
MADRID, 9 (OTR/PRESS)
Han tenido que pasar cuarenta y ocho días desde que juró su cargo como presidente del Gobierno ante el Rey para que Mariano Rajoy protagonizara su primera aparición pública de cierta entidad. Fue este miércoles ante el Pleno del Congreso de los Diputados y el motivo no era otro que informar sobre la cumbre de la Unión Europea celebrada la pasada semana en Bruselas. Sabido es que Rajoy es muy poco dado a la exposición en público, pero debería ser consciente de dos cosas: que no es lo mismo ser líder de la oposición que presidente del Gobierno y, en segundo lugar, que en momentos de crisis como la que estamos viviendo hace falta un liderazgo fuerte, claro y que dé explicaciones, porque la democracia se define esencialmente como un régimen de opinión pública.
En esta primera comparecencia pública Rajoy no defraudó, fundamentalmente porque se atrevió a decir la verdad a los españoles sobre la gravedad de la situación económica. "Estamos mal, pero estaremos peor", llegó a afirmar el presidente ante sus señorías y aventuró que el número de parados seguirá aumentando a lo largo del presente año. Casi al mismo tiempo que Rajoy hacía ese negro presagio, el servicio de estudios del BBVA iba mas allá y señalaba que en el 2013 el paro puede llegar a la dramática cifra de seis millones lo que supondría el 24,6 por ciento de la población activa. Es decir, uno de cada cuatro españoles no tendría trabajo.
Por muy duro que suene, ha hecho bien Rajoy en no escatimar a la opinión pública la crudeza de la situación. Si una de las cosas que más se le reprochó a Zapatero fue que tardara tanto tiempo en reconocer la crisis y que incluso después de hacerlo tanto él como sobre todo su Vicepresidenta Económica, Elena Salgado, no dejaran de hablar un día sí y otro también de los famosos "brotes verdes", no parece coherente ahora criticar al nuevo jefe del Ejecutivo por decir única y exclusivamente la verdad. Esto es algo que los ciudadanos agradecen mucho. O dicho de otra manera: a nadie le gusta que le engañen y le tomen por tonto.
Pero una vez que se ha hecho esto, ahora hay que dar un segundo paso, más importante que el anterior: empezar a tomar todas las medidas que sean necesarias para intentar salir de la crisis cuanto antes. Rajoy y su partido tuvieron en las pasadas elecciones generales el apoyo de más de once millones de españoles lo que le otorgó una mayoría absoluta bastante holgada. El mensaje de los electores era claro: hay que cambiar a los que están al frente de la nave del país y ustedes, señores del PP, hagan lo que tengan que hacer para sacarnos de esta situación. Ahora, por tanto, toca gobernar, lo que implica tomar decisiones aunque sean duras, impopulares y conlleven un desgaste personal y político. Para eso les eligieron los ciudadanos.

MADRID, 9 (OTR/PRESS)
"Sabemos lo que hay que hacer", asegura el presidente del Gobierno y repiten sus ministros. Pero por ahora lo que mejor hacen es meternos miedo en el cuerpo. El propio Rajoy ha pintado un horizonte desolador asegurando que no se va a crear ni un solo empleo en el 2012.
Claro que el ministro Luis de Guindos tampoco se ha quedado corto al decir que la situación de Grecia es contagiosa y que el contagio puede alcanzar a España. El resto de los ministros también se muestran igual de pesimistas. La verdad es que no sé si es una táctica para dejarnos paralizados no vaya a ser que si nos movemos las cosas vayan a peor, o si lo que pretenden es que veamos el panorama tan negro que apenas haya un rayo de sol puedan apuntárselo en su haber. El caso es que desde que el PP ha ganado las elecciones vivimos en un ¡ay!.
Yo creo que además del discurso pesimista y agorero a nuestros actuales gobernantes les falta decirnos si creen que toda esta crisis tiene arreglo y si es así cómo y para cuándo. Y es que quienes votaron a los populares confiaron ingenuamente que solo por el hecho de que gobernaran cambiaría el ciclo económico. No ha sido así, pero lo más desolador es que desde que gobiernan pintan en bastos.
