el tope de máxima tensión y a partir de ahí ésta solo puede empezar a bajar, en línea con la doctrina oficial de Moncloa, apelando a la fortaleza del sistema democrático y de los más sesudos analistas, anunciado que el llamado "procès" se encamina en su tramo final hacia el fracaso y la frustración.
Visto así, la gran patada a la democracia que la semana pasada se perpetró en el Parlament se debe a la impotencia por la evidente falta de futuro del desafío al Estado. Así que los independentistas estarían recurriendo al luego sucio, como los malos defensas que derriban alevosamente al delantero cuando van perdiendo por goleada.


Escaño Cero - Culpas

12.09.17 | 08:42. Archivado en Julia Navarro


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

¿De quién es la culpa? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Son las preguntas que reiteradamente nos hacemos estos días intentando buscar respuesta a cuanto sucede en Cataluña. Preguntas que algunos analistas tan sectarios como simples responden con prontitud señalando a Mariano Rajoy.
Sin duda Mariano Rajoy ha cometido errores. Es innegable. Pero la culpa de que un grupo de políticos catalanes hayan decidido violar las leyes vigentes, es decir el Estatuto de Autonomía y la Constitución, no es de nadie más que de ellos mismos. O sea que cada cual aguante su vela.
Así que más que de culpas hablemos de responsabilidades. La verdad no es otra que el camino hacia la independencia comenzó hace muchos años atrás. La Ley Electoral que se elaboró para que se celebraran elecciones democráticas en 1977, tuvo en cuenta a las minorías, es decir, los legisladores tuvieron el acierto y la sensibilidad de dar una representación importante a las minorías nacionalistas en la andadura hacia la democracia que nuestro país iba a iniciar. Así se ha venido dando la paradoja que mientras hay grupos que con un millón de votos no obtienen más dos o tres representantes, otros con doscientos o trescientos mil votos, tienen escaños suficientes para formar grupos parlamentarios.
El problema de fondo es de lealtad. Sí, de lealtad institucional, de lealtad hacia la democracia, de la lealtad hacia los ciudadanos. Así que una vez aprobada la Constitución y de que esta emanaran los Estatutos de Autonomía que han llevado a convertir a España en un país más descentralizado de lo que lo son los países que se organizan como Estados Federales, algunos partidos nacionalistas se pusieron a trabajar para llegar a su objetivo último: la independencia. Y en eso es en lo que trabajó durante décadas Jordi Pujol poniendo las bases para que Cataluña pudiera ser independiente. Los gobiernos de España, tanto los del PSOE como los del PP, le dejaron hacer. Unas veces porque los escaños de Convergencia eran necesarios para gobernar, otras porque se creía de buena fe que era mejor contemporizar y que habida cuenta el altísimo grado de autogobierno que les confería el Estatuto, los catalanes y sus políticos se sentirían a gusto en el marco común.
Pero lo que Pujol y luego Mas y desde luego Puigdemont, pero también Junqueras, etc, han ido inoculando a sus conciudadanos, es que son diferentes, amen de señalar al resto de los españoles como el enemigo a batir. Han ido sembrando el odio a los españoles.
De manera que buena parte de la responsabilidad de lo que pasa ahora la tuvieron los gobernantes de antaño por dejar hacer lo que no debieron dejar hacer. Y no menos importante es la responsabilidad de José Luis Rodríguez Zapatero, que con esa frivolidad que le caracteriza, puso en marcha una reforma del Estatuto que nadie, salvo Pascual Maragall, le pedía. Y ese Estatuto tenía unos cuantos artículos inconstitucionales, creo que 14, ni uno más, que fue los que el Tribunal Constitucional dijo que había que modificar. Entonces se organizó el gran alboroto porque efectivamente al PP le suele faltar "fineza" cuando está en la oposición y se dedica a la política de la sal gruesa y plantea sus discrepancias con alborotos en vez de intentar razonar. Los últimos años de oposición del PP fueron realmente funestos.
Pero fue también Zapatero el que le dijo a Mas, cuando este no sacó los votos suficientes para gobernar en solitario, que no pondría trabas para que lo hiciera. Pero luego llegó Montilla y quiso aprovechar la ocasión para convertirse en presidente pactando con Ezquerra, ya saben el famoso tripartito de tan funesto recuerdo. O sea que la responsabilidad de por qué y cómo se ha llegado hasta aquí está más que repartida. Ya digo que hay que remontarse a Adolfo Suárez, Felipe González y José María Aznar, pasando por Rodríguez Zapatero y sin duda por Mariano Rajoy. Todos han eludido la presencia activa del Estado en Cataluña, en ser capaces de compartir con los catalanes un relato común.
Ahora solo cabe hacer cumplir la Ley. Y no va a ser tarea fácil. Pero en un Estado democrático y de Derecho como es España no se puede permitir que se de un "golpe" contra el Estado y contra la Constitución. De manera que hay que parar ese "golpe". Y luego sí, sentarse a la mesa a hablar del futuro. Pero eso sí, los lideres políticos, me refiero sobre todo a Pedro Sánchez, no deben de vender que tienen una varita mágica para arreglar el problema porque no lo tienen. Este es un problema que necesita del concurso y del consenso y que un solo partido no puede resolver.
Hay que pensar en el 2 de octubre, pero sin vender humo de colores.


Martes, 24 de octubre

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