Opinión

Charo Zarzalejos - Un muro llamado Mariano

01.09.17 | 08:42. Archivado en Charo Zarzalejos


Ya se ha hecho a la idea. Tiene perfectamente claro que lo que le queda de legislatura va a ser un via crucis. No va a haber respiro para él. El caso Gürtel va a tener un largo recorrido en los tribunales, la comisión de investigación sobre el mismo asunto va a ser un juego de niños en comparación con lo que hemos visto hasta ahora y ya en cuestión de días tendrá que hacer frente al enorme y desafiante desafío --valga la redundancia-- del secesionismo catalán a lo que hay que añadir la tensión contenida por el temor, más que razonable, a que tengamos que vivir más días de luto. No creo, sinceramente, que su posición, la de Mariano Rajoy, sea envidiable.
No tiene asunto fácil por delante. Lo único que le salva es la incapacidad de la Oposición para ponerse de acuerdo y hacer realidad el deseo de Sánchez y otros "váyase señor Rajoy". Pero no. Rajoy no se va a ir y menos porque lo pida la Oposición a la que ha retado a presentar una nueva moción de censura que no tiene viso alguno de que se pueda fraguar, al menos a corto plazo.
Mariano Rajoy está demostrando tener piel de elefante. Aguanta lo que le echen y ha pedido a los suyos que sigan su ejemplo: nada de nervios ni de precipitaciones. Nada de poner en duda los objetivos del Gobierno. Aguantar y pactar con quien se pueda y lo que se pueda y mientras tanto que los grupos de Oposición lancen las estrategias que crean conveniente. El sabe que se desgasta porque el poder en sí mismo siempre lo hace, pero los populares han llegado a la conclusión de que la oposición "con su ansiedad por cercar a Rajoy" puede estar desgastándose aún más. Solo las urnas dictarán, en su momento, el veredicto final.
Tras el inoperante pleno del día 30, todas las miradas, todas las atenciones y todas las expectaciones se centran en Cataluña. La cuestión es de una seriedad extraordinaria aunque hayan sido los propios promotores de este camino hacia ninguna parte los que hayan quitado solemnidad a su propia iniciativa. Son tales los desatinos, tan burdas las aspiraciones, tan fuera de lugar todo lo que está haciendo que lo están convirtiendo en algo extravagante que ya sólo produce cansancio. Pese a todo, la gravedad del asunto es severa. Nada apunta a que en el último momento den un paso atrás. Al contrario. Ha sido enterrar a los muertos de Barcelona y dar un empujón cayendo en la ingente contradicción de alardear del buen funcionamiento del autogobierno catalán. ¿En qué quedamos?. Alardean precisamente de todo aquello que gestionan --que es mucho, muchísimo-- gracias a unas normas --Constitución y Estatuto-- que ahora se quieren cargar de un plumazo. Un pueblo oprimido y perseguido no tiene Policía propia, ni medios de comunicación, ni Educación ni nada de nada.
A estas alturas es un ejercicio más que estéril hacer ver a la CUP, a Puigdemont, a ERC que nunca, nunca van a estar mejor que ahora. Van a pedalear hasta el último momento pero también en este punto se van a encontrar con un muro llamado Mariano Rajoy. Eso lo veremos a no tardar.


El Abanico - Guillermo y Enrique: La herida del dolor es alargada

01.09.17 | 08:42. Archivado en Rosa Villacastín


MADRID, 31 (OTR/PRESS)

Cuando aquel 31 de agosto de 1997 recibí una llamada de la cadena Ser, instintivamente miré el reloj: eran las 4,30 de la madrugada. Me asusté, temiendo alguna desgracia familiar, pero no. Era Agustín, del programa de Carlos Llamas, para anunciarme que Lady Di había muerto en un accidente de coche, en el Puente del Alma, en Paris. Me quedé sin habla, impactada por la noticia que acababan de darme, mientras me hacía todo tipo de preguntas a las que no encontraba respuestas.
Lady Di y Dodi Al Fayed fueron durante ese verano los protagonistas indiscutibles de Extra Rosa, el programa que presentábamos Ana Rosa Quintana y yo en Antena 3 TV. Las últimas imágenes de la pareja las dimos el día anterior llegando a París. A Diana la felicidad le salía por todos los poros de su cuerpo. Nunca antes se había dejado ver con ninguno de sus amantes pero ese verano sí: divorciada como estaba, ya no le importaba que le vieran con su nuevo amor. Un millonario simpático, hijo de Al Fayed, el dueño de los almacenes Harrod*s, de Londres, emparentado con el magnate Khashoggi, amigo de Julio Iglesias y Ana García Obregón y asiduo a las fiestas de Marbella.
De las miles de imágenes que recogimos aquellos días hay una que la tengo clavada en la retina: la de sus hijos Guillermo y Enrique, tras el féretro de su madre. Caminaban junto a Carlos, su padre, y su abuelo el duque de Edimburgo. Iban serios, cabizbajos, agarrados de la mano seguramente sin entender lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Eran demasiado jóvenes para saber cómo iba a influir en sus vidas la muerte de una mujer como Lady Di, así como en el devenir de la monarquía británica.
Han tenido que pasar veinte años para que Guillermo y Enrique se abran en canal y saquen todo el dolor que llevaban dentro, así como reconocer el vacío que sintieron al perder a una madre que si, bien es cierto que cometió algunos errores, también lo es que siempre, siempre puso a sus hijos por delante de su propia felicidad.
Confesar como han confesado que se arrepienten de no haber prestado atención a la última llamada que les hizo porque estaban jugando, demuestra cuán profundo es su arrepentimiento. Tan grande que tuvieron que recibir asistencia psicológica durante años. Lo dicen los expertos: cuando un ser querido se va hay que pasar el duelo, no intentar ocultarlo, y dar rienda suelta al llanto y a esa sensación de orfandad que a todos nos invade en algún momento de nuestra vida. Ellos no lo pudieron hacer, encorsetados como viven los Windsor y educados para que nunca, ocurra lo que ocurra, den rienda suelta a sus sentimientos más íntimos.
En el documental que han grabado para la BBC "Diana 7 días", han hablado a calzón quitado, dando respuesta a muchas de las preguntas que nos hemos hecho a través de estos años. Así por ejemplo, tienen palabras de agradecimiento y cariño hacia su abuela la Reina Isabel porque, según han manifestado, se volcó en protegerles de la curiosidad y de la persecución continua de los medios. También hacia su padre porque "él pasó por el mismo proceso de duelo que nosotros". Ni una palabra sobre las dos personas que más odiaba Diana, su suegro el Duque de Edimburgo y Camilla Parker.
Conscientes de que el mito de Diana sigue presente en el corazón de la gente, han querido protagonizar algunos actos de los muchos que están teniendo lugar en Londres y en el mundo. Por ejemplo, en el Palacio de Kensington, la residencia oficial de Diana, han inaugurado un pequeño jardín con sus flores favoritas, donde piensan instalar un monumento que recuerde la figura de Diana a quienes a diario se acercan a rendirle su pequeño homenaje.
También Carlos y Enrique se han reunidos con los representantes de aquellos asociaciones benéficas a las que tanto apoyó su madre para colaborar con ellos. Pequeñas obras con las que intentan llenar el gran vacío que dejó en sus vidas. Hoy Diana ya puede descansar tranquila y ellos rendirle el tributo que no le rindieron cuando murió.


Domingo, 22 de octubre

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