Claro que los populares se sienten orgullosos de cómo están haciendo las cosas y recuerdan que Mariano Rajoy prometió decir la verdad y solo la verdad. Y naturalmente que los gobernantes deben de tratar a los ciudadanos como adultos y no como a niños a los que hay que engañar porque no entienden la realidad. En este punto hay que reconocer que Rajoy está cumpliendo diciendo la verdad sin recurrir a tratamientos paliativos. Pero decir la verdad no es suficiente, porque esa "verdad" ya la conocemos los ciudadanos porque la sufrimos en nuestras propias carnes. Desde que se acabó la "fiesta", esa "fiesta" engañosa en la que vivimos los últimos años, no hay familia a la que no haya alcanzado el cáncer del paro, o que a quienes mantienen el empleo no le hayan rebajado el sueldo, o estén cada vez más en precario. De manera que las verdades de Rajoy son verdades que conoce de sobra la sociedad, y bueno está recordarlas, pero añadiendo algo más. Y eso es lo que le está faltando al actual Gobierno. Amen de convertir en parapeto la "herencia recibida", que si, es verdad, han recibido una pésima herencia, lo que los ciudadanos esperan, esperamos, es que nos digan de una vez por todas si vamos o no a salir de esta situación. Ya sabemos que ahora toca sacrificios y lagrimas pero ¿hasta cuándo?
El presidente amén de seguir asustándonos debe decirnos algo más, y ese algo más no es que repita eso de "sé lo que tengo que hacer" sino que nos diga de una vez por todas qué es eso que sabe que tiene que hacer, cómo lo va a hacer, y, sobre todo, cuando va a terminar este calvario. Se sufre menos si sabe que puede haber un final razonable.

MADRID, 9 (OTR/PRESS)
El Apocalipsis es solo un libro. Lo dice mi amigo, el periodista David Corral. Pero recurrir al miedo es un sistema antiguo. El Medioevo fue la exaltación del miedo para el triunfo de la religión. El pánico al infierno paralizó la ciencia y la fe fue el sustituto de cualquier avance del conocimiento.
Mariano Rajoy ha descubierto el poder hipnótico del miedo. Contra esa formulación hay una vieja receta. La del parroquiano ofendido por las amenazas del averno desde el púlpito que le gritó ofendido al predicador: "Si hay que ir al infierno se va, pero ya no nos meta más miedo".
El equilibro de Rajoy es un malabarismo en el trapecio que tiene dos puntos de apoyo. Las exigencias inmediatas de la señora Merkel de una reforma laboral y las elecciones del 25 de marzo en Andalucía y también en Asturias.
Por eso el miedo expandido ayer desde la tribuna del Congreso es la preparación para el mazado de la reforma laboral que se hará publica hoy, 10 de febrero de 2012. No hay consenso, habrá imposición. Y casi todos, con las amenazas del infierno que escenificó Rajoy, tenderemos a cavilar en la tentación de que no hay otro remedio.
Esta es la purga de Benito en dosis que parecerán que son tolerables; pero la suma de ellas es letal para el enfermo. Primero, la subida de impuestos. Después, la reforma laboral y cuando haya presidente en Asturias y en Andalucía, los presupuestos de las tijeras.
No lo está haciendo mal, Rajoy. Me refiero a la puesta en escena de los mayores recortes de la historia de la democracia. El adobo es el miedo. Y una sociedad aterrorizada se paraliza.
El presidente ha aprendido que el optimismo no conduce más que al descontento cuando no se sustenta en hechos positivos y no los hay. Hemos pasado del optimismo patológico de ZP al catastrofismo recortador de Rajoy.
El Apocalipsis tranquiliza mucho cuando se comprueba que es un libro. Pero lo que va a suceder es sencillamente el retroceso en los derechos y libertades que están a punto de convertir nuestra condición de ciudadanos en súbditos de los mercados y de quienes los manejan. Cuando la indignación sea más poderosa que el miedo, explorarán las válvulas de contención de la protesta de una sociedad que ahora está paralizada, precisamente, por el miedo.

MADRID, 9 (OTR/PRESS)
Hoy el Gobierno nos sacará de dudas. La reforma laboral va a ser un hecho con el que el Ejecutivo va a culminar el primer paquete de medidas para afrontar una situación económica y de desempleo que es para echarse a temblar. La tal reforma no ha sido tarea fácil según cuenta desde el propio Gobierno. Se ha querido aquilatar entre la urgencia de la situación y las garantías que deben tener tanto trabajadores como empresarios.
Veremos que da de sí y cuáles son las reacciones a la misma. Lo que sí es segura es la determinación del Ejecutivo a capear esta inmensa tormenta aunque falle el paraguas de la simpatía. "O hacemos lo que tenemos que hacer o mejor nos vamos", afirma un ministro muy implicado en la cuestión económica que sabe que vienen tiempos muy duros tanto para los ciudadanos como para el propio Gobierno que se arriesga a críticas demoledoras y quién sabe si a una oposición más que beligerante.
Del tono, modo y maneras de la intervención del presidente Rajoy el miércoles en el Congreso se pueden deducir varias cosas. Primero, que hay determinación para afrontar la tormenta aunque sea sin paraguas. Segundo, que se cree firmemente en la política y medidas adoptadas y tercero, y que explica todo lo anterior, es que el Ejecutivo ha optado por la cirugía sin anestesia. Y es que lo que los españoles han elegido en las últimas elecciones es el "médico" para que nos cure de la terrible enfermedad que padecemos.
Los médicos de verdad, los que ejercen como tales, sostienen que al enfermo hay que decirle la verdad que pueda soportar y son muchos -hay tratados sobre ello_ los que se sorprenden de la entereza con la que los enfermos son capaces de escuchar y asumir un diagnóstico fatal. Nosotros, España en su conjunto, no es, todavía, un enfermo terminal pero Rajoy se ha encargado de decirnos que estamos graves y que el tratamiento va a ser duro.
La subida de impuestos ha sido el primer varapalo recibido pero nadie se ha echado a la calle. La ciudadanía tiene un sexto sentido que casi nunca falla y son, somos los ciudadanos, los primeros que sabemos que nuestra situación es grave. Cinco millones de parados, millón y medio de familias en riesgo de exclusión, centenares o miles de titulados que emigran, jóvenes y no tan jóvenes que rebajan su currículum para tener más opciones a las muy escasas posibilidades de encontrar un trabajo, Caritas desbordada y desahucios que se cuentan por centenares cada día de la semana son datos más que suficientes para pensar que si Rajoy hubiera lanzado un mensaje distinto al que lanzó en el Congreso es que estaba fuera de la realidad. Solo le faltó añadir que de esta salimos, que nos vamos a curar porque la esperanza es lo que, en situaciones difíciles, evita caer en la desesperación.
El tiempo dirá si este tratamiento sin anestesia va a tener réditos. Aun cuando no se comulgue con las iniciativas del Gobierno, todos, ciudadanos y oposición, necesitamos que acierte. Los ciudadanos para salir de esta negra habitación de la crisis y la oposición _en este caso, el PSOE- para que cuando, de nuevo, llegue al Gobierno se encuentre con el enfermo curado. Aunque sea sin anestesia.

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Una rápida lectura de la sentencia del Tribunal supremo sobre la actuación del juez Garzón en la intervención de las comunicaciones de abogados con sus clientes ofrece una terrible sensación. Según el Supremo no había ningún dato que pudiera indicar mínimamente, en una valoración razonable, que la condición de letrado y el ejercicio del derecho de defensa se estaban utilizando como coartada para facilitar la comisión de nuevos delitos. La injusticia, según el tribunal, consistió en acoger una interpretación de la ley según la cual podía intervenir las comunicaciones entre el imputado preso y su letrado defensor basándose solamente en la existencia de indicios respecto a la actividad criminal del primero, sin considerar necesario que tales indicios afectaran a los letrados, lo cual resulta inasumible desde cualquier interpretación razonable del Derecho.
Sin razón, sin motivos, sin datos. La sentencia es durísima y pone sobre la mesa una buena y una mala noticia. La mala es que un juez se siente en el banquillo y sea inhabilitado. La buena que el imperio de la ley rige para todos y que el estado de derecho es hoy más firme, más sólido para todos los ciudadanos. Iguales ante la ley no es una frase bonita ni un deseo. A pesar de todas las imperfecciones, de todas sus carencias, del desprestigio a que es sometida, la Justicia funciona de forma libre e independiente. Da lo mismo que se trate de un político, de un familiar del Rey o de un juez. La Justicia actúa y si la diéramos un poco más de sosiego, si el debate fuera sereno, seguramente funcionaría mejor.
En tiempos en los que se lleva hablar de recortes de derechos, de hacer más difícil el recurso a los tribunales, la mala noticia de la condena de un juez que, según el tribunal excedió su condición, aunque hubiera hecho otras cosas excelentes, es un paso adelante en la consolidación del Estado de Derecho. Los poderes públicos, también el judicial, están sometidos al imperio de la ley. Nada menos.

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El plazo tópico para conceder la gracia de la espera a un Gobierno se ha cifrado tradicionalmente en cien días. A partir de ahí, existe más o menos barra libre para criticar lo que hasta ese momento se ha hecho o se ha dejado de hacer. El Ejecutivo de Rajoy lleva cincuenta días de ejercicio, y en este tiempo se han realizado ya algunas reformas, se han anunciado otras, reina el silencio sobre algunas de difícil aplazamiento y, en cambio, existe una algarabía notable sobre ciertas medidas que nadie reclamaba y que han sido pregonadas por dos o tres ministros en busca de protagonismo y titulares, cuando no de "vendetta" con el pasado inmediato. Es decir, nos encontramos con bastantes claros y también con algunos oscuros a la hora de analizar globalmente estas siete últimas semanas.
Pero lo más importante (y lo más positivo) es, me parece, que, tras los primeros sustos -subida por sorpresa de impuestos, por ejemplo-, se ha iniciado ya un camino de normalización en la vida política y económica; nada conviene tanto a la marcha de un país como lo previsible, la seguridad jurídica, la constatación de que los pilares básicos no se van a alterar. Si ello se consigue en cincuenta días, pongamos setenta si usted quiere, en lugar de en cien, santo y bueno.
Hay que reconocer que esa seguridad se ha visto alterada hasta ahora con un par de anuncios, con un par de disposiciones. Pero convengamos que la famosa "previsibilidad" de Rajoy aún mantiene casi intacto su capital. El presidente dijo que a finales de marzo el panorama de cambios legales, impositivos, el horizonte económico y particularmente el presupuestario, serían los trazados a su llegada a La Moncloa, y nadie tiene por qué dudarlo. Hasta el momento, las dos grandes reformas principales, la financiera y la laboral, que deberá aprobarse este viernes en el Consejo de Ministros, se han presentado cuando nos dijeron que iban a presentarse. Y no han querido ahorrarnos sustos soslayando la que parece ser la realidad económica: el mismísimo Rajoy habló de "situación crítica" y prácticamente todo el elenco ministerial nos ha venido anunciando medidas de ajuste que resultarán duras, aunque muchas no se hayan detallado demasiado hasta hoy.
Yo diría que a la inseguridad jurídica implantada por el Gobierno anterior, que se vio sorprendido por una situación internacional que no esperaba, agravada por errores de bulto, el Ejecutivo de Rajoy quiere contraponer el lenguaje descarnado de lo esperable: esto es lo que hay, y que nadie crea que se edulcora o se exagera la realidad. Otra cosa es que esa realidad nos guste, que obviamente es difícil que pueda gustarnos.
Resulta lógico, por lo demás, que existan diferentes puntos de vista sobre las recetas a aplicar: yo, la verdad, tampoco estoy seguro de que la austeridad y el recorte por principio, tal y como están siendo decretados, "manu militari", desde instancias europeas, vayan a mejorar el panorama de empobrecimiento general que los ciudadanos están experimentando. Han de llegar cambios, sí, pero ¿qué cambios y hasta dónde y hasta cuándo? La reanudación de la vida parlamentaria -tras cinco meses con unas Cortes casi inoperantes- nos ha permitido atisbar, sólo atisbar, por dónde puede ir el debate con la oposición. El caso es que nos asomamos al vértigo del cambio radical impuesto por la llegada de una nueva era. Sospecho que los nuevos gobernantes no esperaban tener que afrontar la magnitud de estos cambios; desde luego, parece evidente que no todos estaban previstos. Y más que tendrán que venir.
Cincuenta días es muy poco en la vida de un país, incluso cuando las circunstancias reclaman zarandear con urgencia tantos principios que hace pocos meses parecían inmutables. Y es un plazo corto, demasiado corto, como para haber logrado un cambio en la mentalidad social, que es algo que va mucho más allá de la mentalidad de los ministros, de los banqueros, los empresarios o los sindicalistas. Me enorgullece, debo decirlo, la serenidad con la que los españoles están encarando el palpable empeoramiento de sus condiciones de vida; pero poco habrá logrado el nuevo Gobierno de España si, en las próximas semanas, no ha logrado llegar a un pacto social de alcance y envergadura, basado en la equidad, en la prudencia, en el realismo y, naturalmente, en el sentido común. Y esas son, desde luego, cualidades que no podemos pedir solamente a los gobernantes de turno.

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Las previsiones del BBVA sobre la destrucción de empleo en este año, dando por válida la posibilidad de que el paro se sitúe por encima del 24 por ciento y llegue a rozar la cifra de seis millones de desempleados, y el discurso de Mariano Rajoy en el Congreso, en el que sin apuntar cifras anunció que en 2012 se seguirán destruyendo puestos de trabajo, fueron un baño de cruda realidad para los ciudadanos y, también, para el propio presidente. Porque sin llegar al optimismo antropológico de Zapatero, Rajoy había hecho un análisis de la realidad según la cual el problema no era España, sino su anterior presidente, con lo que la mera llegada del PP al Gobierno de la nación actuaría como motor capaz de reactivar la economía. El propio Rajoy anunció -está en las hemerotecas- que arreglaría la crisis en dos años. Y Esteban González Pons aventuró la creación de 3.500.000 de empleos en esta legislatura. Acabamos de comenzarla, pero parece imposible cumplir aquellas optimistas intenciones a la luz de los nuevos diagnósticos.
La reforma laboral que el gobierno aprobará por decreto y sobre la que ha exhibido voces disonantes -Luis de Guindos propone un contrato único que Fátima Báñez considera inconstitucional, ni más ni menos- y la nueva ronda de reformas del sector financiero parece que tampoco serán capaces de frenar la sangría del paro ni de hacer fluir el crédito a corto plazo. Y es aquí en donde en el contundente discurso de Rajoy se echó en falta la receta del gobierno para crear empleo y reactivar la demanda. Quizás no la tenga, o no la quiera contar, o se fíe todo a la suerte de que Europa comience a mostrar síntomas de reactivación en 2013 que nos contagien. Se verá.
También se echa en falta que un Gobierno que se ha mostrado tan activo en poner en marcha medidas de escaso impacto económico, desde la supresión de la asignatura de Educación para la ciudadanía a la reforma de la ley del aborto, pasando por el divorcio ante notario o la implantación de receta para dispensar la píldora del día después, no muestre la misma celeridad para cumplir con su deber ineludible de aprobar los nuevos Presupuestos del Estado y espere a la celebración de las elecciones de Andalucía para hacerlo. Es difícil pensar que las nuevas cuentas del Reino desvelen disgustos superiores a los que ya conocemos o intuimos. Y parece poco serio que en las actuales circunstancias nuestro país viva con un presupuesto prorrogado por razones meramente electorales.

MADRID, 9 (OTR/PRESS)
Estoy estupefacta, sorprendida por las duras acusaciones de la ex tenista Arantxa Sánchez Vicario contra su familia, más concretamente contra sus padres Marisa y Emilio, a los que acusa de haberla llevado a la ruina, y con los que no se habla desde hace dos años. Justo cuando decidió tomar las riendas de su vida y descubrió que de los 47 millones de euros que calcula que ha ganado a lo largo de su carrera (unos 7.000 millones de las antiguas pesetas), no le queda nada más que la casa en la que vive y una deuda con Hacienda de 3,5 millones, a la que no sabe cómo hacer frente.
La decisión de Arantxa de publicar un libro de memorias titulado "Arantxa ¡vamos!", pone de manifiesto lo frustrada y dolida que debe sentirse una mujer que ha huido siempre de los escándalos, y de poner al descubierto su vida privada tal y como lo ha hecho ahora. Si es verdad o no todo lo que cuenta, tendrán que decidirlo los tribunales de justicia, pero de lo que no cabe duda es de que en el origen de esta guerra paterno filial, está el deseo de unos padres porque sus hijos lleguen a lo mas alto, aún a costa de arrebatarles lo más bonito de la vida, su niñez, su adolescencia y su juventud.
Dicho esto, creo sinceramente que Arantxa podría haber gestionado estos asuntos de otra manera, en los juzgados preferentemente, para evitar que los padres se vean acosados, en el peor momento de su vida: el padre está delicado del corazón, ha sufrido un cáncer durísimo de intestino, y acaban de diagnosticarle Alzheimer. Razones todas que no han sido lo suficiente importantes como para disuadir a la extenista de emprender una guerra mediática que nadie sabe como terminara, teniendo en cuenta que tampoco se habla con ninguno de sus hermanos.
Entre las muchas cosas importantes que cuenta en sus memorias, las hay que afectan a su vida más intima como cuando dice: "El propósito de hacer romper la relación con Pep, su marido, me parece una maniobra ruin de gente de mala caña". Palabras de fuerte calado contra unos padres que equivocados o no, sólo buscaban el bien de sus hijos.
El caso de Arantxa no es único, es uno más en una sociedad que busca el éxito y el dinero al precio que sea. Sin darse cuenta de que los hijos no son muñecos modelados a nuestro gusto y semejanza, y al que al final siempre pasan factura. Unas veces porque se han sentido muy atados, otras porque se han sentido utilizados, siempre porque no les han dejado decidir qué hacer en la vida, y eso no solo es pernicioso para la relación familiar sino también para la propia estabilidad del individuo, en este caso de Arantxa. De historias como esta deberían tomar nota muchos padres que se dejan la vida intentando que sus hijos sean lo que ellos no han podido ser o conseguir, para evitar que vuelvan a repetirse, pero claro eso es como pedirles peras al olmo.
Jueves, 31 de mayo
Agustín Jiménez
Aitor Yuste
Alfonso Rojo
Ana Pastor
Andrés Aberasturi
Angel Calzada
Antonio Casado
Antonio José Parafita Fraga
Carlos Carnicero
Carmen Tomás
Cayetano González
Charo Zarzalejos
Consuelo Sánchez-Vicente
Dámaso Mayarias
Esther Esteban
Fermín Bocos
Fernando Jáuregui
Francisco Muro de Iscar
Isaías Lafuente
José Cavero
José Luis Gómez
Julia Navarro
Lorenzo Bernaldo de Quirós
Luis Del Val
Mabel Redondo
Magdalena del Amo
Miguel Cancio
Miguel Higueras
Nava Castro
Pedro Calvo Hernando
Rafael Martínez-Simancas
Rafael Torres
Ramón Pi
Roberto Malestar Rodríguez
Rosa Villacastín
Salvador Freixedo
Victoria Lafora
Manuel Molares do Val
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Antonio Cabrera
Francisco Rubiales
Raúl González Zorrilla
Rufino Soriano Tena
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo