
MADRID, 18 (OTR/PRESS)
El congreso del Partido Popular está demostrando fidedignamente la capacidad euforizante del poder. En Sevilla solo se ven sonrisas, palmadas en la espalda y abrazos por doquier. La lucha por hacerse con los puestos de privilegio en la dirección del partido existe, pero es soterrada y discreta. Las propuestas de contenido político, como la de renunciar a las esencias cristianas en su definición, o la de suavizar los "castigos" a los corruptos, no han sido más que cortinas de humo para despistar. A muchos responsables del PP lo que de verdad les preocupaba es el desmedido afán de poder de María Dolores de Cospedal. No quería a nadie que le hiciera sombra en la sede de Génova y exigió a Rajoy, posiblemente recordándole lealtades y favores en 2008, que la dejara sola para organizar el partido en su ausencia. ¡Qué peligro!
El más consciente de la jugada ha sido Javier Arenas. Pese a verse (por fin) con un pie al frente de la Junta de Andalucía, mira con resquemor el imparable auge de la presidenta de Castilla-La Mancha, que pretende salir del Congreso de Sevilla como la "sucesora" de un Rajoy que "vive en el lío" de la crisis económica.
A Cospedal Toledo se le queda pequeño. Ya ha colocado a todos sus fieles, ha hecho los recortes a las bravas, para demostrar que no se asusta ante la contestación ciudadana, y prepara su camino a La Moncloa por si Rajoy se quema en el intento de dar gusto a Merkel y arreglar el drama del desempleo, que va para largo.
Curiosamente ha sido la propia Cospedal la que se ha opuesto al nombramiento de un coordinador, alegando que no había encontrado el perfil adecuado para el cargo en ninguno de los dirigentes actuales. ¿Y el pobre Esteban González Pons, que tantas declaraciones extemporáneas ha hecho para que ella pudiera ofrecer una imagen de ponderación?
Rajoy, con una especial sensibilidad desarrollada frente a las maniobras de los suyos, ha defendido que su mano derecha, la imprescindible Soraya Sáenz de Santamaría, forme también el núcleo duro del PP. Alejada hasta ahora de Génova, por su función en el grupo parlamentario, es de las pocas personas de las que el presidente del Gobierno se fía sin reservas.
En honor de multitudes, alabado, respetado sin discusión, Rajoy debe contemplar esta unanimidad de Sevilla recordando cuan distinto fue el último congreso de su partido en Valencia donde las deserciones y las conjuras a punto estuvieron de acabar con su liderazgo.
Las alegrías presentes no son más que la consecuencia del triunfo electoral y la capacidad del ganador de repartir cargos y prebendas asociadas al poder. Desde su escepticismo debe el líder del PP no olvidar que Zapatero vivió citas de gloria y ahora todos le niegan. Dado que el congreso se celebra en Sevilla, tan cercana a las bellas ruinas de Itálica, no estaría de más rememorar el poema: "Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora/ campos de soledad, mustio collado/ fueron un tiempo Itálica famosa".

MADRID, 18 (OTR/PRESS)
El Gobierno de Rajoy aprobó un decreto ley en el que fija topes a los sueldos de los directivos de las empresas públicas, quienes de este modo no podrán cobrar más de 105.000 euros de salario fijo, si se trata de grandes compañías, porque en las medianas el tope baja a 80.000 euros y en las pequeñas, a 55.000 euros. El Ejecutivo ya había rebajado las remuneraciones de los directivos de las entidades financieras que recibieron préstamos del Fondo de Reestructuración Bancaria Ordenada (FROB), como Bankia, Banca Cívica, BMN, NovaGalicia o Caja España, con un tope de 600.000 euros, seis veces más que en el primer caso. ¿Pero hay realmente primer y segundo caso? Cuando menos es discutible, si nos atenemos a la definición oficial que hace la Unión Europea de una empresa pública. Bruselas considera una empresa pública cualquier sociedad en la que los poderes públicos pueden ejercer, directa o indirectamente, una influencia dominante en razón de la propiedad, de la participación financiera o de las normas que la rigen. En consecuencia, un banco nacionalizado como NovaGalicia podría ser perfectamente una empresa pública.
