
MADRID, 27 (OTR/PRESS)
Me dicen que Rajoy prepara una remodelación ministerial: hay miembros del Gobierno que mantienen tensas relaciones entre sí, otros que no funcionan... Puede ser. Pero no será cambiando a algunos ministros, o al propio Rajoy, como solucionemos los problemas. No es (solo) la gente: lo que no funciona es algo más. Es el sistema.
Qué quiere usted que le diga: que un sermón de quince palabras pronunciado, sin mayor profundidad ni más concreciones, por el presidente del Banco Central Europeo sirva para bajar la prima y subir el Ibex me intranquiliza más que lo contrario. Porque suponga usted que, en lugar de decir quince palabras que animan a los mercados, el omnipotente Draghi, ese hombre a quien nadie limita ni vigila, pronuncia una frase que provoca una catástrofe, como ya ha ocurrido con cierta frecuencia. El culpable de las oscilaciones de los mercados, en ambos supuestos, no es Draghi, como tampoco puede culparse a Mariano Rajoy por no tomar medidas drásticas de ajuste -que vaya si las toma, por cierto- o, pongamos por caso, a Mario Monti por estar conduciendo equivocadamente la vida política italiana.
La culpa podemos echársela al BCE, a los mercados, a Rajoy, a la difícil herencia recibida, a Zapatero directamente, a nosotros mismos, si usted quiere. Pero, tras ver cómo día a día fluctúan los grandes números que nos asesinan, creo que lo que falla no es el Gobierno (que también), ni la oposición (que ídem), ni las instituciones (ídem de ídem). Nadie (y todos) tenemos la culpa. Es el sistema lo que ha dejado de funcionar, ni más ni menos. Y tenemos que ir buscándonos otra cosa.
Porque un sistema no funciona si la gente que lo sustenta y lo padece no cree en el. Y dígame usted si es posible creer en algo cuya fortuna o cuya desgracia reside en el acierto o en el error de las declaraciones de un tipo, por mucho que sea el presidente del BCE, que, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, dice lo que la digestión de esa jornada le dicta.
He dejado de creer en la prima de riesgo, en Standard&Poor"s, en el Financial Times, en Van Rompuy y hasta, si se me permite, en Luis de Guindos. Cuando las declaraciones de los próceres a los que pagamos para que nos representen no sirven de nada, o sirven de tanto que hacen subir el precio del pan, no queda más remedio que empezar a pensar que lo que falla es algo más profundo. Si no elegimos directamente a los Draghi, a los Rehn, a los Durao Barroso, de los que nuestras vidas y haciendas resulta que dependen, si no hay sistemas objetivos de control de las agencias de calificación de riesgo, si, en el fondo, seguimos con Bretton Woods subido a nuestras chepas como hace más de medio siglo, sin que los ciudadanos corrientes y molientes podamos elevar y hacer oír nuestras voces de acuerdo o de protesta, ¿por qué diablos va alguien a exigir nuestra obediencia, nuestra aquiescencia, nuestra sumisión?
Pues eso: que hay que cambiar tanto los comportamientos que, en el fondo, lo que hay que cambiar es "el" Comportamiento de todos esos que nos obligan a pasar por aros que ya vemos que ni funcionan ni nos representan. Y eso que digo no es insumisión. Ni ruptura con los cánones. Es pura lógica. Conmigo, Draghi, ni siquiera el mejor Draghi; Guindos, ni siquiera el mejor Guindos, que no cuenten.
Jueves, 20 de junio
Agustín Jiménez
Aitor Yuste
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Fernando Jáuregui
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José Cavero
José Luis Gómez
José Manuel Pazos
Julia Navarro
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Luis Del Val
Mabel Redondo
Magdalena del Amo
Miguel Cancio
Miguel Higueras
Nava Castro
Pedro Calvo Hernando
Rafael Martínez-Simancas
Rafael Torres
Ramón Pi
Roberto Malestar Rodríguez
Rosa Villacastín
Salvador Freixedo
Victoria Lafora
Vicente A. C. M.
Juan Fernandez Krohn
Vicente Torres
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Francisco Rubiales
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José Pómez
Rufino Soriano Tena
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Pedro Fernández Barbadillo
Graciano Palomo