Opinión

Francisco Muro de Iscar - ¿Qué país proponen?

04.09.17 | 08:42. Archivado en Francisco Muro de Iscar


MADRID, (OTR/PRESS)

Se inicia una nueva semana decisiva para el problema catalán, aunque todas lo son ya. En estos días se debe llevar a una Mesa extraordinaria del Parlamento la escondida proposición de ley del referéndum, con la consiguiente convocatoria de campaña desde el 14 de septiembre y su celebración el 1 de octubre. Inmediatamente se llevaría al Pleno del Parlamento catalán para su aprobación, si es posible sin debate, junto con la Ley de Transitoriedad, que es, pura y simplemente, la ruptura con el Estado español. Si finalmente los grupos independentistas aprueban esa decisión ilegal, antidemocrática e inconstitucional, el Gobierno de España y el Tribunal Constitucional tendrán que poner en marcha todos los mecanismos legales. Y, entre medias, la Diada del 11 de septiembre, altavoz de todas las decisiones de los independentistas. Estamos pues ante el final de un proceso que, termine como termine, tendrá graves consecuencias.
Pero, ¿qué país proponen los independentistas catalanes con una CUP que se ha adueñado estratégicamente del proceso?

Un país que pretende quedarse, sin compensación alguna, con todos los bienes del Estado español en Cataluña: aeropuertos, Renfe, carreteras y otros espacios de titularidad pública, entre ellos más de mil solares de titularidad estatal.
Un país con una deuda pública de 50.000 millones de euros con el Estado español y otros 25.000 millones con otras instituciones financieras. Pero, además, Cataluña debería asumir el porcentaje que le corresponde de la deuda pública española, estimada en unos 186.000 millones. El problema es que el rating de Cataluña en los mercados es de "bono basura" lo que le impide acudir a esos mismos mercados. Sólo entre 2012 y 2016, el Estado español ha prestado a Cataluña 68.458 millones para su evitar su quiebra y a un interés que le ha permitido un ahorro de 18.228 millones. Sin esos préstamos no habría podido pagar ni a sus proveedores ni las pensiones ni a los funcionarios. ¿Cómo pagará todo eso tras una supuesta independencia?

Un país que esconde las leyes, las hurta al debate parlamentario, propone el incumplimiento de las leyes y que pretende nombrar al presidente del Tribunal Supremo, a los presidentes de Sala y al fiscal general indirectamente por el propio Gobierno catalán. Separación de poderes y ocupación del poder judicial.

Un país con una legalidad que no establece garantías democráticas para la validación del referéndum, que requiere menos votos para aprobar la nueva Constitución que para reformar el actual Estatuto y que "garantiza" la nacionalidad española a todos sus ciudadanos, pero que olvida que eso lo decide con competencia exclusiva el Estado español.
Un país que pretende seguir con el euro, si le dejan, o crear una nueva moneda, si encuentra respaldo, pero que, además, fuera de la Unión Europea y del mercado único, se enfrentará a nuevos aranceles y derechos aduaneros y tendrá que negociar bilateralmente, país por país, nuevos acuerdos.
Hay muchos más aspectos entre lo imposible y lo ridículo, pero basta con el respeto a la legalidad. En una democracia, lo que no es legal no es democrático. La principal patronal catalana ha dicho que la secesión catalana tras el 1-O sería "un golpe de estado". En sus manos y en las de los catalanes está hoy evitar que se produzca.


La semana política que empieza - La clave, una clave, está en Pedro Sánchez

04.09.17 | 08:42. Archivado en Fernando Jáuregui


MADRID, (OTR/PRESS)

Ignoro, claro está, de quién es la culpa de que Mariano Rajoy, Pedro Sánchez y Albert Rivera, e incluso Pablo Iglesias, no hayan comparecido todavía, cuando faltan veintiséis días para ese tópicamente llamado "choque de trenes", y, desde la puerta de La Moncloa, o desde donde sea, lanzar una propuesta/advertencia conjunta a la Generalitat de Cataluña, que se prepara para su "semana grande". No quisiera ponerme demasiado ampuloso, y menos apocalíptico, pero la verdad es que todos tenemos la sensación de que el desafío al Estado orquestado por alguien con tan poca sustancia como Puigdemont y su camarilla es de una gravedad tal que nada semejante se había producido desde 1934, con las consecuencias que todos conocemos. Y las llamadas, no sé si con propiedad o sin ella, fuerzas constitucionalistas andan como distraídas, de manera tal que esa "cumbre de La Moncloa" sigue, y me parece casi intolerable, sin producirse.
Los socialistas, todavía no estoy seguro de si por boca de su secretario general, que ya va siendo hora de que reaparezca, tienen algunas comparecencias públicas -el propio Pedro Sánchez, uno de esos desayunos multitudinarios_ y tendrán que explicar muchos puntos oscuros acerca de sus planes de futuro. Comenzando, claro, por un plan claro, unívoco, aprobado por todos los "barones" territoriales, para Cataluña. Un plan que Sánchez debería llevar con urgencia a La Moncloa no para imponérselo a su inquilino -a ver si se da cuenta de una vez de que no ha llegado el momento de desalojarlo, de que Rajoy aún tiene la fuerza de los votos-, sino para confrontar ideas con él. Y con Rivera. Y con Pablo Iglesias, que menudo follón interno tiene en Podemos a cuenta del referéndum secesionista.
Y eso es lo verdaderamente malo: el follón interno. En el PSOE, el término "plurinacionalidad" sigue causando efectos devastadores en el debate intestino, que hace ya tiempo que olvidó, porque en 2013 nadie podía pensar que las cosas iban a estar como ahora están, aquellas conclusiones de la conferencia de Granada. En Podemos, quién sabe qué acabará ocurriendo entre el líder de la tribu local catalana, Albano Dante Fachín, y el jefe supremo Pablo Iglesias, que intenta amarrar su barca al falso portaaviones de Ada Colau, sin que sepamos aún si quieren o no un referéndum y qué clase de referéndum. En el PP... Bueno ahí está la clave. Porque, además de asegurar que "nadie va a liquidar la democracia en España", la voz sin duda incontestada de Mariano Rajoy tendrá que arbitrar entre quienes, como el responsable catalán Albiol, quieren aplicar soluciones duras (véase una interpretación rigurosa del muy interpretable artículo 155 de la Constitución) y los que aún creen en un resurgir de alguna clase de "operación diálogo" que cuartee la ya débil unidad enjtre Puigdemont y su vicepresidente Oriol Junqueras. Que es mucho mejor político que el molt honorable.
Lo malo es que Rajoy no dice, proclamas patrióticas -que están muy bien_ al margen, capaz de esperanzar a la ciudadanía, que ve que este miércoles habrá reuniones paralelas del Parlament, del Consejo de Ministros y del Tribunal Constitucional, lanzando el primero el referéndum ya de forma oficial e imparable, y tratando, los segundos, de frenarlo a base de medidas legales y de advertencias penales y civiles. ¿Y qué, si Puigdemont y sus "consellers" y los más irreductibles de sus parlamentarios ya han dicho que se van a pasar por el arco del triunfo lo que diga el Constitucional? Pero ¿es que no comprendemos que la ilegalidad, la inseguridad jurídica, el pateo a cualquier parecido con un Estado de derecho, es la base de la actuación de este pálido émulo de Companys, cuyo único deseo en esta vida es aparecer en el balcón de la Generalitat proclamando, para que lo saque el New York Times en portada, la República de Catalunya?

No sé cómo van a frenar tanta insensatez desde La Moncloa, desde Ferraz, desde la sede del Constitucional o, incluso, desde La Zarzuela. O, si me apuran, desde la Cuesta de las Perdices, donde el hombre que más cosas sabe en España acumula, sin duda, información abundante sobre las muchas irregularidades, incluso económicas, claro, cometidas a lo largo de este loco "procés" y desde bastante antes que él. Lo que yo no veo, y quisiera ver, es un plan combinado para defender al Estado del mayor ataque a la democracia española desde que esta se restauró en 1977, cuarenta años ya.
Ignoro qué ocurrirá esta semana, pero algo sé que va a ocurrir, mientras los ojos del mundo, conscientes por primera vez de que existe en España un territorio llamado Cataluña, nos contemplan atónitos. Y el caso es que, por un quítame allá esas pajas, Rajoy, Sánchez, Rivera y, por qué no, Iglesias, siguen sin dar esa muestra de firma unidad democrática que tanto les agradecería el país, me parece a mí que bastante ajeno a lo que les ocurra a ellos dentro de sus partidos, a si les irá mejor o peor en unas elecciones que, en todo caso, serán mucho después de que los trenes hayan chocado, y entonces qué.


Sábado, 20 de enero

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