Las aparentes contradicciones no se reducen al caso ya mencionado. Se supone que el artículo 3 de la Ley General Presupuestaria también debería modificarse para redefinir el subsector público tras las intervenciones financieras y teniendo en cuenta los criterios de la Unión Europea. Hasta ahora, el Estado definía como compañías públicas las entidades públicas empresariales, las sociedades mercantiles estatales, las entidades estatales de derecho público y los consorcios dotados de personalidad jurídica propia. Traducido a números, según la revista "Tiempo", el Estado, las comunidades autónomas y los grandes ayuntamientos controlaban en 2010 unas ochocientas empresas públicas -otras fuentes hablan de 2.800 e incluso de 4.000- que movían en conjunto alrededor de 35.000 millones de euros al año. Si ahora le sumamos la banca "pública", el número de sociedades apenas aumentaría pero el volumen de negocio se dispararía.
Rebajar los salarios de los directivos de empresas públicas ayuda a la pedagogía del Gobierno para promover la devaluación social que conduce a la caída generalizada de los sueldos, pero en sí misma es una medida de escasa cuantía, que además puede propiciar la marcha de los mejores gestores públicos. En el sector privado también suele haber normas pero con excepciones y, sobre todo, con incentivos.

MADRID, 18 (OTR/PRESS)
Estamos en una revolución conservadora que cuestiona que las becas sean para los más pobres; ahora se trata de financiar la excelencia aunque tenga dinero para ir a Harvard. La interrupción del embarazo deja de ser un derecho individual para pasar a ser un examen técnico. Y, naturalmente, los sindicatos son prescindibles y perversos.
Esta derecha maneja el marketing mucho mejor que el marido de Carme Chacón. Repiten consignas de modernización que nos introducen en el túnel del tiempo. España está asustada. Y, de momento, lo aguanta todo.
Lo cierto es que los sindicatos no solo son mejorables sino que necesitan una profunda regeneración. Estamos en la batalla de la modernidad y ellos, los sindicatos, huelen a naftalina. Estructura, proyectos, tecnología y cuadros renovados o la ola conservadora se los va a llevar por delante.
Tienen que defender a los parados y a los que buscan empleo. Tienen que ser maquinarias de poder para la negociación colectiva y convertirse en el contrapunto eficaz de las organizaciones patronales.
Ahora mismo los sindicatos están petrificados, sobrepasados por los acontecimientos. Y la derecha dura no perdona. Ataca para reducir las últimas defensas de una izquierda democrática. Demonizar a los sindicatos es un populismo irresponsable. ¿Pero quién dijo que existe una preocupación por la institucionalización de la democracia?
La izquierda ha caído en la trampa del desguace del estado de derecho. Si se les puede llamar fascistas a los magistrados del Tribunal Supremo, ¿por qué no se les puede llamar vagos, ladrones y aprovechados a los líderes sindicales?
Este modelo social se diluye como un azucarillo mientras el PSOE se despereza e Izquierda Unida busca su punto de equilibrio entre el Parlamento y la calle. Ahora, la ofensiva conservadora trata de declarar malditos y demonizar a los sindicatos. Y lo terrible es que está teniendo éxito.

MADRID, 18 (OTR/PRESS)
Atrás quedaron las durísimas jornadas del Congreso de Valencia. La lucha intestina entre quienes eran y los que querían ser, entre los que fueron y aspiraban a seguir siéndolo pertenece ya al pasado. Las elecciones del 20N han sido el gran bálsamo para un Partido Popular que ya asentado en Moncloa, no discute a su líder, Mariano Rajoy, ni le supone contradicción alguna aplaudir e incluso emocionarse ante el discurso de Aznar. No hay suspicacias ni sospechas. Todos son uno, o casi.
Y si, hay que matizar porque por los pasillos de lo que se hablaba, en el fondo, era de poder y sólo de poder porque de lo que se trataba era de ver quien iba a mandar. Maria Dolores de Cospedal llegó a Sevilla como la gran triunfadora. El de Sevilla ha sido "su" Congreso y por ello la Ejecutiva ha sido "su" ejecutiva porque ella, desde el minuto uno, tuvo claro que ni un paso atrás. Rajoy que confía mucho en sus mujeres -lo dijo públicamente- no ha puesto ni media pega a las aspiraciones de su número dos que no ha querido a ministros en el núcleo duro del Partido ni a Pons -"no se le esta tratando bien", decían muchos, como portavoz del mismo.
Eso no ha impedido que Rajoy haya tenido que escuchar deseos y pretensiones que ha lidiado como ha podido y con la certeza de que nadie le iba a chistar. En contra de lo que algunos pudieran pensar, ni el aborto, ni el matrimonio homosexual, ni el cristianismo han ocupado ni medio segundo en los comentarios de los presentes en el helador edificio del Palacio de Congresos. No son asuntos que quiten el sueño a un partido en el que hay público para todos y para todo. Lo mismo pedían fotos con Mayor Oreja que con Montoro, por poner un ejemplo.
Más allá de los pasillos, el Congreso de Sevilla ha servido para que el PP saliera del lío organizado por las declaraciones del ministro de Interior -ha estado en Roma hasta hoy domingo- en relación a ETA. Garoña se abre y se formaliza el compromiso de los populares con el estado del bienestar. Naturalmente, se apoya la Reforma Laboral y los más vips asumen convivir con el vértigo de saber que se la juegan, que están siendo vigilados y escrutados por una opinión pública que les va a exigir resultados. Lo saben y por ello viajaron a Sevilla -todos en clase turista- a vivir unas jornadas en las que el único punto de emoción fue el recuerdo y homenaje a Manuel Fraga sin más embrujo que el que otorga el poder.

MADRID, 18 (OTR/PRESS)
De entrada, debo decir que nada tengo contra María Dolores de Cospedal: me parece una mujer inteligente, preparada, libre para trazar sus destinos y que a nada se ha atado para estar donde está, lo que tiene no pequeño mérito. Para mí, representa una nueva concepción de la derecha española, que nada tiene que ver con "aquella" derecha española y que, personalmente, me agrada. Así que espero que nadie vea en mi crítica a su multiplicidad de funciones un ataque en lo personal, o en lo político. Creo, simplemente, que esto que escribo recoge la opinión de bastante gente -los he escuchado en los últimos dos días- que pulula por los pasillos del XVII Congreso Nacional del Partido Popular, que es la formación que gobierna y nos gobierna.
Para mí, los resultados de este congreso, en el que tantas horas plácidas -el debate es inexistente, y puede que ni falta que haga- hemos pasado tantos informadores, tantos invitados, tantos compromisarios, se centran apenas en la figura de María Dolores de Cospedal. A Rajoy ya le habíamos puesto la etiqueta de triunfador absoluto, cuatro años después de aquel azaroso congreso de Valencia, del que salió como pudo, pero, estimo, con mucha dignidad. Al triunfo electoral del PP el pasado mes de noviembre también le hemos colocado las pegatinas que le correspondían, y le correspondían muchas y casi todas necesariamente buenas. Por eso hablo de Cospedal, que es lo que hoy toca.
Que una sola persona, por mucha capacidad que tenga, por mucho que sea el número uno en las oposiciones a la abogacía del Estado, por mucho que haya hecho siempre lo que le parecía oportuno, aglutine nada menos que la presidencia de Castilla-La Mancha, autonomía conflictiva donde las haya, y la secretaría general de un partido que agrupa a ochocientos mil militantes, más el control de catorce comunidades autónomas y el centenar de ciudades principales de España, me parece algo, lo siento, de locos. Ignoro por qué a María Dolores de Cospedal, por la que, insisto, siento el mayor respeto, le es dado aglutinar dos funciones incompatibles. Castilla-La Mancha necesita un mimo especial, dada su extrema fragilidad económica; es una Comunidad extensa e intensa, y, la verdad, si yo fuese castellano-manchego, de los hartos de Barreda, exigiría a la nueva presidenta una dedicación exhaustiva.
Desde luego, no podrá ser así, porque la secretaría general de un partido que sale de este congreso sin definir, sin perfilar, exige una enorme dosis de tiempo. Y este es, a mi juicio, el mayor dilema de un congreso triunfal, en el que nada ha habido sino aplausos, unidad y unanimidades: que el modelo de partido gobernante en la España actual sigue sin definición. Y si una estructura de poder, según la concepción clásica, se asienta sobre tres ruedas, partido, grupo parlamentario y Ejecutivo, debo decir que esta se ha cerrado el falso en una de las tres patas, el partido. Jamás los aplausos ni los vítores fueron buen sustento para una reflexión política. Desde aquí, mi enhorabuena a María Dolores de Cospedal por la enorme dosis de poder acumulada, y lo mismo le digo a Mariano Rajoy. Pero, crítico como debo ser, pese a todo, no puedo sino estremecerme ante la enorme facilidad con la que los hombres (y las mujeres) sucumben al éxito, fuente de todo fracaso ulterior, sea en el plazo que sea.

MADRID, 19 (OTR/PRESS)
Observo desde la distancia de Buenos Aires que los españoles se han dado cuenta de la que se les ha venido encima. Han salido a la calle casi en silencio, sin alharacas, reflexionando sobre su protesta que en síntesis en intuitiva. Es mucho más temible el silencio que la algarabía porque demuestra determinación.
Quizá la primera torpeza de Mariano Rajoy ha sido atacar a los sindicatos. Las organizaciones obreras -que es como se les llamaba cuando la lucha de clases tenía vigencia-, si algo han sido es pacientes, colaboracionistas, tranquilas. Zaherirlas es una torpeza porque hacerlas víctimas de la prepotencia de la revolución conservadora suscita simpatías hacia los sindicatos. Son necesarios aunque manifiestamente mejorables.
Las calles de España se han inundado de una indignación que empieza a ser organizada. A falta de conocer los presupuestos -escondidos bajo siete llaves hasta los comicios de Andalucía- el espejo griego es determinante de las protestas. La humillación a la que se está sometiendo al pueblo griego es insoportable. Y los españoles no quieren que la señora Merkel gobierne a través de Mariano Rajoy. ¿Qué pasará cuando la canciller alemana pierda las elecciones y abandone el poder? ¿Será demasiado tarde para políticas económicas que movilicen la economía?
Los españoles también se han dado cuenta de que la cuerda de los recortes no se romperá hasta que lo hagan ellos. Todo comenzó con Zapatero, ahora siguen los recortes, el deterioro de la sanidad, la brutal reforma laboral... Pero nadie dice donde está la estación término de los sacrificios. Las exigencias que deprimen a la población son renovadas con cada informe del FMI o de la UE.
El capitalismo no tiene atisbos de rostro humano y las estadísticas y los datos contables aprietan el nudo sobre el cuello de los ciudadanos. Me da la impresión que ayer, en las manifestaciones de toda España, los ciudadanos han dicho "!Basta¡".
Jueves, 31 de mayo
Agustín Jiménez
Aitor Yuste
Alfonso Rojo
Ana Pastor
Andrés Aberasturi
Angel Calzada
Antonio Casado
Antonio José Parafita Fraga
Carlos Carnicero
Carmen Tomás
Cayetano González
Charo Zarzalejos
Consuelo Sánchez-Vicente
Dámaso Mayarias
Esther Esteban
Fermín Bocos
Fernando Jáuregui
Francisco Muro de Iscar
Isaías Lafuente
José Cavero
José Luis Gómez
Julia Navarro
Lorenzo Bernaldo de Quirós
Luis Del Val
Mabel Redondo
Magdalena del Amo
Miguel Cancio
Miguel Higueras
Nava Castro
Pedro Calvo Hernando
Rafael Martínez-Simancas
Rafael Torres
Ramón Pi
Roberto Malestar Rodríguez
Rosa Villacastín
Salvador Freixedo
Victoria Lafora
Manuel Molares do Val
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Antonio Cabrera
Francisco Rubiales
Raúl González Zorrilla
Rufino Soriano Tena
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo